Pasajes

El paseo imaginario de Goethe bajo las palmeras de América del Sur

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Goethe no viajó nunca a las regiones tropicales, pero siguió con gran interés los descubrimientos de sus contemporáneos, con quienes mantenía un vivo intercambio intelectual.

El viaje de Goethe a Italia es suficientemente conocido y está bien descrito. En cambio, se conoce menos que ya durante su estancia en la península Itálica el poeta sintió el deseo de viajar más lejos, incluso a las Indias, concepto que en su tiempo incluía a Asia (Indias orientales) y América (Indias occidentales). En una carta que escribió desde Roma a su amigo Karl Ludwig Knebel el 18 de agosto de 1787, le describe su plan de vida, su futura relación con lo desconocido y con el acto de viajar. Como se siente demasiado viejo para realizar las fatigosas travesías a ambas Indias, planea encontrar los lugares lejanos en libros y bibliotecas. La añoranza de lugares lejanos de Goethe se proyecta sobre todo en el exuberante mundo vegetal de los trópicos, especialmente en las palmeras, que ya había visto en Italia:

“Aunque en su condición de artista a uno le gusta estar y seguir estando en Roma, como amante de la naturaleza desea ir más al sur. Después de lo que he visto de plantas y peces en Nápoles, en Sicilia, si fuera un año más joven me sentiría muy tentado a emprender un viaje a las Indias, no con la idea de descubrir algo nuevo, sino para contemplar a mi manera lo que ya ha sido descubierto […]

Y como no iremos a las Indias, es probable que de vez en cuando volvamos a encontrarnos en la biblioteca de Büttner…”

La Biblioteca Anna Amalia y la Biblioteca de Goethe en Weimar todavía conservan evidencias de sus viajes imaginarios. También para Goethe, el “segundo descubrimiento de América” comienza con Alexander von Humboldt. El científico le dedicó la edición alemana de su obra Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Humboldt le anunció esta decisión en su carta de 6 de febrero de 1807, donde le dice:

“En las selvas solitarias a orillas del río Amazonas me regocijó muchas veces la idea de poder dedicarle las primicias de ese viaje, y he osado convertir en realidad esa decisión, tomada hace cinco años. La primera parte de mi descripción del viaje, donde se pinta la naturaleza del mundo tropical, le está dedicada a usted”.

El efecto que tuvo aquel gesto sobre Goethe se manifiesta en su carta de agradecimiento de 3 de abril de 1807, reveladora de verdadero entusiasmo.

“A Alexander von Humboldt

Estimado amigo, desde hace varios días pienso en escribirle sin que me decidiera a hacerlo. Pero ya no dejaré pasar más tiempo sin expresarle mi mayor agradecimiento por el primer tomo de su viaje. Al gran regalo que nos hace con su contenido se añade ahora el amistoso gesto de su misiva, que no podría ser más grata y me cubre de honor. Sé estimar muy bien el valor de tal obsequio y le agradezco de todo corazón que el gran interés que me merecen su persona, sus obras y sus empresas se acreciente al haberme concedido con tanta delicadeza una participación personal en los tesoros con que nos agasaja.

Ya he leído varias veces el libro de principio a fin con suma atención, y ahora mismo, a falta del gran perfil geológico prometido, he elaborado un paisaje imaginario…”

Humboldt le había enviado su obra con la observación siguiente:

“No le costará ni siquiera media hora, y en una fría noche invernal da gusto caminar de repente por un bello y frondoso bosque tropical”.

Casi parece que el científico hubiera conocido lo que podría llamarse afición de Goethe a pasear en espíritu por el bosque tropical. Por su parte, en Las afinidades electivas, obra de 1809, el poeta inmortalizó a Humboldt.

“A veces, cuando he sentido un deseo curioso de todas esas aventuras y cosas raras, he envidiado al viajero que contempla todas esas maravillas en relación viva y cotidiana con otras maravillas. […] Pero él también se convierte en otro hombre…

Nadie puede caminar impunemente bajo las palmeras y no cabe duda de que el modo de pensar se transforma en una tierra en la que elefantes y tigres están en su casa. […] Sólo es digno de admiración el investigador naturalista que es capaz de pintarnos y representarnos lo más extraño y raro en medio de su entorno habitual, con todo lo que le acompaña, y siempre en su elemento más propio. ¡Cuánto me gustaría, aunque sólo fuera una vez, poder escuchar a Humboldt contando sus andanzas!”

Es inútil discutir si en este pasaje habla Otilia o el autor de la novela. Aquí se revela definitivamente la añoranza de Goethe por los trópicos, y también el modo como piensa satisfacerla. Quiere compenetrarse con lo desconocido mediante los relatos de los testigos presenciales, al estilo de Humboldt.

No fue Goethe el único en responder con entusiasmo al viaje de Alexander von Humboldt y a sus obras científicas. Había comenzado una nueva época, la del segundo descubrimiento de América. Basta comparar las obras de ciencias naturales y las crónicas de viaje anteriores y posteriores a 1807 para valorar la magnitud de los logros de Humboldt. Desde entonces los científicos se propusieron ver los países y el planeta en su totalidad.

Aunque Alexander von Humboldt viajó por varios países de Suramérica y Centroamérica, le negaron la entrada en Brasil. Portugal seguía empeñado en mantener aislado a Brasil.

Al abrirse también este país, cuando la casa real portuguesa se instaló allí huyendo de las tropas de Napoleón, Goethe se interesó considerablemente por él. Hoy se encuentran en su biblioteca las crónicas de viajes y los informes de investigaciones del príncipe Wied zu Neuwied, del barón Von Echwege, del caballero Von Martius y de muchos otros. Sobre Carl Friedrich Philipp von Martius y su obra Genera et especies palmarum (1823), Alexander von Humboldt escribió:

“Mientras se conozcan las palmeras / y se las mencione / el nombre de Martius / no caerá en el olvido”.

También Goethe estaba entusiasmado, y escribió una reseña de esa obra en la que se manifiesta claramente su manera de viajar por medio de los libros:

“En esta última obra, que examinamos con todo detalle, se presenta a los eruditos con un lenguaje pulido y artístico la familia de las palmeras, representada en numerosos ejemplares de sus más extrañas especies, pero también gracias a las láminas que se relacionan anteriormente se satisface el interés de cualquier amigo de la naturaleza, mostrándose en toda su variación los principales nexos y formas del estado más general de la naturaleza, el modo como viven esas plantas, ya sea aisladas o agrupadas, en tierras húmedas o secas, altas o bajas, en lugares despejados u oscuros, con lo que a la vez se estimulan y satisfacen el conocimiento, la imaginación y el sentimiento; y es así que en nuestro recorrido por estos escritos sentimos como si estuviéramos presentes en partes del mundo muy distantes, como si habitáramos en ellas”.

Todavía en la actualidad vemos a Goethe bajo las palmeras en muchos jardines botánicos del mundo, en la forma de un género de las Malváceas, la llamada Goethea. La descubrió el príncipe Maximilian Wied zu Neuwied en el bosque tropical costero de Brasil, y la bautizaron con el nombre del poeta el naturalista Carl Friedrich Philipp von Martius y el presidente de la Academia Leopoldina.

El 24 de abril de 1823 Goethe le escribe al botánico y naturalista alemán Christian Gottfried Daniel Nees von Esenbeck, expresando todo su agradecimiento por haberse elegido su nombre para designar la planta:

“Me llega de Su Excelencia un obsequio agradable tras otro, […] El que se me conceda la condición de padrino de planta tan magnífica y se asigne gracias a eso a mi nombre un lugar tan selecto entre los objetos científicos es conmovedor y complaciente por partida doble en el momento presente, como Usted mismo siente y observa. Cuando uno ha estado cerca de perder toda esperanza y ahora es colmado de benevolencia y testimonios públicos de ella, esto nos causa un sentimiento al que hay que resistirse, contra el cual más bien habría que adoptar una actitud mesurada. […]”.

Por otra parte, Goethe se convertiría en figura simbólica de la resistencia intelectual para algunos exiliados, precisamente en Brasil; uno de ellos fue Ernst Feder, periodista judío que huyó de los nazis en 1941 hacia Brasil (a pesar de que por entonces estaba prohibida la entrada de inmigrantes judíos al país sudamericano) y llegaría a pertenecer al círculo de allegados de Stefan Zweig. Feder concluiría el 29 de agosto de 1949 su discurso por el segundo centenario del nacimiento de Goethe, pronunciado en el Teatro Serrador de Río de Janeiro, con las palabras siguientes, que cierran el círculo de los viajes espirituales emprendidos por Goethe:

“En la fiesta goetheana de 1932 se sembró una Goethea en el Jardín Botánico de Río, y se declaró zona protegida al bosque de Itapeba, a fin de preservar los ejemplares de la planta que allí existen. También en un acto de recordación de la Academia Brasileña de Letras se plantó, por iniciativa del académico Roquette Pinto, una Goethea en el jardín de su sede, el ‘Petit Trianon’.

Es difícil imaginarse un homenaje más adecuado al carácter de este país, que posee la más grandiosa flora de la Tierra y que ha recibido simbólicamente en su suelo bendecido el espíritu de Goethe.

Sembrar una Goethea. ¿No es ésta también una tarea para cada uno de nosotros? Una Goethea no en el sentido de la planta real, que sólo crece en Brasil, y aún aquí no se encuentra con frecuencia, sino en el sentido de planta originaria, concepto creado por Goethe en su ‘Metamorfosis de las plantas’, que debe representar aquí al espíritu goetheano”.
Sylk Schneider
es licenciado en Ciencias Económicas, especializado en estudios regionales latinoamericanos. Es autor de Goethes Reise nach Brasilien (2008) y fue curador de la exposición “Dr. Ernst Feder, una vida periodística entre la República de Weimar, el exilio y Goethe” (2011).

Traducción del alemán: Francisco Días Solar
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Junio 2013
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