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Francisco Alejandro Méndez: Bar El Pulpo Zurdo

BAR EL PULPO ZURDO - PROSTÍBULO BRASIERES FLOJOS, NO

Francisco Alejandro Méndez: Bar El Pulpo Zurdo La noche cayó estrepitosamente sobre la ciudad. El viento había barrido y arrastrado las toneladas de basura que se esparcían por calles y avenidas y, como teniendo conciencia ecológica, las había arrejuntado en las esquinas. Personajes salidos de las narraciones de Allan Poe tomaban las calles, arrastraban su reumatismo, llevaban consigo botes, chatarra y harapos.
Otros, como seres retratados en novelas de Víctor Hugo o en poemas de Lautréamont, defecaban en los portones oscuros, más de alguno arrimaba un colchón de cartón en un portón decimonónico evidentemente bañado por riadas de orina. Un olor rancio emanaba no solamente de las alcantarillas, sino de cuerpos humanos, perros huérfanos, gatos libertinos y de ratas calcificadas.
Las esquinas permanecían tatuadas por las llantas de conductores de autobuses, que torpemente manipulaban el volante para matar alguna cucaracha trepadora. Los torpes semáforos repetían, cual tartamudos, las intermitentes luces, que ninguno respeta de noche. En más de alguna pared, además de la costra del humo negro y la grasa de la comida chatarra, trazos de grafiti ladraban al vacío. Algún peatón se bamboleaba dubitativo entre morir digna o ridículamente. Los fantasmas del Pelele gritaban por entre los callejones sin salida, las babas del diablo se preparaban a degustar del menú nocturno, variado, las palomas se refugiaban entre dinteles y entorchadas columnas de las iglesias que permanecían con las puertas cerradas, quizá para que ninguna de sus imágenes se diera a la fuga.

Mientras la noche se deslizaba entre luces, luciérnagas, fumarolas y cigarros prendidos a la boca, el comisario Wenceslao Pérez Chanán abandonaba su oficina, cabizbajo, cansado, como vencido por un enemigo silencioso. Parecía que sobre sus hombros se habían posado las patas de un rey zopilote, las que, con sus garras aún con restos de carroña, no le permitían alzar la cabeza y encontrar el camino correcto para la resolución de los tres casos. A estas alturas, el asesinato de los tres hombres ya se había transformado en comidilla de la prensa y en general del ámbito nacional. La agenda noticiosa que la prensa mostraba a sus seguidores había expuesto en editoriales, columnas, reportajes y hasta predicciones de lo ocurrido y de lo que podría suceder. No bastaba la violencia cotidiana, las decenas de muertos por el narcotráfico o el ataque de las pandillas, los tres muertos tenían su “campo pagado” en casi todos los medios. Su audiencia superaba hasta las repeticiones de los partidos de fútbol, en los que la selección nacional quedaba, otra vez, eliminada de su aspiración a participar en un Mundial. No cabía ninguna duda, la forma en la que habían asesinado a los tipos, la amputación de sus miembros y la presencia de las muñecas inflables le daban un toque surrealista a la noticia. Los caricaturistas habían hecho un despliegue de creatividad para mostrar en sus editoriales gráficos lo placentero o sádico de morir teniendo una relación sexual con una muñeca y seguidamente perder lo más resguardado por el hombre.

El comisario se tragó de mala gana un par de manís garapiñados, que no le dejaron el empalagoso sabor en la boca del azúcar. Salió a la boca de la calle. Optó por caminar unos pasos por la Sexta Avenida para repensar un poco sobre el enigmático caso. En otras ocasiones le funcionaba perfectamente cuando salía a pasear, ver a las personas, encontrar respuestas en algún rostro descompuesto e iluminar su cerebro con posibles soluciones para resolver. Pero el comisario no estaba tan seguro si esta vez le serviría la caminata. Recordó a un amigo escritor con quien intercambiaba mensajes electrónicos de vez en cuando. Curiosamente Arturo, como se llamaba el tipo que había conocido brevemente durante una corta estancia en el país. En esa ocasión lo habían asaltado tras salir del aeropuerto. Su cabeza fue herida contundentemente, por lo que fue internado durante varios días en el hospital Roosevelt. Desde hacía algunos años purgaba prisión en Costa Rica, pero debido a su buena conducta en el presidio, donde impartía clases de literatura a los internos, tenía acceso a una computadora, la cual utilizaba para escribir sus novelas policiales y para intercambiar correos con Wenceslao. El comisario lo visitó en el hospital, lo llevó a una rueda de presos para que identificara a los ladrones de sus pertenencias, que fueron capturados y encarcelados. Pérez Chanán no había leído ninguna de las novelas de Arturo y seguramente, jamás las leería.

El comisario enfiló hacia el norte. Cuando caminaba frente al atrio de la iglesia de San Francisco, sintió que alguien le tocó la espalda. Se volteó con rapidez para ver de quién se trataba. Sus ojos enfocaron la silueta de un hombre de baja estatura, con un semblante reducido, quizá por alguna extraña enfermedad. Parecía como si alguna vez hubiera sido un hombre alto de estatura, pero que por razones del destino su cuerpo se había compactado. Era sumamente delgado, con la cara sonriente y con la actitud solvente de “hoy sí te agarré”. Usaba el pelo liso cruzado hacia el lado, su mandíbula terminaba en una V y llevaba unos zapatos negros detenidamente lustrados. El arrecho personaje, tras observar la cara de asombro del comisario, quien interrumpió los recuerdos de Arturo, le mostró una credencial de periodista.

—No pude venir a tiempo, comisario. El oficial Fabio me llamó para informarme, pero hasta ahora salí de la redacción, usted, sabe, ¿verdad?—. Hablaba con mucha velocidad. Parecía que su boca iba más rápido que su cerebro. Al escucharlo, Wenceslao percibió un sabor a confianza y ternura. Se fijó bien en la figura del periodista, como para retratarlo de todos lados: no era un enano, pero si tuviera un par de centímetros de menos, seguramente sería uno de ellos y estaría destinado a trabajar en otro tipo de circo.
Wenceslao asintió y le pidió que fueran a platicar fuera del centro de la ciudad. Detuvieron un taxi. La voz del comisario le ordenó al piloto que se dirigieran hacia la zona cinco.
Wenceslao prefirió que conversaran en El Pulpo Zurdo. Confió en que el periodista aceptaría la propuesta, sin ninguna condición.
Subieron al auto amarillo. Ambos intentaron ver hacia afuera a través de los sucios vidrios. No hicieron ningún comentario de nada, ni del clima o el incremento desmesurado del combustible, como se suele hacer cuando no se tiene de que hablar en específico. Cada uno pensó para su fuero interno en lo que el otro podría aportar con información para encontrar respuestas al caso. Entre ambos hubo un pacto tácito. Se vieron y sonrieron con afirmación.

*

Wenceslao abrió uno de los tentáculos, como le llamaba a una de las puertas de El Pulpo Zurdo, para que entrara el pequeño hombre. Se sentaron en la mesa reservada para los policías. El ambiente del bar era insípido, un poco agrio. El olor a pino esparcido en el piso, limón y chilca, más las colillas de cigarros, escupidas y gotas de sudor ofrecía un caldo de cultivo inédito. La noche y, quizá, el frío habían provocado que hubiera poca clientela. De la vieja rocola salía con desgano una pieza de Roberto Carlos. Luz, la mesera se acercó, le estampó un beso en la mejilla al comisario y sin hablar preguntó con frunciendo su boca pintada quién era el pequeño hombre sentado en el banco y al que le colgaban los pies. Wenceslao le explicó con el rostro que todo estaba bien. Ordenó un cuarto de Predilecto, gaseosas, hielo, limón y bocas. La especialidad del bar eran jocotes verdes con sal; algunas veces, mango verde y cuando la encargada estaba de buen humor, caldito de res o de pollo.
El primero en romper el silencio fue Rutilio Enamorado, ese era el nombre del periodista.

—Salud. Usted me cae bien, comisario. Creo que podemos, entre los dos, ayudarnos, pero antes brindemos por los caídos—, dijo mientras lanzaba al suelo unas gotas de licor.
— (…)
— Como dijo el descuartizador: vamos por partes. ¿Qué le parece, comisario, que tengo en mi poder dos datos que quiero compartirle? El primero es que un primo fotógrafo recibió una llamada interesantísima: mi primo, Luciano se llama, es fetichista. Colecciona rarezas ¿me entiende?, todo tipo de artificios que le sirvan para retratarlos, exponerlos o trabajarlos como piezas de museo. Un caballero, todavía no identificado a petición de él mismo, lo llamó hace unos días desde La Antigua. Sabe qué, salud, pues, le contó que estaba hospedado en un hotel, pero una mañana se confundió de habitación. Se llevó la sorpresa de su vida cuando encontró en la cama una muñeca inflable con un preservativo chisgueteado dentro de su vagina, digo si se le puede llamar así a esa caverna de látex. Además, se topó con otros cuatro adefesios de ese calibre, ¿me entiende? (Wenceslao tragó con dificultad el líquido combinado, en mayor proporción con Predilecto. Tuvo la sensación de que por su cuerpo resbalaba una fila de tarántulas). Espéreme, comisario no ponga esa cara, déjeme que termine. El hombre del teléfono, que, o seguramente es un conserje metiche de esos que andan husmeando, o también puede ser un inquilino fisgón. Realmente, ese dato no lo precisó. Lo cierto es que alguien espió al extraño hombre de las muñecas. De seguro quien haya sido, en lugar de llamar a la policía, decidió pasarle los datos a Luciano, es decir mi primo, a quien conocía debido al tipo de fotografía intervenida que realiza, ¿me entiende? No. ¿Cómo va a ser que no conozca la fotografía digital, comisario? A ver… a ver… Luego le explico...

Ahora bien, ahora viene otra parte interesante. Tras conocer de la loquera que atravesaba el desviado ese, Luciano se trasladó a la Antigua, alquiló una habitación y no sé cómo le hizo, pero lo que le tengo que decir es que fotografió al tipo durante varios días, ¿sabe cómo?... co-gién-do-se a las muñecas. El nombre del sujeto es Andel Armân, paquistaní, nacionalizado guatemalteco. ¿Cómo va ve desdeai?
— (…)
— Segunda: tengo información de primera mano acerca de un prostíbulo que se llama Brasieres flojos, no. Según mi fuente, la encargada del sitio ese en el que las mujeres sacan cero en conducta, es decir una tal doña Güicha, ofrece muy discretamente a sus clientes los servicios de muñecas inflables, in situ y/o a domicilio… Cómo le parece. Ya le di dos nortes, comisario. Vamos, cuénteme algo para que salgamos cabales. Salud, por los caídos…
— Las dos pistas me parecen vitales para la encausar la investigación de caso ¿Cuál me dijiste que es tu apellido?
— No se lo había dicho, pero mi nombre es Rutilio Enamorado Vítola, pero en los medios de comunicación me dicen el pequeño Kapuscinski. Pequeño, claro por lo de mi tamaño y el otro es el apellido de uno de los maestrísimos del periodismo mundial.
— Bueno, bueno, bueno. Sigamos. No sabía que había tanta gente con la cabeza atrofiada en este país, claro, en ese campo de la conducta torcida sexual o, peor el crimen sexual. Claro, no me ponga esa cara Julito, porque, claro, en otros campos estamos bien locos. Nuestra sociedad está que se derrumba, pero imagínese faltaba un ingrediente como el de los locos esos que se cogen a las muñecas o matan para cercenar vergas y huevos.
Tras sentir la manada de tarántulas que se apretaban a lanzarse hacia el vacío de su estómago, Wenceslao pensó que Fabio y Enio debían de encargarse del árabe loco ese.

— Creo que tenemos tiempo para visitar usted y yo, Brasieres flojos, no ¿vamos de una vez? Luego conversamos de los resultados de las autopsias y otros datos que le serán útiles para la “exclusiva” de su reportaje. Pero de una vez le advierto, Julito, que no mencione ningún nombre que comprometa, que todo sea off record.
Julito no entendió porqué el comisario lo trataba indistintamente de vos o de usted, pero se alegró de poder visitar el prostíbulo acompañado de un famoso agente de la Policía Nacional.

Terminaron con el cuarto de Predilecto. Salieron del Pulpo Zurdo. Detuvieron el primer taxi que se les atravesó. Rutilio Enamorado, alzando su cabeza como para que el conductor le escuchara mejor, le ordenó que los trasladara a la dirección donde quedaba ubicado el prostíbulo.
Wenceslao pensaba que la cercanía del prostíbulo con la aparición de los dos primeros cuerpos era de utilidad del caso. Claro, faltaba amarrar lo del tercer muerto, pero el modus operandi del asesino era el mismo. No cabía ninguna duda de que era ya una pequeña luz en el túnel de la incertidumbre.
El taxista pasó frente a la colonia Vivibién. Seguidamente atravesó Jardines de la Asunción, el puente el de la Asunción, subió al costado del cuartel Matamoros, tomó la alameda de Los Árboles, luego siguió por la cuarta calle y la segunda. Finalmente bordeó las faldas del cerro del Carmen hasta que se detuvo frente a una casa blanca de dos pisos.

—Servidos señores. Suerte mi capitán con el cateo—. El conductor vio de pies a cabeza el uniforme de Pérez Chanán, sonrió y se retiró mientras fruncía la boca para silbar y hacía derrapar las llantas.

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    Un Café en la Zona 1 de Guatemala City: a primera vista parece un café absolutamente normal, pero a la derecha del mostrador hay un pasillo que lleva a un cuarto en la parte de atrás, que resulta ser un patio interior, techado y bañado en una luz difusa. Francisco Alejandro Méndez es parroquiano del lugar. Más...

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