Sobrevivir

Hasta el gorro de la gorra y del gorrón

 Foto: (CC0) Hannes Eibinger, pixabay.com

Foto: (CC0) Hannes Eibinger, pixabay.com

Por más que he investigado no he llegado aún a descubrir de dónde viene esa a veces tachada de romántica tradición de pasar la gorra en ciertos bares de Berlín (quien dice bar dice un café, restaurante o una galería de arte) tras una actuación musical.

Sí logré encontrar, no obstante, un testimonio del cronista de los años 20 en la metrópolis por excelencia, Joseph Roth, quien en su libro "What I Saw: Reports from Berlin 1920-1933" retrata la noche berlinesa y cuenta cómo se sumerge en ella callejeando por los aledaños de Alexanderplatz hasta llegar al Café Dalles, en el número 13 de la Neue Schönhauser Straße. Un local cargado de humo donde se podía jugar a las cartas, a la ruleta y a los dardos y donde se daban cita prostitutas y ladrones como un tal Kirsch. Éste sentía que debía pasar la gorra entre los clientes y así recaudar unos Groschen para el pianista que a la derecha de la entrada se afanaba en tocar para la clientela del lugar. Puede que entre tanto murmullo sus notas apenas fueran susurros pero todos sin excepción echaban algo de dinero, quizás porque el ratero les imponía, quizás porque la música verdaderamente les gustaba. Qui lo sá.

La expresión "pasar la gorra" hace referencia al acto de recaudar dinero entre la gente que se arremolina ante una actuación callejera. Me pregunto pues, en qué momento se trasladó este concepto al interior de un local. No me queda más que hacer un ejercicio de imaginación...

Me retrotraigo a esos años de absoluta decadencia y me posiciono fácilmente en un frío invierno. Paseo por una calle donde un artista aterido de frío intenta tocar su viejo violín con la dificultad que le imponen sus heladas manos. Sus viejos mitones no bastan para mantener en circulación la sangre.

En el café de la esquina, el gerente hace cuentas y se desespera. Desde que la inflación arrasó Alemania le es cada vez más difícil sostener el negocio. Necesita tomar el aire. Se apoya en el quicio de la puerta y poco a poco empieza a escuchar de modo consciente la música.

En algún momento la mirada de ambos se cruza. El violinista se muere por un té o un aguardiente, cualquier cosa que le haga entrar en calor. El gerente piensa que la música animaría el ambiente de su bar y alentaría a sus clientes a consumir más. Quién se acerca primero a quién continúa siendo un misterio, pero sea como sea acaban haciendo un pacto. El músico dejará de tocar a la intemperie y el bar se cargará con la alegría de su violín. Los dos saldrán ganando. ¡Ah! Y seguirán con esa filosofía de pasar la gorra y cada cliente echará lo que quiera si quiere.

Hoy en día continua habiendo lugares donde esta costumbre se mantiene. Los sigue habiendo muy antros y muy auténticos (aunque cada vez menos, diría yo) y los hay más refinados y modernos. En Berlín hay bohemia y vanguardia a partes iguales. Pero en la mayoría de los casos, que se siga haciendo esto me parece una perversión. Hablo de la perversión del know how, es decir, de ese emprendedor que viene y observa cómo en ciertos lugares de aquí se hacen las cosas así (aunque el lugar del que provenga no) y dicha persona copia y pega la técnica sin analizar si es justo o no porque, total, le beneficia económicamente.

El problema es que, hoy en día, esa relación laboral (por llamarla de alguna manera) es muy desigual porque aquel pacto entre el músico de la calle y el gerente se rompió. Se quebró en el preciso instante en el que uno empezó a salir ganando y el otro no. Se resquebrajó en el momento en el que uno ganó a costa ajena. Y éste es el sistema que se intenta perpetuar. Y a eso se le llama explotación.

Salvo honorables excepciones, lo que me encuentro son gerentes que lo que en realidad quieren son juglares altruistas que les animen el cotarro sin darles a cambio un sueldo digno (ni indigno) por su trabajo mientras cobran el vino a 4,5 euros la copa. Si tienen que pagar un alto precio de alquiler y la GEMA y demás impuestos no es problema ni responsabilidad del artista. Él o ella, como usted, tiene que comer y la feroz especulación ataca a todos por igual. Ahora que lo pienso bien, pareciera que a usted la música se la refanfinfla. Usted lo que quiere es tener delicatessen por todos lados a precio de almacén poligonero de al por mayor. ¡Usted le está gorroneando el talento al artista!

Ojo, a mí la voluntad del público me parece casi siempre maravillosa. Pero esa "voluntad", ese "Spende", se carga de pequeña moneda de cobre cuando ese mismo público se ha dejado lo gordo zampando y bebiendo en su bar. No lo veo. Será la gorra que me tapa los ojos. Ahí se queda. Yo me voy a por mis deshilachados mitones que me salgo a la calle a cantar.



Paloma Lirola

Diario de una cantante

Copyrigth: rumbo @lemania
Diciembre 2017

Idioma original: Castellano

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