Trópicos adentro

Donde los trópicos recuerdan a sí mismos

Lo triste, aburrido y poco espectacular de la labor científica. La experiencia del trabajo de campo muy raras veces satisface las añoranzas exóticas.

“El más mínimo soplo de viento provoca un juego de brillos en las copas de las palmeras, ahora oscuras y poco después de una claridad intensa, y la grandiosa exuberancia de la vegetación, la pesada corpulencia de la selva responde por fin a las expectativas que nosotros, después de tantas lecturas, creemos poder exigir a la naturaleza brasileña”. Con cierta ironía, Karl von den Steinen recogió en este pasaje las diferencias entre las imágenes de los trópicos difundidas en su país y la experiencia real del estudioso de la naturaleza en sus viajes. El fragmento procede de un informe publicado en 1885, en el que el científico describió su recorrido hacia las comunidades indígenas del interior de Brasil. Su viaje supuso el comienzo de una serie de estudios etnológicos que investigadores de habla alemana realizaron a finales de siglo XIX y principios del XX.

Investigaciones alemanas

Los etnólogos de aquella época no se limitaban a presentar los resultados de las investigaciones concernientes a su disciplina, sino que detallaban pormenorizadamente las condiciones del viaje y las circunstancias bajo las que debían realizar sus estudios en Sudamérica. De modo que, además de averiguaciones etnológicas, aportaban información geográfica, climática y política; no obstante, el verdadero objetivo de las expediciones era la investigación básica de la antropología. Pretendían describir las culturas indígenas visitadas y recolectar objetos para las colecciones de los museos que solían financiar dichas expediciones; pero sobre todo tenían que recoger datos que sirvieran tanto para conocer de una manera más realista las etnias locales como para ahondar en la cuestión que ocupaba por entonces a la comunidad científica: la historia evolutiva general de la Humanidad. Naturalmente, los expertos iban influenciados en un principio por las ideas dominantes en su época. Sin embargo, el encuentro real con la naturaleza de los trópicos y sus habitantes les haría cuestionarse algunas de esas convicciones traídas del Viejo Mundo.

Ya sólo la descripción de las condiciones en las que viajaban durante las travesías mostraba una imagen bastante prosaica, por no decir desencantadora, de la situación encontrada. Problemas de transporte, dificultades con las caravanas de bueyes y burros, barcos que se hundían, enfermedades, luchas de poder y levantamientos violentos en las regiones atravesadas influenciaron la labor de los etnólogos por lo menos tanto como los verdaderos contactos con los indígenas.

Una visión más fidedigna

También resultaban insólitas las descripciones de la naturaleza que ofrecían dichos informes, porque con frecuencia ni respondían a la visión dominante que divulgaban las crónicas más populares ni reducían los trópicos a la instantánea impresionista de muchas obras artísticas. Junto a imágenes de ambientes subjetivistas y descripciones paisajísticas tan entusiastas como detalladas, en muchos informes encontramos observaciones sobre las manifestaciones de la naturaleza tropical: percibida como extremadamente uniforme a pesar de la variedad real. Y con la característica honradez científica, los investigadores anotaban también los momentos aburridos e insustanciales de sus estancias, proporcionando así una faceta de los trópicos que en la competición general por la narración más sensacionalista se suele descuidar. Por ejemplo, Karl von den Steinen escribe en 1886: “Más allá de Pão de Assucar la región se volvió triste, triste. A la izquierda, praderas; a la derecha, palmeras Chaco. Aburrimiento bostezante a uno de los lados, nerviosismo hormigueante del otro lado, y un calor aletargante por doquier. Domingo desolado. Dormíamos, fumábamos o vegetábamos”.

Poco después, el estudioso constata de camino al interior de Brasil una verdadera “ausencia de paisaje”. Su colega Koch-Grünberg informaba en 1903 sobre uno de los afluentes del curso alto del Río Negro: “Las orillas del bajo Aiar´y son muy monótonas. Hasta nos hace ilusión que aparezca un lago o un pequeño afluente irrumpa en esa invariabilidad eterna”. Para el suizo Felix Speiser, que viajó en 1924 por el noreste de Brasil al encuentro de los aparai, tras tres semanas en camino la variedad verde de las orillas se transformó en una estructura única y anotó que de pura selva no era capaz de diferenciar cada uno de los árboles: “Una vez pasados los rápidos, hemos vuelto a entrar en una región de llanuras que se extienden de forma interminable... El paisaje ha perdido de nuevo todo su encanto. Nos desplazamos entre las llanas orillas de la selva, siempre con la misma estampa en los ojos: una vegetación que llega casi al agua; una y otra vez aparece el mismo árbol, que se levanta sobre la maraña de la jungla; una y otra vez la misma planta trepadora y las mismas flores amarillas o violetas que cubren como una red desplegada el mismo arbusto en la orilla. El mismo verde amarronado por todas partes y el mismo cielo azul o gris”.

A pesar de los momentos de emoción y una gran variedad de resultados que hacen su lectura recomendable hasta hoy, los escritos de los investigadores evitaban el relato exagerado de la exuberancia tropical; pero eso no es todo: gracias a la anotación fidedigna de diferentes escenarios y vivencias, así como al reporte de los momentos menos apasionantes, consiguieron no seguir transmitiendo la impresión de muchas obras de arte que, como ya había constatado Alexander von Humboldt, estimulaban la fantasía “concentrando [...] en un espacio pequeño las más fantásticas escenas de tierra y mar”; y, habría que añadir, al centrarse en una visión distorsionada de la realidad contribuían también a la formación de estereotipos y clichés. En los mencionados relatos de ruta se encuentran a menudo fragmentos intercalados que minan la imagen de los trópicos dominante. Se reflexionaba sobre las propias expectativas y las expectativas imperantes que quedaban cuestionadas. Por ejemplo, Karl von den Steinen llegó a una bahía tras un largo viaje a caballo en 1884 por la aburrida sabana del centro de Brasil y escribió: “La profusión de la vegetación que la adorna responde por fin a nuestra idea de Brasil”. Su contemporáneo y colega Paul Ehrenreich redactó las siguientes líneas sobre una región del curso bajo del río Tocantins: “La naturaleza eternamente creadora ha levantado aquí un invernadero inconmensurable, como el ideal de los trópicos que existe en la fantasía de los viajeros, pero que lamentablemente se cumple rara vez en la realidad”. Y Theodor Koch-Grünberg describía lacónico en 1903 en pleno Amazonas: “El paisaje de las orillas del bajo Içána es terriblemente monótono. Casi en una línea horizontal, como un muro grueso ininterrumpido, la oscura selva se alza hacia el cielo. La vida animal desaparece. Apenas una bandada de papagayos verdes y algunos guacamayos coloridos que sobrevuelan con un graznido ronco recuerdan que se está en zona tropical”.

Y lo dicho sobre el paisaje atañe también a la fauna local. Aunque muchas representaciones pictóricas aglomeraban todo tipo de especies originarias de Sudamérica, la experiencia real de los aventureros de los trópicos era otra. Felix Speiser comenta: “En las ramas de un arbusto vemos ahora la primera serpiente, tal vez por el calor no habrá podido ponerse a salvo. Tiene unos dos metros de largo y, como es la primera que vemos en este Amazonas repleto de serpientes, nos causa una terrible impresión. Cómo se sorprenderían aquellos que piensan que en los trópicos uno se va tropezando con una serpiente a cada paso si supieran que no hemos visto ninguna en la selva hasta el vigésimo día de viaje. Nos habría gustado ver una de las gigantes anacondas, de las que, según dicen tanto blancos como indígenas, está repleto el río; pero por mucho que les insistamos, los indígenas no han podido enseñarnos ninguna hasta ahora. Siempre nos dicen que están en un lugar diferente al que nos encontramos. Lo mismo pasa con los jaguares; y caimanes no es que hayamos visto pocos aquí arriba, pero siempre muy pequeños”.

El etnógrafo de Leipzig Fritz Krause tampoco realizó descripciones muy espectaculares de la fauna que fue encontrando en su expedición por el río Araguaia en el año 1909: “Hay más vida animal en los bancos de arena o por encima del río que en el río mismo. Rara vez se encuentran cuadrúpedos. Con relativa frecuencia reconocíamos huellas de jaguares en los bancos de arena, que nos delataban que habían sido muchos y que ha bían pasado de noche por nuestro campamento. Pero yo no he visto ni oído a ninguno de dichos felinos”. Cuando Krause encontraba algún animal, lo recogía por escrito con toda exhaustividad: “Numerosos caimanes sacan sus fauces del agua desplazándose lentos; sobre todo en los lagos hay una gran cantidad. Nunca nos hemos visto en peligro por su causa”. 
Y en otro pasaje añade: “En la selva no hay vida, de vez en cuando se oye el graznido de un pájaro en el silencio, rara vez aletean mariposas en nuestro camino, rara vez reptan lagartijas por delante de nosotros hacia la maleza: por el día la selva está muerta”.

Variedad no manifiesta

Si bien es cierto que en ningún lugar del mundo existe una variedad de especies mayor que en la cuenca del Amazonas, también es verdad que el viajero que recorre las regiones más apartadas apenas la encuentra. Además, variedad no implica necesariamente cantidad. Ya los dos científicos británicos Henry Walter Bates y Alfred Russel Wallace constataron a finales del siglo XIX que en la selva tropical puede ser mucho más fácil encontrar diez especies animales diferentes que diez animales de la misma especie. Por contraste con los cuadros populares, los informes de viaje científicos no estaban dominados por jaguares y enormes serpientes, sino por animales pequeños, cuya matanza no aportaba ningún prestigio ni siquiera en los círculos de cazadores. “En esta zona, el privilegio de torturar al ser humano lo posee un tábano de cabeza verde y rayas amarillas en el cuerpo –un poco más grande que nuestra mosca común–, cuya picadura provoca pequeños habones”, anotó Karl von den Steinen; y también sus colegas hacen muchas referencias a garrapatas y mosquitos, abejas y pulgas de arena: todos ellos compañeros de camino que los viajeros tropicales conocen bien y que a pesar de su real omnipresencia, a diferencia de otros animales poco presentes pero más emocionantes de las representaciones populares, quedan a la sombra cuando se habla de los trópicos.

Contra los prejuicios y la idealización

El intento de describir la realidad de manera fiel se mostraba también en los contactos con las personas. No grandes teo rías, sino una escucha paciente determinaron el trabajo de campo de los científicos. Karl von den Steinen, por ejemplo, atacaba asiduamente toda interpretación simbólica del arte foráneo cuyo marco interpretativo no se basara en las aportaciones de los indígenas, sino en las propias convicciones y en asociaciones en general precipitadas. Tras estudiar la ornamentación indígena del Brasil central constató: “Nunca po dría mos explicar mediante la reflexión esos esquemas adecuadamente. Es necesario aprender lo que significan de la gente o directamente renunciar a ello. Yo por mi parte me he vuelto muy cauteloso a la hora de interpretar, pero, por otro lado, me parece muy superficial tachar de mero adorno figuras que no conocemos”.

Cuando llegaban a sus países, los etnólogos trataban de transmitir sus experiencias y escribían con regularidad contra los prejuicios de la época sobre el carácter primitivo o salvaje de los indígenas. Pero al mismo tiempo intentaban no apuntalar una idealización de los habitantes de los trópicos. Von den Steinen resumía su estancia entre los indígenas del Alto Xingu con estas palabras: “Sería ridículo malinterpretarlos en un sentido rousseauniano, porque no tenían nada de ideal; no eran más que el producto de unas circunstancias sencillas y sin intromisiones y resultaban ‘idílicos’ a los ojos del visitante acostumbrado al movimiento y a la lucha. Cuando se viene de un torrente, una tormenta o el mar, siempre se descubre la magia de una laguna tranquila, eso es todo”. Además hacía hincapié en el hecho de que un mayor conocimiento no implica necesariamente una mayor certeza, sólo sirve para abrir los ojos a la complejidad y la diversidad de las condiciones encontradas. Sobre los indígenas con los que pasó algunas temporadas comenta: “[...] es más, cuantos más bakaïrís conocemos, más inseguro me siento a la hora de hacer extrapolaciones generales”, y continúa: “La uniformidad no existe en ningún sitio”.

Tal vez fue esta actitud la que hizo posible una apertura a los indígenas y descubrir en aquellos desconocidos otros seres humanos, sin ver en su cultura exclusivamente las propias presuposiciones. Estas investigaciones permiten concluir que lo primitivo no eran los habitantes de los trópicos, sino los conocimientos que se tenían en Europa sobre ellos y su forma 
de vida. Y si alguien quería saber más no podría conseguirlo pensando, tenía que echarse a un camino a veces fascinante, otras aburrido, otras cargado de aventuras y con frecuencia solamente esforzado; camino que le llevaría hasta aquellos de los que se hablaba periódicamente sin haberse tomado la molestia de conocerlos de verdad.

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Michael Kraus,
es etnólogo. En 2004 publicó el estudio "Bildungsbürger im Urwald. Die deutsche ethnologische Amazonienforschung (1884–1929)". Ha sido curador de la exposición “Novos Mundos – Neue Welten. Portugal und das Zeitalter der Entdeckungen“ presentada en el Deutsches Historisches Museum de Berlín desde octubre de 2007 hasta febrero de 2008.

Traducción del alemán: Carmen García del Carriz

Copyright: Goethe-Institut, Humboldt 2008

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