¿Qué ocurre cuando el diálogo pierde terreno frente a la desinformación, el autoritarismo y la lógica del mercado? A partir del pensamiento de Jürgen Habermas, una de las figuras más influyentes de la Teoría Crítica, este artículo explora la vigencia de sus ideas sobre la comunicación, el espacio público y la democracia deliberativa.
Jürgen Habermas, es un filósofo y sociólogo alemán nacido en Düsseldorf en 1929 y fallecido en 2026. Testigo de hechos históricos de gran trascendencia como la II Guerra Mundial, la Guerra Fría y la formación de la Unión Europea, Habermas comenzó su trayectoria sociológica como integrante de la Escuela de Frankfurt, en calidad de ayudante y discípulo de Theodor Adorno. A pesar de sus diferencias con Max Horkheimer, filósofo y sociólogo dedicado a analizar las estructuras de dominación de la sociedad moderna, Habermas se convirtió en la figura central de la Teoría Crítica, formando a nuevos filósofos y sociólogos, entre los que destacan Axel Honneth y Klaus Offe. Bajo esta teoría, una de sus preocupaciones principales como pensador giró en torno a la comunicación y el fortalecimiento de los espacios públicos para la consolidación de las democracias, con la finalidad de evitar la repetición de los sucesos históricos que le tocó presenciar.Para ello, en su magnum opus, la Teoría de la Acción Comunicativa, realiza una crítica a la noción de racionalidad, cuya cuna se presume europea. Recurriendo a los trabajos de Peter Winch, pone en tela de juicio que la racionalidad y el conocimiento sean sinónimos. Retomando el ejemplo de los azande, pueblo que se encuentra en el centro de África en el Congo, Habermas expone que una sociedad tradicional o no moderna no es menos racional que la contemporánea, aunque sus formas de pensar, significar e interpretar el mundo sean diferentes o no científicas.
Dicha crítica también fue formulada por Max Weber, quien consideraba que la modernidad había cristalizado la racionalidad de manera instrumental, es decir, que prepondera el logro de determinados fines mediante la calculabilidad y el seguimiento de determinadas reglas, que había desplazado las tradiciones y las costumbres de la sociedad anterior a la moderna. Un ejemplo de esto lo es cuando un empresario despide empleados o les niega derechos laborales en aras del enriquecimiento o cuando algún partido político usa alguna fake news que exhibe como verdadera para realizar un choque violento con las fuerzas gubernamentales sin importar que la violencia pueda hacerse presente.
Sin embargo, Jürgen Habermas postularía que el proyecto de la modernidad es inacabado y que, por ende, el poder emancipatorio de la razón no se ha desarrollado plenamente. Para ello, concibe la acción comunicativa como la vía de rescate de dicho proyecto, para el cual propone la llamada “racionalidad comunicativa” basada en el entendimiento mutuo y el establecimiento del consenso.
Un acercamiento a la acción comunicativa
Para Habermas la acción comunicativa se encuentra en la intersubjetividad del mundo de la vida, donde tiene lugar el desarrollo de las personalidades, de la solidaridad y de las normas que permiten a las personas gozar de seguridad e identidad, así como de compartir las mismas ideas y significados de la realidad inmediata. Sin embargo, este terreno, advertiría Habermas, se encuentra colonizado por el sistema, es decir, por las esferas de la economía (el mercado) y la política (el poder). Esta colonización del mundo de vida se puede ejemplificar en eventos de nuestra cotidianidad: si las normas internas de una empresa señalan que todos los y las trabajadores deben estar en su espacio de trabajo a las 08:00 AM, pero por motivos de tráfico, manifestaciones o transporte público ineficiente la mitad de ellos llega después de esa hora, se les descuenta el día.En el ámbito del derecho, la prerrogativa de que quien desconoce una ley y la desobedece es igualmente sujeto de sanción constituye otro ejemplo de racionalidad formal. La aplicación irrestricta de la racionalidad formal afecta la vida cotidiana de los individuos, aun cuando estos no tengan control sobre todo aquello que les rodea.
Para Habermas, la racionalidad formal y la racionalidad instrumental, la primera relacionada con los lineamientos con la consecución de fines y la segunda por la selección de los medios óptimos para obtener tales fines, invade otros espacios, como el científico, el artístico e incluso el individual, atentando contra la sociabilidad, las relaciones sociales y el entendimiento mutuo. Llevado al extremo, inhibe la búsqueda de consensos y el diálogo a nivel colectivo, y pueden transformarse en un factor que impide el desarrollo humano al reducir al individuo a ser exclusivamente un medio.
En ese sentido, Habermas temía tanto el regreso de las sociedades totalitarias que le tocó vivir en carne propia, como que se agudizara la condición de las sociedad contemporánea, es decir, una sociedad en la que los individuos pierden progresivamente su capacidad crítica y terminan adaptándose de manera conformista a las estructuras de poder existentes, lo que según Herbert Marcuse llamó “sociedad unidimensional”. Lo anterior se conjuga con la aparición de supuestas “crisis” civilizatorias y el ascenso de gobiernos con tendencias autoritarias y conservadoras. La pérdida del espacio público como un lugar de discurso y debate, aunado a la suspensión de reflexión y crítica ha facilitado el retorno de las ideologías y la aparición de fenómenos como las fake news en los ámbitos digitales. Ante una sociedad volcado al consumismo y una despolitización de lo público, las posiciones conservadoras que añoran pasados gloriosos se vuelven atractivas y mortales.
Habermas de cara al futuro
Es necesario volver al pensamiento de Habermas de cara al futuro, sin caer en el exceso de normatividad característico de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, pero tampoco en el romanticismo de las utopías. Sólo mediante el reforzamiento de la esfera pública —ese espacio donde se forma la opinión, se detectan problemas y se debaten soluciones— puede la ciudadanía discutir y generar diversas corrientes de opinión con la finalidad de alcanzar el espacio político, lo que se conoce como democracia deliberativa. Es por ello que la realización de la voluntad ciudadana no sólo puede limitarse al ejercicio electoral ni a la dicotomía de mandar u obedecer el poder político, sino a la programación del ejercicio del poder a través de las normas jurídicas.Ciertamente, sociedades como la mexicana distan mucho de ser democracias deliberativas. Son más los detraimientos y retos actuales que los logros, y su manifestación más clara es el ascenso de sistemas totalitarios en todo el orbe, donde la censura predomina y la persecución de la crítica se ha vuelto la norma. Sin embargo, discutir y debatir sin asimetrías sigue siendo la conversación que tenemos pendiente con el futuro.
A la luz de las ideas de Habermas cabe preguntarse: ¿en qué tipo de sociedad estamos viviendo? ¿Qué nos hace falta como sociedad y qué podemos hacer para lograrlo? Frente a la lógica unidimensional y su carencia de alternativas, superarla implica —como decía Ernst Bloch en El principio esperanza— soñar con los ojos abiertos, pues solo así es posible vislumbrar futuros distintos y dignos de ser vividos.