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documenta 14
Centros, periferias y las sorpresas de una escurridiza movilidad

Simpatizantes de la iniciativa LGTBQ Refugees Initiative dan la bienvenida a refugiados en Atenas
© Eliana Otta

La documenta 14 de Kassel (Alemania) es la exposición de arte contemporáneo más grande del mundo y tuvo lugar del 10 de junio al 17 de Septiembre. Para este año se quiso abrir el concepto y añadir una segunda ciudad. La elección cayó en Atenas. La artista visual Eliana Otta fue invitada por el Goethe-Institut Perú para participar del programa de residencia de la documenta. Y estas fueron sus impresiones.

​Desde marzo vivo en Atenas, junto a once artistas participantes de la residencia artística Capacete, proyecto brasileño que desde hace 19 años opera en Río de Janeiro, brindando tiempo para conocer, investigar, gozar y experimentar.
 
La residencia suele recibir artistas europeos, aquellos con mayores posibilidades de pagar ese tiempo, pues, aunque ofrece alojamiento y la oportunidad de desarrollar vínculos laborales y afectivos, no paga pasajes o viáticos. Esta vez su director, Helmut Batista, se propuso invertir esto, trayendo artistas latinoamericanos a Europa. La elección del lugar tenía sus motivos: el momento histórico que vive Grecia, luego de estallar la crisis y su fallido intento de dejar la Unión Europea, su rol recibiendo a miles de refugiados y el que la documenta 14 eligiera a su capital como sede, bajo el polémico título de “Learning from Athens”. La famosa institución alemana se proponía debatir las relaciones norte – sur, por lo que una de las interrogantes que Capacete lanzó en su convocatoria abierta fue: ¿Cómo entendemos desde “nuestro” sur esta dinámica?, ¿qué tan marcada está por una lógica colonial y cómo responder críticamente desde el arte, si podemos?
 
Cinco artistas brasileños, un chileno, un uruguayo, una mexicana, una argentina, una peruana y dos griegos fuimos seleccionados para convivir en este contexto, invitados a explorarlo, pensarlo y a “no hacer nada”. Yo era la única con visa de tres meses. Los brasileños tenían visa de seis, el chileno de un año y los demás vivían en Europa desde antes, teniendo o en proceso de conseguir otras ciudadanías. Casi recién llegada, me vi obligada a iniciar los trámites para obtener el permiso de residencia, enfrentándome a una burocracia, una ciudad y una lengua desconocidas.
 
Si aun con la ayuda de mis amigos griegos los trámites me resultaron engorrosos, no puedo imaginar lo que significan para quienes no cuentan con alguien que pueda acompañarlo siempre, traduciendo e intercediendo. Menos aún puedo imaginar lo que implica algo así cuando lo que está en juego es la vida, propia o de los seres queridos y cuando el costo de cada trámite arriesga la alimentación o el alquiler.
 
Quienes acuden a la oficina de migraciones en Atenas tienen procedencias tan variadas como quienes la habitan o pasan forzosamente por ella. El proceso es tan lento y caótico como otras dinámicas locales que facilitaron mi adaptación, por la familiaridad que me inspiraban. ¡Incluso en la Embajada Peruana me advirtieron que este proceso sería lento! ¿En qué país puede una compatriota darse el lujo de decir eso?, ¿“la hora griega” superaría a “la hora peruana”?
 
Los funcionarios fueron, generalmente, más amables que claros al brindar la información. Perdí tiempo y dinero con trámites innecesarios: traducciones, redacciones de cartas, intercambios de correos. Varios aliados me ayudaron a concretar el trámite, durante el cual no podía salir del país, por lo que perdí dos vuelos a Alemania. El primero comprado por Capacete, pues nuestras actividades incluían un viaje al histórico emplazamiento de la documenta, Kassel, donde ocurre desde 1955.
 
Era una oportunidad importante para conocer el origen de la institución que remeció el ambiente artístico y activista ateniense, cuyas calles exhibían desafiantes posters y pintas que, sumadas a la poca asistencia del público griego a sus eventos, confirmaban el rechazo que provocaba su despliegue de recursos y buenas intenciones. Importante también porque iría por primera vez a la documenta, ampliando mi incipiente experiencia en tales eventos. Menciono esto porque me sorprendía cómo las personas con las que conversaba daban por sentado la posibilidad de acceder a ellos, así como de no ir, pudiendo hacerlo, o simplemente los menospreciaban.
 
Supongo que como con las visas, los artistas peruanos estamos en una posición muy distinta a la de quienes provienen de países mejor insertados en los circuitos internacionales de arte. A mis 36 años, además de las Bienales de Lima que visité al comenzar mi formación, y que Luis Castañeda eliminó como alcalde de Lima, el único evento de tal magnitud que he visitado fue la Bienal del Sao Paulo del 2016. Esto marca una diferencia con artistas que crecen en países con bienales institucionalizadas, como Brasil, o en países donde el acceso a la cultura y el arte, promovidos desde el estado, es mucho más democrático, como México o Argentina. Si ese es el caso de una artista partícipe de la élite cultural limeña, en un país tan centralista como el Perú, podemos imaginar la situación fuera de su capital.
 
Así que mis compañeros fueron a Kassel. Mientras veían las exposiciones que dejaron huecos en los museos atenienses (varias piezas viajaron a Alemania, dejando en su lugar elocuentes vacíos), yo alternaba mi papeleo con las actividades que mi nueva comunidad me ofrecía. La imposibilidad de viajar me permitía profundizar mi vínculo con la ciudad, generando lazos más allá de la residencia y la intensa rutina que el calendario de la documenta nos pauteaba.
 
Esa semana fui a la presentación del libro de Gregory Sholette “Delirium and resistance: activist art and the crisis of capitalism”, en el teatro ocupado Embrós, espacio fundado por activistas de las asambleas en la plaza Syntagma durante el 2011. Sholette perteneció a colectivos que reaccionaron a la gentrificación y la especulación inmobiliaria en Nueva York, en los 80s, fenómenos que analiza desde entonces. Ese día presentó su actual investigación, sobre procesos como la construcción de la sucursal del Guggenheim en los Emiratos Arabes, que buscan constituirse en los centros artísticos del futuro, a costa de migrantes trabajando en condiciones carcelarias.
 
También fui a la celebración de la Marcha del Orgullo Gay, organizada por primera vez en la Plaza Syntagma, acompañando a lxs miembrxs de la asamblea LGTBQ Refugees, bajo el slogan “Without country without fear without shame”. Sus integrantes, la mayoría de Siria, cantaban y movían las caderas, cautivando a los periodistas extranjeros. Era el grupo más contagiante, pues tan seductores como sus cuerpos en movimiento, eran la emoción en sus sonrisas y miradas, al ser la primera vez que asistían a un evento así. Probablemente tan importante como era para ellxs expresarse en el espacio público, era también el que ese lugar las acoja, al ser las calles y plazas griegas espacios eminentemente masculinos.
 
Esos días participé de otro uso interesante del espacio público, un carnaval en el barrio de Metaxourgeio, antigua zona industrial, hoy ejemplo perfecto de gentrificación, refugio de yonquis que tiran sus jeringas en las aceras y una zona rosa muy explícita, con corazones rojos y luces fosforescentes indicando el camino. Allí, partimos desde un sencillo parquesito, siguiendo un camión que transportaba una banda de música balcánica, mientras nos pintábamos y embarrábamos, ayudados por una copiosa lluvia veraniega.
 
Pude también escuchar al poeta chileno Raúl Zurita, durante un festival de literatura en español, en el que supe que la traducción que presentaron de su poesía, había cambiado sus lisuras por expresiones menos ofensivas. Mi curiosidad aumentó al enterarme además que casi no había ejemplos de poetas griegos, modernos ni contemporáneos, que utilizaran lisuras. O que escribieran con el feroz e insolente desparpajo de los poetas peruanos de los 70s u 80s.
 
Poco a poco los artistas de Capacete regresaban de Kassel, a decirme que no me había perdido de mucho. Que sí, que era interesante ver cómo la documenta funcionaba ahí como un correcto white cube, donde el contexto exterior era tan poco estimulante que permitía concentrarse plenamente en el arte, sin cuestionar su pertinencia a un espacio y tiempo determinado, como es inevitable hacer acá. Que algunas piezas se entendían mejor por poder acceder a la información que ahí se desplegaba ampliamente. Que lo más interesante fue escuchar a Paul Preciado renegar públicamente de la imposibilidad de desarrollar a profundidad sus ideas en una institución de tal proporción. De todos modos, yo quería formarme una opinión propia del evento, pero para entonces no sabía que tampoco usaría el ticket pospuesto, pagado, ahora sí de mi bolsillo.
 
El tiempo pasaba y aunque revisaba diariamente la web de migraciones, la única respuesta que recibía era “No hay suficiente información”. La última vez que había ido en persona, a dejar el último papel requerido, el chico que me atendió se ofreció a poner mi carpeta sobre las demás, para alcanzar el vuelo a Alemania que no quería perder.
Los que atienden ahí son jóvenes pues por la crisis, el estado prefiere contratar a gente joven que acepta contratos precarios y de corto plazo. El chico me pareció amable, aunque luego cambié de opinión al ver que me había agregado a Facebook. Los días siguientes, mientras revisaba la web buscando solucionar mi problema, no podía evitar una sensación de acoso, mientras algunos me sugerían aceptarlo para preguntarle por el esperado carnet. Las opiniones eran diversas. Un amigo simpatizó con la idea de que él hiciera todo lo posible por comunicarse con alguien que le guste. Otro amigo tardó en notar la asimetría en la dinámica del poder en juego. Otro amigo me ayudó a explicarle por qué nos parecía inaceptable. Mientras tanto, el carnet no salía y otra vez perdí un vuelo a Kassel.
 
Sin embargo, esa semana nuevamente tuve experiencias que me hicieron agradecer el quedarme. Una de ellas fue el festival Art Panegyri, organizado en Corintio por una amiga de la escuela de bellas artes de Nikos, el artista griego de la residencia. Su amiga Kalí vive hace veinte años en Alemania, donde terminó sus estudios y se casó. Sus padres no se resignaban a que su hija emigre y decidieron construirle una gran casa para convencerla de volver. Mientras ella trataba de mantenerse con pocos recursos en Berlín, la casa crecía y se llenaba de adornos, reminiscencias de estatuas griegas y un baño con espejos en el techo. Recientemente los padres aceptaron que su hija no volvería a vivir con ellos y Kalí pensó que sería saludable dedicarles más tiempo. Así que decidió pasar sus vacaciones de verano en Corintio y aprovechar su gran casa para recibir artistas. Organizó una residencia y un festival, combinando sus intereses, ligados a reflexiones sobre y desde el arte contemporáneo, con los de esa comunidad, donde lo cultural es vivido a través del teatro, la danza y el baile.
 
Esta edición abordó las relaciones entre centros y periferias, considerando el contexto de Corintio y su poca vinculación con Atenas, así como aprovechando que estaría por ahí, de vacaciones, el antropólogo indio Arjun Appadurai. Con ayuda de su familia, Kalí armó un programa de dos días que incluía una exposición de fotos, una charla de un antropólogo holandés sobre documenta, una procesión que incorporaba barbies y un tótem representando la institucionalidad académica, así como presentaciones de grupos locales de teatro, danza y salsa. La situación hizo evidente los diversos intereses del público, compuesto por familias, niños, personas mayores, de los cuales la mitad no hablaba inglés.
 
Appadurai leyó la situación rápidamente y sintetizó ideas complejas en pocas pero agudas frases. Respondiendo a la invitación a hablar sobre la relación entre globalización y cultura contemporánea, sostuvo que estar ahí, en Corintio, le hacía pensar en cómo “los centros de ayer son las periferias de mañana, y las periferias de hoy son los centros de mañana”. Luego, ante una pregunta sobre cómo los artistas deben relacionarse con el activismo, respondió que había que evitar el extremo del genio individual, desconectado de los códigos de su tiempo, así como el del artista totalmente entregado a transmitir los mensajes de una comunidad. Que en algún punto en el medio era donde él encontraba el arte que podía intervenir significativamente en nuestra época.
 
Luego apareció el grupo de salsa, y súbitamente varios nos vimos sacados a la pista, incluido el invitado estelar. Su entusiasta baile me enterneció casi tanto como ver a los papás de Kalí cargando sillas y mesas, invitando agua y vino, y acomodando los proyectores con videos sobre especulación en el mercado del arte internacional.
 
A la semana siguiente, nuevamente Nikos le daría sentido a mi forzosa estadía ateniense, al llevarme a casa de sus padres en la playa. Volví a experimentar el sentido de hospitalidad griego, y aunque nos costaba entendernos, el cariño de su madre, evidente por la amabilidad con que nos recibió y alimentó, conectó inmediatamente con cierto tipo de afectividad peruana, especialmente característica de las familias de origen provinciano y rural.
 
Caminando por las calles de Corintio, Nikos me había hecho notar los anuncios en los postes que invitan a quien lo desee a los velorios de los fallecidos. Los velorios en Grecia, especialmente en las periferias, son eventos masivos y abiertos, al contrario de los velorios en lugares como Amsterdam, donde me comentó, solo puede asistir quien recibe una carta personal de invitación. Extremos de lo público y lo privado con los que él lidia constantemente, al haber emigrado allá hace diez años. Extremos de las ideas sobre la hospitalidad y el respeto a los límites del otro, que lo atraviesan cotidianamente, al tener que reprimir una generosidad heredada, que lo lleva incluso a esconder el dinero en las billeteras de la gente para que le dejen pagar su parte de la cuenta.
 
Mi condición de inmovilizada en este país iba profundizando mis lazos afectivos con sus maneras y su gente, mientras me resignaba a ser la única que no conocería Kassel y uno de los eventos emblemáticos del arte contemporáneo global. Seguí con mi rutina diaria de clickear la web de migraciones, hasta que fui en persona, cumplidos los treinta días del supuesto plazo. Nuevamente, colas de tres horas bajo el sol, gente discutiendo, el mismo abogado abordándote con los hombros llenos de caspa, buscando convencerte de que sin él el proceso será una tortura; y el mismo guardia renegón que me responde en griego cada pregunta que le hago en inglés.
 
No importa, ahora ya sé los números y entiendo casi todo lo que masculla hacia mí con desdén. Pero no debo ser soberbia sobre mis progresos en el idioma, porque al conseguir que me atiendan, me entero de que mi carnet estaba listo hace días y que la frase en griego que decía que no hay información, se refería a que había llenado mal los apellidos en el formulario virtual. No revisaba su página en inglés porque se colgaba, pues como me dijo despreocupadamente el funcionario: “las páginas se cuelgan, como cualquier página”.
 
Finalmente tenía el carnet de residencia. Debía sentirme contenta y aliviada, pero me sentía tonta. De haberlo tenido apenas estuvo listo hubiera reorganizado el viaje, pero la documenta termina el 17. Ahora debía cumplir otros compromisos y cualquier pasaje estaría carísimo. ¿Por qué no presté más atención al formulario?, ¿por qué no agoté las alternativas de cómo traducirlo y llenarlo?, ¿quizá inconscientemente prefería quedarme en Atenas que ir a Kassel? Estas preguntas me persiguieron el resto del día. Sin embargo, poco después caí en cuenta de que esta ciudadana periférica, en el fondo, no se sentía tan mal de no haber llegado esta vez a uno de los centros del arte mundial.  

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