José Mendonça Plaza de la Independencia

Papst Franziskus empfängt den angolanischen Präsidenten João Lourenco zu einer Privataudienz im Vatikan, 12. November 2019
Papa Francisco recibe al presidente angoleño João Lourenco en una audiencia privada en el Vaticano, 12 de noviembre de 2019 | Foto (Detail): Alberto Lingria © picture alliance / AP Photo

De José Luís Mendonça

1.
El día que cumplió 40 años de abstinencia sexual en memoria de su prometida, desaparecida en 1977, Zé Mateus despertó. Miró el reloj. Eran las 6 del día 30 de mayo de 2017. Abrió la ventana de su cuarto y vio el sol salir color de rosa, lento camaleón. Estiró el brazo y tomó de la pared la foto de su eterna prometida, que lo miraba sonriente. Descansa en paz, mi querida Joana. Hasta hoy sigue el gobierno sin decirnos qué te hicieron, dónde está tu cuerpo, por eso te dediqué este velorio de 40 años. Estés donde estés, descansa eternamente, mi amor.
Dos lágrimas cayeron de sus ojos.

En los primeros meses de 1975, el año de la independencia, los tres movimientos de liberación entraron en la capital. Venían armados y uniformados. La guerra, la peor de todas, había empezado y duraría 27 años. La madre de Zé Mateus, doña Juliana, maestra de primaria, falleció al salir de la escuela, un viernes, alcanzada por una bala perdida. Mateus nunca había visto a un blanco llorar como un niño como había llorado su padre, Sesinando Mateus, inspector de obras públicas. Su padre fallecería veinte años más tarde, de malaria, y lo sepultaron en la misma tumba que a su madre.

Zé Mateus había vivido cuarenta años como un monje. Le bastaba la compañía de su perro y el canto de los gorriones. La voz libre de los pájaros urbanos hacía eco en sus oídos como el quimbundo* de aquella que casi fue su suegra, mamá Zabele.

A Zabele le gustaba decirle cosas en esa lengua casi en desuso en Luanda mientras masticaba, en la mañanita, cola y jengibre. Mamá Zabele dejó de comer cola y jengibre el día en que su primo, oficial de los Servicios de Inteligencia, fue a casa a aprehender a su hija, sobrina del militar. La única razón para llevársela era que la joven había ido a bailar tres veces en compañía del mayor Nito Alves, autor del intento de golpe de Estado del 27 de mayo de 1977. El oficial de Seguridad del Estado fue implacable. Quiso mostrarse útil al partido en el poder. Había emprendido una razia total en la calle. Veinticinco jóvenes, todos de la juventud del partido, fueron capturados. No volvieron a aparecer. Nadie enterró sus cuerpos. Mamá Zabele lloró la fotografía de su hija, porque nunca pudo llorar su cadáver. Zé Mateus juró pasar el número bíblico de 40 años, los que los judíos permanecieron en el desierto, sin tocar a otra mujer.

* Quimbundo: lengua bantú, hablada en el noroeste y centro de Angola por la nación ambundo.
 
2.
Agosto estaba en sus últimos vientos de cacimbo*. Era domingo, y la mañana tenía un perfume de hojas crudas. Mientras se vestía, el rostro de su padre, con su bigote profuso y su mirada de buganvilia blanca, llenaba la cascada de agua límpida de su memoria. Zé Mateus se sentó en la terraza de la casa. La naranja madura del Sol le calentaba los hombros con rayos dulces y jugosos. Desayunó en compañía de Kapuete, el viejo perro negro: "Kapuete, mi viejo, hoy vamos a pasear a pie."

El animal dejó de comer del plato de esmalte amarillo y lo miró con una luz alegre en los ojos. Salieron los dos a la calle y caminaron hasta la Plaza de la Independencia. Un voceador se detuvo con un fajo de periódicos bajo el brazo. Voceaba: "Jefe, compre el periódico, el MPLA ganó las elecciones. João Lourenço va a ser el tercer presidente de Angola."

Mateus vivía nada más de su sueldo. Los semanarios eran caros. Compró el Jornal de Angola y otro más.
A las diez, el Sol era una mancha de vidrio incandescente en el vientre de nubes dispersas. Cuando en el semáforo se encendió la luz verde, Zé Mateus cruzó la calle circular, se sentó en una banca de cemento frente a la estatua del primer presidente, abrió el semanario sobre las piernas cruzadas y se llevó la mano al pecho tocando, bajo la camisa, en un gesto casi tan antiguo como sus 64 años de edad, la pequeña estatuilla, un chita de granadillo negro que pendía de un collar de chaquiras blancas. Aquel collar y el chita eran una herencia que pasaba de abuelos a nietos y que le habían puesto en el cuello el día en que cumplió 6 años. "Mi nietecito, este chita es tu protección, es el espíritu de Kituta, la sirena invisible", auguró el viejo Lázaro Kindanji, su abuelo materno. Zé Mateus sólo apartaba a Kituta de su pecho para bañarse.

Terminada la lectura del Jornal de Angola, abrió el portafolio que llevaba en bandolera y sacó un pequeño paquete de galletas. Se comió dos de un solo bocado. Le dio la otra al perro. Encendió el wifi del celular y bajó música de Youtube, sin audífonos, porque el perro también era melómano. Desde su alma voló al cielo azul un compás místico: Besoka-na-Besoka, en la voz mitológica de Manu Dibangu. El sol se desabrochó tímidamente los botones de la camisa de nubes y dejó ver su pecho reluciente.

Zé Mateus sacó otras dos galletas del paquete. Mientras se las comía, miró por encima del hombro la estatua del fundador de la nación y guía inmortal de la revolución, eternamente de pie, bajo el sol y bajo la lluvia, con su libro de poemas en la mano derecha, levantada hacia el cielo. Zé Mateus pensó entonces sin pensar: "¿por qué tengo este apetito voraz de galletas?"

Tenía cinco años y vivía en Marimba, un suburbio de la ciudad de Salazar, nombre del viejo primer ministro colonial, renombrada Ndalatando después de la independencia. Había despuntado un brote de hambruna en el barrio. Aunque su padre era blanco, no podían vivir juntos en la ciudad. Era vergonzoso que un blanco viviera en la ciudad con una negra. La mañana de un miércoles, las madres de la Caritas se instalaron allí con una caja enorme de galletas y una de ellas ordenó que todos los niños de hasta cinco años formaran un círculo. Zezinho Mateus era el único niño pequeño en casa. Su tía lo tomó de la mano y fueron al puesto de las galletas. El niño vio a la monja caminando en círculo y repartiendo las galletas cuadradas, grandes y tostadas. Cuando la monja pasaba frente a Mateus, la mujer que acompañaba al niño que estaba su lado extendía la mano y se robaba las galletas antes de que la mano de Mateus pudiera alcanzarlas. En la cuarta ronda, la mujer estiró la mano con garras de águila, sustrajo las galletas de la mano de la monja y dijo: "¡Este hijo de blanco puede comprarse sus galletas!" Mateus volvió a casa sollozando en el regazo frustrado de su tía. Se puso a leer la primera plana del semanario: "El MPLA es el vencedor 'inequívoco' en las elecciones generales de 2017 en Angola. Los resultados preliminares anunciados hoy por la Comisión Nacional Electoral (CNE), ya con un 75% de los votos contados, señalan una victoria 'inequívoca' del MPLA y de su candidato a presidente de la República, João Lourenço, con..." antes de que concluyera la lectura, apareció frente a él un niño sucio y descalzo: "¡Tengo hambre, jefe!" Zé Mateus levantó los ojos de la primera plana y miró al niño: "¿Cómo te llamas?" Me llama José. "Eres mi tocayo, José. ¿Dónde vives?" "Salimos de Lobito, jefe, mi hermano y yo. Dormimos ahí, en el piso de ese edificio." Mateus sintió que una navaja de fuego le atravesaba las piernas.

Aquel muchacho era uno de los muchos mendigos de distintas edades que rodeaban los puntos en que se detenía el tránsito en la ciudad. Tras la firma de los acuerdos de paz en Luena, el paisaje de la Plaza de la Independencia remataba en un grupo de adolescentes que llevaban en brazos a un niñito.

Junto a los menores también se detenían mujeres vestidas de trapos viejos y sucios y algunos viejos sin luz en los ojos. Cuando Zé Mateus pasaba por allí y se detenía por orden del semáforo, los pobres rodeaban su auto. No hacían caso a los grandes jeeps con choferes encorbatados; sólo se le acercaban a él. Un día le preguntó al viejo tambaleante que corría cuando su auto se detenía en el semáforo: "Eh, anciano, allí adelante hay dos coches grandes. ¿Por que no fue a pedirles a ellos?""Jefe, perdón, yo sé que ellos no me van a dar. Usted es mulato. Tiene el color de la suerte."
Ese mismo domingo, el niño mendigo no se había ni detenido en la primera banca, donde tres personas mayores charlaban, y se había dirigido directamente a él.

Mateus extendió la mano y le ofreció el paquete de galletas casi lleno a José, que miraba el enorme pedestal de la estatua del fundador de la nación, cubierto de mármol, que tenía inscrito el poema más célebre del poeta presidente.

El hermano menor de José surgió de la nada y ambos se empezaron a mordisquear las galletas. José preguntó:
"Jefe, ¿qué dice ahí?" "Pero, a ver, José, ¿cuántos años tienes?" "Quince, jefe." "¿Y luego? ¿Allá en Lobito no estudiabas? ¿Nunca fuiste a la escuela?"
"Sí fui, jefe, hasta segundo de primaria. Luego mi papá abandonó a mi mamá y nos fuimos a vivir a la sanzala2 con mi abuela y ya no volví a estudiar."

Zé Mateus les leyó a los niños:

"Habremos de volver // A las casas, a nuestros cultivos / a las playas, a nuestros campos / habremos de volver // A nuestras tierras / rojas de café / blancas de algodón / verdes de maizales / habremos de volver // A nuestras minas de diamantes, / oro, cobre, de petróleo/ habremos de volver // A nuestros ríos, nuestros lagos / a las montañas, a los bosques / habremos de volver // A la frescura de la mulemba* / a nuestras tradiciones / a los ritmos y a las hogueras / habremos de volver // A la marimba* y al quissange* / a nuestro carnaval / habremos de volver // A la hermosa patria angoleña / nuestra tierra, nuestra madre / habremos de volver // Habremos de volver / a la Angola liberada / la Angola independiente."

José alzó la cara y quiso saber: "Jefe, ¿qué es la patria angoleña?" "La patria angoleña somos todos nosotros, hijo, tú, yo, tu madre, tu padre, que te abandonó, tu abuela, ese policía que está allí parado, todas las personas que tienen identificación angoleña, y la tierra, José, las casas, los coches, todo lo que ves, lo que está cerca y lo que no ves, allá lejos, en las otras provincias, todo eso es la patria angoleña."
"Ah, ya, jefe. Pero dice usted que los que tienen identificación. Yo no tengo identificación, jefe. Entonces no soy angoleño, ¿verdad?"
Mateus posó la mano derecha sobre la cabeza de su tocayo. "Algún día vas a tener identificación, José."

Se fue de la plaza acompañado por Kapuete y los dos muchachos. En la esquina del viejo edificio que daba al dorso de la estatua de Agostinho Neto, José y su hermano se detuvieron junto a dos trozos de cartón doblados.
"Gracias por las galletas, jefe. Aquí dormimos nosotros."

Mateus se fue caminando a casa seguido de su perro.

*Cacimbo: estación seca.

* En quimbundo, sanzala significa "pueblo", "aldea" (n. de la t.)

* Mulemba o mulembeira (Ficus thonninguii) o higuera africana, es un árbol sarmentoso de la familia de las moráceas, de savia lechosa y rosada. Presenta una altura elevada, que llega a alcanzar los 15 o 20 m. La copa es voluminosa y muy ramificada, y se le aprecia mucho por la sombra que produce. Es un árbol secular, sacralizado por la tradición.

* Quissange: instrumento de sonido fluido, muy utilizado durante las caminatas largas o como fondo musical cuando un mayor cuenta historias en torno a la fogata. Se construye sobre una tabla armónica a la que se fijan láminas que pueden ser de bambú o de metal, unidas a un puente.

 
3.
A mediodía, Zé Mateus se perfumó, se guardó la cartera con los documentos en el bolsillo izquierdo del pantalón y salió a la calle. Estaba a punto de meterse al coche, cuando una mujer con dos hijos pequeños lo abordó: "Jefe, perdón, tengo dos niños, en casa no hay nada que comer, deme algo, lo que sea, ¡por favor!" A lo largo de la semana, Zé Mateus ya había distribuido una décima parte de su jubilación entre varios mendigos. Él mismo sacaba de su mensualidad ese diezmo para los pobres. En ese momento, el diezmo se había agotado. Amablemente, le respondió a aquella madre: "Madrecita, no me lo tome a mal. Yo sé que tiene hambre, pero yo no soy un ministro. Soy jubilado, madre. No puedo ayudarle."
Mateus se metió al coche, le dio vuelta a la llave y arrancó. Tenía una ceremonia de alembamento* a las 3 Iban a pedir la mano de su prima Muxima. Llegó a casa de su prima a las 14:45. Estuvo picando botanas, que regó con un vaso de jugo de múcua* A las 16:00, después de esperar a los invitados que llegaban tarde, empezó el alembamento con la presentación mutua de las familias.
Terminados los preliminares, los invitados fueron testigo de la parte principal del alembamento. La tía Mariazinha, que estaba sentada del lado de la familia de la novia, se levantó y pidió: "Bueno. Ahora voy por la novia. Pero vive muy lejos. Necesito un boleto de avión." El novio desembolsó 10 mil kwanzas. Pasados diez minutos, la tía Mariazinha volvió a al lado de Muxima. Los novios intercambiaron los anillos y un beso. Así concluía el ritual en la comodidad de la sala.
Los novios y los invitados salieron al patio. Para el desenlace de la ceremonia había un pastel grande, cubierto de betún blanco, con dos copitas incrustadas a un lado y dos botellas de champán tinto. Se cortó el pastel, que perdió su dulce estética, y las copas se pusieron moradas, y todos brindaron con el tintineo de los cristales a aquella hora en que el sol se desvanecía en la línea del horizonte y el frío final de Agosto llenaba el tiempo con el síndrome de la comodidad. Las mesas se llenaron.

Las almas de los invitados se llenaron de los vapores del champán, de la cerveza y del vino. Cuando el DJ empezó a poner música, los novios fueron al centro del patio y abrieron pista al son de una rumba latinoamericana del grupo Africando, de Casamanza.

* Alembamento, del quimbundo "Kulembela" (ofrecer la dote), es la ceremonia de matrimonio tradicional, hoy transformada en los centros urbanos en fiesta de compromiso, aunque conserve el nombre quimbundo, y con préstamos de Occidente, como la carta de pedida de mano y los anillos.

* Fruta del baobab.
 
4.
Como Mateus, Mamá Zabele nunca había salido del barrio del Cruzeiro. Zabele no comía cola con jengibre desde el remoto año de 1977. Veinticinco años después, Zabele dejó de hablar y de escuchar. Transmitía su voz escribiendo en un cuaderno que tenía siempre a la mano. Su sordomudez empezó un día en que estaban todos en el patio en una reunión familiar, comiendo, bebiendo y hablando. Eran las 10 de la noche. Habían conectado el segundo barril de cerveza a la serpentina de hielo. Ya se había agotado la reserva de conversaciones pacíficas sobre deportes, mujeres celosas, conjeturas sobre el nuevo ciclo de paz que vivía el país. En una de las esquinas de la mesa, un sobrino de la anfitriona, el general Kambolo, inició una vieja conversación, siempre nueva, con el compañero de al lado. "Ahora que se murió Savimbi* y la guerra se acabó, parece que el gobierno por fin va a resolver el problema de las víctimas del 27 de mayo —dijo el general de reserva."
"Eso estaría realmente bien" respondió el compañero que estaba a su derecha, un periodista de la televisión pública—, ya pasaron tantos años, las armas callaron, es tiempo de sanar esa herida abierta en la historia de nuestro país. Emitir, por lo menos, las actas de defunción de las personas desaparecidas..."Ah, compa, ustedes, los periodistas, piensan demasiado y a veces hacen noticias por anticipación" el comensal que estaba a la izquierda del general, un hombre de camiseta y jeans rotos en las rodillas, cabello con trenzas al centro de la cabeza, y con los lados rapados, metió la cuchara en la conversación. "Yo tengo mis reservas. El primo de mamá Zabele nunca va a confesar lo que le hizo a su sobrina. ¿Sabes lo que los tipos de seguridad les hacían a muchas de las mujeres que aprehendían? Una de las formas de tortura consistía en obligarlas a comerse su toalla sanitaria cuando las atrapaban con su período. Me lo contó mi difunto hermano."

El general de reserva, que estaba al centro de la conversación, le metió un doloroso pellizcón en el brazo al joven. Estaba a punto de pasar detrás de ellos, con una charola de tilapias a la parrilla, la mismísima mamá Zabele. La vieja siguió su camino y depositó la charola al centro de la mesa."¿Nos habrá oído la vieja, hermano?" preguntó Kambolo. "Ah, compa, no sé si estuvo atrás de nosotros el tiempo suficiente para oírnos..." dijo el general.
La vieja Zabele se retiró del patio y se fue a su cuarto. Desde aquel día, no volvió a proferir ni a escuchar ni una sola palabra. Se comunicaba por escrito.
Mamá Zabele murió tres muertes en su existencia terrenal. Murió una vez cuando su marido fue asesinado por las milicias del colono, dos días después del levantamiento armado del 15 de marzo de 1961, en el norte de Angola. La vendetta de los colonos fue implacable y abarcó a la provincia de Malanje. Los blancos llegaron vestidos de civil, armados de escopetas, tocaron la puerta a culatazos y la pareja fue a abrir."¿Tú eres Benvindo Lopes da Costa, el terrorista?" Bemvindo tembló. Sabía que había llegado su hora. Una ráfaga de balas le perforó el pecho y cayó como un árbol cortado a hachazos en el vano de la puerta.
Zabele murió por segunda vez cuando se llevaron para siempre a su hija en 1977. Fue entonces cuando dejó de gustarle la cola con jengibre. La tercera muerte de Zabele tuvo lugar cuando, en la reunión familiar, oyó decir que torturaban a las mujeres con su propia sangre de luna. Esa vez perdió el habla y el oído.

Aquel día en que Zé Mateus se reconcilió con la vida y con el perfume de las mujeres, Zabele encendió la lámpara del buró, abrió el cuaderno y escribió: "Quiero ver a mi yerno Mateus".
La nieta de Zabele, una niña de 15 años que cuidaba a la abuela, fue a casa de la vecina a llamar a Mateus cuando aún cantaban los gorriones en la vieja palmera. Mateus se dirigió preocupado a casa de su suegra putativa. La vieja recibió en la mejilla el beso de Mateus, lo miró, abrió los ojos desmesuradamente y volvió a hablar: "Hijo, gracias por amar tanto a mi querida Joana. Soñé que encontrabas una nueva mujer. Haces bien, hijo. ¡Cuarenta años solo es mucho tiempo! Quiero que seas muy feliz y que ames a otra mujer como amaste a mi hija."

Dichas estas palabras, abrazó a Mateus con fuerza y cerró los ojos para toda la eternidad. Zabele había muerto por cuarta y última vez.

* Savimbi: primer presidente de la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola), movimiento de liberación que mantuvo una guerra de 27 años contra el gobierno.
 
5.
En septiembre, el nuevo presidente tomó posesión, y el viejo presidente dejó la silla con cierta resistencia, tras pasar 38 años sentado en ella. Dejaba el gobierno, pero seguiría dirigiendo durante un año más el partido en el poder, el partido que siempre ganaba las elecciones con mayoría absoluta o calificada y hacía que se votaran en el parlamento todas las leyes que se le ocurrían. Se iba, pero no se iba. El mes de septiembre había dejado marcas dolorosas en las almas de los angoleños desde las primeras elecciones de 1992. Llamó a un voceador que iba pasando:
"Amigo, ¿tienes el Jornal de Angola?" La entradilla de la primera plana atribuía una relevancia continental al país: "Angola sigue al frente de la producción de petróleo en África, con 1 millón 632 mil barriles al día, superando a Nigeria, que produce tan sólo 1 millón 510 mil barriles".

La estación de las lluvias caía frágil como el renacuajo que crece en las aguas estancadas en espera de convertirse en sapo. Zé Mateus se sentó en el escritorio y empezó a preparar las clases del día siguiente. Desde que su jubilación, Mateus había decidido ocupar su tiempo dando clases gratuitas a los niños del vecindario, pues comprobó que Zacarias, un vecino de 12 años, tenía enormes problemas para escribir y comprender un texto de una página. Ahora que conocía a José, el niño de la calle desplazado de Lobito, lo llevó, junto con su hermano, a las clases que daba en el patio.
 
6.
El sábado temprano, en la mañana, Mateus abrió la puerta de su casa y se sorprendió con la enorme fila de discapacitados, niños de la calle, viejos y mujeres que se extendía hasta perder de vista. Mateus había inaugurado, en la puerta de su casa, un servicio público de reparto de alimentos para los más necesitados: únicamente para personas con discapacidades físicas, viejos y niños de la calle. Pero en este segundo reparto de donaciones, la fila de mendigos alcanzaba casi dos kilómetros. Apareció la policía: "¿No ve que está alterando el orden público, señor?"

Un convoy de hormigas subía por la pared del muro bajo del patio. De pie, en la puerta, Mateus miró a la autoridad y sonrió de caxexe*.

La lluvia menuda había dejado de platear los vientres flotantes de las hormigas. El cielo había corrido las cortinas a los rayos del Sol que acechaba allá arriba. Zé Mateus sacudió sus zapatos contra el suelo de la acera, se tragó el alma, entreabrió los dientes sonriendo a medias, se agachó y dejó que su espíritu escurriera susurrante hacia el oído de Kapuete, que había ido con él a la puerta. "El gobierno es como el Sol. Camaleón que sólo cambia de color de piel."

*De soslayo.