Racismo en el Perú El miedo a la igualdad

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Videostill del proyecto “Intervention M21” (www.decolonizem21.info): El Glosario (De)Colonial, Parte 1, Europa - No-Europa | © Aliza Yanes & Santiago Calderón

La visión de lo que es identidad colectiva permanece inalcanzable en el Perú, resalta Marcel Velázquez Castro en base a dos casos contemporáneos.

De Marcel Velázquez Castro

En el Perú de los últimos años, el debate sobre el racismo se ha vuelto más frecuente en el espacio público. Por un lado, las redes sociales convierten en contenidos virales los vídeos o imágenes de prácticas de discriminación racial. Por el otro, las instituciones estatales y la sociedad civil tienen una menor tolerancia hacia prejuicios tradicionales y una explícita condena del racismo.
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El discurso del mestizaje y las prácticas racistas han concurrido en la historia peruana. La ideología del mestizaje promovida por intelectuales desde la década de 1920 y por el Estado desde la segunda mitad del siglo XX fue asimétrica, pigmentocrática y clasista. Una narrativa de identidad colectiva que valoraba culturalmente más lo criollo occidental que el mundo andino; que no se liberaba del mandato del “blanqueamiento” ni de la desigualdad social por el color de la piel; que asociaba educación, capacidad económica, formas de hablar con un mayor mestizaje. Ser mestizo era olvidar los ancestros indios, amazónicos o negros, nunca los antepasados occidentales. La fantasía de un país mestizo o el triunfo de todas las sangres presuponían una mezcla estabilizada sin conflictividad social; el conflicto armado interno (1980-2000) destruyó esa ilusión y remarcó el racismo entrelazado con la violencia social; los aproximadamente 70 000 muertos fueron mayoritariamente pobres, de zonas rurales, quechuahablantes, miembros de comunidades amazónicas.

Interculturalidad: la nueva imagen nacional

Desde inicios del siglo XXI y bajo los paradigmas del multiculturalismo y la política de la diferencia, el estado peruano empieza a modificar su discurso anterior y promueve un activo reconocimiento de grupo sociales autodefinidos por su cultura, historia e identidad. Este proceso fue resultado también del trabajo político de organizaciones afroperuanas y de pueblos originarios amazónicos. Se traza como horizonte comunicativo la interculturalidad para la nueva imagen nacional. 

“El estado busca una solución cultural que no modifique las estructuras de poder ni las exclusiones sociales. De este modo, se ocultan las jerarquías raciales, que estallan en tiempos de crisis.”

Las representaciones son una llave para la historia cultural de lo social, constituyen actos de producción de sentido, una trama de significados mediados y negociados que afecta nuestra cognición, afectos y prácticas sociales. Hoy se vive con intensidad la batalla por la representación, quién representa, desde dónde y cómo lo hace son preguntas centrales en todo análisis. Voy a presentar dos casos contemporáneos en los que confluyen el racismo, las políticas raciales de la representación y los mandatos del higienismo. Ambos muestran los límites y los simulacros de los discursos del mestizaje y del multiculturalismo en el Perú.

EL caso Negrita

La empresa Alicorp ha decidido cambiar el nombre de su marca Negrita, asociada a productos para la repostería. Esta poseía décadas en el mercado nacional y la decisión ha suscitados tres interpretaciones principales: una ilegítima victoria de la indignación moral y un atentado contra la tradición y la libertad comercial; un gesto corporativo positivo de Alicorp, en un marco global de luchas por la diversidad, y en contra del racismo; y una victoria en el largo camino de la descolonización del imaginario afroperuano.

La palabra clave de primera posición es tradición, ellos celebran un statu quo fundado en la desigualdad sociorracial naturalizada e invisible, un orden que posibilita el goce de sus privilegios. La segunda posición puede criticarse porque el mundo corporativo que sirve al capital ofrece una supuesta preocupación por la vida y la experiencia de los afroperuanos. La tercera posición reivindica la consecuencia política de este evento antirracista, con posibles repercusiones más allá del ámbito comercial y publicitario

Una larga historia de dominación y exclusión

Una rápida revisión de la publicidad que emplea mujeres o varones negros para promover sus mercancías ratifica que el deseo del sujeto afro es invisible, se trata de satisfacer la demanda de quienes para gozar sus deseos requieren del trabajo físico afrodescendiente. Las figuras que representan a marcas como Negrita, ÑaPancha, Sibarita u otras condensan mediante una codificación gráfica aparentemente inocente, una larga historia de dominación y exclusión: la naturalización del servicio doméstico y la cocina, como lugar de la mujer afroperuana. Además, en ellas se vislumbra también el deseo sexual por la mujer negra y la nostalgia por el servilismo del mundo de la hacienda.

Vale la pena destacar el diminutivo de Negrita, que ofrece un simulacro de afecto y familiaridad, pero también una disminución, una infantilización, que ha sido siempre frecuente en la representación de los subalternos. Es muy fácil decir “negrito”, “cholito”, pero muy difícil decir “blanquito” o “gringuito”.

Indudablemente, esto se conecta casi sin escalas con el mundo de la esclavitud, pues se configura la fantasía de constituirte en el amo esclavista, teniendo a la mujer afro trabajando fielmente para ti en servicios de comida, lavado y dulcería. Los resultados de su trabajo son mistificados y aparecen como ofrendas de cariño para disfrazar la opresión en un mundo pasado, con una temporalidad estática y una espacialidad rural.

La conexión con el mundo de la esclavitud

La esclavitud fue parte de la vida privada y la experiencia del limeño; el aviso comercial de esclavos es fundacional en la historia de la publicidad en el Perú. Hasta 1854, año de la abolición de la esclavitud, la actividad principal de los esclavos varones y mujeres en Lima fue el servicio doméstico, con actividades de lavado y preparación de alimento. Por otro lado, años después, las familias aristocráticas siguieron manteniendo como cocheros y cocineras a trabajadores afrodescendientes. Esto era visto como un signo de distinción social por el resto de la sociedad, que deseaba también ejercer ese dominio.

“El miedo social de las elites es el miedo a la igualdad, perder imaginariamente su lugar de privilegio. Por ello, su voluntad de naturalizar la desigualdad y atribuir a los otros el lugar de la suciedad, la enfermedad y la fealdad.”

Allí interviene la lógica de la mercancía que materializa y condensa en productos esa antigua relación social de dominación y, por otra parte, satisface los deseos de quienes siempre anhelaron actuar como el sujeto esclavista.

El segundo episodio ocurrió en una campaña parlamentaria del 2020 en Lima, un candidato de rasgos blancos entregó a otro de rasgos mestizos,  un jabón para descalificarlo como adversario político. Durante la modernidad, se construye artificialmente una correlación entre decencia, salud, limpieza y blancura por un lado; e indecencia, enfermedad, suciedad y negros, indios y chinos, por el otro. Por otro lado, desde la teoría del higienismo médico se busca encontrar el origen de la enfermedad en causas externas, en consecuencia, se traza una asociación entre pobreza, marginalidad, suciedad y enfermedad.

El jabón como materialización de violencia simbólica colonial

Sin negar las ventajas prácticas del jabón, es imposible no ver su vínculo con el colonialismo, racismo e higienismo. Las políticas de ingreso a la “civilización” mediante el consumo de mercancías occidentales presuponían que sucio y no-blanco eran sinónimos, como en los clásicos avisos anglosajones de Pear´s Soap, que acompañaron al imperialismo británico. El jabón se convirtió simultáneamente en una mercancía emblema de la modernidad, una materialización de la violencia simbólica colonial y una ratificación del racismo explícito. Adicionalmente, movilizaba las fantasías de civilización, limpieza y blanqueamiento entre sectores sociales "marrones". Desde otro ángulo, la ciencia médica y las concepciones higienistas confirman el triunfo del jabón. Por consiguiente, desde mediados del XIX, se establece una correlación entre bello, blanco y decente y así se fortalece la legitimación de la jerarquización racial en el Perú.
 

“Durante la modernidad, se construye artificialmente una correlación entre decencia, salud, limpieza y blancura por un lado; e indecencia, enfermedad, suciedad y negros, indios y chinos, por el otro.”

El miedo social de las elites es el miedo a la igualdad, perder imaginariamente su lugar de privilegio. Por ello, su voluntad de naturalizar la desigualdad y atribuir a los otros el lugar de la suciedad, la enfermedad y la fealdad.