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Georgina Vanegas: Taxidermista

EL TAXIDERMISTA (Parte II)

Georgina Vanegas: Taxidermista En uno de esos intentos empíricos que muchas veces llevan al triunfo, traje a un compañero de traba- jo a la casa. La excusa era discutir sobre un nuevo método de taxidermia que estaba teniendo auge en Europa y que aquí no se había desarrollado aún debido a limitantes económicas. Consistía en el uso de cámaras frigoríficas para lograr la conservación de los cuerpos.

Mientras conversábamos, taza de café en mano, lo invité a caminar por el jardín. Sobre una de las macetas que colgaba de una viga había colocado su alma disecada. Cuando estábamos a punto de pasar enfrente, le pedí que nos detuviéramos. Le cogí de los hombros para posicionarlo justo frente a la maceta y le dije: “Daniel, he aquí tu alma”.

Él se quedó viéndola como quien lo hace con algo nuevo e inquietante. Yo contenía la respiración mientras Daniel contemplaba la pequeña masa violeta y amorfa que fumaba un habano, como él lo hacía todas las tardes después del museo. Una carcajada rompió el silencio, seguida de una palmada en la espalda. Sonreía y movía la cabeza de un lado a otro como quien celebra la travesura de un niño. Caminó en dirección a la mesa que estaba en el centro del jardín y dejó ahí la taza. Sacó de la bolsa interna del chaleco un estuche que guardaba en su interior cinco habanos. Tomó uno y me ofreció. Fumamos esa tarde y discutimos sobre los sitios de la ciudad donde el algodón y la espuma podían encontrarse a un precio más barato. Daniel no recordaba nada, el experimento había fracasado.

Pero mi decepción no duró mucho tiempo. Frase conocida es aquella que dice que de los grandes accidentes surgen los grandes inventos.

Días después, invité a la casa a Daniel y a otro amigo muy apreciado al que no había despojado de su alma. Quizás por un sentimentalismo ridículo, puesto que el único que lo sabría sería yo. Sin embargo, dejé que Federico la conservara.

Estábamos en el jardín, donde aún continuaba exhibiéndose el alma de Daniel. Arriba de esta, sobre el ladrillo visto, pegué un letrero que decía: “He aquí tu alma”. Lo había colocado ahí porque en posteriores experimentos quería utilizar las mismas palabras para no dar lugar a equivocaciones.

Federico dirigió la mirada hacia ahí, leyó, pero no dijo nada. En ese momento, Daniel cayó de rodillas y se tocó el cuello como si un collar invisible se lo oprimiera. Entonces pude ver de nuevo la luz violeta que parpadeaba sobre el cuello. Era su alma que había vuelto. Lloró y enterró las uñas en la tierra del jardín. Me miró y, con voz entrecortada, dijo: “¿Cómo pudiste?”.

Federico y yo lo ayudamos a incorporarse. Cuando pudo respirar con normalidad, me miró con indignación y salió de la casa. Yo hacía grandes esfuerzos para no saltar de la emoción. Daniel lo había recordado. Federico, por su parte, no entendía nada. Se marchó minutos después y los dos convinimos en suponer que Daniel padecía de alguna extraña enfermedad y que había que convencerlo de ir a ver a un médico.

Cuando se fue, recordé cómo lucía el alma de Daniel y corrí al jardín. Ahí estaba, solo que ahora era azul, más pequeña y tenía una sonrisa juguetona que recordaba de mi infancia. Era el alma de Federico. De manera que se trataba de una simple ley de sustitución sobre la que no sabía nada. Podía quitar las almas, pero no podía ofrecer en pago la mía, sino la de alguien más.

Daniel se presentó en mi casa al día siguiente. Gritaba y maldecía. Me reclamaba porque decía haber enloquecido por mi culpa. Aseguraba que podía ver el alma de la gente, incluso la suya. Un pensamiento poco noble pasó por mi mente.

Me culpé ante Daniel. Le ofrecí té y logré que se sentara. Juré por mi vida, mas no por mi alma, que quería acabar con ese impulso que me obligaba a tomar las almas ajenas y a hacerlas parte de una sacrílega colección. Me hinqué ante él para pedirle perdón y ayuda para acabar con ese poder demoníaco que no terminaría con mi muerte, porque si así fuera, hace mucho tiempo que me habría condenado al infierno, donde mis entrañas serían devoradas una y otra vez por toda la eternidad. Y aún así ese castigo no podía compararse con la tortura que iniciaba cada día.

Él se hincó frente a mí y lloró. En ese instante sentí remordimiento y vergüenza de mí mismo. Ambos sabíamos lo que teníamos que hacer.

Antes he mencionado que soy capaz de despojarme de mi propia alma. Es verdad. Pero lo que no podría hacer después sería disecarla y ponerla en el molde que le corresponde, porque luego de quedar desalmado no recordaría nada. Necesitaría que alguien lo hiciera por mí. Ese sería Daniel.

Lo entrené durante meses. No porque no tuviera las habilidades (era taxidermista como yo), sino porque había un problema: lo que me apasionaba, a él le asqueaba. Veía con verdadero horror cómo, con un delicado movimiento de mi mano, una persona pasaba a ser nada más un cuerpo. «No tendremos perdón de Dios», decía constantemente y yo me armaba de paciencia. Continuamos así hasta que un día estallé en cólera y le di una cachetada. Me miró como un niño mira a su padre luego de que este lo castiga. Jamás volvió a hacer ningún comentario y sus gestos al momento de disecar un alma eran mínimos. Se convirtió en un autómata.

A la fecha en que escribo estos detalles hemos acordado que me quedaré sin alma en tres días. Yo mismo me despojaré de mi alma mientras diseco un halcón, un venado o un pájaro. Daniel de seguro se sorprenderá un poco al verme a su lado, suspendido, con el alma colgando de una mano. Dirá que se siente un poco agripado y lo acompañaré a la puerta. Él disecará mi alma de manera impecable y a los dos días partirá a Europa. Irá a especializarse en el nuevo método de taxidermia por congelamiento.

Desde ese día mi vida no cambiará mucho. Será la misma, solo que ya no disecaré almas. Probablemente, para el día en que el lector avanza por estas páginas, yo paseo por las calles luego del trabajo, o tomo un wisky con amigos sin ver el espectáculo de luces que antes se ofrecía ante mí todos los días.

Mientras tanto, mi alma permanecerá en el sótano de la casa, con todas las demás. Imagino que tendrá una sonrisa de satisfacción a la vez que alarga el brazo para encontrar otra alma a la que disecar, y esperará que alguien diga en voz alta, o tan solo lea para sí: «Félix, he aquí tu alma», para entonces salir del letargo, recobrar los recuerdos, con ellos la comprobación de mi triunfo y la posibilidad de que mi eterna pasión sea al fin alimentada. Sucede a lo mejor en estos momentos, mientras usted, querido lector, sostiene este texto entre sus manos y mira a su alrededor porque le asalta una repentina ansiedad, que solo es el indicio de que acaba de entregarme su alma.

    Sobre la autora

    Todos hemos escuchado la frase “cuerpo sin alma”, siempre pensé que una persona así podría ser dos cosas: un desalmado, o sea una persona sin escrúpulos, sin principios, ni valores, o una persona sin motivación, sin chispa, sin iniciativa. Al menos es lo que manejaba hasta que leí “El taxidermista” cuento de la salvadoreña Georgina Vanegas. Más...

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