Buen Vivir La buena vida

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Visita al Ateneu Cooperatiu La Base | © Goethe-Institut Barcelona | Foto: Lupe García

¿Qué distingue el concepto del “Buen vivir” proveniente de Latinoamérica de la idea europea del “Bienestar”? Sobre esta cuestión reflexiona Raul Zelik en esta introducción teórica a la semana de actos “Buen Vivir: Cuánto vale la vida” que se celebró en junio de 2015 en Barcelona.


Si hay algo que ha conectado el pensamiento político del sigo XX, superando los límites del sistema, es la idea de que el bienestar y el crecimiento están vinculados inextricablemente. Tanto en Occidente como en el socialismo de estado, el progreso social ha sido medido a través del producto nacional bruto.

Pero con el tiempo esta idea se fue agrietando: los autores de la teoría crítica señalaban que la sociedad civil no sólo se enfermaba con la desigualdad material, sino también con la regla de la racionalidad instrumental, que reduce todas las relaciones humanas a sus supuestos beneficios económicos. En la década de los 60 surgió en el sur de Europa un nuevo movimiento obrero que no exigía salarios más altos, sino que se rebelaba contra el trabajo industrial como tal, especialmente contra la producción en cadena. El concepto de desarrollo como dispositivo de poder fue desmentido por el Sur global: la idea de un subdesarrollo, que debía ser superado por la copia de la modernidad europea, cementaba la dependencia colonial. Y los movimientos ecologistas no se cansarán de decir desde hace 40 años que un crecimiento sin trabas conduce el planeta a la destrucción – y no al bienestar.  

Sumak kawsay

En este contexto, el que en la década del 2000 los movimientos indígenas en América Latina tomaran la buena vida o sumak kawsay como proyecto político, alivió a muchos. El término proviene del quechua ecuatoriano, pero también existe en otras culturas andinas. La buena vida no es comparable al acceso al consumo de mercancías, a diferencia del bienestar de la modernidad occidental, sino que es entendida como una expresión de satisfacción material, social y espiritual de las personas en relación con la naturaleza y dentro de su comunidad.
Cuando escuchamos los discursos de intelectuales indígenas, como el del Ministro de Asuntos Exteriores boliviano David Choquehuanca, se entiende rápidamente que no hay equivalente para este concepto que desde la perspectiva de la ilustración europea calificaríamos como esotérico. Sumak kawsay es descrito como una cosmovisión, como una filosofía de vida, que busca el equilibrio de los opuestos: actividad y placer, material y espiritual, hombre y mujer, etc. Y en todo esto, la naturaleza y la comunidad se establecen en el centro del pensamiento político y son inmutablemente esencializados. En el término del Sumak kawsay hay por tanto una crítica razonada de la modernidad burguesa, que saca al individuo de la comunidad y a la gente de la naturaleza, pero también un establecimiento de condiciones un tanto reaccionario.

No hay utopía, sino un concepto de lucha de movimientos

Que el concepto de la buena vida fuera tomado por todo el mundo, a pesar de sus aspectos problemáticos, tuvo que ver con su eficacia política de gran alcance en la región andina. Especialmente en Ecuador y Bolivia, los movimientos indígenas bloquearon una y otra vez las reformas y los recortes durante la década de los 90 y la del 2000, conduciendo finalmente a la derrota electoral del régimen neoliberal.
Floresmilo Simbaña, ex Presidente de la organización indígena de Ecuador CONAIE, ha subrayado en un ensayo la importancia que tuvo el concepto tradicional de la buena vida durante las protestas: nos recordaba que el desarrollo no es ni falta de alternativas ni conduce necesariamente a una vida mejor. Realmente la vida diaria en una comunidad rural tradicional, aunque modesta, es a menudo más digna y menos brutal que la vida en un barrio pobre de América Latina.

Sumak kawsay fue menos un proyecto utópico-ecológico que un lema de resistencia. Los gobiernos de izquierdas, que fueron elegidos para gobernar como consecuencia de las rebeliones indígenas a mediados de los años 2000, recogieron el término, pero también le cambiaron rápidamente el significado. En el marco de procesos constituyentes, la buena vida obtuvo rango constitucional: la naturaleza fue parcialmente reconocida como sujeto de derecho, y se fortalecieron los derechos comunitarios frente a los privados. Aunque en la práctica política, la buena vida es interpretada más bien como bienestar clásico que como material. El gobierno de Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia han asegurado que el estado destine una mayor parte de ingresos provenientes de transacciones de petróleo y gas natural a la financiación de medidas sociales y de infraestructura. Algo que a su vez ha cementado el actual modelo de desarrollo y el papel dependiente de América Latina en el mercado mundial. La base para la reforma política sigue siendo la explotación de materias primas, es decir, la explotación de la naturaleza.

El sumak kawsay tienen menos importancia en la realidad de América Latina que lo que la retórica política indica, pero esto no se debe solo a los gobiernos – y tampoco solo al mercado capitalista mundial o a los intereses de las empresas mineras. También una parte importante de la población indígena no quiere tanto un cambio radical de paradigma y prefiere la clásica política de prosperidad: posibilitar las posibilidades de progreso y consumo. La emergente burguesía aimara de El Alto en Bolivia, el antiguo distrito pobre de La Paz, demuestra al mismo tiempo que hay formas indígenas de capitalismo más allá del ayllu que han proporcionado un equilibrio tradicional a la comunidad.

¿Cómo queremos vivir?

La noción del sumak kawsay puede ofrecer impulsos importantes para un debate político. El concepto nos recuerda que los indicadores del éxito de la modernidad están cargados de ideología: el bienestar de la población tiene que ver poco con las tasas de crecimiento económico y la media de los niveles de ingresos. Mucho más importantes son la atención primaria a de salud, la provisión de bienes públicos, la igualdad social, la participación cultural o una democracia real. Hablar colectivamente sobre la buena vida recuerda cuán absurdo es que nuestra sociedad se oriente hacia el beneficio de la economía y no al revés, la economía a las necesidades sociales. Por tanto, la buena vida se acerca en su esencia  a la democracia: el haber alcanzado los límites del crecimiento debe poner a la sociedad de acuerdo en cómo organizar la transformación. ¿Qué es calidad de vida? ¿Qué necesidades tenemos? ¿Qué deseos pueden devolvernos a la solidaridad con los demás o ir en beneficio de la naturaleza? Es hora de un cambio de paradigma radical.