Sobrevivir

“From the sky to heaven on earth – Welcome to Bavaria”

Foto (Ausschnitt):  Nico Kaiser @flickr, CC BY 2.0Photo (detail):  Nico Kaiser @flickr, CC BY 2.0

Photo (detail): Nico Kaiser @flickr, CC BY 2.0



Este es el lema con el que Múnich recibe a sus huéspedes en el aeropuerto y, si uno no es bávaro, no puede evitar sentir de entrada una inmediata antipatía hacia este pueblo del sur de Alemania tan satisfecho de sí mismo. Pero lo cierto es que los bávaros y las bávaras tienen buenos motivos para sentirse algo pagados de sí mismos. Baviera es el epicentro económico número 3 dentro del ranking internacional (por detrás de Suecia y Suiza), en ningún lugar de Alemania el paro es tan bajo como en nuestra región, tenemos BMW, Audi, el FCA, el FCB y el FCN, nuestro estado libre es el land más seguro de la República y… ya me ha vuelto a pasar: digo “nos” y “nosotros”. Nosotros los bávaros.

Este insoportable apego a la patria parece ser sólo un punto más en la lista de cosas que hacen tan antipático al pueblo presidido por el dosel blanquiazul.
De hecho costumbre, tradición y arraigo patrio son conceptos que se escriben con mayúsculas dentro de las fronteras de land bávaro. Pero este sentimiento de apego no se refiere necesariamente a Baviera como unidad política o como territorio del FCB sino, por ejemplo, a una determinada zona o a una tradición con la que uno ha crecido. Ese es mi caso. Thierhaupten es el nombre del lugar donde me he criado, una localidad de 3.889 habitantes. El momento álgido del calendario de actividades de Thierhaupten son los siete días de fiesta que se celebran cada año en la segunda semana del mes de agosto. La semana festiva de Thierhaupten es una pequeña, civilizada y casi siempre muy soleada versión de la Oktoberfest cuya fama ha sobrepasado con el tiempo las fronteras del propio pueblo. Las familias residentes en la localidad planifican sus vacaciones anuales teniendo en cuenta esas fechas y todo aquel que tiene un traje tradicional bávaro se lo prueba a más tardar a principios de julio para poder compensar las fluctuaciones de peso antes de que llegue el momento de espitar el barril, ceremonia con que dan comienzo las celebraciones. Y hasta aquí por lo que respecta a la trascendencia de esta fiesta.
Desde que tengo uso de razón esa semana ha sido un componente fijo en mi vida. Cuando era pequeña el tiovivo infantil era el no va más, me acuerdo sobre todo de las fichas amarillo neón que te permitían viajar en un cisne, en un coche de policía o en una carroza de princesa. La tómbola me parecía casi tan fantástica como el tiovivo, en ella un malhumorado vendedor de boletos trataba de conseguir que la gente probara suerte clamando con voz gruñona: “Esto es fantástico… vengan aquí amigos, esto es fantástico…”. Al menos tuvo éxito conmigo: con el correr de los años conseguí acumular una mezcolanza de lápices (1 punto), reglas (5 puntos), animales de peluche (20 puntos) y animales de peluche realmente grandes (50 puntos).
Nuestra semana de fiestas todavía me sigue entusiasmando ahora que soy veinteañera. Esos días no estoy para ninguna otra cosa y en realidad sólo voy a casa a dormir (durante toda la semana toca comer patatas fritas, pollo asado, ensalada de patata, rollo de carne rellena…). Reencontrarme con un montón de rostros conocidos me alegra casi tanto como disfrutar de la fruta escarchada, las góndolas, el desfile floral del domingo, las bandas de viento locales y las orquestas de baile, cuyo repertorio va desde “Die Rose vom Wörthersee” [La rosa de Wörthersee], pasando por “Skandal im Sperrbezirk” [Escándalo en el barrio bien] hasta 'Ai se eu te pego' (está última también en una versión bávara de la que incluso yo, a pesar de todo mi apego patrio, me suelo sentir un poco avergonzada).

Cuando me imagino con 30, 40, o 70 años me veo disfrutando todavía de la semana de fiestas: como ahora dando palmas sentada en el banco de la cervecería, con mis niños en el tiovivo o en la tómbola, cenando con amigos o en el desfile floral y en la tarde dedicada a los mayores. Pero lo más hermoso de todas estas actividades es que ofrecen el marco perfecto para una agradable convivencia entre generaciones: son un punto de encuentro para todos los habitantes del pueblo.

En mi opinión, fiestas como ésta de Thierhaupten son las que producen ese “nosotros” bávaro tan terriblemente hermoso, las que desembocan en esa mentalidad “mia san mia” [nosotros somos nosotros en dialecto bávaro] famosa en el mundo entero y las que dotan de sentimiento al concepto de “patria”. Y cuando un “Zuagroaster” (Zugereister/[llegado de fuera]/no bávaro) sucumbe al encanto de estas tradiciones, no tarda mucho en empezar a autoincluirse con un "nosotros" en este pueblo del sur de Alemania tan satisfecho de sí mismo.

Marina Hader,
se crió en Thierhaupten y ha estudiado español e inglés en Heidelberg y Augsburgo. A pesar de sus estancias de varios meses en Berlín, Lisboa y Las Palmas de Gran Canaria, para ella el sentimiento de “estar en casa” sigue indisolublemente unido a la pequeña localidad de Thierhaupten.

Copyright: tudo alemão
Noviembre 2013

Este texto es una traducción del alemán.

    Rumbo Alemania - Blog

    Rumbo a Alemania - el blog para jóvenes nómadas

    Mein Weg nach Deutschland

    Una página web para estudiantes del alemán con juegos, videos e informaciones prácticas sobre la vida en Alemania.

    Migración e integración

    La migración transforma culturas