Sobrevivir

La “generación de la doble moral”

Foto (Ausschnitt): Adam Gavshon Brady (adamgbrady @flickr), CC BY 2.0Photo (detail): Adam Gavshon Brady (adamgbrady @flickr), CC BY 2.0

Photo (detail): Adam Gavshon Brady (adamgbrady @flickr), CC BY 2.0

Seamos conscientes de ello o no, contravenimos diariamente nuestras convicciones. Y eso desemboca en una permanente mala conciencia. Pero ¡está bien que así sea!

Antes de nada y para que nadie se alarme: creo en la bondad del ser humano. Por eso, cuando digo que mi generación es la “generación de la doble moral” no le estoy atribuyendo malas intenciones y menos aún hipocresía. ¡Todo lo contrario! Muchos jóvenes tienen un elevado nivel de exigencia moral que a menudo es incompatible con el mundo en que vivimos. Pero si no queremos darle la espalda a ese mundo y refugiarnos en una existencia ermitaña desembocaremos inevitablemente en una especie de doble moral pragmática que nos permita sobrevivir. Así una jornada de lo más inocente puede convertirse en un interminable dilema ético. Un ejemplo (que, gracias a la globalización, puede ser válido tanto para Alemania como para España):

Me despierto por la mañana en mi cama de Ikea y leo un par de páginas en mi libro comprado en Amazon. Después de tomar una taza de café, que no es de comercio justo, con un chorrito de leche marca “Ja” (¡alto! en este caso podemos respirar tranquilos: ¡afortunadamente es un producto de Alnatura!), me pongo una camiseta de H&M, marca “trabajo infantil” y me voy a la universidad en bicicleta (¡ecológicamente impecable!), pero me veo obligado a pensar irremisiblemente en mi huella ecológica que, después de un viaje al sureste asiático y una escapada a Londres en el último año, debe ser tan grande como la de un gigante. Compro en la pastelería un apetitoso sándwich de jamón serrano y, con el primer bocado, me echo también al coleto la maligna conjetura de que lo más probable es que esa exquisitez no provenga de un cerdo doméstico español criado conforme a las necesidades de su especie. Por la noche veo en la televisión de pago un partido de la Champions League, espectáculo del comercio y la corrupción capitalistas.

Entonces ¡¿soy una mala persona?! ¡¿Porque vivo como la gran mayoría?! Por supuesto, sé que no me estoy cubriendo de gloria desde un punto de vista moral pero ¿como podría cambiar la situación? Primera posibilidad: me toca la lotería, dono mi cama de Ikea a un local de la Cruz Roja y encargo al carpintero del pueblo que me construya otra con madera obtenida de forma sostenible. Segunda posibilidad: me cierro a la sociedad y a toda forma de participación en ella. Con lo cual estaría eludiendo cualquier responsabilidad y eso sería toda una paradoja para alguien consciente de sus responsabilidades. O bien – y esa parece ser la amarga realidad – tengo mala conciencia. Porque sé que cualquier acción que lleve a cabo en nuestro complejo mundo globalizado traerá consigo todo un rosario de consecuencias que no puedo calcular y sobre las que no tengo influencia alguna. Explotación, maltrato animal, destrucción del medio ambiente. Tampoco existen imágenes claras del enemigo:
cuanto más profundizo en el mundo de la política menos sé distinguir quién es amigo y quién enemigo. Al final la pregunta es: ¿realmente tengo alguna oportunidad de actuar correctamente en un mundo moralmente equivocado?

Sí. Porque lo bueno de la doble moral es que ¡tengo una moral! Y el hecho de que esa doble moral nos haga sufrir demuestra que tenemos valores. Porque sólo quien no tiene ninguna conciencia tampoco puede tenerla mala. En el mejor de los casos, la presión de esos constantes remordimientos de conciencia consigue que nuestros valores terminen desembocando en acciones. Porque, de hecho, uno puede cambiar algunas cosas a pequeña escala. Y porque no puede ser que no nos podamos permitir tener una “moral”. La mejor almohada es una conciencia tranquila. Pero si uno está siempre recostado en ella al final se oxida.

Jenny Baumann,
vive en Berlín y trabaja en la Casa de la Historia de la República Federal de Alemania. Si en Madrid hubiera más museos históricos, hace ya mucho tiempo que se habría mudado allí.

Copyright: rumbo @lemania
Mayo 2015

Este texto es una traducción del alemán.

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