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Rocío Silva Santisteban
“Seguiremos siendo feministas y marxistas”

© Revista Comando

Hablar de mujeres y marxismo en América Latina no es sencillo, dice nuestra columnista.

De Rocío Silva Santisteban

En América Latina, las mujeres han sido aguerridamente marxistas. Mujeres como la terrorista Augusta La Torre, que organizó en Lima el primer Comité Femenino de Sendero Luminoso, o guerrilleras míticas como Tania, la compañera del Che Guevara muerta en la selva boliviana, o comandantas zapatistas como la Comandanta Ramona, que leyó la proclama del movimiento en el Congreso mexicano en 2001.

¡Y cómo no serlo, si muchas desde niñas escuchábamos arengas como “Campesino: el patrón no comerá más de tu pobreza”!

Cuando yo tenía poco más de seis años, en mi país, Perú, el izquierdista Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas había confiscado grandes latifundios a través de una radical reforma agraria. Mis abuelos eran maestros pobres e hinchas del General revolucionario Juan Velasco Alvarado. En mi casa se respiraba el espíritu del socialista Partido Aprista Peruano. Por eso cuando a los 15 años me preguntaron si quería un quinceañero o un regalo, le pedí a mi padre la colección completa de Amauta, la revista del periodista marxista José Carlos Mariátegui. Yo era una nerd, pero una nerd comunista.

Cuando ingresé a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en pleno conflicto armado peruano durante la década de 1980, las referencias a Marx eran un vértigo: desde los albaneses partidarios de Enver Hoxa hasta los diversos tipos de maoísmos, el matiz podía convertirte en un perseguido: no era lo mismo ser de Patria Roja (partido que participaba de las elecciones con miles de maestros afiliados) que ser de Puka Llaqta (“patria roja” en quechua), la facción terrorista que apoyaba al grupo Sendero Luminoso en la sierra central. Tomábamos cursos de Materialismo Dialéctico e Histórico como parte de Estudios Generales. Como decía la poeta Carmen Ollé: “Marx aromaba en sus carteras como retamas frescas”.

Recuerdo una vez que, en una amplia asamblea de estudiantes un individuo acusó a una estudiante de primer año ad hominem con la siguiente frase: “He visto a la compañera en una playa burguesa tomando un sol burgués”. Nadie se rio: eso fue lo peor de todo. ¿Y qué diablos hacía el compañero activista y proletario en una playa burguesa?

¿Eran marxistas todos esos compañeros? Quizás. ¿Eran feministas todas esas compañeras? Yo creo que sí, aun cuando no se autoproclamaran feministas. En nuestras mochilas había retamas, calcomanías del Che Guevara y libros rojos de Mao que se usaban para fumar yerba. Pero sobre todo historias de lucha, de resistencia, poemas de María Emilia Cornejo que decían: “Soy la muchacha mala de la historia”.

Por supuesto no puedo soslayar la idea, con la que discrepo totalmente, de la necesidad de una revolución violenta, que algunas mujeres, tanto de Sendero Luminoso o en MRTA en Perú, como del ERP en Argentina o de las FARC en Colombia, proclamaron como suya. Considero que muchas de las situaciones límites que ellas asumieron por la militancia, como dejar a sus hijos pequeños o incluso abandonarlos en medio de la nada, se sustentaron en una interpretación autoritaria, violenta y profundamente patriarcal del marxismo. La autogénesis de una “cuarta espada” —como se autocalificaba Abimael Guzmán— con su metáfora fálica y guerrera es la expresión más exacta de esa idea. Muchas mujeres jugaron a la lógica machista e incluso fueron basurizadas simbólicamente por hombres en procesos de humillación que algunas veces incluyeron la violencia sexual.

Asimismo, la participación masiva de mujeres en estos movimientos dio origen al mito de la “terrorista despiadada”, que daba el tiro de gracia. El periodismo no ha cesado de poner en movimiento esa maquinaria de violencia simbólica que convierte a las terroristas en phármakos: la opinión pública se aprovecha de esas figuras para alimentar su hybris, su cólera, su sed de venganza.

Por esto, hablar de marxismo y feminismo en América Latina es peligroso. Marx ha sido estigmatizado de una manera demencial. Y son mil veces más brutales las campañas de hostilización para descalificarnos como portadoras de cualquier tipo de discurso si somos mujeres marxistas.

Sin embargo, aquí estamos, y seguiremos siendo feministas y marxistas.

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