Revueltas 1968…y cuarenta años después

Construyendo la autodeterminación

Marcha de los Cien Mil, Cinelândia, Río de Janeiro, 26 de junio de 1968; Copyright: Evandro TeixeiraSobre la revuelta brasileña, la lucha armada contra la dictadura y sus frutos postreros.

El año 1968 estuvo marcado en Brasil, al igual que en el resto del mundo, por manifestaciones y revueltas estudiantiles. Estos movimientos tenían algunos aspectos en común con lo que sucedía en Europa, pero también algunas diferencias importantes.

En Brasil, la dictadura militar implantada en 1964 prohibió los par tidos políticos y las asociaciones  civiles de la oposición, incluso las agrupaciones estudiantiles. El movimiento estudiantil que floreció en 1968 era, esencialmente, un movimiento de lucha contra la dictadura. A pesar de esta distinción bastante significativa, algunas posturas políticas aproximan las manifestaciones estudiantiles que ocurrían en Brasil a las revueltas que estallaban en varias partes del mundo: un sentido radical de libertad, el culto a la acción, el desprecio por las formas tradicionales de hacer política. El movimiento estudiantil que se gestó entre 1966 y 1968, en Brasil, albergaba también en su seno una crítica al Partido Comunista Brasileño, acusado de reformismo, y de inmovilismo frente al régimen.

El punto de mayor tensión de este movimiento ocurrió tras el asesinato del estudiante Edson Luis en una manifestación, enfrente del restaurante universitario de Calabouço, en Río de Janeiro. Los estudiantes cargaron su cuerpo en procesión hasta la Asamblea Legislativa, donde entraron a la fuerza. Hasta la llegada del ataúd, el cuerpo estuvo sobre una mesa, velado y protegido por un grupo de estudiantes. La muerte de Edson Luis marcó el inicio de un proceso de radicalización política y de enfrentamientos violentos entre la policía y los estudiantes. Este proceso de radicalización culminó en un gigantesco acto público que fue conocido como la Marcha de los Cien Mil. En contraposición a los violentos conflictos de la semana anterior, la Marcha fue pacífica y no encontró represión policial en su recorrido. Hasta hoy constituye una de las marcas más importantes de la “generación 68” en Brasil, así llamada por compartir algunos eventos destacados y definidores de una época dada. Pero esta manifestación fue el punto máximo de la movilización de los estudiantes. A partir de ahí el movimiento estudiantil comenzó a disminuir. En Río de Janeiro, sus manifestaciones empezaron a ser reprimidas a balazos.

El año se cerró con la promulgación del Acto Institucional n° 5. Ese AI-5 clausuró el Congreso Nacional por tiempo indeterminado; anuló mandatos de diputados, senadores, gobernadores y alcaldes; decretó el estado de sitio; suspendió el habeas corpus para delitos políticos; canceló los derechos políticos de los opositores al régimen; prohibió la celebración de cualquier tipo de reunión; creó la censura previa. Ese Acto significó, para muchos, “un golpe dentro del golpe”, un endurecimiento del régimen, que estableció leyes especiales para el ejercicio del poder fuera del marco del Estado de derecho.

1968 también puede ser considerado como el año en que detonó la opción por la lucha armada por buena parte de la izquierda brasileña. Entre 1966 y 1969 surgieron, se multiplicaron, se fundieron innumerables organizaciones armadas: Acción Libertadora Nacional (ALN), Partido Comunista Brasileño Revolucionario (PCBR), Movimiento Revolucionario 8 de Octubre (MR-8), Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares (VAR-Palmares), Comandos de Liberación Nacional (colina) fueron algunas de ellas. La opción por la lucha armada representaba exactamente el culto a la acción mencionado luego en los análisis de Hannah Arendt (Sobre la violencia, 1970) como el denominador común de los movimientos juveniles durante la década de los sesenta en el mundo entero. Este culto traía consigo la valoración de la acción directa, del coraje y del enfrentamiento. Urgencia, prisa, voluntarismo, inmediatismo. En su “Carta al Comité Ejecutivo del PCB”, de 1966, Carlos Marighela rompió con el Partido Comunista Brasileño para crear la organización armada ALN: “Les escribo para pedir la dimisión de la actual Ejecutiva. El contraste de nuestras posiciones políticas e ideológicas es demasiado grande, y existe entre nosotros una situación insostenible. [...] El centro de gravedad del trabajo ejecutivo [del PCB] consiste en hacer reuniones, redactar notas políticas y elaborar informes. [...] Solicitando la dimisión de la actual Ejecutiva –como aquí lo hago– deseo hacer público que mi disposición es la de luchar revolucionariamente, junto con las masas, y jamás quedarme a la espera de las reglas del juego político burocrático y convencional que impera en la dirección”.

Como bien ha destacado Hannah Arendt, el desprecio por el juego parlamentario y por las formas tradicionales de hacer política fue uno de los elementos más fuertes y comunes en las revueltas estudiantiles de fines de los años sesenta: “El rasgo crucial de las rebeliones estudiantiles en todo el mundo es que ellas se dirigieron, dondequiera que surgían, contra la burocracia dominante”.

Entre los años 1960 y 1970, este deseo de acción política inmediata, que se expresó en la lucha armada, se extendió por diversos países de América Latina. En muchos de ellos se formaron organizaciones armadas, la mayoría compuestas –en gran medida– por jóvenes universitarios que abandonaban las aulas para echar mano a las armas. Los ejemplos que inspiraban la lucha armada eran las guerrillas de Vietnam, de Cuba y la guerra popular prolongada de la Revolución China. Más que nada, la Revolución Cubana y la figura del Che Guevara fueron los principales elementos que incentivaron la opción de la lucha armada en América Latina. Los tupamaros en Uruguay, los montoneros en Argentina, el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) chileno y el MIR boliviano; el Partido de la Revolución Venezolana, creado por Douglas Bravo; el Ejército de Liberación Nacional colombiano, donde luchó y murió el padre Camilo Torres, son algunos ejemplos de la ola que barrió América Latina, produciendo un gran número de organizaciones que apostaban por la lucha armada como camino para la revolución socialista en el continente.

En Brasil, la opción por la lucha armada, conjugada con el endurecimiento del régimen después del AI-5, fue trágica. En pocos años, las organizaciones fueron destruidas, dejando un saldo de innumerables muertos, desaparecidos, exiliados y expatriados.

El año 1968, por lo tanto, en Brasil y en América Latina, no representó exactamente el momento de la “autodeterminación política” que se manifestó, en la misma época, en los  países de Europa occidental. Representó, sí, un gran caudal de emociones, de radicalización, de valorización de la acción directa, de enfrentamiento, de voluntarismo. Las organizaciones políticas que lideraron los movimientos de izquierda en Brasil y en varios países de América Latina eran organizaciones marxistas-leninistas, clandestinas, con rígida estructura jerárquica, con estrategias y tácticas definidas a partir de un modus operandi típicamente leninista.

Después de la derrota de la lucha armada, las izquierdas brasileñas iniciaron una reflexión con el objetivo de retomar el contacto con las masas, a través de una nueva táctica política que permitiese la adhesión de grandes núcleos de la población. La etapa siguiente fue la de una lucha democrática contra la dictadura militar. Entre 1974 y 1985, la sociedad civil y amplios sectores de la izquierda brasileña llevaron a cabo una lucha por las libertades democráticas. En este momento podemos comenzar a hablar de autodeterminación. De cierta forma, los aspectos más culturales del movimiento europeo del 68 llegaron a Brasil en la década de los setenta. Comenzaron a surgir (o en algunos casos a resurgir) movimientos de nuevo tipo y se integraron en la lucha contra la dictadura: movimientos de mujeres, de negros, de homosexuales, movimientos en defensa de la causa indígena.

Estos movimientos se organizaron en torno a publicaciones cuyas redacciones funcionaban como el lugar donde se creaba y producía un discurso propio, ligado a la especificidad y la identidad de los movimientos en cuestión. En el caso de los movimientos de mujeres, las principales publicaciones fueron Brasil Mulher, fundada en 1975, y Nós Mulheres, lanzada en 1976. Estas publicaciones buscaban construir un discurso y un punto de vista específico sobre la realidad de las mujeres, pero también procuraban vincular la lucha feminista con la lucha contra la dictadura militar. La mayor parte de las militantes feministas eran ex miembros de organizaciones de izquierda, muchas de ellas habían vivido el exilio en Europa, principalmente en París, y traían la influencia del feminismo francés. Ya el movimiento negro era de un origen distinto: sus líderes se habían formado de manera casi totalmente desvinculada de partidos y organizaciones de izquierda. Siguiendo un camino paralelo, ese liderazgo se constituyó en torno a publicaciones como SINBA, Tição, Nego (nombre éste que es una broma irónica: “nêgo”corruptela de “negro”, es una forma peyorativa de referirse a los negros). Las salas de redacción de estas publicaciones eran el principal espacio para la formulación de las posiciones políticas del naciente movimiento negro. Hasta hoy, esta generación de militantes que fundó las principales publicaciones de los años setenta es una referencia política importante para el movimiento negro contemporáneo.

Estos movimientos de autodeterminación que se incorporaron a la lucha contra la dictadura obtuvieron una importante victoria política en la Constitución de 1988. Esta constitución fue elaborada por una Asamblea Nacional Constituyente elegida después del fin del régimen militar. Como apuntó el historiador Boris Fausto, “la Constitución de 1988 reflejó el avance ocurrido en el país, especialmente en el área de la extensión de los derechos sociales y políticos a los ciudadanos en general y a las llamadas minorías”.

La nueva constitución aseguraba los derechos de las mujeres, de los negros, de los indígenas, y abría espacios para otras leyes que reglamentaran y consolidasen esos derechos. Así, por ejemplo, el derecho de los descendientes de esclavos para obtener el título de propiedad de los antiguos quilombos –las comunidades fortificadas que albergaban a esclavos fugitivos, muchas de las cuales han perdurado en el tiempo– y  el derecho a redeslindar las tierras indígenas.

Podemos decir que el Brasil de hoy está dando vida a la cuestión de la autodeterminación, amparada por la Constitución de 1988. Sus principales protagonistas son las mujeres, los negros, los “quilombolas” y los indígenas.

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Maria Paula Nascimento Araujo
es doctora en Ciencias Políticas y profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Federal de Río de Janeiro, donde actúa en el programa de postgrado de Historia Social y en el Laboratório de Estudos do Tempo Presente. Realiza investigaciones sobre historia política, historia oral y memoria. Es autora de los libros A Utopia Fragmentada. Novas esquerdas no Brasil e no mundo na década de 1970 (2000) y Memórias Estudantis: da fundação da UNE aos nossos dias (2007).

Traducción del portugués: Ricardo Bada
Copyright: Goethe-Institut e. V., Online-Redaktion

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