Presencia de la muerte

Sobre Humboldt

Humboldt es una revista cultural que fomenta y participa del intercambio cultural entre Alemania y Latinoamérica, España y Portugal. En ella hacen uso de la palabra autores de las lenguas española, portuguesa y alemana, junto a otras voces del ámbito internacional. Humboldt aborda debates actuales sobre temas muy diversos de la vida cultural e intelectual a ambos lados del Atlántico.

Nadie podrá pagar ni reparar la orfandad en que hemos quedado

¿Adónde van los desaparecidos? Fundación Dos Mundos (Concurso de Fotografía 'Sin Rastro'); Foto: Luis H. AgudeloCasi coincidiendo con la liberación de Ingrid Betancourt, tuvo lugar en Bogotá un seminario internacional sobre desaparición forzada: son muchos los rehenes que siguen aún retenidos en Colombia.


Como a mis hermanos los han desaparecido, esta noche espero a las orillas del río a que baje un cadáver para hacerlo mi difunto. A todas en el puerto nos han quitado a alguien, nos han desaparecido a alguien, nos han asesinado a alguien, somos huérfanas, viudas. Por eso, a diario esperamos los muertos que vienen en las aguas turbias, entre las empalizadas, para hacerlos nuestros hermanos, padres, esposos o hijos, se lee en el relato Sin nombres, sin rostros ni rastros, del escritor colombiano Jorge Eliécer Pardo, ganador en junio del Concurso Nacional de Cuento sobre desaparición forzada Sin Rastro, organizado por la Fundación Dos Mundos, de Colombia.

Cuando bajan sin cabeza también los adoptamos y les damos ojos azules o esmeralda, cafés o negros, boca grande y cabellos carmelitas. Cuando vienen sin brazos ni piernas, se las damos fuertes y ágiles para que nos ayuden a cultivar y a pescar. Todos tenemos a nuestros NN en el cementerio, les ofrecemos oraciones y flores silvestres para que nos ayuden a seguir vivos porque los uniformados llegan a romper puertas, a llevarse nuestros jóvenes y a arrojarlos despedazados más abajo para que los de los otros puertos los tomen como sus difuntos, en reemplazo de sus familiares. Miles de descuartizados van por el río y los pescadores los arrastran a la playa a recomponerlos. Nunca damos sepultura a una cabeza sola, la remendamos a un tronco solo, con agujas capoteras y cáñamo, con puntadas pequeñas para que no las noten los que quieren volver a matarlos si los encuentran de nuevo, prosigue el relato ganador.

Leer los 427 cuentos que llegaron al concurso “fue como abrir la caja de Pandora”, dice el jurado Guillermo González, director de la revista cultural Número, de Bogotá. Él cree que muchos eran testimonios reales. Tenía que suspender la lectura a las ocho de la noche “porque si no, no podía dormir”. En ninguno de los textos había denuncia fácil o descripciones morbosas: “Extrañamente, en ese gran paquete de relatos hay respeto sobre las palabras y sobre lo que aconteció, que es mucho más contundente que la descripción descarnada de los hechos”.

Esta noche hemos salido a las playas a esperar a que bajen otros. Nos han dicho que son los masacrados hace varias semanas, los que sacaron a la plaza principal y aserraron a la vista de todos. Quiero que venga un hombre trabajador y bueno como los pescadores y agricultores de por allá arriba y que yo pueda hacerle los honores que no le dieron cuando lo fusilaron. Mis hermanas tirarán las atarrayas y los chiles para no dejarlos pasar, uno no sabe si el que le toca es el sacrificado que con su muerte acabará la guerra. Aquí todas creemos que nuestros difuntos prestados son los últimos de la guerra, pero en los rezos nos damos cuenta de que es una ilusión. […]

Nos han dicho que no somos los únicos en el puerto, que en Colombia los ríos son las tumbas de los miserables de la guerra. Los viejos nos han dicho que siempre los ríos grandes y pequeños albergan a las víctimas, desde la violencia entre liberales y conservadores de los siglos pasados cuando venían inflados, flotando, con un gallinazo encima.

En Colombia “la violencia de los años cuarenta y cincuenta volvió a surgir porque no se cerró bien esa herida”, dice González sobre la guerra fratricida iniciada en 1946, con una breve tregua. Y la labor de artistas, investigadores, intelectuales, científicos, juristas y periodistas “es cerrar esa herida, que es presente y muy profunda en el alma de todos nosotros y de Colombia”.

“El futuro se compone del presente y del pasado, y el futuro no se puede construir sobre millones de cadáveres. La herida, primero, hay que limpiarla y suturarla. No se puede mirar hacia adelante si no tenemos la espalda cubierta”, coincide el juez español Baltasar Garzón, quien asistió al seminario internacional sobre desaparición forzada Sin Rastro, del 24 al 27 de junio en Bogotá, que juntó a expertos de diez países.

Bajo el principio de la jurisdicción universal, el juez Garzón ha encabezado procesos por crímenes de lesa humanidad cometidos en América Latina. Él define la desaparición forzada como “la humillación del ser humano hasta el final”.

Cuando traen ojos se los cerramos porque es triste verles esa mirada de terror, como si en sus pupilas vidriosas estuvieran reflejados los asesinos. Nos dan miedo esos hombres armados que quedan en el fondo de los ojos de los muertos, parecen dispuestos a matarnos también. Muchos párpados ya no quieren cerrar y, dicen en el puerto, que es para que no olvidemos a los sanguinarios. Los enterramos así, con el sello del dolor y la impunidad mirando ahora la oscuridad de las bóvedas, continúa el relato de Jorge Eliécer Pardo.

Cada tres días son desaparecidas dos personas en Colombia, según la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ), organización humanitaria con estatus consultivo ante la ONU. Desde julio de 2002 hasta mediados de 2007 han desaparecido por la fuerza 1.259 personas. La situación es “desastrosa”, según el director de la CCJ, Gustavo Gallón.

La CCJ preguntó a la Fiscalía General de la Nación por el estado judicial de 452 casos de desapariciones forzadas entre diciembre de 2002 y noviembre de 2007.

Uno está en etapa de juicio, otro en etapa de instrucción y tres en investigación previa. Sobre 51 casos existe “algún tipo de investigación”, 125 no están siendo investigados, y sobre los restantes, la Fiscalía “no contestó los derechos de petición”, reportó Gallón. Nadie sabe cuántos desaparecidos hay en total. Ya desde mediados de siglo se podría haber escrito un cuento idéntico al que ganó el concurso este 2008.

Se considera que hubo una tregua en la desaparición forzada entre 1957 y 1977. La práctica resurgió aún antes de que narcotraficantes crearan los grupos paramilitares de ultraderecha en 1983, a imagen y semejanza de bandas armadas que trabajaban con la fuerza pública en los años cuarenta y cincuenta.

La Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, creada en 2005 bajo la Ley de Justicia y Paz, que reglamenta la desmovilización paramilitar, estima los desaparecidos en 20.000.

El tres por ciento de los casos se atribuye a grupos guerrilleros izquierdistas. “Cerca del 97 por ciento de esas desapariciones comprometen a funcionarios del Estado. Por perpetración directa de agentes estatales, 28 por ciento. Y por tolerancia o apoyo a desapariciones realizadas por grupos paramilitares, 69 por ciento”, según el abogado Gallón. La autoría atribuida directamente a la fuerza pública se ha multiplicado por cuatro en los últimos cinco años.

El Gobierno esperaba “algo de verdad, algo de justicia, algo de reparación”, como expresó en su momento ante el parlamento el Alto Comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, negociador para la desmovilización paramilitar, que logró parcialmente.

Pero la Ley de Justicia y Paz resultó otra cosa, pues la Corte Constitucional impuso a los ultraderechistas “verdad completa” como condición para acceder a beneficios judiciales que prevén un máximo de ocho años de cárcel por delitos atroces. No pocos optaron por confesar.

Aunque, en regiones como San Onofre, municipio del departamento de Sucre al noroccidente, las madres de los desaparecidos aún bajan la voz para hablar de sus hijos con la periodista, porque consideran que los “desaparecedores” están en el poder institucional.

O en La Dorada, en el sureño departamento de Putumayo, a una humilde mujer que habló estremecida con esta reportera en junio de 2007 los paramilitares le advirtieron que, si contaba que en su finca hay un cementerio clandestino, le matarían a sus cinco hijos.

Al seminario Sin Rastro, organizado también por Dos Mundos, acudieron familias de desaparecidos en Argentina, Chile y Guatemala. La diferencia de esos países con Colombia es que buscan a sus desaparecidos ya pasadas las dictaduras o la guerra. Lo mismo ocurre en España.

La Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía tiene destacamentos forenses que trabajan con las uñas y abren tumbas sin nombre en cementerios de pueblo, o se adentran en zonas de guerra para descubrir cementerios clandestinos.

Todos los equipos judiciales que están buscando fosas comunes han sido declarados objetivo militar. Muchas veces encuentran la tierra removida y las tumbas vacías. Otras veces resuenan ráfagas y explosiones. Aún así, no se dan por vencidos. “Entregarles a los familiares sus muertos” es el objetivo más importante de un trabajo que todos ellos hacen por convicción, dice el antropólogo forense Jaime Castro al programa Contravía, que dirige el periodista Hollman Morris, financiado por la Unión Europea.

En Busca de la verdad perdida; Fundación Dos Mundos (Concurso de Fotografía 'Sin Rastro'); Foto: Jaime Pérez MunévarVan poco más de mil exhumaciones y la tercera parte de los cuerpos han sido identificados. Pero no aparecen los desaparecidos de los años setenta, ochenta y noventa. “Apenas se están sacando los más recientes”, según Gloria Gómez, presidenta de la colombiana Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que lleva “veinticinco años de búsquedas interminables”. De los identificados y entregados a sus familias, la Fiscalía no informa cuántos son, en realidad, paramilitares cuyos restos han sido ubicados por sus propios ex compañeros para ganarse el beneficio judicial.

El Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado no sabe aún cómo consolar a las viudas errantes que buscan a sus muertos que han sido tirados a los ríos. En marzo se hizo una gigantesca manifestación en memoria de las víctimas. Para recordar a los miles que han encontrado una mortaja de algas, el homenaje se inició lanzando otros tantos miles de flores en el central puerto de Flandes sobre el río Magdalena, que atraviesa a Colombia de sur a norte y desemboca en el mar Caribe.

Mi esposo seguramente ha sido redimido por otra madre desconsolada, más abajo de aquí, porque hemos sabido que lo arrojaron desnudo y dividido, lo acusaban de enlace de los grupos armados. Tendrá otras manos y otra cabeza, pero no dejará de ser el hombre que amaré por siempre, así me lo hayan arrebatado untado con mis lágrimas. Se me ha acabado el agua de mis ojos pero no la rabia. El perdón, el olvido y la reparación han sido para mí una ofensa. Nadie podrá pagar ni reparar la orfandad en que hemos quedado. Nadie. Ni siquiera el río que nos devuelve las migajas, nos da la comida para vivir y nos entrega los muertos para no perder la esperanza.

“En este ámbito de degradación humana, la parte más necesitada de protección son las víctimas”, pero a su vez “si no es con el apoyo de las víctimas, la justicia no puede realizarse como tal”, advirtió el juez Baltasar Garzón.

Las imágenes que acompañan este informe hacen parte de
las setenta seleccionadas en el Concurso de Fotografía “Sin Rastro”, convocado por la Fundación Dos Mundos, junto con otras entidades.
Constanza Vieira
(Colombia), periodista, es corresponsal de Inter Press Service (IPS). Premio de radio 1996 de la Asociación de Prensa Extranjera en Colombia por un reportaje en la emisora de radio Deutschlandfunk. Premio “Richard De Zoysa” a la Excelencia en Periodismo Independiente 2005, categoría Coberturas Peligrosas. Becaria Avina 2006-2007 en Investigación Periodística para el Desarrollo Sostenible de América Latina.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Diciembre 2008

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