Amistad: fisonomías de una relación compleja

De la amistad como estado de excepción

Amigos apihi-piha, 
territorio indígena Araweté/Igarapé Ipixuna, Pará, Brasil, 1982. 
Foto: Eduardo Viveiros de Castro © Instituto Socioambiental, BrasilLas etiquetas de la amistad en la Amazonia indican otro mundo de afectos con una sensibilidad irremediablemente ajena. ¿Es el contenido lo que verdaderamente prima en este sistema de relaciones?


Preciamos el movimiento de los afectos, no sus límites, y por ello algunas formas exóticas de la amistad pueden parecernos demasiado exóticas. Manuela Carneiro da Cunha, en su monografía sobre los kraho del Brasil Central, describió una de ellas, hablando de los ikritxua, los amigos formales, y de la delicada etiqueta a que someten su amistad. Los amigos formales, contrariando un hábito general, no deben pedirse presentes: deben, sí, adivinar los deseos de su amigo para satisfacerlos sin que éste los formule. Los amigos formales siembran campos para que sus amigos formales los cosechen; detentan una autoridad absoluta el uno sobre el otro, oficiarán el uno para el otro los rituales más graves, y el funeral de uno contará con la participación esencial del que le sobreviva; aun después de la muerte cada uno continuará portando el título de amigo del otro. Y antes de que llegue ese momento fatal, se apresurarán en reproducir en su propia carne los pequeños sufrimientos que su amigo padezca: una picadura de avispa, una quemadura. Esa amistad de los ikritxua nos parecerá ejemplar mientras no prestemos atención a sus otras características. Es una amistad que viene dada por el nombre: quien sea llamado fulano será amigo formal de quien sea llamado mengano. Y su principal exigencia consiste en que ambos amigos, en el mundo diminuto de las aldeas circulares kraho, se eviten sistemáticamente, se desvíen del camino si es necesario para evitar cualquier encuentro, y a fortiori nunca se dirijan la palabra. Un buen amigo formal se sentirá avergonzado ante el otro, y ni siquiera el nombre del amigo deberá ser pronunciado en su presencia, o ante sus familiares; si por ventura, al toparse con un amigo al que no conocen de vista –lo que es muy posible cuando éste vive en otra aldea– se dirigen a él bromeando, esto es motivo suficiente para que esa relación imperecedera se pierda.

Es una amistad formal, sí, pero aun así es posible sorprenderse de que alguien escogiese el término amistad para traducirla. Las letras europeas han prodigado, desde la Antigüedad clásica, páginas sobre la amistad: sus definiciones y sus valoraciones son diversas, pero de unas a otras predomina en ellas una percepción de la amistad como una variante del amor. La amistad es la forma en blanco del amor, una versión menor, más tenue que el amor; aunque también, en contrapartida, más libre y menos fatal que éste; más clara que el amor, más gentil, más desinteresada, más gratuita. Menos consagrada por los tronos y los altares: “amiga” es la amada en la poesía de los trovadores, o es la compañera en las uniones que, demasiado humildes o demasiado rebeldes, no pasan por las bendiciones oficiales: el amor, así, puede llamarse amistad cuando escapa de lazos y compromisos; no conoce los celos, o los padece menos. Pero, a pesar de esa soltura, y aunque soporte mucho mejor que el amor las ausencias, la amistad parece impensable sin un encuentro que la origine –impensable, también, como algo heredado a través de un nombre–. Amar a una persona desconocida, a la que se vio una vez, o nunca, es una posibilidad ardua pero interesante –ideal, incluso, en algunas escuelas amorosas pasadas de moda–; la amistad con un desconocido es, por el contrario, un absurdo que no vale la pena formular.

Eduardo Viveiros de Castro describe, entre los arawete, otra amistad de excepción, la que se establece entre dos hombres que, más o menos declaradamente, son cada uno por su lado amantes de la esposa del otro (y también, por cierto, entre las dos mujeres que participan en ese cuadrángulo): apihi-piha son los términos que se aplican mutuamente. Lindando con el amor por ambos lados, por el motivo que la inicia y por la ternura que se manifiestan los copartícipes de un nudo que en otros casos daría lugar a una hostilidad fatal, esa amistad de los apihi-piha abreva en una fuente habitual de violencia. Como la de los ikritxua kraho, se cuenta entre esos hitos que nos indican otro mundo de afectos, una sensibilidad irremediablemente ajena, sentimientos de otros que es impensable sentir. Quizá quepa aproximarse a ella si, reparando en otros escritos de Viveiros de Castro sobre la sociabilidad amerindia, imaginamos que esa amistad no se hace sentir como un correlato del amor, sino de la enemistad, la forma básica de relación que, a falta de cualquier otra, se puede esperar de cualquier otro. Entre los enemigos y los que son carne de mi carne se extiende un terreno exquisito, muy vago o muy formalizado, donde circulan quienes no son lo uno ni lo otro, amigos tal vez. El mundo está compuesto de enemigos en potencia, y el amigo no es aquel que se ha instalado al borde del amor, sino aquel extraño a quien un pequeño prodigio, o las artes de la convivencia, han situado a una distancia justa, en ese punto infinitesimal de la balanza en que ha dejado de ser un enemigo genérico sin volverse un enemigo concreto y efectivo. 

Ese panorama pesimista subvierte lo que parece el orden natural de nuestros sentimientos. Nos gusta pensar que la amistad es una disposición espontánea, y que la enemistad es una anomalía, fruto del desconocimiento; que se aborrece al extraño, o al prójimo que se volvió irreconocible. La potencia de nuestras técnicas –la misma que nos permite saber si llueve en Hong Kong– nos permite temer y odiar a gran distancia, a una distancia saludable. Pero en la vida mucho más desnuda de los pueblos amerindios, la enemistad, esa vaga certeza, debe activarse con un contacto mas concreto; íntimo, a veces. El enemigo por excelencia no es el extranjero, demasiado difuso, sino un pariente por afinidad, un extraño que se hizo carne de nuestra carne, alguien con quien se ha compartido conversación y comida, probablemente padre de mis sobrinos, tal vez nieto de mis abuelos. En su etnografía de los parakana, Carlos Fausto describe una relación entre prójimos a los que ese juego designa como adversarios mortales: la misma cabeza que se reclina en el regazo de un compañero –el esposo de su hermana, por ejemplo– puede ser otro día, o momentos después, rota por un mazazo: de hecho, esa intimidad establece un privilegio que sería violado si cualquier otro osase matar a ese enemigo fiel. Algo no tan lejano de aquella anécdota terrible legada por una de esas guerras civiles del mediterráneo: la víctima decía “¿Cómo puedes apretar el gatillo si hemos sido vecinos, soy el padrino de tus hijos y tú lo eres de los míos?”, y el verdugo respondía “¿Acaso preferirías que te matase un extraño?”. Los relatos de guerra que se pueden oír en tantos rincones de la Amazonia indígena suelen narrar un guión inquietante en que la comensalidad o la risa compartida se transmuta en un momento, y como inopinadamente, en actos de violencia. Historias así han servido para tachar las guerras primitivas –nunca declaradas, siempre latentes– de traicioneras y crueles, como si otras guerras no fuesen pródigas en otras traiciones. Aquí nos sirven para mostrar que una amistad como la kraho y una amistad como la nuestra no pertenecen a universos separados: ponen en juego de modos diferentes un mismo triángulo de afectos. Ambas se codean con el amor y el odio. Para una y otra, el amor es un valioso peligro. La formal amistad kraho proscribe los intercambios amorosos, y en la libre amistad europea los amigos que se enamoran pisan un terreno casi tan resbaladizo como el de quien recuesta la cabeza en el seno de su enemigo. Pero en un caso la amistad es un buen inicio que puede culminar en el amor y por error o excepción dar lugar a la enemistad. En el otro, es la enemistad la que de un modo u otro nutre el amor –nos casamos con nuestros enemigos, que nunca dejarán totalmente de serlo– y puede ser reducida a amistad si se la cultiva a la debida distancia.

¿Se puede vivir así, fuera de las especulaciones trágicas o tenebrosas de los antropólogos? A fin de cuentas, hemos oído decir que la amistad –la amistad entre los buenos, la única verdadera según Aristóteles– es el antídoto de la opresión. Apoyados en su amistad, los tiranicidas, dice Montaigne, se atreven a acabar con un déspota que extraía su poder de la enemistad mutua y la desconfianza; y aun sin citas heroicas, entendemos que la sociedad se basa en la amistad, en una benevolencia natural que hace posible la vida política, hasta que alguna prueba en contra la sustituya por la guerra civil. Un mundo en que la forma corriente del humano es el enemigo puede parecer demasiado pesimista; pero optimismo y pesimismo, bien lo sabemos, no equivalen a bondad y maldad, y la historia occidental puede ser el mejor ejemplo de un infierno lleno de buenas intenciones.

La amistad puede ser, en definitiva, un efecto de perspectiva: importa menos su contenido que su sujeto. Alguien observó, con ironía, la facilidad con que en muchos lugares de América los indios toman la palabra “amigo” de la lengua de los colonizadores, por poco que sepan de ella, para aplicarla al primer turista que se presente. El turista responderá del mismo modo, aunque en toda esa etiqueta identifique a alguien que, por interés, presume de una relación que no tiene sentido entre desconocidos. Pero hay ahí algo más que cinismo. Indio y blanco acaban llamándose amigos, y para uno y otro el título significa algo diferente; para éste quiere decir poco más que conciudadano, mientras no crezca hasta volverse un verdadero amigo (y el indio raramente llegará a ser un verdadero amigo, nunca un conciudadano). Para el otro, la amistad es el modo posible de neutralizar una hostilidad segura, de mantener a ese extranjero a raya. Lo que para los indios ha sido la guerra más mortífera de la Historia fue en su día justificado por los blancos como una empresa de amistad, o aun de amor, una campaña para extender a todo el mundo la doctrina de que todos los hombres son amigos, o incluso hermanos. No eran necesariamente hipócritas: muchos conquistadores, colonos y misioneros amaron a los indios cada uno a su modo, y como los indios bien saben, no hay peor enemigo que el que nos quiere.

Pesimismo y optimismo pueden ser diferentes, pero se encuentran en las ambigüedades del afecto, y a fin de cuentas, las amistades indígenas mas exóticas pueden ser menos exóticas que nuestras amistades sin fronteras mantenidas por Internet; mientras el amigo no se deja ver, quizás sea preferible, como en esas aldeas remotas, poder pescar, reír y beber en la buena compañía de los enemigos de siempre.

Óscar Calavia Sáez
(1959, La Rioja, España) es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil. Ha realizado investigaciones sobre temas religiosos en España y Brasil, y sobre etnología indígena de la Amazonia. En 2006 publicó O nome e o tempo dos Yaminawa: Etnología e história dos Yaminawa do rio Acre, y en 2008 la novela Las botellas del Señor Klein.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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