Entrevista con Gerd Koenen
El debilitamiento de un color político

(de izquierda a derecha) Retrato de los comunistas Karl Marx, Friederich Engels, Vladimir Illich Lenin, Josef Stalin y Mao Tse-Tung
(de izquierda a derecha) Retrato de los comunistas Karl Marx, Friederich Engels, Vladimir Illich Lenin, Josef Stalin y Mao Tse-Tung | Photo (detalle): © picture alliance/CPA Media

Con el transcurso del tiempo, el rojo se transformó de color del poder en color de los revolucionarios. Una entrevista con el ensayista Gerd Koenen sobre el color simbólico de los comunistas y socialistas.

En la Antigüedad y la Edad Media el rojo era el color de la autoridad y el poder, usado por los emperadores romanos, los señores europeos y los Papas. Con el curso de los siglos se convirtió en color de los revolucionarios. Durante la Revolución Francesa, los partidarios de la república, jacobinos y sansculottes, utilizaron como distintivo un gorro rojo. El bonnet rouge se transformó así en un símbolo de la libertad, pero también quedó indisolublemente asociado al régimen de terror de los jacobinos, que reprimieron y ejecutaron a todos los presuntos opositores de la revolución.
 
Desde entonces esa ambivalencia acompañó siempre al color rojo. En el siglo XX, se volvió el color del movimiento obrero, del comunismo y de las diferentes corrientes socialistas. También en este caso se entrelazan asociaciones disímiles, como la esperanza de una vida mejor y la de sufrimiento y sangre ("heute rot, morgen tot") (“hoy rojo, mañana muerto”).
 
El periodista e historiador Gerd Koenen analiza en su libro Die Farbe Rot. Ursprünge und Geschichte des Kommunismus (“El color rojo. Orígenes e historia del comunismo”) la evolución del movimiento comunista. Conversamos con él sobre la fuerza simbólica del color del siglo rojo.
 
¿Por qué se convirtió el rojo en el color simbólico del movimiento de los trabajadores?
 
Después del blanco y el negro, el rojo es algo así como un color originario. En cuanto color de la sangre, representa los lazos humanos más estrechos y a la vez las separaciones más irreconciliables, también sentimientos radicalmente opuestos como el amor y el odio. Se convirtió en color del movimiento de los trabajadores hacia 1830, cuando por primera vez se habló de una “revolución social” que vendría después de la “revolución política”. Y esto coincide con el afianzamiento de los conceptos modernos de “socialismo” y “comunismo”. El color político rojo –su manifestación más visible es la bandera roja– competía con la abigarrada variedad de los emblemas feudales, pero sobre todo con los tricolores de las nuevas banderas nacionales. Frente a esa multiplicidad que representaba divisiones, el rojo simbolizaba el sueño de una unión universal de los “proletarios de todos los países” y la superación de la enemistad entre estados y naciones. Después, la Internacional Socialista de 1889 hizo de la bandera roja su símbolo principal.
 
¿Y que el rojo se transformara en el color de comunistas y socialistas en todo el mundo fue entonces una consecuencia natural de esta evolución?
 
El espacio simbólico vinculado al color rojo político se amplió en las grandes luchas sociales anteriores y posteriores a 1900, cuando los trabajadores industriales estuvieron por primera vez al frente de los movimientos democráticos y demás luchas emancipatorias. Fue en el gran estallido revolucionario de Rusia de 1905 cuando por primera vez todo un amplio movimiento popular se sumergió en un ardiente rojo cuyo brillo era mitad esperanzado, mitad apocalíptico. Quizás la cercanía lingüística de “rojo” y “bello” en ruso haya jugado un papel en esa carga especialmente afectiva, como puede verse en el denominación de la “Plaza Roja” delante del Kremlin, a la que también se llama la “Plaza Bella”. En 1918, después de la toma del poder, Lenin adoptó para su partido y su régimen el concepto programático, ya entonces histórico, de comunismo, y no resulta sorprendente que también convirtiera a la bandera roja (con la hoz y el martillo) en la bandera nacional. A su vez, esto debía hacer olvidar que ya el derrocamiento del zarismo de febrero y marzo de 1917, en el que los bolcheviques casi no habían participado, había estado completamente inmerso en el color rojo. La llamada Revolución de Octubre de los bolcheviques fue, en esencia, una victoria de un rojo sobre otro rojo, es decir, de los bolcheviques sobre los otros partidos socialistas de Rusia, a los que empujaron al papel de contrarrevolucionarios “blancos” y persiguieron recurriendo al terror.
Tapa de la publicación austríaca Maizeitschfrit (Revista de Mayo) con ocasión del Día del Trabajo de 1898. La ilustración representa a Marianne, el símbolo de República Francesa. Lleva el gorro frigio, que usaron los jacobinos durante la revolución. Foto (detalle): © picture alliance (84019274)

El rojo se volvió representativo de regímenes políticos no sólo en Rusia sino, por ejemplo, también en China. ¿Había diferencias en la lectura de los distintos usos?
 
En China el rojo de los comunistas triunfó sobre los símbolos del joven movimiento nacionalista y, después de la toma de poder, llenó todo el espacio político e ideológico pero tenía añadidos culturales y mitológicos muy propios y que de ningún modo se derivaban del marxismo-leninismo, que era algo importado. Ya años antes de la toma del poder, cuando aún estaba en el “baluarte rojo” de Jinan, Mao hizo adaptar un himno del partido, que estaba inspirado en la cosmología popular: “El este se vuelve rojo y asciende el sol / China ha dado a luz un Mao Tse-tung. / Él trae felicidad y bendición para el pueblo/ ¡Viva, es la estrella salvadora del pueblo!”
 
La época de esplendor del comunismo ha pasado. ¿Se ha debilitado también la fuerza de su color simbólico?
 
Después de 1945, en Occidente, ese significado acentuado del color rojo se fue debilitando notablemente, excepto por el agitado revival en el marco de los movimientos radicales juveniles a finales de los sesenta, que, así y todo, en la vieja República Federal Alemana se prolongó hasta conformar una “década roja”, con decenas de miles personas políticamente hiperactivas que durante un tiempo dominaron las universidades y parte de los debates intelectuales. La socialdemocracia, sobre todo después de desvincularse de su herencia marxista, transformó ese antiguo, apasionado rojo oscuro de sus emblemas en un pálido rojo estridente que ya casi no porta ningún significado especial o crítica del sistema. El desmoronamiento del bloque soviético después de 1989 hizo el resto. Hoy es en la República Popular China donde las exclusivas esferas del poder, del totalitario Partido Comunista, se visten de un intenso “rojo sobre rojo”... allí el color es un elemento tradicional férreamente conservado en el cual la pretensión del partido de salvador de China se funde con un antigua mitología imperial y con una moderna y renovada ambición de supremacía en el plano internacional. Así, el rojo se ha distanciado casi enteramente de todas las promesas de emancipación democrática y social que sostenían los movimientos obreros de los siglos XIX y XX.