Amistad: fisonomías de una relación compleja

Una paz gélida

Documental ‘Knowledge is the Beginning’ de Paul Smaczny y grabación en directo del concierto de la Orquesta Diván Occidental-Oriental, dirigida por Daniel Barenboim, en Ramala, 2005.  Foto © Warner ClassicsEl director de orquesta se afana apasionadamente por alcanzar un diálogo en el conflicto de Oriente Próximo. En esta entrevista con la escritora Thea Dorn, que tuvo lugar pocos meses antes del ataque a Gaza, relata por qué visitó el campo de concentración de Buchenwald con músicos árabes e israelíes.



Thea Dorn: Señor Barenboim, una cualidad muy importante para usted, cuando se considera a la música como un medio para la formación del carácter, es la capacidad para el diálogo. En el año 1999 fundó usted, en colaboración con el ahora ya fallecido teórico literario palestino Edward Said, la Orquesta Diván Occidental-Oriental, en la que tocan conjuntamente músicos israelíes y palestinos. ¿Cómo se le ocurrió esta idea?

Daniel Barenboim: En 1998, la ciudad de Weimar fue escogida como Capital Europea de la Cultura para el siguiente año. El director del programa cultural, Bernd Kaufmann, fue a visitarme a Bayreuth, y me pidió que lo ayudara a organizar el programa musical. Le dije: “No puedo, todavía estoy en Bayreuth”. Y él me respondió: “Es usted la única persona que puede hacer algo así, ya que Weimar simboliza lo mejor y lo peor de la historia alemana. Es la ciudad de Goethe y está a tan sólo unos kilómetros de distancia del campo de concentración de Buchenwald”. Así que le dije espontáneamente: “Entonces tiene que hacer usted algo que sea válido tanto para judíos como para palestinos”. Porque el problema de los palestinos es en parte una consecuencia de los crímenes nacionalsocialistas contra los judíos. “¿Por qué no traemos entonces músicos de Israel y del mundo árabe y organizamos un taller con Edward Said?”, le dije yo. Estaba pensando en un verdadero diálogo.

¿Y cómo procedieron? ¿Lanzaron una convocatoria?

Con la ayuda del Instituto Goethe, Sebastian Weigle, mi asistente por esa fecha en la Ópera Estatal, viajó en marzo o principios de abril de 1999 a Damasco, Beirut, Amán y El Cairo. Me sentí sumamente sorprendido cuando recibimos más de doscientas solicitudes de candidatos del mundo árabe. En realidad, yo no había contado con eso. Más tarde les hicimos una audición a los músicos. Claro que no todos estaban a la altura del nivel requerido. De aquellos doscientos, escogimos al final a treinta y dos o a treinta y cuatro, y a éstos se les añadieron luego los israelíes. Para los puestos restantes a ocupar en la orquesta invitamos a músicos jóvenes de la región de Weimar.

¿Cómo trataron los músicos de Israel a sus colegas de Beirut o El Cairo?

El primer año fue muy difícil. Eran, a fin de cuentas, los primeros encuentros entre palestinos que vivían en Israel y palestinos provenientes de los territorios ocupados. Eran también los primeros encuentros entre palestinos de los territorios ocupados y sirios y otros árabes. Y eso, por no hablar de israelíes y sirios. Todos ellos venían de un mundo en el que ese tipo de encuentro no está realmente permitido. Por una parte, predomina un estado de guerra entre Israel y Siria y entre Israel y Líbano. Y existe una paz gélida, una paz que lo único que puede reportarnos es una neumonía, entre Israel y Egipto, así como entre Israel y Jordania. Y de repente, setenta personas provenientes de ese mundo se reúnen en un mismo lugar, tienen que comer juntas, hacer música juntas, pasar juntas su tiempo libre. Fue en realidad muy difícil.

¿Cómo podemos imaginarnos el proceso de acercamiento en su taller? ¿En algún momento se vieron ustedes obligados a llamar al orden?

Por entonces, yo solo no hubiera podido. Por suerte éramos dos. Edward Said también estaba allí. De modo que cada uno sentía que había alguien que lo representaba. Sencillamente, empezamos a hacer música. La mayor parte de esos jóvenes músicos no había tocado jamás en una orquesta.

¿Recuerda todavía cuál fue la primera pieza que interpretaron?

Puesto que en un principio habíamos pensado en un taller de música de cámara, yo había invitado a Yo-Yo Ma. Un gran artista con un instrumento de cuerdas. Yo-Yo se mostró muy entusiasmado, ya que había muchas cosas que lo vinculaban con un proyecto así. Él tampoco pertenece a ninguna parte. Es chino, pero nació en París y creció en Estados Unidos. Tenía cierta sensibilidad para ese sentimiento de ser un extranjero, un forastero. En nuestro taller, los músicos empezaban poco a poco a sentarse juntos, a jugar al ping-pong o al fútbol, y tal vez hubo incluso un par de pequeñas historias de amor.

¿Pero usted no se dedicó a ser el productor de historias de amor a lo Romeo y Julieta entre palestinos e israelíes, o sí?

No voy a contarle a usted ahora esos detalles íntimos. En eso vino un día Bernd Kaufmann y nos dijo: “Si queréis, podríamos visitar el campo de concentración de Buchenwald con todo el grupo del taller”. Entonces yo le dije a Said: “Tú eres el único que puedes transmitirle algo así a los músicos árabes. Yo, en mi condición de israelí, no puedo prescribirle a un árabe que tiene que visitar un campo de concentración”. Entonces Said dio una conferencia que jamás olvidaré: habló sobre Fausto, sobre el Fausto de Goethe. Habló sobre el mal que se esconde en cada uno de nosotros. Y después pasó a hablar, de un modo imperceptible, sobre aquella forma extrema del mal en la época nazi y en los campos de concentración.
Al final, dijo: “Mañana tenemos la posibilidad de viajar a Buchenwald. Creo que deberíamos ir todos”. Que un palestino diga esas frases en un recinto lleno de israelíes, árabes y alemanes es algo que uno apenas puede imaginar. Said pudo abordar el tema sin que nadie se sintiera atacado personalmente. Sólo hubo un músico que no nos acompañó en aquella ocasión. Todos los demás estuvieron allí. Fue un momento muy importante en la formación de nuestra orquesta. En Buchenwald, muchos se dieron cuenta por primera vez de que todos eran iguales frente a las consecuencias de las crueldades de los nazis. En ese momento, los árabes también comprendieron que si hubieran vivido en Berlín en los años 1942 y 1943, hubiesen tenido probablemente el mismo destino que aquellos con los que hasta ese momento no habían tenido nada en común. Fue un momento crucial, y un claro indicio de que teníamos que encontrar un camino que fuera válido para todos nosotros, tanto judíos como palestinos.

¿Qué es lo que se llevan a casa de esos talleres los músicos árabes e israelíes? ¿O deben temer estos jóvenes intérpretes cierto tipo de restricciones a su regreso, por ejemplo, que se los descalifique como renegados o locos?

Hay de todo. Hace poco tuvimos en París nuestro último concierto de este verano. Antes habíamos pasado seis semanas conviviendo y trabajando juntos. Todo el que se incorpora a esta orquesta, da muestras de un valor increíble. Y es que ni en Israel ni en el mundo árabe existe este tipo de intercambios, no forma parte de la línea oficial. Estoy seguro de que cada uno de nuestros músicos se encuentra bajo presión.

¿Cómo se pone de manifiesto eso?

Al principio fue muy difícil para los árabes, por ejemplo, que los israelíes no reflexionaran en absoluto sobre las consecuencias de la fundación del Estado de Israel. Lo que significó la independencia para una parte de la población, pero una catástrofe para la parte restante. Por otro lado, los israelíes no entendían que, a comienzos del nuevo milenio, los árabes no tuvieran ningún conocimiento sobre el Holocausto ni sobre la historia de los judíos. A menudo se producían acaloradas discusiones.

¿Y qué hacía usted en momentos como ésos?

Mostrábamos documentales en el taller que se ocupaban de ese conflicto. En ocasiones fue muy difícil. Y el hecho de que esos jóvenes músicos sigan acudiendo a nosotros pone de manifiesto algo muy particular: en esos talleres no estamos viviendo en la realidad, pero tampoco en una utopía. Tal vez hayamos conseguido crear algo parecido a una utopía real. No sé si eso sería factible los doce meses del año.

¿Interpretan a veces ustedes también a compositores orientales, a fin de hacer justicia a esa paridad occidental-oriental? ¿O se interpreta durante el taller exclusivamente un programa de música clásica occidental?

El programa se conforma exclusivamente de música clásica occidental. Pero durante los viajes, los músicos han celebrado algunas fiestas privadas en las que han tocado juntos, también, música árabe. Mire usted, toda la problemática de Oriente Próximo surge del hecho de que el conflicto entre israelíes y palestinos no es un conflicto político normal.

¿Y qué es, a su juicio, un conflicto político normal?

Por ejemplo, un conflicto entre dos naciones que se disputan intereses relacionados con el gas, el petróleo, el agua o las fronteras. Un conflicto de esa índole puede solucionarse o bien por la vía diplomática o por medio de las armas. Es algo que hemos visto una y otra vez a lo largo de la Historia, y lo seguimos viendo. Pero el conflicto entre israelíes y palestinos es un conflicto humano entre dos pueblos, ambos profundamente convencidos de que tienen derecho a vivir en el mismo pequeño pedazo de tierra. ¿Cómo va usted a resolver eso por la vía diplomática? Es imposible. La solución, sin embargo, tampoco es militar. Este conflicto se ha extendido ya durante seis décadas, desde la fundación del Estado de Israel e incluso desde antes. Se ha trabajado y se trabaja, con la ayuda del mundo entero, en buscar soluciones. ¿Cómo es posible entonces que no se haya encontrado ninguna que sea aceptable para todos?

¿Y...? ¿Tiene usted una respuesta a esa pegunta?

Todavía no se ha alcanzado, ni en Israel ni en los países árabes, el estado mental que sería necesario para ello. Que digamos, por ejemplo: “Éste es nuestro destino, hemos sido condenados o bendecidos por esta convivencia. De modo que tenemos que aceptar esta situación y encontrar una vía para convivir”. Mientras no se consiga esto, ninguna iniciativa de paz servirá de nada, da igual que sea impulsada por los estadounidenses o por los europeos. ¿Cómo va a hablarse de hacer concesiones cuando todavía no se sabe cuál es verdadero problema? Y es justamente este aspecto el que determina la vida en nuestra orquesta: “It’s what we are about”, como se dice en inglés.

¿Coexistencia pacífica en el microcosmos de un taller de música?

Así es, los jóvenes que se incorporan a nuestro proyecto han comprendido esto. Y por eso un israelí puede estar aquí sentado al lado de un sirio y tocar, sólo con la esperanza de que el otro toque bien ese día.

Sin embargo, ¿no resulta poco habitual que los músicos oriundos del ámbito cultural árabe se muestren dispuestos a tocar la música clásica, que tan marcada está por Occidente en sus raíces?

Para nada.

¿No tienen ellos razones para temer el tener que enfrentarse más tarde al furor de ciertas voces conservadoras en sus países de origen, las cuales, tal vez, les reprochen el estar reconociendo la hegemonía cultural de Occidente?

Mire usted, este año, el miembro más joven de nuestra orquesta era un chico palestino de once años de edad, un musulmán. Si oyera usted de qué manera se entrega en las interpretaciones de Mozart, de Mendelssohn o de Brahms, entendería que esa música, sencillamente, es internacional, aun cuando haya sido compuesta en Alemania, Austria o Francia.

En una ocasión ofreció usted un concierto legendario en la ciudad palestina de Ramala, cuya organización resultó ser muy difícil. Este año [2008] pretendía usted tocar en Ammán, lo cual no fue posible por razones de seguridad. ¿Existen diferencias entre el público de Ramala y los espectadores, digamos, de París?

En Ramala interpreté conciertos para piano de Bach. Resulta difícil permanecer sentado ahí todo el tiempo oyendo esa música. Sin embargo, para mí fue fantástico observar la intensidad con la que el público de allí escuchaba en aquella ocasión. Personas que no tienen con frecuencia la oportunidad de escuchar tales conciertos tienen un olfato muy distinto para los mensajes humanos de esos sonidos. El hecho de que todavía hoy nos ocupemos de las composiciones musicales de un cierto señor llamado Bach está relacionado con que su música nos dice algo sobre nosotros, los seres humanos. Y eso lo entiende el público de Ramala, que escucha con una concentración que ya no existe en otras partes donde esta música está siempre disponible. Y eso, para mí, es mucho más importante que poder decir: “He escuchado determinada sinfonía doce o doscientas cincuenta veces”. Si la actitud es la correcta, la música puede llegar directamente al corazón y a la mente, y a veces incluso a la barriga. Cuando la actitud, en cambio, no es la adecuada, de nada sirve el conocimiento que se tenga de esa música.

En su nuevo libro El sonido es vida, describe usted una visión bastante osada en la que plantea que un proceso de entendimiento entre Israel y Palestina puede –o incluso tendría que– concebirse según el modelo de una fuga de Bach.

Cuando escribí eso, fue más bien el poeta que llevo dentro el que tomó la palabra.

Usted ya ha descrito la utopía real de su taller árabe-israelí. ¿Puede el poeta Daniel Barenboim imaginar algo similar en un futuro cercano también para Oriente Próximo?

Vuelvo a repetirlo: es preciso ver este conflicto como lo que es. De lo contrario no encontraremos ninguna solución al mismo. Seguimos buscando el medicamento, pero todavía no conocemos la enfermedad. Y es así que vemos al mundo emitiendo recetas por ahí desde hace años. Y luego aparecen el señor Bush o la señora Rice y dicen: “De aquí al final del año tendría que conseguirse esto o lo otro... tenemos una buena oportunidad...”. Luego echan mano al talonario de Estados Unidos. Ante estas cosas, no nos queda, en verdad, más remedio que reír. Llorar o reír. Porque es una idiotez y no se apoya en la comprensión de los hechos. No ha funcionado a lo largo de sesenta años y seis meses. ¿Y sólo porque ahora las cosas han cambiado un poco en Washington va a ser posible conseguirlo en el plazo previsto? Eso es una idiotez absoluta.

Pero ¿cómo deben continuar las cosas?

Es preciso escuchar a ambas partes. Pero escucharlas de verdad. Luego es preciso ver lo que se puede cambiar, y decir claramente lo que no se puede cambiar. No habrá ninguna solución que haga felices a todos. Pero sí tiene que haber una solución que sea buena para todos.

Daniel Barenboim
(1942, Buenos Aires) es pianista y director de orquesta, y tiene las nacionalidades argentina, israelí y española. En 2008 recibió la ciudadanía palestina honorífica. Desde 1992 es director musical general de la Ópera Estatal Unter den Linden de Berlín. Junto con el teórico literario palestino Edward Said (1935–2003) fundó en 1999 la Orquesta Diván Occidental-Oriental. En 2002 ambos recibieron el Premio Príncipe de Asturias por su contribución a la concordia entre israelíes y palestinos.

Fragmentos de una entrevista que se emitió por el canal de televisión SWR en septiembre de 2008 y de la que, posteriormente, el diario Frankfurter Rundschau publicó un extracto.

Traducción: José Aníbal Campos
Copyright: Daniel Barenboim

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