Nuevos abismos entre ricos y pobres Igualdad en la era digital

Nanjira Sambuli, defensora de Equidad Digital en la World Wide Web Foundation, habla el 10 de junio de 2019, en el marco de una conferencia de Prensa, acerca del informe del Panel de Alto Nivel del Secretario General sobre la Cooperación Digital en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York.
Nanjira Sambuli, defensora de Equidad Digital en la World Wide Web Foundation, habla el 10 de junio de 2019, en el marco de una conferencia de Prensa, acerca del informe del Panel de Alto Nivel del Secretario General sobre la Cooperación Digital en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. | Foto (detalle): picture alliance/Photoshot

Los desafíos y oportunidades del futuro: una conversación con Nanjira Sambuli. La asesora política y defensora de la equidad digital explica los pasos necesarios para cerrar la brecha de conocimiento en la era digital.

De Eliphas Nyamogo

Nanjira, usted es una enérgica defensora de la equidad digital. ¿Qué quiere decir realmente este concepto?
 
Básicamente, alude al hecho de que las tendencias de inequidad offline se reflejan en línea, además de que la digitalización está abriendo nuevos abismos entre pobres y ricos. Entonces, en nuestra búsqueda por equidad en la sociedad, debemos incorporar las revoluciones digitales a nuestro pensamiento y nuestro actuar, a nuestros análisis y nuestras intervenciones.
 
Tomemos como ejemplo el estado actual en las posibilidades de conexión digital, especialmente en cuanto al acceso a internet. En 2018 sólo la mitad del mundo estaba en línea, y la tasa de crecimiento de los usuarios de internet se ha desacelerado de manera dramática. Quienes están conectados, viven sobre todo en el Norte global. Una mayoría de la otra mitad del mundo, la que no está conectada, vive en el Sur global. Además, existen claras brechas entre la población urbana y la rural respecto a los ingresos, el género (más mujeres que hombres carecen de acceso) e incluso la geografía (países sin salida al mar, islas y archipiélagos enfrentan mayores desafíos en la introducción de infraestructura de conectividad).
 
También dentro de los grupos de población conectados vemos divisiones que siguen patrones similares. Incluso en regiones urbanas en todo el mundo, es menos probable que los pobres estén conectados, aunque las tecnologías existan. Esto hace referencia al factor “ingresos”. Para quien se encuentre en un nivel de ingresos bajo o disponga de pocos ingresos, la adquisición de aparatos de telecomunicación o el pago de una subscripción a internet representa una carga extra. Y aquí esta división toma otro giro, no menos importante, puesto que la conectividad resulta cada vez más necesaria para poder acceder a bienes y servicios fundamentales. Cuando estudiantes de una zona urbana pero pobre tienen que recurrir al internet para asistir a clases en línea o para entregar su tarea, pero en casa no pueden costear una conexión a internet, entonces la brecha digital se convierte en una brecha real en un entorno de “privilegiados digitales”. La falta de una infraestructura accesible en comunidades urbanas pobres –lo cual es un escenario muy probable– implica, además, que para estos estudiantes ni siquiera sea posible acceder a internet a través de una institución financiada con recursos públicos, como una biblioteca local.
 
Otro aspecto de la brecha digital dentro de los grupos de población conectados se refiere a la calidad del acceso a internet, que facilita o no un acceso y un uso razonables. Un ejemplo aquí sería la calidad respecto al tipo de aparatos y a las opciones de suscripción a internet. El acceso únicamente a través del teléfono móvil, por ejemplo, implica restricciones en cuanto a lo que se puede hacer, y afecta en la misma medida a usuarios en países en vías de desarrollo y en países industrializados.
 
Como ya mencioné en otra discusión en un foro diferente, por eso la equidad digital tiene que ver con analizar los aspectos análogos y digitales de las dimensiones políticas, sociales, culturales y económicas de la sociedad actual y, en última instancia, se trata de asegurar que no agravemos aún más la falta de inequidad mediante las tecnologías digitales.
 
La brecha de conocimiento entre el Norte global y los países en vías de desarrollo –y el monopolio de la producción y difusión de conocimiento, así como el acceso a éste– puede atribuirse a factores sociales, culturales, económicos e históricos que no se pueden solucionar simplemente dentro de las fronteras de los países en desventaja. ¿Cómo hay que enfrentar este reto, en su opinión?
 
Con frecuencia constato que la formulación es un punto de partida decisivo. La forma en la que formulamos las preguntas que nos llevan a estudiar y analizar las tendencias sociales es un desafío enorme, pero también una oportunidad. Un buen ejemplo es cómo entendemos el significado de ‘la brecha de conocimiento entre el Norte global y los países en vías de desarrollo’. Yo preguntaría: ¿A qué nos referimos con “conocimiento”? Si ampliamos nuestro marco mental, las personas en países en vías de desarrollo son expertas en sus propias experiencias, a pesar de las numerosas convulsiones provocadas tanto por la historia como por los desarrollos modernos.
 
¿Y qué entendemos por “brecha? ¿Radica en la forma en que se presenta el conocimiento? ¿Es que existen modelos estandarizados o subordinados de presentación del conocimiento en los que los países en vías de desarrollo van a la zaga, de modo que sí sea posible hablar de que existe una “brecha”? E incluso si éste fuera el caso, ¿no se está desdeñando el hecho de que el conocimiento existente se (re)produce y comparte dentro de las comunidades respectivas? ¿El problema es el idioma, de modo que el conocimiento no es visible si no se le presenta en inglés, francés o alemán? ¿O es más bien que si se le transmite oralmente se le considera insuficiente, por no corresponder a los estándares válidos en las sociedades occidentales, mismos que no necesariamente funcionan bien en otras sociedades?
 
En cuanto a los “países en desventaja”, la formulación refleja la postura de algunas personas e instituciones en el Norte global, como los tomadores de decisiones y los medios, frente a personas e instituciones en el Sur global. Algunas partes del mundo sí están realmente en desventaja, pero sólo en relación con cómo estaba y está ordenado el mundo (es decir, no a su favor); existen numerosos casos de profunda explotación que pueden remitirse a épocas de gran injusticia social, por ejemplo, el colonialismo y también en nuestro mundo actual, cada vez más globalizado.
 
Por eso, resulta decisivo cómo se formula la pregunta. Por lo que respecta a la forma de afrontar este desafío, en el Norte global existe una urgente necesidad de humildad para reconocer las inequidades y para abordarlas de forma colaborativa por iniciativa propia; incluso, diría yo, bajo la dirección de las personas en el Sur global. Entonces podremos tener discusiones a profundidad, difíciles, pero necesarias, que se concentren en los desafíos planteados por las imbricadas complejidades de pasado y presente, de historia y raza, por las dimensiones socioculturales, políticas, económicas y de otros tipos. Así, nuestras propuestas para seguir avanzando en el camino se podrían ubicar en los contextos en que se les tiene que analizar, si es que de verdad queremos interrumpir estos ciclos en los que algunos grupos de población se quedan rezagados en cuanto a lo que el mundo de hoy se considera progreso y prosperidad.
 
Las “medidas más pragmáticas” son probablemente las más difíciles de cuantificar o definir en un mundo en el que el progreso y el éxito se miran a través de una lente de números indicadores. Las conversaciones que se están llevando a cabo y las que todavía deben llevarse a cabo son, en mi opinión muy pragmáticas, aunque no mesurables. Las personas tanto en el Norte global como en el Sur global deberían revisitar la historia y cuestionar las narrativas y los registros con ayuda de las cuales se conforman ideas e identidades en relación con nuestra coexistencia. Con frecuencia constato que son las personas del Sur global de quienes se espera que hagan todo el trabajo de articular los puntos dolorosos y cuestionarlos. A mí me interesaría muchísimo ver que esto sucediera también en el Norte global: que se confronte la dura realidad de las injusticias gracias a las cuales esa parte del mundo ha obtenido beneficios a costa de los otros; que se redistribuya y se comparta el trabajo intelectual para encontrarle la cuadratura al círculo de estas cuestiones.
 
Las ‘soluciones técnicas’ son importantes, pero no suficientes; sobre todo, cuando no incluyen las complejidades arriba mencionadas. En el mejor de los casos, son remiendos, mientras que lo que el mundo anhela y necesita son soluciones basadas en la justicia. A veces es más fácil reflexionar acerca de las ‘medidas más pragmáticas’ a través de la lente técnica, porque parece imposible aprehender los puntos conflictivos en este jungla de todo lo que nos ha traído hasta aquí. Y, sin embargo, eso es justo lo que tenemos que hacer: confrontar la jungla, y hay que hacerlo con humildad y empatía.
 
Con el monopolio de la producción y la difusión de información digital aparece también el desafío de la neutralidad de la red. Algunos defensores de la equidad digital han mencionado la necesidad de “descolonizar el internet”. ¿Qué opina al respecto?
 
La visión que se tenía para el internet es que debía de ser tan neutral como fuera posible, que debería ser para todos. La idea era que una vez que se tuviera el acceso a la red, se debía estar en posibilidades de navegar sin obstáculos por la totalidad de la información, y, por tanto, de contribuir y crear. La premisa era: desarróllala o utilízala y [los usuarios] vendrán y la aprovecharán de la mejor manera. Desgraciadamente, igual que ha sucedido con todos los demás desarrollos técnicos, éste no fue el caso, puesto que la neutralidad asumida pasó por alto los factores que influyen la forma en que la sociedad de hoy está ordenada.

Por el contrario, las herramientas y plataformas más grandes de internet que usamos para conectarnos hoy día sí se han visto beneficiadas por este ideal del internet abierto. Desde entonces, la corporativización del espacio ha introducido todo tipo de controles, asegurándose de esta manera las ventajas de estar en línea. Las plataformas de redes sociales son un ejemplo paradigmático, comenzaron como sitios de internet y desde entonces han modelado la red para convertirla en una serie de “jardines enrejados”: plataformas cerradas y controladas por los desarrolladores, que ofrecen todos los servicios posibles ‘en casa’, para evitar que el usuario los busque en otra parte. No es raro constatar que muchos usuarios de internet creen que estas plataformas constituyen la totalidad de la red.

Los gobiernos también han tomado conciencia de las posibilidades de controlar la forma en que navegamos en espacios en línea, y quieren asumir un papel activo; sea a través de la regulación, la coerción o incluso el desarrollo de versiones alternativas de ecosistemas de red dentro del ámbito de su gobierno.
 
Mi opinión sobre la descolonización del internet es que nos permite echarle un vistazo a la lucha constante por descolonizar de manera mucho más general los espacios y las sociedades. Implica una continuación y quizá un nuevo enfoque en las preguntas no respondidas sobre los regímenes coloniales, y cómo éstos influyeron lo postcolonial y lo neocolonial. Se trata de una cuestión profundamente política, en la que arquitectos y beneficiarios se comportan de manera proteica. Aquí no estamos hablando sólo de los gobiernos occidentales y las regiones otrora colonizadas. Las nuevas concentraciones del poder, sobre todo en el ámbito digital, se dan en las empresas; de éstas, algunas son más ricas y poderosas que naciones enteras. Posiblemente sea una arena para ubicar el pasado y el presente, y para decidir cómo proceder a partir de este momento.
 
En este afán por descolonizar el internet radica la oportunidad de averiguar si los ideales de una red abierta son vistos de la misma manera en el Sur global y en el Norte global –donde fueron creados la red e internet–: rica en concepciones históricas, diversas y específicas y contextuales sobre la recolección, el compartir y la organización de información. También es la oportunidad de recrear una representación universal de ‘apertura’ como un valor que tome en cuenta la diversidad de perspectivas, y que de esta manera asegure que los recursos globales que hoy nos vinculan sí funcionen para todos.
 
¿Quiénes, en su opinión, son los actores clave que deberían reunirse para abordar las cuestiones de un acceso equitativo, de actualidad y de una producción de conocimiento desprejuiciada?
 
Para decirlo brevemente: todos tienen que participar. Cómo se configurará y repartirá el trabajo de abordar estas cuestiones, es otro asunto complejo. Por ejemplo, con frecuencia sin apoyo directo de sus gobiernos, los ciudadanos de países del Sur global fundan proyectos para reclamar la restitución de artefactos robados y de archivos de nuestro pasado que fueron tomados como botín durante los actos violentos del colonialismo, y que después fueron ‘depositados’ en locaciones occidentales. Los gobiernos occidentales deben afrentar esta pregunta tan importante. Los movimientos a favor del ‘open access’, con ayuda de la tecnología digital, están avanzando en la lucha por asegurar que, por ejemplo, el conocimiento producido en la academia no sea puesto bajo llave en caros portales. Académicos del Sur global están produciendo importantes trabajos que cuestionan el conocimiento ‘prejuiciado’ que científicos occidentales producen sobre el Sur; y estamos hablando de conocimiento que después influirá en cómo se formulen e implementen las percepciones y directrices acerca del Sur global. También se cuestiona el concepto de la expertise. Se están dando desplazamientos, se está demandando justicia, y eso me parece muy emocionante. Sin duda vendrá un tiempo en el que todos estos esfuerzos que surgen de espacios diferentes producirán cambios que nos acercarán poco a poco a la equidad.
 
Oyéndola hablar, uno tiene la impresión de que es posible alcanzar el objetivo de la equidad digital. ¿Debemos ser cautelosamente optimistas?
 
El optimismo cauteloso probablemente sea la perspectiva más generosa. Lo digital se ve influido por lo análogo, y ambos están imbricados. Esto presenta oportunidades: ya sea de agravar las inequidades o de mitigarlas; ambas cosas, crecientemente en todos los ámbitos (político, económico, social, cultural, etcétera).
 
Las promesas y el potencial de la digitalización son innegables. Sin embargo, no será posible concretarlos si se toma una posición apolítica o ahistórica respecto a su uso. Las ventajas tecnológicas no pueden aplicarse en el vacío, tampoco pueden compensar la falta de voluntad política ni del apego a los valores necesarios para llevar esto a cabo.

Las motivaciones intrínsecas que impulsan la digitalización constituyen el elemento decisivo; son éstas las que determinan cómo se configuran, se usan y se aplican las tecnologías.

 
La entrevista la hizo Eliphas Nyamogo, redactor en línea del Goethe-Institut en Múnich.