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Jerusalén y París
Eva Illouz, Socióloga

De Eva Illouz

Retrato de Eva Illouz contra fondo marrón; tiene el pelo corto y negro y sostiene un vaso en la mano izquierda. Geisler-Fotopress © picture alliance
¿Qué imagen podría simbolizar para usted su situación actual o la de su país?

Se sabe que los seres humanos tienen capacidad de adaptación. Al principio me sentí como en la película Melancolía (2011) de Lars von Trier, en la que, con una mezcla de espanto e impotencia, el espectador comienza a comprender que el mundo está a punto de sucumbir, porque colisionará con el planeta Melancolía. Al final de la película, hechizado y paralizado, el espectador sigue al planeta en su órbita, que lo llevará a impactar con la Tierra. Al principio es un punto alejado en el cielo, después un disco cada vez más grande y por último ocupa toda la pantalla y colisiona con la Tierra.

Ahora, que estamos inmersos en un acontecimiento mundial nuevo, cuya dimensión todavía no comprendemos del todo, he buscado analogías y recordé la escena final de la película de Lars von Trier.

La primera vez que leí sobre un extraño virus fue la segunda semana de enero, en la prensa estadounidense, y leí las noticias con atención porque mi hijo iba a viajar a China. El virus todavía estaba muy lejos... como el lejano disco de un planeta amenazador. Mi hijo canceló su viaje, pero el disco continuó su inevitable curso y se precipitó despacio sobre nosotros en Europa y el Cercano Oriente. Junto con muchas otras personas observé cómo el mundo se detenía. El coronavirus es un acontecimiento planetario de orden mayor que apenas podemos captar, no sólo por su dimensión mundial, no sólo por la velocidad del contagio, sino porque instituciones cuyo gigantesco poder nunca pusimos en duda, en apenas unas semanas fueron doblegadas.

En lo personal, ahora que la situación se ha estabilizado, puedo decir que mi vida se ha visto seriamente afectada pero al mismo tiempo casi no ha cambiado. Soy investigadora y como tal estoy acostumbrada a pasar mucho tiempo en mi habitación leyendo y escribiendo: la limitación espacial es para mí una experiencia muy familiar. Por otro lado, vivo simultáneamente en dos continentes, en Francia e Israel, y el virus me retiene en uno de esos países. Me siento como si estuviera separada de mi otra mitad.

En cuanto a Israel, la crisis del coronavirus representa la crisis más severa nacional en la historia del país, pues es a la vez sanitaria, económica y política. Israel es el único país en el que un presidente que perdió las elecciones, Benjamin Netanjahu, está aprovechando una peste para no respetar la ley ni el resultado electoral.

Confieso que al comienzo de la crisis me impresionó bien la seriedad y profundidad de las medidas tomadas por los israelíes, y me dije que era mejor hacer demasiado para salvar vidas que exhibir un optimismo excesivo, como fue el caso de Francia y Gran Bretaña. En comparación, me pareció, Israel mostraba conciencia de la responsabilidad y seriedad. Pero entonces comenzaron a producirse los acontecimientos políticos y poco o poco me di cuenta de que Netanjahu estaba usando de modo increíblemente cínico la crisis para no respetar la ley ni el resultado de las elecciones que perdió.

¿Cómo cree que la pandemia transformará el mundo? ¿Qué consecuencias ve en el largo plazo?

Los efectos económicos son, por supuesto, imprevisibles. Cuento con que habrá una gran tasa de desempleo. Y todo depende del modo en que se manejen las cosas. Si se manejan como la crisis del 2008, es decir que los ricos, los grandes consorcios y Wall Street logran hacer su agosto, en tal caso, creo, se llegará a disturbios de masas e incluso a revoluciones. No creo que podamos aceptar otro salvavidas financiero para los más ricos pagado por los ciudadanos y ciudadanas. Esto llevará a importantes protestas. Pero si el Estado usa su dinero para activar el trabajo y ayudar a la cultura, como Alemania lo hace con su paquete de ayuda de cincuenta mil millones de euros para un auxilio no burocrático de las pequeñas empresas, los trabajadores autónomos e independiente, entonces será posible, pienso, reconstruir la confianza y las economías nacionales y espero que esto ocurra bajo la máxima de que los presupuestos públicos no deben sacrificarse en aras de la ganancia.

¿Qué le da esperanza?

Esta pandemia es un avance de lo que podría ocurrir si aparecen virus mucho más peligrosos y el cambio climático vuelve inhabitable el mundo. Pienso que cada uno debería entender la situación como un avance de lo que vendrá bajo una forma mucho más terrible. En oposición a algunas predicciones sobre el fortalecimiento del nacionalismo y las fronteras, creo que sólo una reacción internacional coordinada puede servir para solucionar estos nuevos riesgos y peligros. La interdependencia del mundo es irreversible, y sólo una reacción común puede ayudarnos a superar la próxima crisis.

Necesitaremos una modalidad enteramente nueva de coordinación y cooperación internacional, si queremos impedir que en el futuro enfermedades infecciosas se transmitan entre animales y seres humanos, investigar enfermedades y promover la innovación en los ámbitos de la medicina y el equipamiento médico. Pero ante todo será necesario que la descomunal riqueza que han acumulado las instituciones privadas sea reinvertida en bienes públicos. Pienso que la “generación coronavirus”, los jóvenes que han visto y experimentado muy de cerca cómo podría ser un colapso mundial, sabrán que tienen que observar mejor el mundo. Si no lo hacen, ya no habrá interés público o privado que defender. Será horrible y brutal, como dijo el filósofo inglés Thomas Hobbes refiriéndose al estado de naturaleza del hombre.

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