Antes todo era más fácil: los hombres en el terreno de juego eran tipos de verdad. ¿Y ahora? Incluso cuando los debates sociales han encontrado espacio en el deporte, el futbol sigue luchando con roles de género anticuados. Un balance de la situación.
Pocos temas de conversación unen con tan poco esfuerzo como el futbol. En cualquier situación se puede hablar de barridas, centros con efecto, remates a puerta vacía, cabezazos y catenaccio. El futbol es un buen tema para romper el hielo, aligera las reuniones, ya sea con el suegro gruñón o con los colegas tímidos junto a la cafetera.Sin embargo, hay un momento en el que esta ligereza se vuelca. Un refrán que funciona como una señal de advertencia porque puede llevar la conversación por un camino que nadie quiere tomar. Se trata del concepto de “hombres de verdad”, aunado a la queja de que ya no existen hoy en día. Con ello, se refieren a tipos supuestamente rudos, vestigios de una época pasada.
Hombres que no dejaban intimidar ni dentro ni fuera del campo, que bebían, hacían ruido, inadaptados; una especie que se avistó por última vez en algún momento de los años ochenta o noventa. Tipos como Ansgar Brinkmann, Mario Balser y Stefan Effenberg.
De ahí, solo hay un pequeño paso hacia el debate de fondo sobre el ideal de la masculinidad, que supuestamente está marcado por la fuerza, la confianza y la insensibilidad. Una imagen que, por supuesto, desde hace mucho se está desmoronando, pero que sigue presente en el futbol. Ahí, donde los adversarios son “maricones” y las camisetas rosas son “gay”, donde la llamada “charla de vestidor” no es un mito y la misoginia no es una teoría, ahí sigue prevaleciendo una perspectiva sorprendentemente retrógrada. Un entorno en el que el sexismo y las transgresiones no solo son posibles, sino que se ven favorecidos por la estructura.
Cuando las camisetas rosas son “gay”: durante mucho tiempo, la imagen de la masculinidad en el futbol se ha caracterizado por la fuerza, la confianza y la insensibilidad. | © Cristian Tarzi / Unsplash
¿Dónde queda el #MeToo dentro del futbol?
Los casos de famosos jugadores que han enfrentado acusaciones de violencia sexual en los últimos años ofrecen un panorama especialmente sombrío: Mason Greenwood, Achraf Hakimi, Cristiano Ronaldo, Lucas Hernandez, Benjamin Mendy. La lista seguramente sería interminable.Cuando se hacen las acusaciones, el desarrollo suele seguir un patrón similar: de forma instintiva, alguien trae a la mesa la “presunción de inocencia”, lo que siembra dudas, atribuye los motivos a las víctimas y, finalmente, da lugar a un sistema que protege a sus propios actores. Se forma una especia de “club de chicos”. El periódico Süddeutsche Zeitung (SZ), en conjunto con la red de investigación Correctiv, llevó a cabo una averiguación en 2023 sobre el caso del exjugador de la selección alemana Jérôme Boateng, un delincuente condenado. Los periodistas demostraron cómo las directivas, agentes y clubes tendieron una red de apoyo alrededor del futbolista. Las exnovias debieron firmar cláusulas de confidencialidad; un “silencio organizado”. En caso de dudas, se da la razón al agresor.
Al futbol todavía le hace falta una revisión autocrítica y exhaustiva, un verdadero debate sobre el #MeToo. Para nada sorprende que a menudo las mujeres no se sientan seguras en esta profesión. Una encuesta aleatoria en el propio entorno es suficiente, y será difícil encontrar a una mujer que, en el contexto del futbol, no pueda hablar de sexismo. En el tren hacia el estadio, en las tribunas, luego en internet. Estas historias se han forjado a lo largo de la historia. Al fin y al cabo, durante mucho tiempo el futbol ni siquiera estaba pensado para las mujeres. Hasta 1970, la Federación Alemana de Futbol les había prohibido jugar por miedo a que se “masculinizaran”. La historiadora Gertrud Pfister identifica la expresión de un mito profundamente anclado sobre la masculinidad: “[las mujeres que juegan futbol] cuestionan el orden de género vigente y, por ende, también el orden social.”
Hoy mucho ha cambiado. Los debates sociales sobre los roles de género han llegado al futbol, aunque con reservas. Fabian Reese, jugador del Hertha Berlín, suele aparecer con uñas pintadas. Es un gesto pequeño, pero el impacto es grande. “Intento también mostrar facetas femeninas”, explica. Quiere acabar con la “masculinidad tóxica” dentro del futbol.
“¡Hombres, ámense, por favor!”
Sin embargo, el futbol podría ya haber avanzado mucho más y desempeñar un papel fundamental en la sociedad. Si por fin se diera cuenta de la ambivalencia que hay en él. ¿En qué otro lugar se puede ver hombres mostrando su cercanía con tanta naturalidad, intercambiando muestras de cariño, besándose apasionadamente y mostrándose tan vulnerables? ¿Dónde más se lanzan unos tipos fuertes y fornidos, llenos de testosterona, unos contra otros como su fueran cachorros y se enredan en un manojo de felicidad? ¿Y en qué otro lugar suenan inmediatamente las alarmas en cuanto deja de haber este cariño? Si de repente se dice: Al interior de la selección hay algo que no anda bien. Los jugadores ya no están poniendo todo el corazón. Detrás de esto se esconde una silenciosa exhortación de sus seguidores: ¡Hombres, ámense, por favor!
Casi nadie se atreve a decirlo en voz alta. Más notables son quienes sí se atreven. En primavera, Christian Dobrick, de 29 años, salió del clóset. Él es el entrenador del equipo sub-19 del FC St. Pauli, de la Bundesliga. “Los homosexuales”, dijo, “todavía se consideran como extraterrestres en el futbol profesional.” A pesar de eso, Dobrick se armó de valor. Se había cansado de esconderse. Quería ser eso que ha desaparecido del futbol: alguien que no se esconde. Justamente, un hombre de verdad.