Amistad: fisonomías de una relación compleja

“Conviene bastante tener un amigo”

‘Amigos de intercambio’, Argentina, 1993. Foto y ©: Barbara GöbelInterés económico y significados culturales en los Andes.






Los dos hombres se sacan su sombrero como señal de respeto. Mientras murmuran algunos rezos, echan vino y hojas de coca a un agujero en medio del patio. Con estas ofrendas (ch’allas) le dan de beber y comer a la Madre Tierra (Pachamama), pidiéndole por su buena disposición. El dueño de la casa tapa el agujero con una piedra blanca que simboliza la suerte. Los dos hombres toman un par de vasos de vino y conversan un poco, masticando hojas de coca que han sacado de pequeñas bolsitas tejidas que antes han intercambiado. De repente, uno de los hombres se despide brevemente, prometiendo volver al año con la sal, la carne y los tejidos acordados. Llama al muchacho joven que lo estaba aguardando afuera con una docena de burros cargados de bolsas con maíz, papas y habas, listos para salir. La caravana arranca. Cuando doblan con sus burros hacia la quebrada, el hombre le dice al muchacho joven: “Conviene bastante tener un amigo”.

La breve descripción nos deja con una ambigua sensación de familiaridad y extrañez. Es que un concepto tan común, cotidiano y aparentemente poco exótico como es el de “amigo” evoca en nosotros sentimientos y significados conocidos, convenciones y prácticas concretas. Por la aparente cercanía de la palabra “amigo”, no nos tropezamos con ella. Más bien, interpretamos lo que observamos a través de nuestros propios patrones culturales sin prestarle la suficiente atención a las diferencias culturales. Ésta puede ser la razón por la cual existan tan pocos trabajos antropológicos que hayan analizado el concepto de “amigo” en las sociedades indígenas latinoamericanas. Lo que quiero mostrar aquí a partir de un caso concreto –los “amigos de intercambio” de los pastores indígenas de la Puna de Atacama (norte de Chile y noroeste argentino)– es cómo en conceptualizaciones indígenas de “amigos” están entrelazados de una manera muy específica significados culturales e intereses económicos.

Para muchos pobladores indígenas de las tierras altas andinas, la cría móvil de ganado, o sea el pastoreo de llamas, alpacas, ovejas y cabras, constituye la única estrategia de subsistencia viable. Debido a las condiciones ecológicas y climáticas adversas, las fuentes de agua y los recursos forrajeros son escasos y dispersos.  Por lo tanto, los pastores no pueden mantener su ganado en campos cercados, sino que se tienen que mover con sus animales cada dos o tres semanas de un pastizal a otro y de una aguada a la otra.  Otra característica de la economía pastoril es la necesidad de articularla a través del intercambio con sistemas agrícolas. Animales y productos animales (carne seca, grasa, cuero, queso, lana, sogas, tejidos) son utilizados junto a otros productos locales (sal, hierbas medicinales) para obtener productos agrícolas como maíz, trigo, papas, habas, frutas, que constituyen una parte importante de la dieta cotidiana, pero no se pueden cultivar localmente.

La estrategia tradicional para obtener productos agrícolas es la organización de caravanas de intercambio con llamas, burros o mulas. Los indígenas atacameños de la Puna de Atacama caminan con las caravanas hacia los oasis y los valles agrícolas, recorriendo distancias entre 100 y 250 km. Una vez que han llegado a su destino combinan dos estrategias: por un lado caminan de granja en granja ofreciendo sus productos a los moradores y por otro visitan a un amigo de intercambio. Esta combinación es muy común en toda la región andina. Ella permite aprovechar oportunidades de intercambio que puedan surgir ad hoc con la seguridad de un arreglo de intercambio acordado el año anterior.

Los pastores tienen un amigo de intercambio en cada uno de sus destinos. Muchos de estos vínculos tienen una larga historia y han sido transferidos de generación en generación. Sin embargo, ni los pastores ni los agricultores utilizan el término genérico de “amistad” cuando hacen referencia a su relación, sino que siempre hablan de una manera más específica y concreta de “amigos para el intercambio”.

El compromiso entre amigos consiste en la predisposición recíproca de efectuar una transacción de intercambio y respetar en ella ciertos niveles de calidad de los productos. Existe la obligación moral de priorizar la relación de intercambio con el amigo frente a otras alternativas de intercambio que puedan surgir simultáneamente. Así, cada uno guarda para el otro parte de su producción. Además, se cumplen siempre acuerdos de intercambio, también cuando surgen inconvenientes como postergaciones en la entrega de los productos prometidos. Un indígena atacameño de la Puna de Atacama me contó, por ejemplo, que su amigo de Palermo (una pequeña quebrada agrícola en la provincia argentina de Salta) le había encargado en mayo de 2005 una frazada, que quería cambiar por habas y papas. Cuando lo volvió a visitar al año, no le pudo traer la frazada prometida, porque no la había podido terminar a tiempo. A pesar de esto, el amigo le entregó la cantidad de habas y papas que habían convenido. El atacameño cumplió con su parte del acuerdo unos meses más tarde, en otro viaje a Palermo.

En una relación de amigos predomina el trueque. No se concebiría comprar o vender un producto por dinero en el marco de una relación tan impregnada por la lógica de una reciprocidad simétrica. El trueque se basa en tasas de cambio fijas. Por ejemplo, por cuatro quesos medianos un pastor obtiene dos almudos de manzanas o peras; dos bloques de sal se truecan por dos almudos de habas verdes, y una frazada tejida, por dieciséis almudos de maíz desgranado (la unidad de medida, el almudo –o almud–, es un cajoncito de madera rectangular).

Estas tasas de cambio son convenciones culturales transmitidas a lo largo del tiempo y por lo tanto no tienen ni deberían ser renegociadas en cada transacción.

Hay que trabajar una relación de amigos. Ella es asegurada a través de símbolos de confianza mutua como el intercambio de comidas, bebidas y hojas de coca, de informaciones sobre la familia, otras noticias personales y bromas. A la llegada y a en la salida, los amigos realizan juntos ofrendas (ch’allas) a la Madre Tierra (Pachamama), para pedirle por su buena disposición. En las transacciones mismas, cada contraparte agrega, aparte de lo convenido, un plus de mercadería (yapa). La yapa es percibida como una muestra de generosidad hacia el otro, que subraya el interés en futuras interacciones.

Vemos entonces que una serie de prácticas culturales producen, reproducen y expresan socialmente una relación de amigos. Sus dimensiones claves son la reciprocidad, la confianza y la predictibilidad. Estas dimensiones están compenetradas con el interés económico que persigue tanto el pastor como el agricultor con el establecimiento de una relación de intercambio con amigos. En la región andina, significado cultural e interés no se conciben como esferas separadas.

Barbara Göbel
(1962), etnóloga, trabajó en las universidades de Gotinga y Bonn, y en universidades de Argentina Bolivia y Chile; asimismo fue investigadora invitada en el Collège de France (LAS) de París. Ha realizado trabajos de campo de varios años en el altiplano andino (Argentina, Chile). Desde 2005 es directora de Instituto Ibero-Americano de Berlín (Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano).

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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