Choque de culturas

Kiel en febrero es como Madrid en agosto

© Sol García Prats

Cuando tenía diez años salí propulsada de mi bicicleta y me abrí la cabeza. Al parecer frené con la rueda delantera pero no con la de atrás, que siguió girando en el aire, ajena a la situación –más o menos como yo. Me dieron doce puntos y no volví a coger una bicicleta.
Todavía tengo la marca.

1.
He empezado a contar esta historia un montón de veces. Llegué a Alemania en un vuelo low cost. Tratando de evitar el sobrepeso en la maleta llevaba una bolsa de mano enorme, aún así desbordada, que no me encajaba ni al hombro ni a la espalda y tenía que llevar literalmente en brazos, para disimulada diversión de mis compañeros de vuelo. De esto hace seis años y estas compañías aún no habían restringido el equipaje de cabina.

2.
Yo había terminado la(s) carrera(s) y en España había empezado la crisis. Mal timing. Como recién licenciada en Filosofía y Teoría de la Literatura, y profesora de español para extranjeros, mi futuro no era exactamente brillante. Digamos que tenía un brillo algo mate. Pensé: Necesito un plan, y escuché el chisp de alguna recóndita bombilla al encenderse. Puedo ir a Alemania un año, aprender alemán y buscar trabajo.

3.
Cosas que he aprendido desde entonces:

- No se aprende alemán en un año. Igual consigues que entiendan si quieres tomar el café en una mesa o si lo quieres para llevar. Quizás puedas pronunciar de manera inteligible la parada del autobús donde quieres bajar, en vez de sacar del bolso el papel manoseado donde la tienes escrita, para que el conductor te de un billete. Pero probablemente esto tampoco ocurra al primer intento.
- Cuando acabas de llegar a Alemania y alguien te habla por la calle, pueden darse tres situaciones: que te hablen en alemán, que te hablan en turco, o que sea un norteño fascinado por el sur, feliz de poner en práctica sus conocimientos de español. Es difícil decir cuál de ellas genera una comunicación más problemática. Cuando finalmente aprendí alemán, se dió el curioso fenómeno de que empecé a ser interpelada en inglés.
- Si no vas en bicicleta por Alemania, no eres nadie. Incluso bebés y perros tienen sus propios carritos que se acoplan a las bicicletas de sus padres/ dueños.
- Es mentira que una vez que aprendes a montar en bicicleta, aunque no la uses en mucho tiempo, nunca se olvida. En serio. Se olvida.


4.
Llegué a Kiel en Febrero de 2008. Cuando desempaqueté mi enorme bolsa de viaje en mi nueva habitación, esta seguía pareciendo terriblemente vacía. La ciudad también me pareció, sobre todo, vacía. Como si todo el mundo se hubiera ido de vacaciones, como Madrid en Agosto. Solamente que era un Madrid muy húmedo, muy báltico, en el que los patos andaban a sus anchas por parques encharcados y kilómetros cuadrados de nubes terminaban justamente encima de mi cabeza.

5.
Me llevó un tiempo. Aprendí alemán, reaprendí a montar en bici y me compré un abrigo de esos corta- vientos con las cremalleras selladas y unas botas que parecen de astronauta de paseo por la luna nevada. Y de pronto vi cosas que antes no había visto. Entonces decidí empezar un blog, para contar lo que me iba encontrando, precisamente para contar esta historia.

He empezado a contarla mil veces, pero la verdad es que aún no sé cómo termina. ¡Más, en el blog!



Sol García Prats,
una sureña a orillas del Báltico

Copyright: rumbo @lemania
Abril 2014

Idioma original: Castellano

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