El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

Héroes y antihéroes

Iván Abreu (La Habana, 1967),“Ice Vinil 0.1”, México, 2007, Impresión ligthjet sobre trovisel con laminado UV, 60,7 x 90 cm, 5ª edición © Foto: Iván Abreu El período de la independencia en la literatura hispanoamericana hasta el Bicentenario.

La literatura es, por lo general, un medio lento. Reacciona con un cierto retraso a sucesos históricos significativos y los suele reelaborar sólo en determinados géneros. Esto también vale para la literatura hispanoamericana sobre la independencia nacional, que en primera línea se tematiza en la novela histórica, es decir, en aquel género que estaba de moda en Europa cuando los movimientos independentistas. Pero al lado suyo, la rememoración del período de la independencia se expresa asimismo en la lírica –adoptando principalmente la forma de odas patrióticas–, así como también en textos historiográficos, en biografías noveladas y en autobiografías.

La confrontación artística relativamente tardía con la independencia también tiene causas históricas: por una parte, las situaciones casi de guerra civil se mantuvieron hasta entrada la mitad del siglo XIX; por otra parte, en la Hispanoamérica de ese siglo no existía una tan marcada diferenciación entre letrados, políticos y militares como la que había en Europa. Esto significa que muchos de los letrados eran a la vez luchadores independentistas y por lo tanto colocaban la escritura a continuación de esa lucha, o al servicio de la revolución. Ello explica no sólo el retraso en el tratamiento de la independencia en sus escritos literarios (muchas de las obras más significativas aparecieron recién en la segunda mitad del siglo), sino también su estética específica. Aun cuando el Romanticismo europeo, sobre todo el francés, fue tomado como modelo por los liberales, en primera línea se trataba de sus implicaciones políticamente nacionalistas, y menos de la modernización romántica de las formas literarias, las filosofías de la vida y el individualismo que arribaba con ellas.

La traducción cultural de los modelos europeos trajo como consecuencia que la confrontación con la independencia en la literatura hispanoamericana fuera estéticamente menos radical que el Romanticismo europeo. Más que en una crítica de los movimientos independentistas, los escritores de las elites criollas del siglo XIX estaban interesados en la construcción de naciones independientes y en su legitimación política y cultural, así como en la creación de una cultura nacional lo más homogénea posible. Por lo tanto, la identidad nacional está en el centro de la literatura de después de la independencia, y la representación literaria de esta última se halla subordinada a esa cuestión.

El siglo XIX

Al correr del siglo XIX, y pasando por alto los textos autobiográficos así como los panfletos de los héroes de la independencia (la mayor parte de ellos de naturaleza glorificadora), aparecieron una gran cantidad de las llamadas novelas históricas, pero que tomándolas en sentido estricto no eran históricas, pues aunque estilísticamente se orientaban hacia el modelo Walter Scott, y también traían a primer plano a los héroes “medianos”, la mayoría de ellas trataban de acontecimientos del presente inmediato. Crearon un tipo ideal de patriota liberal que luchaba por la independencia, o la defendía, y en último término representaba la versión exitosa de la historia del liberalismo hispanoamericano, tras la que desaparecían los enfrentamientos internos en las ex colonias hispanas que siguieron a la independencia.

Este héroe es también en primera línea alguien que actúa y piensa como liberal si es presentado, por ejemplo en las novelas del mexicano Ignacio Manuel Altamirano, como un mestizo ideal que, sin embargo, ignora consecuentemente sus raíces culturales indígenas, mientras que en la realidad histórica, tras la independencia, se acrecienta más bien la opresión de la población indígena. En las novelas históricas en el más amplio sentido, Eros y Polis están tan vinculados entre sí que el amor a la mujer y a la nación constituyen una unidad armónica dentro de las ficciones fundacionales del moderno Estado nacional. Un ejemplo de ello son las novelas Amalia (1851), del argentino José Mármol, o Martín Rivas (1862), del chileno Alberto Blest Gana.

Al lado de los héroes ficticios de tales alegorías nacionales, se presentan asimismo figuras y acontecimientos históricos. Surgen novelas que arrojan una luz sobremanera positiva acerca de las luchas por la independencia, como por ejemplo Sacerdote y caudillo (1869), del mexicano Juan A. Mateos, que narra la vida de Miguel Hidalgo, o Venezuela heroica (1881), del venezolano Eduardo Blanco. Y se publican, cada vez más, obras que adoptan una posición crítica frente a los caudillos y a los militares que gobiernan dictatorialmente. El ejemplo más conocido es Facundo o civiliza­ción y barbarie (1845), del argentino Domingo Faustino Sarmiento.


El centenario de 1910

En cualquier caso, en el último tercio del siglo XIX parece suficientemente agotado el tema de la independencia nacional y se lo representa más bien indirectamente bajo el aspecto de la creación de una cultura nacional homogénea. Recibe recién nuevos impulsos con los fastos del centenario de 1910. Pero de los ditirambos surgidos a raíz de ese centenario, y que en muchos casos fueron obras escritas por encargo del Estado, no ha sobre-vivido casi nada, quizás también porque a bastantes escritores el tema les pareció poco atractivo sobre el trasfondo de un nuevo acercamiento a España en el cambio de siglo, y a la vista de los conflictos sociales que ya existían y que encontraron su culminación en la Revolución Mexicana.

A partir de los años ochenta

Recién con el florecimiento de la “nueva novela histórica” en el subcontinente, a partir de los años ochenta, el período de la independencia vuelve a ponerse de moda literariamente. Sólo que las imágenes heroicas del siglo XIX son deconstruidas; los líderes heroicos de los movimientos independentistas mutan a antihéroes, presentándose reducidos a una medida humana con todas sus debilidades, y con sus amores y aficiones personales al margen de la acción política.

Ya en 1969, en El mundo alucinante, el cubano Reinaldo Arenas había contado la vida, el exilio y las aventuras de Fray Servando Teresa de Mier en una cabalgata de elementos fantásticos y realistas, escribiendo de ese modo más una alegoría del presente en su país que una historia del héroe de la independencia mexicana. En 1981, el venezolano Arturo Uslar Pietri, en La isla de Robinsón, hace mayor hincapié en el fracaso de las ideas ilustradas de Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar, que en su influencia en el movimiento independentista. En Los pasos de López (1986), del mexicano Jorge Ibargüengoitia, un solitario y desorientado Miguel Hidalgo vaga por el territorio sin que se le presente la ocasión de llevar a cabo actos heroicos. El colombiano Gabriel García Márquez, en El General en su laberinto (1989), cuenta los últimos meses de la vida de Simón Bolívar como una consunción que va de la mano con la agonía de su sueño político de una Latinoamérica unida. Como ya sucedía en El otoño del patriarca (1975), la soledad del poder se encuentra en el centro de la novela. Y el mexicano Carlos Fuentes describe en La campaña (1990) la búsqueda del gran amor de su héroe ficticio Baltasar Bustos, que a consecuencia de ello se ve envuelto más bien por casualidad que por convicción política en las convulsiones de la Revolución.

Los autores mencionados son tan sólo algunos de una multitud de escritores que se han ocupado de nuevo de la independencia nacional. La mayor parte de las veces sucede ello en el sentido de una deconstrucción de las figuras de los héroes. Y son casi exclusivamente autores, y no autoras, quienes se ocupan del tema. Ni siquiera en el siglo XIX habían desempeñado los héroes de la independencia un papel destacable en la literatura femenina hispanoamericana, con algunas excepciones, como los cuentos y novelas cortas de la argentina Juana Manuela Gorriti.

El siglo XXI

En todo caso, parece ser que la independencia literariamente ha pasado de moda de nuevo desde el cambio de siglo, lo que no significa que en este año jubilar no debamos contar con su regreso, haciendo honor a las leyes del mercado. Más allá de las declaraciones políticas y de los debates académicos, y en especial entre la población más joven de Hispanoamérica, puede detectarse una cierta indiferencia en relación con la cifra 1810 (una cifra ficticia, que en la mayoría de los casos no coincide con la fecha real de la formación de la nación), y eso cambiará poco pese a los fastos del Bicentenario y a las obras de escritores orientados hacia los jubileos históricos. Los más de los jóvenes conocen las fechas de las grandes batallas y los nombres de los héroes militares, políticos e intelectuales de la independencia tan sólo por la educación primaria, los monumentos y los letreros de las calles, y si se les preguntase, muchas veces no sabrían cómo vincular fechas y nombres con un determinado acontecimiento histórico. Pero a quién se le ocurriría la idea, en medio del estruendo de las fiestas del Bicentenario, de preguntar por recuerdos olvidados más allá del pensamiento oficial...


Iván Abreu: M(R.P.M.)

Masa en función de las revoluciones por minuto
Iván Abreu (La Habana, 1967),“Ice Vinil 0.1”, México, 2007, Impresión ligthjet sobre trovisel con laminado UV, 60,7 x 90 cm, 5ª edición © Foto: Iván Abreu
La foto demuestra una experimentación con vinilos (discos) de hielo creados a partir de moldes; este proceso permite transferir información (sonora) a un material radicalmente inestable como el hielo, que registra y a su vez es incapaz de conservar por periodos de tiempo prolongado la información grabada en los surcos del disco. Esta transformación del sonido original del vinil constituye el proceso sonoro único de la obra.
En esta edición mexicana Iván Abreu, quien vive y trabaja en México, copia un long play titulado “Música y voz de la Patria, Himno Nacional” que constituye por su oficialidad e historia la imagen-sonora de la nación: marchas militares, toque a la bandera, himno nacional, etc.
La reflexión artística sobre los signos del Estado-nación cobra especial actualidad en el año del Centenario y Bicentenario mexicanos.
Friedhelm Schmidt-Welle
trabaja como investigador en el campo de la Literatura y los Estudios Culturales en el Instituto Ibero-Americano de Berlín, y actualmente (2008-2010) es profesor visitante de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Colegio de México (Cátedra Humboldt del DAAD) de Ciudad de México.

Traducción del alemán: Ricardo Bada
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Septiembre 2010
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