Peligros de una “cultura de la unidad” “¿Por qué creemos que las diferencias son un problema?”

Achille Mbembe
Achille Mbembe | Foto: Erick Christian Ahounou

El filósofo camerunés Achille Mbembe habla sobre xenofobia, nacionalismo, la posición que se tiene como extranjero, los peligros de una “cultura de la unidad”, así como de los espacios para articular las diferencias.

De Katharina von Ruckteschell-Katte

Señor Mbembe, mi primera observación tiene que ver con las diferencias.
 
La pregunta es: ¿a qué nos referimos con “diferencias”? ¿Por qué nos resultan algo tan natural? ¿Y cómo las manejamos? La premisa es que tenemos que reconocer y aceptar las diferencias, y, al mismo tiempo, superarlas. Entonces, estamos partiendo del hecho de que las diferencias son un problema que hay que enfrentar; y no sólo en la actualidad, sino también en épocas pasadas de la historia humana. El primer paso que habría que dar, entonces, es cuestionar esta suposición. ¿De dónde viene esto de creer que las diferencias son un problema? ¿Por qué no son un simple hecho? Las diferencias sólo empiezan a ser un problema cuando creemos que el estado normal es que todo sea igual. Las diferencias se convirtieron en un problema político y social en el momento en el que el contacto violento entre las personas por medio de las conquistas, el colonialismo y el racismo les hizo creer a algunos que eran mejores que los otros. Tenemos un problema en el momento en el que empezamos a clasificar y establecer jerarquías en nombre de las diferencias, y a hacer como si esas diferencias fueran naturales y no construidas; cuando, además, las consideramos inamovibles y, por tanto, legítimas.
 
¿Y quizá algunos no sólo se consideren mejores, sino diferentes en el sentido de que todos deberían ser como ellos?
 
De hecho, eso significa que todos deberían ser “como yo”. Y quien no sea como yo, tiene un problema. O, mejor dicho, es un problema. Algo no está bien con él o con ella. Pero para poder construir un mundo en conjunto, no podemos empezar con preguntas como: “¿Por qué no son todos como yo?” “¿Por qué no se portan como yo?” “¿Por qué adoran a dioses ridículos?” Tenemos que empezar, antes que nada, a asumir la singularidad y la originalidad. Lo diferente es lo que me falta. Tenemos que liberarnos del concepto según el cual nos establecemos a nosotros mismos como la norma, frente a la cual todo lo demás es anormal, discrepante y, por tanto, problemático. Se debe distribuir de manera equitativa el poder de establecer lo que es la norma. Igualmente, la posibilidad de no corresponder a la norma.
 
Por otro lado, las diferencias aparecen bajo los nombres más distintos. Como “tradición”, “cultura”, “religión”, “género”, “raza”, etcétera. En ciertas circunstancias, algunos creen que lo diferente es querer conservar su propia forma de ser, o lo que consideran su propia forma de vivir, porque sienten que está bajo amenaza. La amenaza viene de fuera, o de personas ajenas que se han introducido a esa sociedad. Y para protegerse de este peligro, hay que expulsar a esas personas ajenas. Otros tratan las diferencias de manera estratégica, ya sea como una forma de asegurar los derechos de los que no gozarían de otra manera, o como justificación para la imposición de esos derechos a grupos o pueblos enteros. Según quién lo utilice y cómo, lo diferente puede tener menor o mayor importancia.
 
Se dice que deben existir los derechos humanos universales, pero algunas culturas ponen en claro que, por ejemplo, las mujeres tienen menos derechos, que son menos libres o que se les considera de manera distinta que a los hombres.
 
El concepto “cultura” hoy en día con frecuencia se usa para afirmar la imposibilidad del cambio. El término suele usarse también en el marco de postulados biologicistas de superioridad. En esos casos se trata de justificaciones ideológicas de relaciones de poder y de dominación existentes, de torpes intentos por justificar privilegios otorgados por el estatus o el poder. La cultura tiene que ver sobre todo con el devenir. Es creatividad, indefinición y transformación; no retroceso ni costumbres o contenidos rígidos.
 
La cultura se suele usar como una forma de solidificar las separaciones establecidas en las áreas del género, la religión o la raza. El hecho es que muchos de quienes argumentan a favor de esas divisiones no quisieran que se les tratara como las mujeres eran y siguen siendo tratadas en las partes más conservadoras del mundo. Muchos blancos no quisieran que se les tratara como a los negros antes, durante la segregación racial, o incluso ahora, en los complejos industriales carcelarios de Estados Unidos. Muchos habitantes del hemisferio occidental no quisieran que se les tratara como se trata ahora a los musulmanes en Euro-América. Entonces, desearles a otros que sean tratados como no quisiéramos ser tratados nosotros y justificarlo con cultura, tradición o religión es una forma de arrogancia. No deberíamos desearles a otros lo que no deseamos para nosotros.
 
Diría usted que si las culturas no pueden ser estabilizadas o fijadas y si la cultura se puede desarrollar a través del intercambio y las influencias de otras culturas, ¿sería, al final, posible que ya no hubiera diferencias? ¿Tendríamos entonces una cultura única? ¿Cree que ése sería el resultado de la globalización? Y puesto que sabemos que la diferencia es esencial, ¿no sería muy importante aferrarnos a las diferencias y a las culturas individuales, para preservarlas?
 
La idea de una cultura única es mala y peligrosa. Las personas invierten mucho en las diferencias. Incluso si todos creyéramos en el mismo dios, habláramos la misma lengua, comiéramos lo mismo, cantáramos las mismas canciones, tocáramos los mismos instrumentos, estoy seguro de que esto no sería el final, sino que, por el contrario, iríamos a buscar y encontraríamos alguno que otro acento perdido. Repito: un mundo de singularidades no es malo. Los problemas empiezan cuando empezamos a regular las diferencias, a asignar posiciones a partir de tales designaciones arbitrarias y a discriminar con base en algo que suelen ser meros prejuicios. Pero me temo que, en este mundo de hostilidades generalizadas, muchos desean vivir sólo con sus iguales. El deseo por un apartheid nunca ha sido más grande. La historia vuelve a erigirse en ley natural. Lo diferente ya no significa originalidad y singularidad, sino separación: erigir muros, militarizar las fronteras, inmunizar contra amenazas externes, reales y fabricadas.
 
Entonces, ¿es una necesidad básica ser diferente?
 
Probablemente; si no es una necesidad básica, por lo menos sí es un instinto o impulso muy fuerte, tanto para los individuos como para las comunidades. No creo que el deseo de ser diferente pueda ser erradicado nunca. Probablemente esté profundamente arraigado en aquello que nos hace ser humanos. Pero aspirar a la singularidad no es lo mismo que cultivar las diferencias. No es lo mismo que instituir las diferencias como algo absoluto, como algo por lo que se podría matar o morir. En el mundo en el que vivimos actualmente, encontramos a muchos que están más dispuestos a morir o a matar en nombre de las diferencias, que a comprometer su existencia o su vida a favor de la cosa en común. Corremos el peligro de perder totalmente de vista lo que tenemos en común. Ni siquiera el peligro actual de una extinción ecológica ha sido capaz de despertarnos de nuestro dogmático sueño de las diferencias. Esto es, en mi opinión, sumamente preocupante.
 
¿Quién decide acerca del balance entre ser iguales y el deseo de diferenciarse? ¿Y de qué herramientas disponemos para conservar este balance, particularmente cuando se trata de culturas?
 
Tanto las fuerzas evidentes como las subterráneas que nos conducen hacia la homogeneidad son muy fuertes. Los mecanismos de mercado y la forma de capitalismo que estamos experimentando en esta fase de la historia humana son vectores muy poderosos en ese sentido. Están acelerando la nueva dialéctica de homogeneización y diferencia. Una serie de religiones universalistas –ciertas formas del Islam y del pentecostalismo– son impulsadas por fuerzas muy homogeneizantes. La religión más grande –el mundo de las mercancías– es, definitivamente, una fuerza de este tipo. Entonces, no podemos subestimar estos procesos. Las diferencias son el equivalente del inconsciente actual.
 
Y hay que tomar en cuenta otro punto, que se relaciona con la idea de los derechos humanos. Pienso que este concepto está en crisis. No sólo porque la ideología de los derechos humanos actualmente sea manipulada por toda clase de personas, sino porque forma parte de un afán de homogeneidad. Así, le puedo reprochar fácilmente a mis oponentes que violen los derechos humanos, mientras que olvido intencionalmente cómo yo mismo no los tomo en serio. El uso selectivo de la ideología de los derechos humanos para alcanzar objetivos geopolíticos es algo que todos conocemos muy bien. Pero la crisis a la que yo me refiero es más grave, porque hoy en día ya no hay consenso sobre qué es lo que constituye la humanidad. ¿Es lo humano una especie de accidente, o es algo más que una coincidencia de la naturaleza?
 
¿Y qué papel cree usted que la cultura desempeña en todo esto?
 
Se tendrían que inventar acciones y actos culturales que correspondieran a una visión universal de los derechos. Probablemente, tendríamos que partir del supuesto de que nuestro planeta está habitado más que por sólo seres humanos. Los seres humanos no pueden poseer el monopolio de derechos sobre el planeta. Incluso la democracia, por lo menos en su variante occidental, ha sido hasta ahora sólo la democracia de aquéllos que son semejantes entre sí. Si la creatividad ha de desempeñar un papel en la tan urgente reorientación, tenemos que pensar más allá de lo humano como tal.
 
Tenemos que pensar más a fondo sobre la vida. Esta forma de visión exige una serie de nuevas prácticas culturales, cuyo objetivo debe ser, por tanto, fomentar esta forma de apertura frente a la totalidad del mundo, del mundo que habitamos; y se trataría menos de la conservación de aquello que consideramos nuestros orígenes o nuestras particularidades, que de algo que tiene más que ver con el cuidado, con una ética del cuidado, una ética de la apertura frente a lo desconocido. Porque actualmente no nos imaginamos las tradiciones y culturas como algo que conocemos. Sabemos lo que son y queremos protegerlas, defenderlas y conservarlas.
 
Y son propiedad.
 
Es urgente encontrar una salida de esta comprensión de la cultura como propiedad. Esto debe acompañarse de una aceptación consciente de lo lejano y lo desconocido, y por eso me parece que es absolutamente necesario desarrollar diferentes posturas y sensibilidades.
 
Esto deberá partir de la propia cultura, porque si es una cultura diferente la que está detonando algo nuevo, se va a dar un choque o, por lo menos, no se logrará la aceptación.
 
Ejemplos de África parecen sugerir lo contrario. Aquí resulta notable la capacidad de las personas de movilizar los recursos culturales propios para adoptar lo nuevo, sea que venga de afuera o no. Tomo como ejemplo la religión, los sistemas de gobiernos, las economías de mercado. África es un laboratorio extraordinario. La gente aquí ha mostrado una capacidad asombrosa de interiorizar una serie de cosas que no han surgido de ellos. Las han transformado en cosas que les son útiles, y sería un tanto negligente concluir de ello que esto se debe únicamente a un alto grado de enajenación. Una lógica diferente ha estado obrando en este laboratorio: la lógica de la composición en lugar de la de los límites.
 
En este sentido, tenemos que tener mucho cuidado en un mundo en el que el racismo se concentra cada vez más en la cultura, mientras que al mismo tiempo están surgiendo otra vez justificaciones biológicas para el racismo. En nombre de, digamos, la “emancipación de las mujeres”, el “gender development” o el “derecho a la reproducción”, no podemos cerrar los ojos frente a la zona gris entre el énfasis sobre los derechos humanos y el ejercicio de una dominación cultural o la perpetuación de jerarquías globales.
 
Regresemos a las diferencias. Cuestionar ciertas culturas o tradiciones es, naturalmente, esencial para el desarrollo cultural. ¿Pero no puede eso también provocar choques? Cosas terribles suceden en nombre de la cultura.
 
En efecto, pasan cosas terribles en el nombre de la cultura. Se dan choques cuando alguien poderoso empieza a definir como “cultura” o “civilización” algo que en realidad no es más que una expresión parcial de la experiencia humana. Los choques comienzan cuando nos atrevemos a imponerles a otros algo que es sólo un lenguaje local. Justamente eso es lo que sucedió durante la colonización.
 
¿Pero cómo se puede detonar esto desde adentro?
 
Puede venir desde adentro, porque estas cosas han sido rebatidas desde siempre. Siempre ha existido el discurso de hombres grandes y poderosos que usan la cultura para justificar lo que están haciendo; pero, si se mira la arqueología de estos fenómenos, siempre han existido también contradiscursos. Nos topamos con todo tipo de contradiscursos y contranarrativas en fábulas, canciones, esculturas. Siempre ha existido una cultura de la disidencia, cuya historia tendemos a olvidar. Entonces, yo diría que redescubrir los sedimentos de esta disidencia es el primer paso para dar inicio a una transformación desde adentro.
 
Una transformación que no se puede desechar de inmediato como algo ajeno. El mejor ejemplo es la afirmación de que la homosexualidad es algo no africano, lo cual no corresponde, en lo absoluto, a la verdad. La homosexualidad no viene de afuera. Pero es precisamente aquí donde cobra gran importancia el trabajo del conocimiento y del conocimiento crítico, para echar a andar nuevos movimientos y, sobre todo, la apertura de nuevos territorios para la imaginación, del pensamiento de que algo, a pesar de que siempre ha sido así, no tiene por qué seguirlo siendo; la apertura para imaginar que puede surgir algo nuevo, algo radicalmente nuevo a partir de ello. Y es este tipo de expectativa de crear algo radicalmente nuevo la que debe fomentarse, en lugar de aferrarse sólo a las pequeñas diferencias. Pero para esto se requiere, por supuesto, de movimientos sociales; se requiere de gente que esté organizada. Se requiere de instituciones.
 
En caso de que, realmente, sea trabajo de la cultura aceptar la trascendencia y las diferencias, en lugar de, por el contrario, no querer aceptar ni trascender lo diferente y que la cultura sea sólo un camino para preservar las diferencias.
 
Reconocer las diferencias demanda un esfuerzo cultural, pero también trabajo político, trabajo institucional, sobre todo en contextos como Sudáfrica. Pero pienso también en otros contextos, en los que las diferencias se usan como palanca para establecer relaciones de inequidad e injusticia, y la cultura, lo mismo que otros instrumentos de la transformación política, se usa para la equidad en el plano político, en la cuestión de la distribución inequitativa; o institucionalmente, para un acceso equitativo a los derechos civiles para hombres, mujeres, negros, blancos, etcétera.
 
La expresión cultural requiere de lo diferente, puesto que parte de las diferencias; de otra manera, no habría podido desarrollarse. Pero también dijimos que la expresión cultural es un medio para solucionar crisis, el comienzo de un diálogo, porque las diferencias son interesantes. Así, por un lado podríamos decir que las culturas son la razón para los choques; por otro, pueden ser un camino en dirección a un plano común, a un espacio común. Me interesaría saber con qué caminos, en qué formatos, con qué ideas podría abordarse esta forma positiva de emprender un diálogo.
 
Por un lado, esto podría suceder a través del conocimiento: conocimiento sobre la particularidad cuestionada y sobre el significado de las diferentes formas de expresión cultural. Lo que normalmente se describe como “choque de las culturas” o “clash of civilizations” no es más que el choque de la ignorancia. Un profundo conocimiento es necesario, porque la comprensión sólo puede surgir del conocimiento. Pero el conocimiento en sí y por sí mismo no basta. Que reconozcamos algo, no significa necesariamente que estemos de acuerdo. Y tampoco creo que el acuerdo deba ser el objetivo final, sin importar el precio. El objetivo final debería ser la aceptación de tantas expresiones de lo humano como sea posible. Por eso, es tarea de la sociedad democrática proporcionar un espacio en el que se pueda expresar y vivir el pluralismo. El problema surge cuando tenemos un conflicto de valores y, sobre todo, cuando el Estado debe decidir entre los diferentes conceptos de los valores.
 
Entonces, en su opinión, ¿cómo se puede lograr este conocimiento a través de la aceptación del otro?
 
El conocimiento en sí es impugnable, por supuesto. Pero, por lo menos, los seres humanos podrían ponerse de acuerdo respecto a una mínima parte de hechos, incluso si su interpretación es totalmente diferente. Por ejemplo, nadie negará el hecho de que algunas mujeres se cubren con un velo; pero desde luego que puede impugnarse el significado que se le otorga a ese acto. También es un hecho que no todos ni todas están de acuerdo con una decisión como prohibir los velos en el espacio público. Pero sí creo que el conflicto entre interpretaciones está muy bien. Las diferencias culturales se vuelven un problema en el momento en el que se da un juicio, en el sentido de clasificar y jerarquizar; es decir, la tentación de decir: “Lo que haces no es normal, por eso deberías cambiarlo o hacer las cosas como las hago yo.” Ésta es la definición colonial de cultura, que se puede reducir al hecho de que yo llego y pienso que lo que tú haces no es moderno, sino primitivo e irracional, y que tienes que cambiarlo. Tienes que dejar de hacer algo como lo haces; y en lugar de eso, hacerlo como yo te digo. En ese momento es que se dan los choques. La cultura no puede ser una cuestión de determinismo.
 
¿Qué haría usted para convencer a alguien –por ejemplo, en Francia– de que las mujeres no deben cubrir su cabello, sin partir de prejuicios, sin que sea algo que limite la libertad? Porque la prohibición evidentemente no está funcionando.
 
No existe absolutamente ninguna razón para que las mujeres que quieran cubrir su cabello no puedan hacerlo. En rigor, lo que yo haga o deje de hacer con mi cabello, no le importa a nadie. Claro que, en casos así, la ley es importante. Pero la ley se topa con límites cuando lo que está en juego es la cultura o, mejor dicho, los valores. Resulta muy difícil reglamentar valores, interpretaciones o significados. Lo que la ley suele hacer, es tratar de restringir el margen de interpretación; y sabemos demasiado bien que la ley, en el intento por restringir el margen de interpretación, emprende sobre todo cambios en las condiciones de la disputa. Por eso resulta tan importante mantener abierto el margen de interpretación. Todo lo demás resulta secundario. Cambiar las opiniones de otros a través del cine, la literatura, la música o el arte es importante; pero es todavía más importante mantener abierto el espacio para la articulación de otras posibilidades.
 
¿Entonces se trata de una especie de multiculturalismo y del derecho a vivirlo sin obstaculizarse mutuamente? ¿Existe algún lugar en este planeta donde eso suceda?
 
En rigor, existen muy pocas sociedades cerradas, incluyendo aquéllas que tratan de definirse a sí mismas como homogéneas. Prácticamente nunca ha existido una sociedad cerrada. Entonces, tenemos en la historia de la humanidad un inmenso archivo de la coexistencia, de la imbricación y la mezcla. Así funcionaban los imperios, algunas religiones también lo permiten. Quiero afirmar que la humanidad dispone, hasta cierto punto, de una larga tradición ecuménica de la cual no hemos abrevado tanto como podríamos.
 
Claro que también existe una larga historia de terribles conflictos, algunos de los cuales han sido mortales y sangrientos; pero ya que estamos hablando desde adentro del horizonte contextual de una sociedad democrática, de derechos humanos, podemos mencionar dos cosas: por un lado, el proyecto de la democracia, porque no existe una democracia divorciada de los derechos humanos. Por otro, el proyecto de una comunidad humana ampliada, de un proyecto cosmopolita. La democracia es fundamental y profundamente cosmopolita.
 
Así pues, el problema viene de la contradicción entre la democracia y el nacionalismo. Cuando el nacionalismo aventaja a la democracia en su doble carácter de proyecto universal, entonces tanto el proyecto cosmopolita como las diferencias culturales se convierten en un problema. La pregunta es, por tanto, cómo profundizar la democracia. El problema de los derechos humanos como problema cultural es inseparable de la democracia; y el camino para superar las diferencias es, en principio, reconocerlas. Sólo después se podrá profundizar la democracia y una ética cosmopolita en oposición al nacionalismo y a numerosas variaciones del indigenismo.
 
El nacionalismo suele no surgir desde el Estado, no es provocado por la forma del Estado, sino que nace de la cultura original, del sentido de identidad, de la pertenencia a una cultura en común, de compartir el mismo idioma, la misma educación, el mismo lugar de nacimiento, antepasados comunes. Y provoca una especie de chovinismo que normalmente no representa una buena base para la democracia.
 
La conclusión de eso, en el sentido de un sentimiento de comunidad, es que es necesario tener un Estado; la combinación de la figura de nación con la figura de Estado no le es siempre favorable a la versión cosmopolita de democracia de la que estamos hablando. Por el contrario, restringe el pensamiento de los derechos humanos en sí; porque un Estado nacional piensa los derechos humanos, por definición, como los derechos de sus ciudadanos en oposición a quienes no son sus ciudadanos. De esta manera se manipulan las diferencias culturales en el sentido de una separación entre ciudadanos y no ciudadanos, miembros y no miembros de una nación, hombres y mujeres.
 
Ésta es la razón para la xenofobia o, por ejemplo, para el estatus poco claro de los refugiados. ¿Sería el movimiento una alternativa a la parálisis cultural de una nación? Y en caso afirmativo, ¿se puede impulsar el movimiento? Es decir, la gente se está moviendo alrededor del mundo, cada vez es más común irse de un lado a otro. ¿Puede esto llevar a una especie de aceptación de las diferencias?

 
La movilidad es lo otro. La movilidad, el movimiento y lo otro; lo cual no significa que quien se mueve por el mundo se convierta necesariamente en un sujeto cosmopolita, pero sí es más probable que se acepten las diferencias cuando se ha estado expuesto a otros mundos y a otras formas de vida. Por eso, creo que sí. Porque lo que también hacen los Estados nacionales es delimitarse hacia afuera. La pregunta es, pues, en qué medida el reconocimiento de las diferencias y su superación requieren de un mundo ilimitado, de un mundo sin fronteras.
 
 
Esta entrevista es una versión editada de la conversación con Achille Mbembe publicada en el volumen Menschenrechte und Kultur (Editorial Steidl).