Amistad: fisonomías de una relación compleja

La paloma es cubana

Carátula de disco de ‘La paloma’ © Cortesía de Marebuchverlag, HamburgorLa canción sentimental global. Ninguna melodía ha sido tan cantada en todo el mundo como “La paloma”. Pero, ¿por qué?









Estar en Hamburgo, en la Hans-Albers-Platz, deja a Sigrid Faltin casi sin habla. “Esto significa para mí más de lo que pensaba”, dice la delgada mujer con el corte de pelo a lo chico. Y añade: “Como si hubiera llegado finalmente a mi meta”. A un pasado que se convirtió en su futuro.

Hamburgo, St. Pauli: ningún lugar está tan unido a La paloma como éste. Y entonces suena realmente la canción delante de una taberna del “barrio rojo”. “La paloma ohé”, tararea un vagabundo que ha escuchado la historias de Sigrid Faltin sobre la más marinera de las canciones, “alguna vez tendremos que partir”.

Nuestro Freddy, dice el hombre, alegre aún por la cerveza; después continúa ordenando su colección de postales con motivos manidos de Hamburgo y piensa probablemente en Freddy Quinn, el intérprete más popular de la canción en Alemania.

Sigrid Faltin deja oír un hondo suspiro de alegría, alivio y orgullo.
Ha viajado varios años de su vida siguiendo a la blanca paloma por tres continentes, ha investigado su expansión, ha indagado sus raíces, ha penetrado en su alma y buscado a sus intérpretes. Aquí, en Hamburgo, el canto del sensible vagabundo confirma tres de sus tesis: la vieja melodía sigue literalmente en boca de todos media eternidad después de haber sido compuesta. La “protosonata del pop”, como la bautizó el diario die tageszeitung. Con toda razón: La paloma es conocida mundialmente, goza de aprecio en culturas diferentes y ha sido interpretada miles de veces.

La habanera con aire de tango escrita por un trotamundos vasco es, según los casos, canción de amor o de protesta, éxito de ventas, himno nacional, marcha fúnebre o saludo nupcial, canción marinera con coros, música de película o canción de cuna. En casi todas las lenguas La paloma tiene algún significado, pero en todas partes transmite esa mezcla conmovedora de nostalgia, afán de libertad y añoranza de mundos lejanos que la hace inmortal. Desde hace ciento cincuenta años, según la leyenda.

La cineasta Sigrid Faltin tuvo que buscar mucho tiempo hasta dar con un musicólogo que le supiera decir cuándo se compuso la canción. En Cuba encontró a Helio Orovio, que le contó que La paloma es del año 1858, aproximadamente al menos. “La compuso Sebastián de Iradier entre 1850 y 1860”, aclara el musicólogo Orovio con gesto serio de investigador en el documental de Faltin La paloma – La canción. Nostalgia. Universal. Y de este modo, el film y el libro correspondiente de Faltin se han convertido así sin más en ediciones de aniversario. Ciento cincuenta años son más que probables, dice Faltin.

Helio Orovio confiere también una nacionalidad a la canción. “La paloma es cubana”, afirma. Esto seguramente es lo más lógico, aunque en la investigación y en el documental reine la discrepancia. Al fin y al cabo, como pasa a menudo, todo lo que alcanza rango mundial despierta codicias regionales. “No conozco la historia de vuestra canción”, afirma tranquilamente en el film Makame Faki, músico popular de Tanzania con el pelo ya cano, “pero cuando yo nací, hacía tiempo que estaba aquí”. Lo único probado es que el compositor, Sebastián de Iradier, que en una vieja grabación aparece sólo como “Maestro Yradier”, viajó por todo el mundo partiendo de España y estaba en Cuba cuando compuso la canción.

Cincuenta años más tarde los catálogos de las editoriales de música recogen algo más de 2.000 versiones en todo el mundo. Sobre cuántas hay ahora sólo se pueden hacer vagas conjeturas. El disc jockey muniqués Kalle Laar calcula que entre tanto hay sin duda muchas más interpretaciones. La canción pasa por ser la más interpretada del mundo, y en 2003 fue elegida “canción del siglo” por los telespectadores alemanes. Una composición de todos y para todos.

El disc jockey muniqués ha recopilado alrededor de ciento cincuenta versiones de la canción para la Editorial Trikont en los últimos años. Otros dos CD han aparecido para el aniversario. En su colección se encuentran bandas de rock, grupos de tambores metálicos, sopranos femeninas y organilleros, y también Laurel Aitken, fundador de la música ska jamaicana, los coros de pescadores tan populares en Alemania, el cantante belga Helmut Lotti o el cómico Karl Dall.

Cuando Kalle Laar pone alguna de las interpretaciones, puede ocurrir que el viento de la pradera sople suave en la habitación, de la mano de los Harmonica Playboys, o que se desate la tormenta, por obra de los punks de The Pesticles. En otras versiones –por ejemplo en la de Liselotte Malkowsky– reconocemos el sonido de los mil violines de las películas antiguas, y Bill Ramsey interpreta éxitos de la revista cinematográfica. Klaus Wunderlich incorpora el sonido del antiguo sintetizador Moog, y The Humpbacks, absurdos cantos de ballena. El conjunto de instrumentos de viento de la Eisenbahnermusik Wiener Neustadt la interpreta con trombones y trompetas, y una artista desconocida la toca con el arpa. Aquí, en Alemania, se dio a conocer en la estela del romanticismo de la marina imperial, se hizo famosa con Hans Albers gracias a la película de Helmut Käutner Große Freiheit Nr. 7 (Gran Libertad N.° 7), y Freddy Quinn la puso de moda, acompañado la mayoría de las veces por un acordeón. Quinn, el pseudomarinero del Tirol, acercó primero La paloma a la gente y después la sacrificó al comercio. La cantaba permanentemente, daba igual en qué programa de televisión, daba igual si la ocasión era apropiada o no. Imperdonable: hace cinco años Freddy Quinn intentó establecer un récord con un coro de 88.600 cantantes en el puerto de Hamburgo. ¡Blanco!, canción hundida.

Esto fue el punto más bajo, se lamenta Sigrid Faltin, “como la salchicha a la parrilla más grande de Núremberg”. Pues La paloma es más que folclore. Con la canción se desea suerte para el regreso a casa a los invitados a una boda en Zanzíbar y se da el pésame en Rumanía a los que están de luto. Fue en tiempos pasados el himno de México y aún resuena hoy en las fanfarrias de la oposición. Enseña humildad a los hawaianos, amor patrio a los españoles y el uso de instrumentos antiguos a los chinos. La cantó Elvis con camisa hawaiana, y Curd Jürgens, que no sabía cantar. Por su parte, Mireille Mathieu alcanzó con ella el número uno de la lista de éxitos alemana.

Y cuando la leyenda del jazz berlinesa Coco Schumann cuenta en el documental que tenía que interpretar La paloma delante de las cámaras de gas en Birkenau por orden de las SS y que, a pesar de ello, todavía hoy la toca y la toca y la toca, somos ciertamente un poco más conscientes del aura de la canción de Iradier, de su elocuencia, de su carisma.

Todo esto quería respirar Sigrid Faltin en St. Pauli, pero justamente en la Hans-Albers-Platz todo esto es ya solamente parte de un decorado. En La Paloma, que el pintor Jörg Immendorf abrió hace muchos años como auténtico tugurio del barrio, apenas se deja ver un solo visitante autóctono entre tanto turista. El barrio del puerto ha perdido su espíritu. Y lo que le ha ocurrido a él lo ha sufrido asimismo La paloma. “Quisiera arrancar a La paloma de las garras del sentimentalismo”, dice Sigrid Faltin desafiante. El documental, el libro, los discos: un comienzo, en todo caso.


Intérpretes:

Artie Shaw
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Ernesto Lecuona
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La Joya de Guatemala
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Libertad Lamarque
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Tony Asterita
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Jan Freitag
(1970, Hamburgo). Tras finalizar sus estudios (Ciencias Políticas, Derecho y Orientalismo) en Kiel, Dublín y Hamburgo, trabajó para el periódico Ostsee-Zeitung de Rostock y, desde 2002, colabora como autor autónomo con diversos diarios y magacines. Vive en Hamburgo.

Artículo publicado en el Frankfurter Rundschau, el 2 de julio de 2008, www.fr-online.de

Traducción: Luis Muñiz
Copyright: Frankfurter Rundschau

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