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María del Carmen Pérez: Muñeca rota I

MUÑECA ROTA

María del Carmen Pérez: Muñeca rota Al principio fueron los brazos, luego las piernas, al final los pechos. A veces se desgastaban, dolían, se soltaban. Cada parte de mi cuerpo se volvía una cosa podrida que se caía por su propio peso. Solamente me quedaban los ojos, la boca, los oídos, el ano, la vagina, cosas penetrables. Así que llegó el día en que comencé a sentir que todo mi organismo estaba hastiado de ser tan “femenino”, quería dejar de ser eso y buscar cosas nuevas; no podía ser hombre porque tampoco quería ser algo que me resultara repulsivo, por eso fue que le pedí a Socorro que me llevara a dar una vuelta por la bahía, y luego le conté de mi sueño en el que volaba por Corn Island y Solentiname. Y ella me dijo que yo tenía sueños raros, que todavía no podía olvidar el último que le conté sobre las entrañas del Cosigüina, la aventura con el hombre que hacía sandboard en las laderas del volcán. Entonces me reí a grandes carcajadas. Reconozco que mis expresiones eran exageradas y no me extrañaría que Socorro hubiese sentido miedo de mí. Ella no parecía ya asustarse de mi estado físico, sin embargo no creo que ocurriera lo mismo con respecto a mi estado mental. En todo caso no era mucho lo que yo podía hacerle. ¿Con qué manos la empujaría? ¿Con qué pies la patearía? ¿Con qué senos la amamantaría? ¿Con qué corazón? Ella era tan dulce.

Socorro solía acompañarme todas las mañanas, a veces se dormía escuchando mis historias. Y yo la veía reposar con los ojos entreabiertos, surcados por esas tupidas y ensortijadas pestañas negras. Desde mi estado de milpiés amputado solía observar con curiosidad la pupila verde y la pupila negra comportándose en el sueño como poseídas por fuerzas disonantes. Quizá la tolerancia de ella tenía que ver con la mía al no molestarla por el hecho de tener los ojos de color disparejo.

Me llevó hasta muy cerca. “Socorro”, le digo. “¿Hasta qué punto sos capaz de amar a tu prójimo?” Y ella se sonreía como boba para responderme: “Hasta el infinito y más allá”. Y yo en tono irónico: “Pero qué niña más graciosa”.

Le pedí que me llevara en la silla hasta el borde del muelle, y ella me advirtió que era peligroso. “Soy tu hermana” me dice, “no tu asesina”. Y entonces la convenzo de que nada me va a ocurrir, le advierto que todo está bien, que yo sé que ella se preocupa por mí, soy su única familia, lo sé bien. Acepta, y entonces le digo que le voy a contar una nueva historia que empiezo sin vacilar:

“Había una vez un hombre que pescó en su red a una sirena de sexo abultado y piernas largas y voluptuosas. (...)

Fin de la parte I

    Sobre la autora

    Para María del Carmen Pérez Cuadra escribir aún resulta algo extraño. “Vengo de una familia muy humilde y de un hogar en el que no había libros. Si hay alguna explicación, debe estar asociada con el proceso de alfabetización que impulsó el gobierno revolucionario." Más...

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