Felicidad verde: las huertas conquistan las grandes ciudades

“Si quieres ser feliz durante un día, bebe. Si quieres ser feliz durante un año, cásate. Pero si quieres ser feliz durante toda una vida, cultiva un huerto.” Cada día hay más habitantes de las grandes ciudades que siguen este sabio consejo. Terrenos baldíos desolados o sitios de construcción vacíos se van transformando en verdes oasis de los que no sólo se beneficia el clima de la ciudad. A veces también se convierten en florecientes lugares de encuentro para la integración, pues cultivar un huerto es un buen aglutinante. Incluso las pequeñas huertas familiares institucionalizadas (los famosos Schrebergarten), ese bastión de la pequeña burguesía alemana tan desacreditado, tienen aquí una función que cumplir.
Huertas comunales
Hace dos años la huerta comunal de Laskerwiese, en el barrio berlinés de Ostkreuz, no era más que un terreno baldío situado entre un supermercado y un negocio de venta de vehículos usados. Hoy florecen en ella los girasoles y las malvarrosas. Los tomates y las calabazas crecen a porfía, el viento encrespa levemente la superficie de un estanque de nenúfares. Los habitantes se han constituido en asociación, han dispuesto bancales y parcelas, han construido una cerca, esparcido simientes, plantado, irrigado. Y todo esto simplemente porque es agradable remover la tierra, comer de lo que uno mismo ha sembrado y tener ante la puerta un abedul a la sombra del cual sentarse a descansar. La municipalidad ha facilitado el terreno, la asociación responde por el cultivo y el mantenimiento.La promotora hortícola Frauke Hehl, miembro de la junta directiva de la asociación, estima que en este momento están siendo cultivadas en Berlín unas 20 huertas vecinales: “Aún quedan aquí muchos terrenos desocupados y personas con suficiente espíritu comunitario para sacar algo adelante, ya que una huerta de este tipo depende de la participación de todo un vecindario”.


Piratas hortícolas
Los primeros community gardens surgieron en los años setenta en Nueva York. Los vecinos recogían la basura y los escombros que había en los terrenos abandonados junto a sus edificios de habitación, rastrillaban el suelo y plantaban flores, arbustos y verduras, siempre corriendo el riesgo, eso sí, de perder su huerta tan pronto llegase la hora de erigir una construcción en el respectivo solar. Una experiencia, por cierto, como la que tuvieron que hacer no hace mucho algunos inquilinos de la Kinzigstrasse en Berlín. Hace cuatro años habían creado por cuenta propia la huerta comunal Rosa Rose. Tras un cambio de propietario, la mayor parte de ésta ha sido ahora apisonada para levantar un edificio.
Algunos horticultores metropolitanos no esperan demasiado tiempo por un permiso cuando se trata de reverdecer eriales en su patio trasero, colocar plantas en los yermos arcenes centrales de algunas avenidas o asegurarse de que florezca la vida alrededor de los árboles de las calles. “Horticultura subversiva” (Guerrilla-Gärtnern) es el nombre con el que se conoce este fenómeno. En foros de Internet los piratas hortícolas se ponen de acuerdo para llevar a cabo operaciones colectivas de siembra de plantas; y aunque su proceder está estrictamente prohibido, goza de las simpatías de muchos políticos comunales que han visto recortado el presupuesto destinado a áreas verdes.
Huertas interculturales
Hay sin duda cierta fuerza misteriosa, que infunde alegría y confianza, en el hecho de ver brotar las flores o cosechar en otoño los frutos del trabajo realizado. Es la misma fuerza que tratan de aprovechar las llamadas “huertas interculturales”. En el marco de un proyecto piloto iniciado en Göttingen en 1996, un grupo de refugiadas políticas de Bosnia, traumatizadas por la guerra, tuvo la oportunidad de reencontrar un piso sólido bajo sus pies gracias a la horticultura. Entretanto, hay más de cien huertas interculturales en Alemania. La idea central es lograr que refugiados políticos, inmigrantes y alemanes, con historias de vida muy dispares, cultiven mancomunadamente una extensión de terreno. Se plantan ecológicamente, para consumo propio, verduras y hierbas aromáticas, y la experiencia ha demostrado que al abrigo de verduras y plantas crecen también la amistad, las redes de cooperación y las destrezas.

“Espejo de la sociedad”
Cada huerta tiene su propia historia. A veces participan en ellas las congregaciones religiosas o las asociaciones de vecinos; otras veces, la alcaldía pone a disposición los terrenos necesarios, como ocurrió en Marburgo. Aquí, el trabajo de jardinería mancomunado de rusos, turcos, kurdos, palestinos, alemanes y sirios ha producido hasta ahora un libro de cocina, una campaña de aseo en el barrio, así como cursos de computación para el mejoramiento profesional. Pero, ¿cómo se delimitan las parcelas individuales, qué se planta en las áreas de cultivo comunales, cuál debe ser el abono utilizado y cómo, de paso, se llama esa hierba desconocida tan interesante que crece en el lote del vecino? Uno debe estar dispuesto a dialogar con el otro si quiere aclarar estas dudas, negociar reglas de convivencia o llegar a acuerdos en situaciones conflictivas. Por ello, a decir de Ingrid Reinecke, de la Fundación Intercultura, de Munich, quien promociona este tipo de proyectos hortícolas y establece redes entre ellos a nivel nacional, las huertas son “un espejo de la sociedad”, lugares para el diálogo y la cooperación.Lugares de integración vinculados a la naturaleza
Más de cinco millones de personas encuentran su pedazo de felicidad verde en las clásicas huertas familiares (Schrebergarten). Y sobre todo, son las familias con hijos las que se interesan cada vez más por estos pequeños jardines próximos a su lugar de residencia. Theresia Theobald, gerente de la Asociación Federal de Amigos Alemanes de las Huertas, habla incluso de un boom: “Un cuarenta y cinco por ciento de los nuevos arrendatarios de los últimos tres años a nivel nacional son familias con niños”.Las primeras huertas familiares surgieron hace más de cien años, como una forma de resarcir a los habitantes de las grandes urbes por las secuelas de la industrialización. El auge repentino de los Schrebergarten en el presente está relacionado con la tendencia actual de “regreso a la ciudad”. Muchas familias han decidido renunciar a la idea de tener una casa propia en zonas verdes extramuros, conscientes de las ventajas que ofrece la ciudad: un corto trayecto al trabajo, a la escuela y a los sitios de entretenimiento; y, si además se posee una pequeña huerta, también el acceso a un oasis verde privado.
También la mayor diversidad de la sociedad actual se ha reflejado hace tiempo en las asociaciones de pequeños horticultores. Unos 300.000 desplazados o inmigrantes son miembros de cooperativas de parcelas, de acuerdo a cifras de la ya mencionada Asociación Federal de Amigos Alemanes de las Huertas. No se puede negar, pues, que éstas son lugares de integración funcionales y vinculados con la naturaleza. Pese a ello, hay que reconocer que todavía algunas cooperativas se aferran al prototipo de horticultor provinciano de fines de semana. Por ejemplo, una cooperativa de Hamburgo rechazó recientemente la solicitud de membresía presentada por un ciudadano turco que vive en Alemania desde hace décadas.
Ya sean interculturales, de tipo subversivo o de pequeña cabaña familiar: las huertas de las grandes urbes representan un desahogo importante para los barrios densamente poblados. Y esto es algo de lo que se benefician incluso aquellos vecinos que no quieren saber nada de bulbos de flores, rastrillos o regaderas.
es periodista independiente en Berlín
Traducción: Fabio Morales
Copyright: Instituto Goethe e.V., redacción online
Agosto de 2008











