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Alberto Sánchez Argüello - Cuentos: Vergüenza - Descasarse - Posesion

CUENTOS: VERGÜENZA - DESCASARSE - POSESION

Vergüenzas
Era noche de luna nueva cuando Esther fue interceptada por tres hombres a una cuadra de su casa. Se la llevaron a un callejón y la violaron repetidas veces antes de acuchillarla. Un par de horas más tarde Esther se levantó y caminó hasta su hogar. Entró en silencio, se cambió de ropa, cocinó y sirvió la comida.

En el comedor su esposo le notó un goteo rojo en el abdomen y la condujo de inmediato a emergencias. Los médicos intentaron suturarla, pero no pudieron contener la hemorragia. La sangre se fue acumulando en pasillos y cuartos hasta inundar el hospital y luego el barrio. Llegaron los bomberos y comenzó la evacuación.

Los canales locales de televisión mostraron las corrientes escarlatas que entraban a las casas y centros comerciales. Un mes después, helicópteros militares rescataban sobrevivientes en todo el territorio y el presidente cerraba un trato migratorio con países vecinos.

Los últimos testigos que vieron a Esther, dicen que estaba en el techo del hospital, pidiendo disculpas, muerta de vergüenza.

Descasarse
Recogió en rincones, baños y corredores, todas las lágrimas que había llorado por su muerte. Lo sacó del féretro y le sacudió la naftalina del traje. Lo tomó de la mano para regresarle los últimos treinta años de rutinas y aburrimiento.

Le devolvió las frases hirientes y los actos humillantes a cambio de todos los cuidados y comidas que le había preparado con esmero. Tomó los vestidos y regalos de los aniversarios y se los dio junto con las rosas marchitas del jardín.

Empequeñeció a sus hijos, hasta lograr meterlos en el fondo de su vientre. Luego quitó de las paredes las fotos y arreglos primorosos de una vida dedicada al hogar. Se limpió las cicatrices de los golpes y vomitó las amarguras de incontables noches de espera cuando él salía de juerga con otras mujeres.

Sólo le restó invitar de nuevo a todos los amigos y familiares, arrastrar su cuerpo a la iglesia, y ante la pregunta del sacerdote responder con voz bien alta:
—¡No quiero!

Posesión
Cada día, al regresar de la escuela, me detengo en el parque a un par de cuadras de mi casa. Está lleno de juegos rotos y hojas podridas cubren el lugar, excepto por un pequeño carrusel que ya no puede girar.

Ahí fue donde lo encontré. Estaba sentado en un caballito sin cabeza. Tenía casi mi tamaño, con la piel oscura y escamosa. Me dijo que estaba sólo y que se quería ir conmigo. Yo le tomé su mano de uñas largas y le di un abrazo con los ojos cerrados. Cuando los volví a abrir ya no estaba ahí.

De vuelta en casa mi madre me sirvió la comida y me mandó a hacer tareas sin notar ninguna diferencia. Al caer la noche, cuando todos estaban dormidos, me puse frente al espejo a platicar con él. Le pregunté si ellos provocan que las personas guarden secretos oscuros y hagan cosas malas a sus hijos. Me dijo que no.

Ahora sé que mi padre no está poseído por un demonio, al menos no por uno como él mío.

Los cuentos pertenecen al libro "La vida en diminutivo".

    Sobre el autor

    Alberto Sánchez Argüello. Alberto nació en Managua, Nicaragua en 1976. Es psicólogo, escritor, tuitero, bloguero e ilustrador. Ha fundado el colectivo microliterario nicaragüense y el sello digital Parafernalia, ediciones digitales. Más...

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