Amistad: fisonomías de una relación compleja

Entre mujeres solas

Joven escribiente a la que se ha dado el nombre de la poetisa griega Safo (hacia el año 600 a. C.)  Fresco romano de Pompeya, siglo I d.C. Nápoles, Museo Nazionale Archeologico. © picture-alliance / AKGInformes a mi extraterrestre sobre la invisibilidad de la amistad y el amor entre mujeres.


Al principio fue Safo (Lesbos, 635 a.C.): “Otra vez Eros me tortura / dulce y amargo / monstruo invencible”. ¿Quién es ésta que habla de manera tan desinhibida de sus emociones, sentimientos y deseos? Una mujer, la primera mujer en la literatura occidental que asumió un “yo” individual para cantar a Afrodita y a sus amigas. ¿Y quiénes eran sus amigas? Las jóvenes de su Thiasoi, escuelas destinadas al matrimonio, dirigidas por una mujer mayor, experimentada que les enseñaba música, danza, poesía, todos los refinamientos y placeres de la cultura más hermosa de su tiempo. En estas escuelas –la de Safo fue la más famosa– surgió una nueva sensibilidad: la palabra –intraducible– habrosyne, el amor a la belleza y a los refinamientos eróticos, a las emociones sutiles y a las joyas, el amor entre iguales que se reconocen en la ternura, en la pasión y en el goce. Antes del odiado matrimonio convencional, las jóvenes se enamoraban entre sí, seducían a sus mentoras o eran seducidas por ellas… “Madre amante”, fue la palabra que designó a estas instructoras del amor y las jóvenes buscaban en ellas conocimiento, aprendizaje, emociones y sentimientos nuevos.

Los escasos fragmentos que se conservan de la poesía de Safo revelan la pasión erótica, el deseo, el amor y el dolor de la separación entre mujeres sin velos, sin eufemismos: lesbianismo consciente y sin sentimiento de culpa. El amor en Safo es devoción, hasta que la herida de los celos o la separación la sume en el dolor, del cual renace gracias a un nuevo amor por otra joven. Platón juzgó que en general las mujeres saben más acerca del amor que los hombres y lo expresan con más sabiduría: presentó a Diotima y a Safo como las fuentes verdaderas de la ciencia amorosa.“¡Virginidad, virginidad!, ¿adónde vas y me abandonas?” O la maravillosa descripción de la turbación física y psíquica que provoca la presencia de la mujer amada: “si te miro solamente un instante / me falta la voz. / Mi lengua se hiela, un fuego tenue / se desliza bajo mi piel / con mis ojos no veo nada y me zumban los oídos / el sudor me cubre y un temblor / se apodera de mí / me torno más descolorida que la hierba / y me parece que voy a morir”.

Toda la poesía erótica posterior, en Occidente (atravesada por la oscuridad de la Edad Media), ha bebido en el erotismo fresco y desgarrado, espontáneo y lírico de la gran poeta griega.

Después de Safo vino el silencio. La amistad entre mujeres (cuya línea divisoria con el amor es sutil y a veces indistinguible, como en la ambigua película de William Wyler La calumnia, de 1961, protagonizada por Audrey Hepburn y Shirley McLaine en dos espléndidas actuaciones que sin embargo no recibieron el Oscar) ha sido generalmente invisible, o ridiculizada. “Si hay algún privilegio del que hemos gozado y del cual los hombres no se han podido beneficiar, es la capacidad de volvernos invisibles”, afirma con sagacidad María Castrejón, en su reciente libro Que me estoy muriendo de agua (Guía de narrativa lésbica española reza el subtítulo; Ed. Egales, Madrid, 2008).

Montevideo. Año 1963. En el liceo mixto, una compañera de clase, Alina, de trece años, como yo, me confiesa que está locamente enamorada de otra alumna, una judía de brillante inteligencia y cabellos rojos, llamada Verónica, y me pregunta si yo sé qué clase de enfermedad es ésa, la de enamorarse de otra mujer. Yo también atravesaba una pasión semejante: me había enamorado sin saberlo de una alumna, un poco mayor que yo, que me trataba con admiración, cariño y una dulzura maternal.

Asustadas, Alina y yo consultamos varios libros de la biblioteca del liceo. No había nada semejante en ninguno de ellos. Ninguna historia de amores entre mujeres; ninguna referencia, ninguna alusión. Finalmente, Alina llegó a una conclusión: éramos las únicas dos personas afectadas por aquella rara enfermedad. “Somos monstruos”, me dijo, despavorida. Yo me lo tomé con más calma. Por más que me miraba al espejo, no encontraba nada monstruoso en mí; además, desde mis primeros recuerdos, de manera natural y espontánea siempre me había sentido estrechamente ligada a otras mujeres: a mi madre, a mis tías abuelas, a mis compañeras de colegio, a mis profesoras; quererlas, amarlas, ponerse celosa, sostener apasionantes conversaciones o poéticos paseos por el mar, contemplar con ellas los atardeceres o contar las estrellas, escuchar música o elaborar guiones de cine que nunca se filmarían me parecían actividades deliciosas… o adorables tormentos. Pocos días después, Alina me confió su revelación: la enfermedad que padecíamos se llamaba homosexualidad y sólo había un antecedente histórico: una poeta griega llamada Safo. “¿Safo y nosotras dos?”, le pregunté, angustiada. Mi informante afirmó que sí, que había muchos hombres que padecían el mismo mal, pero mujeres, ninguna. Ella estaba aterrorizada y me dijo que pensaba suicidarse. Yo, en cambio, me sentía mucho más rebelde. “Si hubo una antes –creo que le dije– entonces no es tan raro. Por lo menos somos tres”. Pero Alina había buscado en una enciclopedia y descubierto que Safo era poeta (yo también) y que se había suicidado… Le dije que lo de la poesía me interesaba mucho, y que el suicidio lo dejaba para más adelante, porque además, estaba convencida de haber enamorado a mi compañera de clase. Tal fue así que su madre, previsora, obligó a que nos cambiaran de aula, para estar separadas. Esto sí me causó una angustia invencible. Mientras Alina seguía investigando métodos incruentos para suicidarse, yo me desesperaba al no poder compartir las horas de clase con mi amada… e intentaba mil subterfugios para verla: la esperaba en la esquina del autobús, le enviaba poemas a través de alumnos de su clase a quienes les escribía, a cambio, la redacción…

Muchos años después, descubrí a Virginia Woolf. Alina también, pero con diferente resultado: después de muchos intentos de cambiar su orientación sexual espontánea, sin lograrlo, y de aceptar un matrimonio convencional, se suicidó. Está en el panteón de las mujeres incomprendidas, víctimas de la represión.

“‘A Cloe le gustaba Olivia…’ No os sobresaltéis. No os ruboricéis. Admitamos en la intimidad de nuestra propia sociedad que estas cosas ocurren a veces. A veces a las mujeres les gustan las mujeres.

‘A Cloe le gustaba Olivia’, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello. Era quizá la primera vez que en un libro a Cloe le gustaba Olivia.” (Una habitación propia, Virginia Woolf, 1929.)

La revolución más importante del siglo XX es que las mujeres toman la palabra (la oral y la escrita) para erigirse como sujetos y no sólo como objetos de deseo, y empiezan a dar testimonio de las relaciones entre ellas, no desde la tradición masculina (la lesbiana formaba parte desde siempre de las fantasías sexuales de los hombres generalmente como mujer perversa) sino desde la perspectiva de género femenina. En 1901, Liane Pougy escribe Idylle saphique, considerada la primera novela lesbiana firmada por una mujer. En cascada, van surgiendo otras mujeres, que escriben a veces bajo la falsa identidad de un marido (Colette) o asumiendo todos los riesgos, como Radclyffe Hall con El pozo de la soledad, obra prohibida por la censura.

Aun así, a pesar del auge que se produce a partir de los años setenta de la libertad sexual y amorosa, la invisibilidad de la amistad o del amor entre mujeres sigue siendo una constante, como parte de la invisibilidad de la mujer en general (exaltada como madre y vilipendiada como puta) pero también específicamente como sujeto de una sexualidad diferente.

En el Castro de San Francisco o en Chueca, en Madrid, pueden verse parejas de mujeres que se besan o se acarician por la calle, pero son espacios acotados, donde expresamente existe esa libertad.

Si una extraterrestre quisiera informarse adecuadamente acerca de la amistad y del amor entre mujeres dispondría hoy, sin embargo, de un material imprescindible: la serie norteamericana Lesbian Word. Después del éxito de series heterosexuales como Sexo en Nueva York, la ciudad de Los Ángeles se convirtió en el epicentro de una de las series más provocativas, modernas y estimulantes que se puedan disfrutar. Desde los primeros capítulos se advierte que se trata de algo diferente, con guiones mucho más elaborados (¡los personajes hablan!, ¡comunican sus emociones!, ¡las escenas de amor no son pornográficas ni tampoco light! Toda una revolución para el convencionalismo ramplón de la tele) y una temática completamente inédita: la vida y los vínculos de varias amigas, todas lesbianas, aunque no de manera exclusiva: a veces, antes o después de un gran amor lesbiano hay una relación heterosexual, pero es ocasional.

La serie, que ha tenido gran éxito de audiencia en Estados Unidos (la siguen con igual entusiasmo heteros y lesbianas), tiene unos guiones sobresalientes, donde la ironía, el humor, la inteligencia y la sexualidad se muestran desde el interior de la sensibilidad y el imaginario lesbiano. Compárese, por ejemplo, la duración de una escena erótica habitual de una serie hetero y la duración de una escena erótica lesbi, o la diferente expresión de la relación sexual (en un diálogo irónico de la serie, una de las chicas le dice a otra que está preocupada porque hacer el amor con su pareja femenina sólo le lleva tres horas). Resulta inolvidable la primera vez en que una envarada y elegante Cybill Shepherd, casada desde hace muchos años, rectora de una prestigiosa universidad, tiene el primer orgasmo de su vida con Alice, una joven lesbiana del grupo. Nuestra extraterrestre aprendería a diferenciar para siempre, a través de los capítulos de Lesbian Word, entre amistad de mujeres y amor de mujeres. La diferencia está, por supuesto, en la sexualidad. Las amigas son solidarias, comparten gustos, aficiones, son confidentes, se ayudan, se aconsejan y hasta discuten, pero no tienen relaciones eróticas o sexuales entre sí. Un abrazo amistoso y un abrazo erótico son cosas muy diferentes, y uno no lleva a otro. En cambio, cuando una lesbiana se enamora, no entabla amistad con el objeto de su amor: el objetivo es el amor sexual. En la serie hay algunos estereotipos, como la lesbiana joven y ligona que es alérgica al compromiso, pero en todos los casos, los personajes crecen, cambian, son complejos psicológicamente, y sus sentimientos, diversos. No hay “una identidad lesbiana”; es múltiple, diferente, variable, como lo afirman numerosas autoras que han investigado el tema. La escritora Monique Wittig escribió que las mujeres en Occidente, aunque “extraordinariamente visibles como seres sexuales” permanecen totalmente invisibles como seres sociales. En todo caso, lo único que puede decirse acerca de la identidad lesbiana es que quien la detenta se declara como lesbiana; cualquier otra definición o descripción sería relativa o excluyente; la conducta lesbiana puede ser exclusiva o no, y quien la practica puede ser feminista o no serlo; sólo las necesidades de la lucha por los derechos políticos y sociales de las lesbianas animó la construcción de una identidad lesbiana de rasgos específicos. “Algunas lesbianas han sido ‘siempre’ lesbianas. Otras, como yo, han ‘devenido’ lesbianas. Tanto construcción sociocultural como efecto de las primeras experiencias de la infancia, la identidad sexual no es ni innata ni simplemente adquirida, sino dinámicamente reestructurada por formas de fantasías privadas y públicas, conscientes e inconscientes y son históricamente específicas”, escribió Teresa de Lauretis, una de las especialistas en “el amor que no se atrevió a decir su nombre”.

El cine ha reconocido muy tardíamente las relaciones entre mujeres (hay pocas directoras y pocas guionistas: las mujeres en el cine han sido fundamentalmente guapas) y envueltas en una especie de nebulosa ambivalente que se parece a la ignorancia y al temor. En La calumnia, de William Wyler (1969), la relación y la convivencia entre las dos protagonistas tienen todos los componentes del amor: la solidaridad, el afecto, la ternura, la comprensión, las afinidades de gusto y la compañía. La decisión de casarse de una de ellas (Audrey Hepburn, en el mejor papel de su vida) desencadena la angustia y los celos de Shirley McLaine, que finalmente reconoce haber estado siempre enamorada de su amiga; pero la acusación de lesbianismo que hace una alumna resentida constituye la calumnia y el escándalo del título. Shirley McLaine se suicida, ahorcándose (suicidio poco femenino) cómo no, le tocaba, luego de haber reconocido su amor por su amiga, y la siempre impoluta y asexuada Audrey Hepburn (¿de quién pudo ser alguna vez símbolo erótico?) se redime a través del matrimonio. Es una gran película sobre los prejuicios, incluidos los de William Wyler. Más audaz había sido en 1933 Robert Mamoulian con La reina Cristina de Suecia y el famoso beso que le da Greta Garbo a su doncella, tímida alusión al lesbianismo de la reina.

En Thelma y Louise (1991), una película de carretera fuera de lo común, la escapada en un viejo auto de dos mujeres con serios conflictos con sus parejas masculinas establece una complicidad femenina donde los roles están bien definidos: Susan Sarandon es la activa, diligente, emprendedora, y Geena Davis es la bella atolondrada capaz de sucumbir ante un jovencito mentiroso (Brad Pitt, en uno de sus primeros papeles). En esta película hay un hombre bueno y comprensivo; sorprendentemente, es el jefe de la policía que tiene que atraparlas, pero en el fondo, desea verlas libres: Harvey Keitel. Sin embargo este policía poco verosímil parece responder a una concesión que hizo el director, Ridley Scott, asustado por el feminismo del guión. No todos los hombres son estúpidos, violentos y machistas, hay uno que las comprende, hasta cierto punto, es el sobreentendido. El éxito de la película y el disgusto de los críticos cinematográficos varones la convirtieron en un emblema feminista para el gran público. La película ha perdido fuerza con el paso de los años (o quizás ha sido vista demasiadas veces), pero su final, completamente ambiguo (ambas eligen la muerte a bordo del viejo coche antes que volver a sus estereotipados papeles de mujeres maltratadas y sin libertad), parece insinuar que la relación que se forjó entre ellas es indisoluble: el dúo amor-muerte del romanticismo.

Hay pocos libros, pocas películas, pocas series sobre las relaciones de amor o de amistad entre mujeres, pero me gustaría destacar una pequeña producción cinematográfica que me conmovió: Mujer contra mujer, dirigida por Ellen DeGeneres en el año 2000. Cuenta tres historias lesbianas diferentes, pero la primera, protagonizada por una sensible y contenida Vanessa Redgrave es un homenaje tierno, doloroso y dramático a las muchas parejas de mujeres que compartieron toda la vida en una unión entrañable, secreta, que no osó decir su nombre. Muerta una de ellas de forma inesperada, la sobrevive Vanessa Redgrave, que debe soportar el asalto a sus recuerdos, a sus pertenencias y a su amor por parte de un sobrino lejano y su desaprensiva esposa, dispuesta a despojarla de todo lo que tenían en común… salvo el amor, que ella conserva en su corazón. Historia acerca de la soledad, del aislamiento, de la desaprobación social de los amores no convencionales y del encarnizamiento de los bien pensantes, de la dificultad para comprender a los demás.

A menudo pienso en Alina y en otras que se suicidaron, o fueron internadas en clínicas psiquiátricas, o bebieron demasiado, o fueron desterradas por sus familias y tengo ganas de decirles que ahora ya no se trata sólo de Safo o de Virginia Woolf. Hay más bibliografía. Podrían bailar en una discoteca de Chueca, o besarse en una plaza; en algunos países, como en España, hasta se pueden casar y tener hijos.

A la extraterrestre la dejo contemplando embelesada alguno de los capítulos de Lesbian Word. Está fascinada.

Las relaciones entre mujeres, si bien escasas en su visibilidad social, han sido en cambio frecuentemente maltratadas por la pornografía masculina. Es otra variante de la mujer objeto: son dos las mujeres objeto, y el hombre se excita viéndolas acariciarse o masturbarse, en el bien entendido que luego las poseerá a ambas, para mantener el orden falocrático vigente. (Hasta mujeres de cierta cultura y formación, pero imbuidas de la sexualidad falocéntrica suelen preguntarse, asombradas, cómo harán el amor dos mujeres, si falta aquello precisamente que es el símbolo de la heterosexualidad: el pene.) Algunos directores de cine no pornográfico que han intentado aproximarse al amor entre mujeres han demostrado aturdimiento o nula imaginación. El último ejemplo es Woody Allen en la desabrida Vicky Cristina Barcelona. Con prisa por seguir siendo considerado como un cineasta moderno, decidió incluir una escena de amor entre dos mujeres: la actriz Penélope Cruz y Scarlett Johansson; en sus apuntes de filmación, el director cuenta que ambas actrices le pidieron instrucciones para filmarla, pero que él se desentendió, diciendo que no sabía cómo eran las relaciones entre mujeres. Parece que ellas dos tampoco. La escena resulta falsa, floja y poco convincente. Posiblemente Woody Allen es de aquellos hombres que creen que las relaciones entre mujeres son completamente “light” (utilizo la palabra que se emplea para designarlas en EE UU), como los yogures y la mantequilla. Habría que recomendarles ver algunos capítulos de Lesbian Word, dice mi extraterrestre.

Cristina Peri Rossi
(Montevideo, Uruguay, 1941) ha sido profesora de Literatura, traductora y periodista. Está considerada como una de las escritoras más importantes de habla castellana, traducida a más de quince lenguas. Su obra abarca todos los géneros: poesía, relato, novela, ensayo, artículos. En 1972 tuvo que exiliarse por razones políticas y desde 1974 tiene nacionalidad española. Su libro Play Station obtuvo en 2008 el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009

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