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Guillermo Barquero: Deselección antinatural I

DESELECCIÓN ANTINATURAL I

Guillermo Barquero: Deselección antinatural I © editorial germincl Lo digo sin afán de provocar lástima: fui pintor; no digo que era pintor, sino que fui pintor. Finito, se acabó hace tiempo. Entre cada puñado de trazos, chupaba el pincel, sentía el sabor dulce del pigmento y el diluyente entraba en mi organismo muy lento, y caía en un estado de gracia o narcosis, hasta terminar el cuadro completamente drogado. Ahora, sin brazos ni piernas, la pintura se acabó. Sería demasiado complicado explicar cómo, sin brazos, sin piernas ni prótesis, sin ninguna extremidad, escribo estas líneas.

Aclaro, porque es obligatorio: no soy escritor. Alguna vez, cuando se me habían arrancado dos de los dedos de la mano derecha, escribía poesía, incluso anunciaba a los cuatro vientos que era poeta. Ahora sé que no lo fui, no lo era, no lo soy, no lo seré; para ser poeta, se necesita estar imbuido de la constante idea de una muerte prematura, hace falta querer que a uno le peguen un tiro entre las cejas o que lo envenenen con algún fertilizante vulgar, o estar invadido por un sentimiento heroico en el que se quiere salvar el mundo, para al final morir acribillado en una callejuela infecta.

Pero yo nunca tuve ese arresto absurdo de los poetas, simplemente escribía versos al comenzar a pudrírseme los dedos de las manos, poco a poco, como un racimo de bananos ennegrecidos, que de tanto en tanto se caen, sin poderse hacer nada.

En algún momento, cuando solo me quedaban un muñón del lado izquierdo y dos dedos de una mano, decidí reclutarme en la oficina de correos; fue algo natural: mi padre había sido cartero. Entregaba sobres por todos lados, hablaba con la gente, que me miraba sin mala intención los brazos truncos, pero a la vez se admiraban de mi habilidad, que hacía parecer que había nacido así, que mi madre había tomado talidomida para no vomitar y me había mutilado inintencionadamente, en una oscura carnicería dentro de su vientre puntiagudo. Cuando los dedos se me comenzaron a caer —no es tan horrible como pudiera pensarse, era como ir perdiendo insensiblemente el cabello, y despertarse un día medio calvo, un poco melancólico por los tiempos idos de la juventud—, me dejaron de interesar las cartas y los paquetes, es decir, el acto de entregarlos, así que comencé a dedicarme a llevar sobres venidos de todas partes del mundo y paquetes rectangulares a mi casa, que realmente era un sucio cuarto de seis por ocho metros.

En las noches, me colocaba el aditamento que pretendía ser un garfio, pero que no tenía forma definida, cuyo filo era capaz de atravesar la carne —no pocas veces me corté el pellejo y sangré al afilar el aparato—, y con él abría sobres de manila, de cartón o de papel bond. Leía cartas por las noches, y seleccionaba las que fuesen de amor, sobre todo las de amor, que me ponía a leer al caer las madrugadas, sin afanes sensibleros, sin remordimientos por amores idos (que nunca tuve, por cierto), sino por algo parecido al acto de escribir poesía, cosa que no quiero ni voy a explicar en detalle.

Llegaba por mi paquete en la mañana, a la oficina de correos, por supuesto que sin ningún aditamento más que lo que me iba quedando de abdomen y lo poco de tórax que restaba, recogía las grandes bolsas, pesadas y grises. Decía buenos días compañeros y fingía preocupación por el arduo día de trabajo que me esperaba; bueno, aunque debo decir, con algo de orgullo, que caminaba muchas calles y entregaba algunos sobres y a veces recibía el agradecimiento de la gente, pero luego llegaba hasta mi habitación y pasaba el resto del día revisando, abriendo, rompiendo, leyendo, sobresaltándome y releyendo, anotando y cabeceando, cansado y narcotizado por las malas noticias, los desengaños y las mentiras tan, pero tan amargas. Lo que más costaba abrir eran los paquetes rectangulares, de los que esperaba siempre libros. Hallaba muñecas, carritos de baterías, comidas (lo cual no me disgustaba), lamparitas plegables de mesa (muy útiles en las noches); los libros: manuales de Merck de patología, quijotes, piosbarojas, panfletos de asquerosa política de izquierda y derecha. Casi nada que sirviera. Me costaba leer, además; lo hacía en un atril que había logrado desembalar de uno de los paquetes, pero la posición inclinada era un incómodo remedo de alguien sentado a la ventana leyendo.

(...)

El cuento "Deselección antinatural" fue publicado en 2013 en "Muestrario de familias ejemplares" por el editorial germincl.

    Sobre el autor

    Cuando leo a Guillermo Barquero, no sé porque razón escucho de fondo la canción “I feel You”, de los Depeche Mode. Los estridentes acordes de la guitarra martillados una y otra vez, me empujan a pensar que de esa misma manera Guillermo se sienta a soltar las palabras como si una ráfaga de viento arrancasen las teclas y las acomodaran a un alfabeto que solo el escritor sabe descifrar. Más...

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