Amistad: fisonomías de una relación compleja

Amistades asimétricas

Curt Nimuendajú recibió de los apinayé el nombre de “Tamgoáti’ (estrella matutina). Foto: Colección Nimuendajú  © Staatliche Ethnographische Sammlungen de Sajonia, Museum für Völkerkunde de DresdeCurt Unckel Nimuendajú (1883–1945) y los contactos con los indígenas brasileños. En memoria de Andreas F. Kowalski (1964–2006).


“A veces”, recordaba el etnólogo Robert H. Lowie en su autobiografía, “me parecía injusto que yo pudiera estar sentado cómodamente en casa, mientras él andaba de viaje por ríos peligrosos, recorriendo las selvas tropicales o visitando sin éxito alguno ciertas tribus indígenas que habían sido ampliamente exterminadas por alguna epidemia de sarampión. Sin embargo, él no deseaba otra cosa que viajar donde los indios; todo lo que esperaba de la vida era el apoyo financiero suficiente para poder realizar sus viajes”.

La persona a la que Lowie describía en este pasaje era Curt Unckel, o “Nimuendajú”, un alemán nacido en Jena, en Turingia, en 1883, un hombre que se quedó huérfano muy prematuramente, a los dieciséis años inició un curso de formación profesional en la industria óptica de su ciudad natal, y en 1903 emigró a Brasil. En el año 1905, tras un encuentro con indios guaraníes en las proximidades de São Paulo, se produjo el decisivo cambio de rumbo de su vida.

En una carta fechada el 28 de agosto de 1920 y dirigida a Theodor Koch-Grünberg, el director científico del Museo Etnológico de Stuttgart, el historiador alemán afincado en Brasil Clemens Brandenburger describía su encuentro con Unckel. Este autor menciona que, unos años antes, Unckel había acudido a él “todo andrajoso, proveniente de una estancia donde los guaraníes”, pero que luego no aguantó por mucho tiempo, ya que “no le agradaban ni la gran ciudad de São Paulo ni el trabajo periodístico”. Brandenburger continúa diciéndonos que, al final, Unckel aprovechó su ocasión “cuando la comisión para la protección de los indios en São Paulo quiso llevárselo consigo a la selva”. Entonces el autor profetizó que Unckel siempre habría de encontrarse en una situación fastidiosa, porque era una de esas naturalezas que “no aguantan nunca mucho tiempo en un mismo sitio”. Un proyecto de vida que el propio Brandenburger no aprobaba, ciertamente, pero que, por lo visto, sí supo aceptar. Al final, el autor resumía su impresión con las siguientes palabras: “En tales casos, es poco lo que uno puede hacer, y tiene que dejar que [esas personas] vivan su vida de acuerdo con las leyes a las que ellas responden”.

El desasosiego y la precariedad monetaria constituyeron, ciertamente, dos constantes en la biografía de Curt Unckel, quien fue durante toda su vida un marginal tanto para el mundo académico como para la sociedad brasileña en general. La única pausa en medio de ese espíritu incansable, su hogar temporal, Unckel lo encontró entre los indios, a cuyo estudio dedicó cuatro décadas de su vida, antes de morir el 10 de diciembre de 1945, en circunstancias no esclarecidas hasta hoy, en una aldea de indios ticuna a orillas del río Solimões.


Unckel se convierte en Nimuendajú

“He vivido siempre como un indio entre los indios, y durante esa vida, aunque no he estado exento de errores, he aprendido a hablar la lengua guaraní quizá mucho mejor que algunos que han escrito más sobre el tema que yo”. Eso puede leerse en el ensayo de Unckel titulado “Las leyendas sobre la creación y la destrucción del mundo como fundamentos de la religión de los apapocúva-guaraníes”, publicado en la revista berlinesa Zeitschrift für Ethnologie y con el que Unckel, un autodidacta en el ámbito de la etnología, llamó la atención sobre su persona en los círculos científicos de su país natal. El ensayo alcanzó un rápido reconocimiento y es considerado en la actualidad uno de los “textos clásicos” sobre la mitología indígena. Desde 1905 hasta 1907, Unckel había vivido, “con muy pocas interrupciones”, entre los indios apapocúva. En el año 1906 fue “acogido en la tribu con todas las formalidades”, momento en el cual también fue rebautizado con su nuevo nombre indio: “Nimuendajú”, un apelativo al que algunos investigadores atribuyen el significado de “el que ha establecido su morada”; y que otros, de un modo más detallado, interpretan como “aquel que supo abrir su propio camino en este mundo y conquistó su lugar”.

El lugar que Curt Unckel supo conquistarse fue la vida en las aldeas indígenas de Brasil. De los más de doscientos pueblos indígenas que hoy habitan en ese país, él conoció en persona más de cuarenta. Por lo tanto, el esfuerzo infatigable continuó formando parte de su nuevo hogar. “Nimuendajú”, sin embargo, siguió siendo el nombre con el que el propio Unckel se denominó a sí mismo a partir de entonces, era el nombre con el que firmaba y que, a raíz de adoptar la nacionalidad brasileña en el año 1922, consta oficialmente en su expediente civil.

Nimuendajú encontró apoyo para su labor sólo en algunas fases de su vida. En Brasil estuvo por un tiempo en el Museu Paraense Emilio Goeldi, de Belém, así como en el llamado Servicio de Protección a los Indios (SPI), fundado en el año 1910; algunos museos alemanes y suecos le encargaron ocasionalmente realizar expediciones con fines coleccionistas y Robert H. Lowie posibilitó la publicación en Estados Unidos de las célebres monografías de Nimuendajú sobre los distintos grupos hablantes de la lengua jê.

Aunque Nimuendajú era descrito a menudo por aquellos que lo habían conocido como un hombre parco en palabras e introvertido, siempre respondía rápidamente y, la mayoría de las veces, de manera prolija a todas las cartas. Robert H. Lowie apunta lo siguiente: “Cuando le formulaba una pregunta sencilla, recibía en respuesta casi una tesis de licenciatura”. Con Theodor Koch-Grünberg, Nimuendajú entró en contacto en el año 1915. La correspondencia entre ambos demuestra que ésta no sólo servía para un intercambio de carácter científico, sino que también contribuía a manejar el propio malestar de ambos, el que sentía Koch-Grünberg en los difíciles años de la posguerra en Alemania o el que padecía Nimuendajú en su situación marginal como inmigrante alemán en Brasil. En mayo de 1915, por ejemplo, Nimuendajú hablaba sobre sus experiencias con el SPI: “Mientras trabajaba todavía para el Servicio de Protección a los Indios, aprendí, a través de múltiples experiencias, que los estudios como los que yo realizo sólo desvían la mirada de la noble obra de la salvación, que en ese servicio no necesitan a gente que estudie las características de los indígenas, ya que el único conocimiento correcto sólo puede venir por la vía del positivismo de Auguste Comte, no por la de la ‘metafísica alemana’”. Y sobre su situación personal se dice lo siguiente en una carta del 29 de julio de 1920: “Desde principios de junio soy el ‘chefe interino da Secção Ethnographica do Museu Goeldi’. Mi salario asciende a 500$000 [quinientos mil réis, unidad monetaria en Brasil hasta 1942] al mes, sin embargo, nunca lo recibo, claro está, como no lo recibe nadie aquí. La señorita Snethlage [directora del Museu Goeldi] va pidiendo el dinero prestado a Berringer [el Cónsul alemán] y a Paaschen, y yo con ella”.

Al propósito de Koch-Grünberg –probablemente planteado no muy en serio– de trasladarse a Brasil como inspector de indios (“Puedo prescindir fácilmente de Alemania. Me horroriza la idea de tener que vivir aún décadas aquí, donde la gente, salvo por contadas excepciones, es tan mezquina y el clima tan frío”), Nimuendajú respondió con las siguientes palabras: “Si usted, gracias a cualquier tipo de relación con alguna personalidad política, llegara a ocupar el puesto de inspector de indios, eso sería, sencillamente, un crimen contra la ciencia. Un inspector de indios, cuando no queda enterrado tras montañas de officios, relatorios, mappas demonstrativos, folhas de pagamentos [decretos, informes, mapas demostrativos y órdenes de pago] o de otras porquerías burocráticas, se encuentra en la Oficina del Tesoro, ‘luchando contra el dragón’ que le vocifera constantemente la eterna frase: ‘Não ha numerario!’ [¡No hay dinero!]. A todo ello se añaden las eternas molestias jurídicas a causa de la extradición de esclavos indios y los títulos de propiedad de los territorios indígenas, hasta el punto de que un hombre con ese cargo jamás podría pensar en abandonarlo ni por un solo día y salir de la capital aunque fuera por un mes, si es que no quiere ver cómo se atrasa y se revuelve todo”.

Lo que estos dos hombres estimaban el uno del otro, se formula al final de una carta de diciembre de 1915: “Que le vaya bien, y escríbame muy pronto de nuevo. Sus interesantes cartas constituyen siempre un gran motivo de alegría para mí, sobre todo teniendo en cuenta que nos une un lazo muy fuerte: ¡el afecto por esos pobres hombres de piel de color!”.


“... en un elegante arco sobre el río”

La parte más fascinante de la correspondencia entre estos dos etnógrafos es, sin duda, la descripción de la llamada “pacificación” de los parintintin (kawahib), quienes desde mediados del siglo XIX estaban considerados entre los grupos de indios más temidos de Brasil debido a sus belicosas incursiones contra el frente de colonos que se desplazaba cada vez más hacia el interior de su territorio. Entre 1921 y 1923, Nimuendajú recibió el encargo del SPI de establecer contactos pacíficos con esos indios. En septiembre de 1921, le comunica a Koch-Grünberg sus planes actuales: “Tengo que contarle de inmediato una novedad de última hora, porque sé que es usted una de las pocas personas –o tal vez la única– que va a compartir sinceramente mi alegría: el día 13 de este mes he entrado de nuevo en el Servicio de Protección a los Indios y mañana o pasado mañana viajaré al Madeira para intentar alcanzar un acuerdo de paz con los parintintin. Desde 1919 estoy de nuevo en negociaciones con el Serviço de Proteção aos Índios. He hecho muy pocas concesiones a esos señores. Todavía no he olvidado que ellos mismos me echaron en el año 1915 por ser alemán, y si ahora piensan que me he ‘corregido’ desde entonces, están en un grave error”. En otra carta del 28 de diciembre de ese mismo año, sigue diciendo: “En primer lugar, le agradezco sus felicitaciones por mi reingreso en el SPI. En realidad, me horroriza todo lo que pueda traerme el año próximo en el Servicio de Protección a los Indios, pero es posible que, hasta que llegue el jaleo, algo habré podido ganar para los indios y para la etnología”.

Más tarde, en una carta fechada el 10 de mayo de 1922 y enviada desde aquel lugar, Nimuendajú le describe a su amigo y colega radicado en Stuttgart cómo se había desarrollado la relación con los parintintin: “El 31 de marzo remonté otra vez con cinco embarcaciones y veintidós hombres el Maicy-mirim y establecí mi ‘posto de pacificação’, si bien los paritintin realizaron un ataque apenas transcurridas cuarenta y dos horas desde nuestro desembarco y, en medio de una gritería espantosa, arrojaron media docena de flechas contra uno de los hombres, que se había acercado solo a la linde de la selva, a sólo cincuenta metros del campamento. Luego, el 20 de abril, envié de vuelta a todo el personal, con la excepción de seis hombres. El puesto consiste en una casa de planchas de latón situada en una roça [desmonte, plantación] en un barranco que está junto a la desembocadura de un arroyo afluente; la casa cuenta con una cerca de alambre de espinos y un portón que está abierto de día y de noche. Allí vivo ahora en compañía de mis seis hombres. Tras el primer encuentro, los parintintin atacaron el puesto otras tres veces, la última fue hace cuatro días a las siete de la tarde. Su grito de guerra resonó con espanto en el silencio de la noche, y tenía algo de fantasmagórico el escuchar cómo golpeaban con un ruido estruendoso, contra el latón de la terraza, las flechas, las cuales, por cierto, eran disparadas con muy buena puntería. En el ataque anterior nos dispararon desde la desembocadura del arroyo, y era enormemente pictórico ver cómo, de repente, un enjambre de aquellas flechas grandes y hermosas subía desde la maleza que cubre la orilla y llegaba volando en un elegante arco sobre el río, situado en primer plano. De nuestra parte no hubo disparos. Nosotros sólo nos ponemos a cubierto y dejamos que los parintintin disparen y alboroten tranquilamente. Pero tenemos que estar atentos continuamente, de lo contrario un día nos lleva el diablo a todos. Los parintintin no rechazan los obsequios que les ofrecemos, incluso los retiran ellos mismos de los rincones de la cerca, pero luego contestan de inmediato disparando sus flechas. Esos héroes tienen que irse convenciendo poco a poco de tres cosas: primera, que con sus ataques no pueden obligarnos a abandonar el puesto; segunda, que nuestra presencia aquí no les ocasiona ningún daño, ya que nunca reaccionamos a sus ataques ni inquietamos a los indios revolviendo sus selvas; tercera, que nuestra presencia, por el contrario, resulta de gran ventaja para ellos, ya que pueden recibir de nosotros, sin peligro, herramientas nuevas y de calidad, mientras que ellos, normalmente, ponen su vida en juego por una vieja hacha, a veces incluso por gusto. Por el momento se muestran ciegos y furiosos, y están obsesionados con ‘echarnos’. Por eso, precisamente, hay que tener paciencia. Me temo que el asunto va extenderse por mucho tiempo”.

En la respuesta de Koch-Grünberg, que en ese momento había realizado ya él mismo tres largas expediciones donde los indios del continente sudamericano y que les leía en voz alta, en casa, las cartas de Nimuendajú y sus “historias de indios” a su mujer y a sus hijos, se dice: “Su carta [...] me ha deparado una gran alegría, en especial la descripción de sus furibundos vecinos. Puedo imaginarme muy bien la situación y me gustaría poder estar en alguna ocasión sentado junto a usted bajo ese techo de hojalata ondulada, oír el grito de guerra de los parintintin y ver sus flechas volando a la luz de la luna, ‘en un elegante arco sobre el río’. ¡Eso es pura poesía! Su tratamiento de los indios constituye la actitud contraria de los lamentables tiroteos que Hamilton Rice tuvo en enero de 1920 con los indios guaharibos-schiriana en el alto Orinoco, algo que, a mi juicio, ocurrió sin motivo alguno [...] Es usted –para decírselo con toda franqueza y a la manera de la región de Hesse–, un buen tipo, y deseo mucho el poder conocerle personalmente allí, al otro lado del Atlántico, y poder emprender algún viaje con usted. Creo que nos llevaremos muy bien”.

Koch-Grünberg tampoco se cohibió de adjuntar a su carta –“Puesto que es usted ya todo un especialista en las flechas de los paritintin”– el dibujo de una flecha que se encontraba en el Museo de Stuttgart, cuyo origen no había podido determinarse con claridad y que más tarde Nimuendajú, en efecto, confirmaría como una auténtica “flecha parintintin”.

Nos conmueve de un modo peculiar y, probablemente, nos ofrece la mejor visión del carácter de Nimuendajú, cuando este último, a pesar de verse rodeado del grito de guerra de los indios, reduce su equipo en lugar de agrandarlo, o cuando, en vez de responder a los disparos, estando como estaba, amenazado por los indios con sus arcos y sus flechas, describe la belleza de los proyectiles que son arrojados contra él. Sin embargo, sería un error atribuir a Nimuendajú una visión romántica de los indios. En sus cartas, así como en sus publicaciones, Nimuendajú describe con lujo de detalle, lejos de toda especulación teórica, las circunstancias que allí se encuentra, no nos ahorra situaciones penosas y conflictos que le sucedieron con distintas tribus y siempre se muestra dispuesto a corregir, arrepentido, anteriores equivocaciones.

Nimuendajú sintió claramente en carne propia cómo sus propias acciones eran un arma de doble filo, con el ejemplo de su contacto con los parintintin. En junio de 1922 regresó a Belém y dejó el puesto en manos de un sucesor. Un poco más tarde tomó la dirección del lugar José Garcia de Freitas, a quien Nimuendajú consideraba la persona más capaz para esa tarea. Garcia consiguió seguir cultivando las relaciones pacíficas con los indios, pero pronto fue relevado de su cargo debido a ciertas intrigas. En diciembre de 1922, el propio Nimuendajú regresó al puesto de pacificación para seguir negociando con los parintintin. Éstos le prometieron prescindir en el futuro de los ataques bélicos. Con grandes esperanzas en el exitoso desenvolvimiento ulterior del asunto, Nimuendajú abandonó el lugar el 17 de enero de 1923. Sin embargo, hacía mucho tiempo que en las ciudades habían decidido un destino muy diferente para los indios. De parte del SPI le explicaron a Nimuendajú que no había más dinero para aplicar nuevas medidas, de modo que el puesto quedó disuelto y el etnólogo despedido.

Los parintintin, por su parte, tuvieron que pagar muy cara la confianza que, entretanto, les habían tomado a los blancos. Las difíciles labores como recolectores de caucho y las enfermedades traídas por los colonos hicieron que el número de indios disminuyera rápidamente. Los sobrevivientes quedaron en un estado muy débil y fueron viniendo a menos, en una situación de dependencia, explotados por los colonos que los rodeaban. Tanto Nimuendajú como su colaborador Garcia lamentaron más tarde profundamente el haber participado en la “pacificación” de aquella etnia tan orgullosa y con tan elevada conciencia de sí.

En los años siguientes, Nimuendajú atrajo a menudo hacia su persona el odio de los colonos blancos, sobre todo cuando intentaba instruir a los indios acerca de sus derechos o cuando él mismo abogaba activamente por los mismos. En la ciencia de nuestros días, más de medio siglo después de su muerte, a Nimuendajú se lo considera uno de los reconocidos “padres fundadores” de la etnología de las tierras bajas. En la práctica, las experiencias de este amigo de los indios, oriundo de Turingia, apenas han hallado el eco que merecen. No sólo se cerró el posto orientado a la aceptación pacífica de los paritintin, sino que también fue preciso disolver en 1967, tras una historia llena de vicisitudes, el Servicio de Protección a los Indios, el SPI, una institución inicialmente fundada con propósitos muy honorables, pero que más tarde se vio afectada por la corrupción, la malversación, así como por su tolerancia o su participación directa, incluso, en numerosos crímenes cometidos contra los indios.

En sus cartas, Nimuendajú describía a menudo con amargura estos acontecimientos. Pero eso no consiguió amilanarle en su camino. Para él, “establecer su morada” no significaba buscar el paraíso o ni siquiera soñar con él, sino convivir con aquellos por quienes latía su corazón y documentar su cultura, a menudo en las condiciones más difíciles.

Michael Kraus
estudió Etnología, Sociología y Ciencias de la Religión. Sus temas de estudio abarcan la etnografía de la región del Amazonas, la historia de la ciencia y la etnología museística. Ha impartido clases en la universidad y ha participado en numerosas actividades expositivas.

Traducción: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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