Amistad: fisonomías de una relación compleja

Identidad y violencia. La ilusión del destino

Portada de la antología ‘Diván occidental-oriental’, de Goethe (1819). © Klassik Stiftung WeimarAmartya Sen se muestra escéptico con respecto a un concepto de amistad entre las civilizaciones basado en una imagen errónea de la humanidad. A este respecto, escribe lo siguiente:

“Las dificultades que comporta la tesis [de Samuel Huntington] del choque de civilizaciones empiezan mucho antes de que lleguemos al problema del inevitable choque; se inician con la suposición de que lo que cuenta es una única clasificación. Ya la propia cuestión de si ‘efectivamente las civilizaciones chocan entre sí’ está basada en la aceptación de que, en primer término, la humanidad puede ser subdivida en civilizaciones definidas y claramente diferenciadas entre sí y de que, en cierto modo, es posible reducir, sin incurrir en una gran simplificación, las relaciones entre personas distintas a meras relaciones entre civilizaciones diferentes. El defecto de fondo de esta teoría se pone de manifiesto antes incluso de que nos cuestionemos si es imperativo que se produzca un choque de civilizaciones.

Lamentablemente, esta reducción va acompañada por regla general de una percepción bastante nebulosa de la Historia universal, en la que pasan inadvertidos, de un lado, la magnitud de la diversidad dentro de esas civilizaciones y, de otro, el alcance y la envergadura de las interacciones espirituales y materiales que no concluyen en los límites regionales entre las pretendidas civilizaciones. Esta percepción no sólo ofusca los cerebros de aquellos que apoyan solícitos la tesis del choque (desde los chovinistas occidentales hasta los fundamentalistas islamistas), sino también los de aquellos que la quieren poner en entredicho, pero apoyándose para ello en los límites del marco de orientación previamente fijado.

Las limitaciones de un pensamiento de orientación cultural de esta índole pueden resultar traicioneras, y no ya sólo para programas que postulan un ‘diálogo entre las civilizaciones’ (por el que en los últimos tiempos parece realizarse un esfuerzo especial) sino también en el caso de teorías de choque de civilizaciones. Si los esfuerzos nobles y sublimes por lograr la amistad entre los hombres se interpretan como amistad entre las civilizaciones, los seres humanos, polifacéticos, quedan reducidos a una única dimensión, y se ven colapsadas las múltiples actividades que, como el arte, la literatura, las ciencias, las matemáticas, los juegos, el comercio, la política y otros campos de interés humano común, han preparado durante siglos un suelo fértil y diverso para las interacciones transfronterizas. Los esfuerzos bien intencionados en pos de la paz global pueden tener consecuencias contraproducentes si se apoyan en una imagen básicamente ilusoria del mundo humano”.

A continuación, le ofrecemos el prólogo escrito por Amartya Sen para su libro Identidad y violencia. La ilusión del destino (Katz Editores, 2007; traducción del inglés: Servanda María de Hagen y Verónica Inés Weinstabl).

Hace unos años, cuando regresaba a Inglaterra después de un corto viaje (en ese entonces era director del Trinity College de Cambridge), el oficial de migraciones del aeropuerto de Heathrow, quien controló mi pasaporte indio con bastante rigor, me planteó una pregunta filosófica de cierta complejidad. Tras ver la dirección de mi casa en el formulario de migraciones (Residencia del Director, Trinity College, Cambridge), me preguntó si el director, de cuya hospitalidad evidentemente yo gozaba, era un amigo cercano. Me demoré unos segundos, porque no me quedaba del todo claro si podía afirmar ser mi propio amigo. Luego de reflexionar, llegué a la conclusión de que la respuesta debía ser afirmativa, ya que por lo general me trato a mí mismo de manera bastante amigable y, además, cuando digo tonterías, de inmediato me doy cuenta de que, con amigos como yo, no necesito enemigos. Debido a que me demoré en dilucidar todo esto, el oficial de migraciones quiso saber exactamente por qué había dudado y, en particular, si había alguna irregularidad para mi ingreso en Gran Bretaña.

Bien, finalmente se resolvió esa cuestión práctica, pero la conversación fue un recordatorio, si es que era necesario, de que la identidad puede ser un asunto complicado. Desde luego, no es muy difícil persuadirnos de que un objeto es idéntico a sí mismo. Wittgenstein, el gran filósofo, observó una vez que “no hay ejemplo más claro de una proposición inútil” que decir que algo es idéntico a sí mismo, pero continuó sosteniendo que la proposición, aunque totalmente inútil, estaba “relacionada con cierto juego de la imaginación”.

Cuando dejamos de prestar atención a la noción de ser idéntico a sí mismo y la centramos en compartir una identidad con otros miembros de un grupo particular (que es la forma que muchas veces adopta la idea de identidad social), la complejidad aumenta aun más. En realidad, muchos problemas políticos y sociales contemporáneos giran en torno de reclamos opuestos provenientes de identidades diferentes que involucran a grupos distintos, puesto que la concepción de la identidad influye, de modos muy diversos, sobre nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Los acontecimientos violentos y las atrocidades de los últimos años han dado paso a un período de terrible confusión y de temibles conflictos. Con frecuencia, la política de confrontación global es considerada un corolario de las divisiones religiosas y culturales del mundo. De hecho, el mundo es visto cada vez más, aunque sólo sea implícitamente, como una federación de religiones o de civilizaciones, por lo que se hace caso omiso de todas las otras maneras en que las personas se ven a sí mismas. Subyacente a esta línea de pensamiento se encuentra la extraña suposición de que la gente puede categorizarse únicamente según un sistema de división singular y abarcador. La división de la población mundial por civilizaciones o por religiones produce un enfoque “singularista” de la identidad humana, según el cual los seres humanos serían solamente miembros de un grupo (en este caso, definido por la civilización o la religión, en contraste con la dependencia anterior respecto de las nacionalidades y las clases).

Un enfoque singularista puede ser una buena forma de malinterpretar a casi todos los individuos del mundo. En nuestra vida cotidiana, nos vemos como miembros de una variedad de grupos y pertenecemos a todos ellos. La misma persona puede ser, sin ninguna contradicción, ciudadano estadounidense de origen caribeño con antepasados africanos, cristiano, liberal, mujer, vegetariano, corredor de fondo, historiador, maestro, novelista, feminista, heterosexual, creyente en los derechos de los gays y las lesbianas, amante del teatro, activo ambientalista, fanático del tenis, músico de jazz y alguien que está totalmente comprometido con la opinión de que hay seres inteligentes en el espacio exterior con los que es imperioso comunicarse (preferentemente en inglés). Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece en forma simultánea, le da una identidad particular. No se puede considerar que alguna de ellas sea la única identidad de la persona o su categoría singular de pertenencia. Dadas nuestras inevitables identidades plurales, tenemos que decidir acerca de la importancia relativa de nuestras diferentes asociaciones y filiaciones en cada contexto particular.

Por consiguiente, las responsabilidades de elegir y de razonar son esenciales para llevar una vida humana. Por el contrario, la violencia es fomentada cuando se cultiva el sentimiento de que tenemos una identidad supuestamente única, inevitable –con frecuencia beligerante–, que aparentemente nos exige mucho (a veces, cosas muy desagradables). La imposición de una identidad supuestamente única es a menudo un componente básico del “arte marcial” de fomentar el enfrentamiento sectario.

Por desgracia, muchos esfuerzos bien intencionados para detener esa violencia también corren con desventaja porque no se perciben las posibilidades de elegir entre nuestras identidades. Cuando las perspectivas de que haya buenas relaciones entre los diferentes seres humanos se ven –como sucede cada vez más– en términos esencialmente de “amistad entre las civilizaciones”, “diálogo entre los grupos religiosos” o “relaciones amistosas entre las diferentes comunidades” (haciendo caso omiso de las muchas maneras diferentes en que las personas se relacionan entre sí), se provoca un grave empequeñecimiento de los seres humanos incluso antes de comenzar a implementar los programas diseñados para la paz.

Se degrada lo que es común a nuestra humanidad cuando las múltiples divisiones del mundo se unifican en un sistema de clasificación supuestamente dominante: en términos de religión, comunidad, cultura, nación o civilización (tratando a cada uno de ellos como si fuera especialmente poderoso en el contexto de ese enfoque particular de la guerra y la paz).

El mundo dividido de ese modo es mucho más disgregador que el universo de categorías plurales y diversas que dan realmente forma al mundo en que vivimos. No sólo va en contra de la antigua creencia de que “nosotros, los seres humanos, somos todos iguales” (que en la actualidad suele ridiculizarse –con razón– por ser demasiado necia), sino contra el concepto, menos debatido pero mucho más posible, de que somos “diversamente diferentes”. La esperanza de que reine la armonía en el mundo actual reside, en gran medida, en una mayor comprensión de las pluralidades de la identidad humana y en el reconocimiento de que dichas identidades se superponen y actúan en contra de una separación estricta a lo largo de una única línea rígida de división impenetrable.

En realidad, no sólo las malas intenciones sino también la desorganización conceptual contribuye de modo significativo a la confusión y a la barbarie que vemos a nuestro alrededor. La ilusión del destino, en especial acerca de una u otra identidad particular, alimenta la violencia en el mundo tanto mediante omisiones como hechos. Debemos ver con claridad que tenemos muchas filiaciones distintas y que podemos interactuar entre nosotros de muchas maneras diferentes, independientemente de lo que nos digan los instigadores y quienes se les oponen. Hay lugar para que nosotros decidamos nuestras prioridades.

Descuidar la pluralidad de nuestras filiaciones y la necesidad de elección y razonamiento oscurece el mundo en el que vivimos y nos empuja hacia las terribles posibilidades descritas por Matthew Arnold en “Dover Beach”:

“Y estamos aquí como en una llanura sombría / envueltos en confusas alarmas de batallas y fugas, / donde los ejércitos ignorantes se enfrentan por la noche.”

Podemos ser mejores que eso.
Amartya Kumar Sen
(1933, India) es economista y filósofo económico. Sus campos de investigación incluyen la problemática de la pobreza y la economía del bienestar. Es profesor de Económicas en la Universidad de Harvard de Cambridge (Massachusetts). En 1998 recibió el Premio Nobel por sus análisis sobre la economía del bienestar, la teoría del desarrollo económico y el nivel de vida.

Prólogo de Die Identitätsfalle. Warum es keinen Krieg der Kulturen gibt, 2007. Título original: Identity and Violence: The Illusion of Destiny, 2006.

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