Amistad: fisonomías de una relación compleja

Apoyo solidario

Ficha de reconocimiento de las diferentes actividades desarrolladas por el brigadista Carlos Kern durante la Guerra Civil. Foto: Archivo privado. Base de datos de voluntarios argentinos en la Guerra Civil españolaMito y realidad de las Brigadas Internacionales, que prestaron su apoyo solidario a las milicias españolas en su lucha contra Franco.




El 18 de julio de 1936, cuando Franco se alzó contra el Gobierno del Frente Popular de la Segunda República española, en el poder desde febrero del mismo año, pensaba en un pequeño golpe de Estado para darle la vuelta a la rueda de la Historia por medio de un régimen militar. Pero lo que sucedió fue completamente inesperado. Insuficientemente armados, los obreros asaltaron cuarteles y comisarías y derrotaron al alzamiento en numerosos puntos de la Península. En algunas regiones tuvo lugar una revolución social: fábricas, latifundios, puestos públicos fueron ocupados; empresarios y propietarios fueron asesinados, encarcelados o perseguidos, si es que no escaparon a tiempo. Se decomisaron iglesias y conventos, destruyéndose algunos; sacerdotes, monjes y monjas, en el mejor de los casos, fueron expulsados. En las propiedades expropiadas y en las empresas colectivizadas se organizaron comunas y cooperativas.

Al principio fueron sólo algunos cientos de extranjeros los que se adhirieron voluntarios a las milicias organizadas por los partidos y los sindicatos. Entre ellos se encontraban también muchos alemanes emigrados, así como deportistas que habían acudido al llamamiento de las Olimpiadas del mundo laboral, en Barcelona (por oposición a las de Berlín), y que, aun siendo un grupo mal armado, contribuyeron a impedir el avance de los militares. Pronto fueron los comunistas quienes tomaron la iniciativa e iniciaron así su despegue desde su condición inicial y ridiculizada de “partido microscópico” hasta convertirse en el factor y la fuerza dominantes de la República española. En el otoño de 1936 se crearon las Brigadas Internacionales, nominalmente no partidistas, de hecho conducidas en su mayoría por los comunistas, y se organizó el reclutamiento de voluntarios en todos los países. Y llegaron a miles los voluntarios. Entre ellos un tal Carlos Kern, de América Latina.

Con los primeros voluntarios se organizaron cuatro batallones distribuidos más o menos por naciones e idiomas. Con los cuatro batallones se armó la así llamada XI Brigada, a la que pronto seguirían otras cuatro. En ella se integraban los voluntarios de habla alemana y de idiomas familiares, y este modelo de agrupación por idiomas emparentados se seguiría también en las nuevas brigadas.

Sus contingentes han sido siempre objeto de discusión. Del lado franquista se hablaba de “unos 100.000 bolcheviques internacionales”, por parte comunista se reducía la cifra a nada más que 12.000, mientras que la investigación actual parte de la base de unos 40.000 a 45.000 voluntarios internacionales, entendiendo que en ningún caso la fluctuación de la cifra real estuvo por encima de los 15.000.

La realidad diaria de la guerra no coincidía en cualquier caso con la propaganda. La euforia inicial de las primeras semanas del conflicto civil, y el sentimiento revolucionario que se podían palpar todavía en el otoño de 1936, durante la formación de las Brigadas, ya habían desaparecido en el invierno de 1936-1937. La alimentación era escasa y en algunos lugares se limitaba durante semanas a garbanzos cocidos. El armamento y el equipo eran insuficientes, de tal modo que ni siquiera todos los componentes de una unidad disponían de un arma y tenían que contar con las que consiguieran como botín del enemigo. En el verano calcinante de Castilla, sin reservas de agua suficientes, y en condiciones climáticas extremas en el invierno en las montañas, sin ropas adecuadas y en alojamientos sin calefacción, la guerra se convirtió en una tortura. Pérdidas humanas de entre el 20 y el 40% minaban la moral de las unidades. El continuo miedo a la muerte o a caer herido era cosa de todos los días. Caer en manos del enemigo significaba la muerte segura, porque la norma general en ambos bandos era no hacer prisioneros, una realidad que tampoco podía ser cosméticamente rectificada por la propaganda. Los casos de insubordinación, deserciones, amotinamientos e indisciplina eran cada vez más frecuentes, y tuvieron como consecuencia, en parte, rigurosas medidas disciplinarias.

Pero también tenía rasgos trágicos el destino de los brigadistas internacionales, en su mayoría comunistas, pese a estar excluidos de la persecución. El avance de las tropas de Franco selló a más tardar en noviembre de 1938 la derrota de la República, cuyas autoridades disolvieron las Brigadas y enviaron a sus miembros a Francia. Los alemanes y austríacos se quedaron en España, porque no podían regresar sin peligro a sus respectivas patrias, y los franceses no querían hacerse cargo de ellos. Cuando las tropas de Franco iniciaron en diciembre de 1938 su marcha hacia Barcelona y dieron lugar así al desplome mortal de la República, ellos entraron en acción una vez más, en combates defensivos en la Costa Brava, sufriendo grandes pérdidas.

Estas últimas batallas concluyeron en un movimiento de huida motivado por el pánico a través de la frontera de los Pirineos. El 9 de febrero de 1939, los últimos brigadistas alemanes aptos para el combate abandonaron la República española. En lugar de ser celebrados como héroes, se los desarmó y fueron internados en campos al aire libre, rodeados de alambradas. Recién después de varias muertes se les construyeron barracas, y más tarde fueron trasladados a mejores alojamientos. A los inconvenientes por el internamiento sin perspectivas se añadían las disputas internas entre los alemanes combatientes en España, que reproducían en esos campos de concentración las mismas disputas políticas habidas durante la República. Fue por ello que algunos volvieron voluntariamente a Alemania. Los restantes se quedaron internados y después de la ocupación de Francia fueron sometidos al arbitrio de la Gestapo y de la justicia nazi. Sólo algunos lograron escapar, la mayoría de ellos se enroló en la Resistencia francesa.

Los que cayeron en manos de los nazis por lo general fueron condenados a penas de cárcel por “tentativa de alta traición” y, después de cumplir sus condenas, trasladados a campos de concentración o destinados a batallones de castigo en los frentes de la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que sólo 1.200 brigadistas alemanes sobrevivieron a la Guerra Civil, el internamiento, la persecución y a esa segunda guerra.

Hasta hoy, un aura especial rodea a los brigadistas internacionales de la Guerra Civil española: su sangrienta entrada en combate por una causa justa, una pizca de romanticismo aventurero y el amargo sentimiento de la inutilidad y trágico fracaso de eso que, para muchos, fue una guerra por poderes contra Hitler, al lado de aquellos a quienes se había escogido como amigos.

Patrik von zur Mühlen
(1942), historiador, trabajó hasta 2007 en el Instituto de Investigaciones de la Fundación Friedrich Ebert. Ha investigado sobre el exilio y la resistencia en los años 1933– 1945, la Guerra Civil española, y la historia de la RDA y de los países bálticos.

Extracto de España fue su esperanza, publicado en el semanario Freitag. Die Ost-West-Wochenzeitung el 7 de julio de 2006, http://www.freitag.de

Traducción: Ricardo Bada
Copyright: der freitag

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