Escena cultural

“Amados. Usados. Odiados. Los alemanes y sus coches”

 Foto: Sammlung Peter Kirchberg

Foto: Sammlung Peter Kirchberg

Ellos los han inventado, los conducen tan rápido como quieren, los protegen y cuidan, los aman y los odian. La relación de los alemanes con los coches es una historia repleta de grandes sentimientos. La nueva exposición temporal de la Haus der Geschichte (Casa de la Historia) muestra la relación veleidosa de una nación con su supuesto “hijo predilecto”.

Y siguiendo con la misma figura retórica, ya sólo leyendo el subtítulo de la nueva exposición de Bonn estoy a 100… Me subo por las paredes de la rabia que me da: ¡¿“Los alemanes y sus coches”?! ¡Que me expliquen a mí quiénes son esos alemanes con sus coches! Porque yo no tengo ninguno. Y como ciclista convencida que soy tampoco tengo ninguna relación con ellos.

Pero, vayamos por partes:
debido a unas obras de renovación, la Haus der Geschichte de Bonn debe cerrar su exposición permanente durante un año. Para que los visitantes del museo no se vayan muy lejos, este muestra mientras tanto una exposición temporal a gran escala sobre el tema “Coches”. Parece que, en Alemania, versando sobre este asunto, nada puede salir mal. La exhibición está hecha para un gran público: quien no se interesa por la historia puede ver coches grandes y rápidos o jugar en el simulador de conducción.

Lo que parece un espectáculo publicitario made in Germany para Alemania, “el país de los coches”, por suerte no lo es. Más bien al contrario: la exposición arroja luz sobre la ambivalente relación de los alemanes con los coches, se interesa por su relevancia social y cultural e incluso osa plantear la cuestión extremadamente delicada de una “identidad nacional” de los alemanes. Por su parte, los organizadores de la exposición de la Haus der Geschichte no podían adivinar que, en el año electoral 2017, el agotador debate sobre una “cultura dominante alemana” iba a volver a encenderse. De haberlo sabido, hubieran podido titular su exposición sencillamente con la pregunta “Sind wir Auto?” (¿Somos coches?) *. Responderla no hubiera sido tarea fácil.

Nada más comenzar, los visitantes pueden escoger, en una estación de lavado, entre los programas de lavado: “amado”, “usado” u “odiado”. En este punto, desde mi condición de ciclista que por supuesto elige el programa “odio”, vuelvo a apaciguarme. (Y empiezo a preguntarme si, de verdad, no tengo ninguna relación con los coches.) En un mapa de Europa, Alemania aparece como el único país sin límite de velocidad en la autopista, para cuyo uso, por cierto, el conductor alemán de a pie no debe ni ha debido pagar nunca nada. En ambos casos, el lema podría ser “conducción libre para ciudadanos libres”.

Esta libertad romántica del amante de los coches (y supuestamente también del grupo de presión de la industria del automóvil) se opone diametralmente a la estadística de fallecidos en accidente de circulación y a la crítica de todos los que ya no se reconocen en esta Alemania, “país de los coches”: los miembros del partido alemán de los Verdes, los ecologistas, los ciclistas, los conductores de autobús y los de tren. En cuanto se toca el tema de los coches, parece como si realmente hubiera dos Alemanias. Yo lo vivo en carne propia cada mañana cuando voy en bicicleta del barrio berlinés de Wedding al de Prenzlauer Berg: en Wedding, los carriles bici son escasos y, por eso, comparto calzada como una kamikaze sobre todo con chicos al volante de coches muy rápidos y muy caros (preferentemente BMW, Audi o Mercedes). Aquí, los caballos de potencia son más interesantes que el límite de velocidad de 50. Sin embargo, en el barrio de Prenzlauer Berg, la realidad es otra: amplios carriles bici, vestimenta deportiva funcional para montar en bicicleta, cascos elegantes y bicicletas exorbitantemente caras que, con sus candados indestructibles, están mejor aseguradas frente a los robos que algunos Porsches. Aquí, la bici es un símbolo de categoría social.

Pero aún expresamos mucho más con la elección de nuestro medio de locomoción: Los coches pueden incluso convertirse en portadores de estereotipos nacionales. De esta manera, de las características de un coche deducimos el carácter de su creador: los coches alemanes son sinónimo de eficiencia, fiabilidad y precisión. Volvo (y, por tanto, Suecia), de seguridad. Los japoneses – tanto los coches como las personas – tienen una larga vida. Y los todoterrenos estadounidenses son despilfarradores y fanfarrones. Las encuestas dan testimonio de que los alemanes creen que la construcción de coches es una especie de “talento nacional”. Como mucho, llegados a este punto, el asunto se vuelve absurdo. Yo ni siquiera sé cambiar una rueda.

Con estas y otras observaciones sobre los coches, la exposición sorprende por lo entretenida que resulta ser y por su humor a raudales. Ya sea porque sentimos odio o amor o amor-odio por ellos, lo cierto es que los coches “mueven”, en el sentido estricto de la palabra, los ánimos.

La exposición se puede ver hasta el 21 de enero de 2018 en la Haus der Geschichte de Bonn.

* En abril de 2017, el ministro del Interior alemán Thomas de Maizière presentó un catálogo de 10 puntos para una “cultura dominante alemana”. El punto número uno dice: “No somos burkas.”



Jenny Baumann,
vive en Berlín y trabaja en la Casa de la Historia de la República Federal de Alemania. Si en Madrid hubiera más museos históricos, hace ya mucho tiempo que se habría mudado allí.

Copyright: rumbo @lemania
Julio 2017

Este texto es una traducción del alemán.

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