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INTEGRADO... Francamente
En un banco

En la banca
¿Estar sentado en una banca te convierte en sospechoso? Dominic Otiang'a tiene una experiencia extraña. | Foto (detalle): Anna Utochkina © Unsplash

Quien descanse un rato en un parque en Alemania, corre el riesgo de que lo inspeccione una patrulla civil. Nuestro columnista Dominic Otiang’a comparte esta experiencia con otras personas extranjeras en Alemania.

De Dominic Otiang’a

Estaba escuchando una conferencia sobre la teoría holística, cuando me interrumpió un correo electrónico del Goethe-Institut. La Central en Múnich me recordaba que estaba pendiente que les mandara un artículo. Pero como el artículo de marras debía basarse en mis observaciones y experiencias, empecé a reflexionar al respecto en el contexto del tema de lo holístico. Me hundí aún más en mi silla, medité acerca de observaciones y experiencias pasadas y traté de entenderlas considerándolas desde diferentes perspectivas, y sintetizándolas en una comprensión total. Las primeras imágenes que me vinieron a la cabeza fueron las de la policía inspeccionando a gente sentada en parques, estaciones de tren y en bancas a la orilla de la calle.

Bajo la penetrante mirada de los y las transeúntes

Cuando hace algunos años estaba yo buscando un lugar bonito para sentarme y leer un libro mientras esperaba a los amigos con quienes quería ir al teatro junto al parque Schlossgarten en Stuttgart, una pareja rubia, de unos treinta y cinco años de edad, pasó junto a mí, los dos vestían pantalones vaqueros. Ambos jóvenes se dirigieron a un prado lateral del parque, en el que estaban colocadas bancas de metal a lo largo del camino. Se detuvieron junto a una banca en la que estaban sentados dos hombres con dreadlocks y una mujer con trenzas de colores. Pocos minutos después, la pareja rubia se había puesto guantes de goma desechables y revisaba los papeles del trío, antes de cachearlos minuciosamente. Los tres debieron quitarse las medias y los zapatos y voltear sus bolsillos hacia afuera, todo bajo la penetrante mirada de las y los transeúntes y de quienes estaban sentados en los prados atrás de ellos. Después la pareja, es de suponerse que policías vestidos de civil, continuó su paseo por el parque.

Conmocionados hasta el fondo de su alma

Los tres se quedaron sentado durante un rato, conversando muy alterados en mandinka. La mujer en el grupo permaneció muda, pero estaba tan avergonzada como los otros dos. La miré cuando todos se levantaron para salir del parque. Estaba visiblemente indignada por la tortura a la que fue sometida por diez minutos. Conmocionada hasta el fondo de su alma. Como un hermoso monasterio a orillas del océano, asaltada por los temidos vikingos, que saquearon todo lo que había de valor. La sonrisa, la dignidad, la paz interior y la autoestima: ¡nada! No quedaba nada de ellos. Lo único que quedó fue la belleza exterior. Qué día. Qué escena.

¿Entonces para qué sirven esas bancas?

Me senté en el pasto, atrás de un grupo de cinco personas. Uno de ellos dijo: “Yo no me iría a sentar ahí, si me viera como ellos.” Una segunda persona replicó: “Si yo fuera policía y estuviera buscando marihuana o algo así, me iría directamente sobre gente como nosotros.” Todos rieron, divertidos.
No abrí el libro, sólo me quedé mirando largamente a la foto de portada del autor y al título del libro: Las almas de los negros.
 
De regreso en el presente y en mi silla, me entretuve largo rato con éste y otros incidentes parecidos. ¿Por qué la gente –con frecuencia extranjeros– se reúne en estaciones de tren, en la calle o en bancas de parque, y no en bares, clubes y lugares similares? Aunque, ¿entonces para qué sirven esos bancos?, me pregunté con sarcasmo. ¿Pero por qué estaciones de tren?

Evitar los lugares en donde se necesita dinero

Mi niñez en Kenia me familiarizó con el sistema de internados, en el que sólo íbamos a casa en las vacaciones grandes y cortas, ansiosos por reunirnos con otros jóvenes, por compartir nuestras experiencias, por cultivar las amistades y por formar parte de la sociedad en general. Éramos demasiado jóvenes como para ir a bares o clubes, y estábamos lo suficientemente en bancarrota como para evitar los lugares en donde se necesitara dinero. Los únicos puntos de encuentro eran los espacios públicos o privados en las urbanizaciones, o frente a las peluquerías y las canchas deportivas. Quienes, por la razón que fuera, no podían participar en las actividades, se quedaban ociosos, pero era evidente que anhelaban, como los demás, tener algo que hacer.
 
Con frecuencia me pregunto si mi experiencia en el internado tiene similitudes con la situación de vida de aquéllos que merodean por las estaciones de tren: ¿también viven en dormitorios, aislados del resto de la sociedad, ya sea como solicitantes de asilo o por alguna otra razón? ¿Tienen permisos para trabajar? ¿O es que también evitan reunirse en lugares donde deben gastar dinero? ¿Los entiende el sistema?, ¿a ellos y a su forma de ser diferente? ¿No sería fantástico si tuviéramos un enfoque holístico para manejar nuestra diversidad?

 

“...a las claras”

En nuestra serie de columnas “… a las claras” escriben, alternándose semanalmente, Dominic Otiang’a, Liwen Qin, Maximilian Buddenbohm, y Gerasimos Bekas. Dominic Otiang’a escribe sobre su vida en Alemania: ¿qué llama su atención, qué le resulta ajeno, dónde se dan percepciones interesantes?

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