¿Después de mí, el diluvio? Naturaleza – Cultura: Arte

¡Gracias, Darwin!

Ernst Haeckel: lámina 99 de “Kunstformen der Natur“ (1899-1904):“Trochilus. Trochilidae. Colibrís”© Ernst-Haeckel-Archiv, Friedrich-Schiller-Universität JenaSu teoría de la evolución fue revolucionaria, pero hoy la palabra darwinismo es un insulto.

Al margen del juicio que les merezca la era Obama a los libros de Historia del futuro, su victoria simboliza un paso por dejar atrás la sombra de ese hombre que ha marcado nuestro ser y nuestra conciencia de forma más duradera que cualquier dirigente político. Fue Charles Darwin quien dio a conocer a los hombres su origen natural y les profetizó “un futuro de enorme duración” en el que “aspirarían a una perfección cada vez mayor”. Pero fue también Darwin quien atribuyó a la biología un papel predominante en el futuro de su especie, poniendo así un inmenso obstáculo a su evolución. Su teoría de la evolución favoreció y favorece un pensamiento que, hasta hace poco, hacía ver como utópica la elección de un mulato de familia modesta para ocupar el cargo político más poderoso del mundo.

La sombra de Darwin es exactamente cuatro letras más larga que su nombre: ismo. Ellas son las que marcan el límite entre ciencia y concepción del mundo, entre idea e ideología, biología y biologismo. Ningún científico de su rango, ningún Newton, Einstein o Heisenberg tuvo el honor de entrar en la Historia como fundador de un ismo. Pero Darwin paga por ello póstumamente un alto precio: entre los biólogos sigue siendo de buen tono proclamarse seguidor de sus teorías para distanciarse del creacionismo, pero en el habla corriente darwinismo equivale a darwinismo social, a abrirse paso a codazos y al derecho del más fuerte en la omnipresente competencia por imponerse al otro. Cuando alguien llama a otro darwinista, normalmente no lo hace con intención amistosa. Cuanto más darwinista se muestre una sociedad, tanto más egoísta, insolidaria y fría es.

¿Mas qué tiene Darwin que ver con ello? ¿Se le colgaron injustamente las cuatro letras o el darwinismo (social) lleva con razón su nombre? ¿Las sociedades están realmente sujetas a su ley fundamental biológica o en la convivencia humana influyen otros mecanismos más allá de la biología? ¿Hasta qué punto es responsable Darwin de haberse convertido en una figura más polémica que ningún otro científico?

Los extraordinarios logros científicos de Darwin están fuera de discusión. Fue el primero en formular una teoría universal de la vida. Describió el poder creativo de la muerte, sin la que no habría progreso evolutivo. Dio a la existencia humana una base natural y material. A partir de la publicación de su teoría de la evolución sabemos qué es lo que mantiene unido en lo más íntimo al mundo de los seres vivos: su historia evolutiva.

Según la teoría del “origen común”, el legado imperecedero de Darwin, todas las criaturas tienen un mismo origen. Al ofrecer un mecanismo plausible del proceso evolutivo, desafió a la historia de la creación, en su tiempo el modelo más común para explicar el origen de las especies. Para Darwin no fue un Dios planificador quien creó la inconmensurable variedad de la vida, sino un proceso sin plan llamado “selección natural”, en el que azar y necesidad se complementan productivamente.


El análisis del capitalismo sirve de modelo a la teoría de la evolución

El dilema de Darwin tiene su origen, por así decirlo, en los defectos de nacimiento de su teoría, sin los cuales no hubiera podido surgir en el siglo XIX. Tras reconocer la mutabilidad mediante evolución de las especies, basándose en fósiles y en especies modernas, compara el proceso evolutivo con la cría de plantas y animales. A su juicio, la modificación de las especies no es otra cosa que evolución dirigida y acelerada. Los colegas de Darwin le advierten que la “selección” artificial y natural se diferencian radicalmente. En un caso se persigue, con ayuda del saber y la voluntad humanos, conscientemente un objetivo; en el otro, faltan el objetivo y una mano que establezca un orden, a menos que, como los defensores del “diseño inteligente”, se introduzca a Dios en el juego por la puerta de atrás.

Puesto que, por término medio, en cada generación los peor adaptados quedan excluidos de la procreación, en el estado salvaje no se da una selección positiva como en la cría, sino normalmente negativa. Si los criadores tuvieran que proceder como la naturaleza, necesitarían mucho tiempo hasta obtener éxitos (y eso en el caso de que obtuvieran alguno). Por sí misma, la evolución nunca hubiera creado los pinscher o los dogos, el turbotrigo o las supervacas. Son productos de la cultura.

En el siguiente paso Darwin saca a relucir su genio deductivo. Asocia sus conocimientos de la cría con la teo­ría de la población de un economista, es decir, con una construcción teórica concebida para los humanos. Si, como pensaba su compatriota Thomas Malthus a finales del siglo XVIII, la Humanidad crece exponencialmente y se duplica en una generación, mientras que la producción de alimentos sólo aumenta linealmente, entonces tiene que llegar forzosamente un momento en el que no todos tengan suficiente para comer.

Malthus profetiza hambrunas con consecuencias dramáticas como enfermedades, guerras y canibalismo. Piensa que sólo los más fuertes sobrevivirán a la lucha por la supervivencia. Sus ideas reviven el bellum omnium contra omnes del filósofo Thomas Hobbes, la guerra de todos contra todos, que hoy se llama sociedad competitiva. La doctrina política basada en el análisis de Malthus es una de las más influyentes del siglo XIX. En contraposición al espíritu de la Revolución Francesa, rechaza cualquier tipo de transferencia social, ya que las limosnas sólo animan a los pobres a tener más descendencia.

Darwin traslada el struggle for existence maltusiano a la naturaleza. Así, el análisis económico del capitalismo manchesteriano sirve en cierto modo de modelo a la teoría de la evolución biológica: desde la competencia de todos contra todos hasta la aparición de nuevos nichos de mercado o productos, pasando por los mecanismos de selección del mercado. El darwinismo social de nuestros días no hace otra cosa en el fondo que volver a proyectar, mediante una teoría científica, la ideología del capitalismo temprano a la sociedad, para proporcionarle así aparentemente un fundamento de leyes naturales.

Cuando se acerca al ser humano en su obra, Darwin sigue la lógica de sus propios descubrimientos. Dado que el Homo sapiens, en cuanto animal “no determinado” (Nietzsche), se ajusta, como todas las otras criaturas, a las leyes de la evolución biológica, todo lo que constituye al ser humano tiene asimismo que haber pasado por el molino de la selección natural. Darwin cree que, expresado en el lenguaje actual, las diferencias culturales están fijadas genéticamente, que los genes dirigen nuestro comportamiento y éste, inversamente, se refleja en los genes, y que “la educación y el entorno sólo tienen un pequeño efecto sobre el espíritu de las personas y que la mayor parte de nuestras características son congénitas”.


La “supervivencia del más fuerte” es una tautología: vencedor es el que vence

He aquí la causa de la ceguera de Darwin: no toma en cuenta el poder de la evolución cultural que, a más tardar cuando el hombre se hizo sedentario, empezó a imponerse a la evolución biológica. A diferencia de sus parientes más próximos, el Homo sapiens puede hacer crecer la cantidad de alimentos disponibles por encima de los límites naturales.

Desde los tiempos de Darwin los humanos se han multiplicado y pronto alcanzarán la cifra de siete mil millones, gracias al progreso médico y técnico, y han ido dejando cada vez más atrás la evolución biológica. La principal condición para la selección natural –un exceso de descendientes, de los cuales, por término medio, sólo una parte se reproduce–, se da cada vez menos en las sociedades modernas. Con dos niños por pareja y un índice de supervivencia de los recién nacidos cercano al cien por cien, la selección en el sentido darwiniano ha dejado prácticamente de tener efecto. En todo caso, la evolución biológica desempeña un papel apenas digno de mención frente a la mucho más efectiva evolución cultural.

Al superponer la naturaleza a la cultura, lo innato a lo adquirido, Darwin concede a los individuos de su especie poco margen de desarrollo: el ser humano es bueno o malo, pobre o rico, superior o inferior, porque la biología lo ha hecho así. Hoy sabemos que la evolución biológica, con cada persona que nace, entrega a la cultura un ser extremadamente sensible moldeable en muchas direcciones. Que alguien tenga éxito o no, que sea violento o pacífico, mentalmente despierto o torpe, depende esencialmente de los alimentos que reciba en los comienzos de su vida, sean éstos comida o saber, trato social o calor humano. Cuantas más posibilidades se le den a una persona en su infancia, tantas más tendrá después. Pero el darwinismo, siguiendo sin duda a Darwin, no le concede al hombre justamente esa forma de igualdad de oportunidades.

Las cuatro letras de su sombra tienen su origen en una tautología, la supervivencia del más fuerte. En la
lucha por la existencia, sostiene Darwin, sobreviven los más aptos, mejor dicho, los que mejor se adaptan.
O como descripción tautológica del status quo: vencedor es el que vence. Esta fórmula es de las más ricas en consecuencias que haya escrito un investigador. No es crea­ción de Darwin sino del sociólogo Herbert Spencer, es decir, otra vez tiene su origen en un modelo social.

Spencer está considerado el fundador del darwinismo social, aunque hoy no compartiría en absoluto sus tesis. Cree en la evolución cultural, en la evolución total, desde el cosmos hasta el alma, desde la molécula hasta la moral. Lo enfermo, lo débil, lo degenerado se elimina a sí mismo en la lucha por la existencia. Lo mejor es el enemigo de lo bueno. En el Origen de las especies de Darwin, publicado en 1859, encuentra la pieza biológica para su modelo social.

Darwin no adoptó la expresión “supervivencia del más fuerte” hasta algunos años más tarde. En su obra principal aparece por primera vez en la quinta edición de 1869. En ese tiempo está escribiendo ya su obra siguiente sobre El origen del hombre. En ella, basándose en Malthus, se expresa también políticamente: “Todos aquellos que no puedan ahorrarles a sus hijos una gran pobreza deberían abstenerse de casarse. La pobreza no es sólo una desgracia, sino que tiene como consecuencia su propio crecimiento”. Al mismo tiempo reconoce “que en las ediciones anteriores de mi Origen de las especies le di probablemente demasiada importancia al efecto de la selección natural o de la supervivencia del más apto [...], éste es uno de los mayores defectos que hasta ahora he detectado en mi obra”. Pero el genio ya se había escapado de la botella. Y domina hasta hoy, incluso de manera no expresa, el discurso social.

Como casi ningún otro, el biólogo Ernst Haeckel dio a conocer durante su vida las teorías de Darwin, sobre todo en Alemania. Para Haeckel la selección natural es una parte de “una teoría universal de la evolución que abarca, en su enorme extensión, todo el campo del conocimiento humano”. Haeckel pone el darwinismo al servicio de la ideología política, establece la selección y la competencia como el fundamento del progreso social y concibe el estado nacional alemán como un proyecto darwinista. Es él, más que ningún otro, quien proporciona al racismo una base científica.

Hoy sabemos que el concepto de raza, tal y como lo utilizan los criadores, no tiene ningún sentido aplicado al ser humano. Nuestra especie no es, pese a la eugenesia y los delirios del racismo, el resultado de una cría planificada. Más bien somos el resultado de varios cruces, mezclas que se pueden diferenciar individualmente más dentro de una población que de continente a continente.

Barack Obama, como mestizo con madre europea y padre africano, pasa el Rubicón de las razas de manera ideal. Con él, la era del posracismo adquiere un rostro. Su victoria no se debe a privilegios heredados sino a talentos innatos y a la posibilidad de desarrollarlos con una buena educación. Es una prueba viviente de la validez de uno de los principios más importantes para la pacificación del mundo: igualdad de oportunidades y transparencia social.

A diferencia de Obama, Darwin no provenía de las clases bajas; nació en una familia burguesa, rica y privilegiada. El éxito y la fama se los debió menos a sus genes que al dinero de su padre. Si hubiera nacido en una familia humilde, habría acabado probablemente de trabajador en una fábrica o en una mina de carbón, pese a su talento.

Que esto, no obstante, tampoco era ya una necesidad natural en su tiempo, lo demuestra la biografía de su oponente Alfred Russel Wallace. Hijo de una familia pobre, adquirió sus conocimientos de naturalista de forma autodidacta y desarrolló, independientemente de Darwin, las mismas ideas de una evolución mediante modificación y selección. Pero mientras que, según ­ Wallace, el cuerpo humano ha finalizado en gran medida su evolución (una concepción muy moderna), el espíritu humano sigue desarrollándose y se eleva por encima de la evolución biológica.

No es Darwin sino el hombre opacado por su fama quien comprende la cuestión esencial: la evolución ­ cultural no se desarrolla darwinísticamente sino la­mar­ckia­na­men­te. La lengua, el uso de herramientas, los conocimientos científicos o la mitología se transmiten culturalmente y no a través de los genes. La información corre más rápido que la sangre.


Los sociobiólogos y los psicólogos evolutivos nos devuelven a la Edad de Piedra

El programa darwinista encuentra su prolongación moderna en la sociobiología, que trata de explicar el comportamiento animal y humano con modelos evolutivo-biológicos. En ellos vuelve a estar presente la idea de Darwin de explicar no sólo los rasgos físicos sino también lo espiritual por medio de los mecanismos de la evolución biológica, para, de este modo, subordinar a ésta la evolución cultural. Los sociobiólogos y sus retoños más jóvenes, los psicólogos evolutivos, nos devuelven a la Edad de Piedra y afirman (sin poder ofrecer pruebas) que nuestro comportamiento actual se desarrolló en lo esencial como adaptación biológica a las circunstancias de entonces. Su argumento es fiel a la manera de pensar darwinista: puesto que existe, tuvo que haberse impuesto por ventajoso en algún momento. Lo mismo vale para la codicia o la pedofilia, la xenofobia o la misoginia. Según esta teoría, la violación “es un comportamiento favorecido a lo largo de la historia filogenética”. Así, la violencia masculina es explicada como parte del proceso evolutivo, y los hombres quedan prácticamente absueltos, pues los culpables son ¡los genes!

Nadie discute el papel fundamental de los instintos (congénitos) para el comportamiento humano. No nos excitamos sexualmente o experimentamos descargas de adrenalina ante el peligro porque alguien nos lo haya enseñado. Pero afirmar que somos las marionetas de aquellos genes que se mostraron ventajosos para nuestros primeros antepasados equivale a negar la influencia de la civilización y la cultura.

En realidad, los genes no “hacen” nada, del mismo modo que los textos por sí mismos nada hacen. A lo sumo, si se los “lee”, se hace algo con ellos. Los sistemas biológicos, en cuanto auténticos actores, utilizan el genoma para mantener sus funciones vitales y adaptarse a las circunstancias externas, no a la inversa. Pueden incluso hacer avanzar activamente el proceso evolutivo, por ejemplo mediante “genes saltarines”, y de este modo salvar su especie llegado el caso.

Probablemente Darwin se alegraría de este moderno punto de vista de la biología. Él mismo sospechaba ya que la selección natural no iba a perdurar como único mecanismo evolutivo, si bien la consideraba la fuerza motriz y decisiva. Su descubrimiento conserva validez hasta hoy. Lo que seguramente le hubiera gustado menos es ver que actualmente son otros los mecanismos que desencadenan los saltos y los grandes impulsos evolutivos.

Con ello, otro aspecto de la teoría sobre el que se basa el darwinismo social pierde importancia: el progreso es sobre todo el resultado de la competencia entre individuos. Actualmente la cooperación se considera más bien el principio determinante en los sistemas biológicos, y además a todos los niveles: las moléculas forman células que cooperan en tejidos y órganos, éstos a su vez sirven al organismo, que se integra, como parte de una comunidad, en el ecosistema y en la biosfera.

Darwin entendía la cooperación no como lo contrario de la selección natural, sino como su resultado. En la lectura ultradarwinista de Richard Dawkins todo se ha desplazado exclusivamente al nivel de los genes. En su concepción del mundo, también la solidaridad y el altruismo tienen su origen en última instancia en motivos egoístas. El hecho de que su hipótesis, pese a la crítica cada vez mayor del mundo especializado, siga gozando de tanta popularidad tiene que ver de nuevo con un fenómeno especular: en ella se reconoce la parte de la sociedad que se ve como triunfadora y utiliza las ideas del darwinismo social como justificación de sus privilegios.

“Tiene que haber una competencia abierta para todos los hombres”, escribe Darwin en El origen del hombre, “y las leyes o las costumbres no deben ser obstáculos para que los más capaces obtengan el mayor éxito y críen el mayor número de descendientes”. Sólo que, con los más capaces, está refiriéndose a él y a sus semejantes.

Con su lema electoral change, Barack Obama puso el cambio evolutivo en el centro de su campaña. Acababa de cumplir dos años cuando Martin Luther King proclamó su sueño al mundo. Obama lo ha hecho realidad ni siquiera media vida humana después, como para probar la eficacia de la evolución cultural. Su victoria se la debe en buena parte a un espíritu colectivo sostenido por una simpatía mundial. De este modo, ha contribuido al éxito de la cooperación, el más genuino principio biológico.
Y ha dado un gran paso del yo al nosotros. Él no dice “I can”, sino “we can”.


Versión abreviada de un artículo publicado en Die Zeit del 31 de diciembre de 2008.
Jürgen Neffe,
doctorado en Biología, fue reportero de la revista Der Spiegel, para la que también trabajó como corresponsal en Nueva York. En 2003 dirigió la oficina berlinesa de la Sociedad Max Planck. Ha recibido varios galardones por sus trabajos, entre otros el Premio Erwin Kisch. Su biografía de Einstein fue ensalzada en 2007 por el diario Washington Post como “Book of the Year”. En 2008, la Editorial Bertelsmann publicó su obra Darwin. Das Abenteuer des Lebens.

Traducción: Luis Muñiz
Copyright: Die Zeit
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