El arte de la Independencia... y algunas reflexiones sobre lo heroico

Be Berlin be Berghain

Sven Marquardt, guarda de seguridad del club Berghain y fotógrafo, 2007, Foto: Andreas Labes “Te voy a decir un lugar muy cool que todavía no conoces”. Impresiones de un dramaturgo y director artístico de teatro sobre el “mejor club del mundo”.

Oí hablar por primera vez de Berghain hace dos años y por entonces todavía era una especie de local por descubrir, al menos para los que no pertenecen a la generación que sale de clubs. Mi hija, que se encuentra en esa edad, me había insistido varias veces: “Vosotros los del teatro siempre queréis ser muy cool. Tú siempre estás buscando sitios nuevos. Te voy a decir un lugar muy cool que todavía no conoces”. Al poco tiempo descubrí que mi hija debería haber hablado de un sitio que en realidad era muy “hot”.

Entretanto todo ha cambiado mucho y ese lugar poco conocido ha pasado a ser (por votación internacional) el “mejor club del mundo”. Todos han oído hablar de él, pero ¿quién ha estado dentro de verdad alguna vez? Berghain aparece con frecuencia donde pocas veces se nombra a un club de tecno: en artículos publicados en la sección cultural de los periódicos; últimamente de una manera algo penetrante ya que es el escenario de la trama de la novela Axolotl Roadkill, si bien su autora, Helene Hegemann, de 17 años de edad, con toda seguridad no habría podido entrar allí a menudo. En medio de todo este revuelo una cosa está clara: los dueños evitan toda notoriedad, no hay nada que más odien que la publicidad especulativa y ni siquiera cuelgan el programa en otro sitio que no sea en el mismo club. De modo que si por ellos fuera, eludirían toda esa popularidad.

48 horas, 4 de la mañana

Según mi experiencia, al filosofar o conjeturar sobre Berghain se suelen nombrar las cosas menos relevantes. El núcleo del club no lo constituyen las drogas y el sexo, sino la música y el espacio, o mejor: la comunicación y el estilo.

Muchos de los rumores son ciertos: sí, por las noches hay una cola en la que esperan cientos de personas y muchas de ellas apenas consiguen llegar hasta la puerta. Sí, antes de las 4 de la madrugada no hay mucho ambiente y las fiestas duran con frecuencia 48 horas. Sí, hay tres ambientes, de los cuales sólo el más pequeño, íntimo y desconocido está dedicado al sexo gay explícito.

La primera impresión corta el aliento, estremece, es incomparable. Uno tiene la sensación de estar en el Bronx más que en la capital alemana: como si fuera el castillo de Barba Azul iluminado por David Lynch, la antigua central térmica se levanta sobre un descampado en tierra de nadie, detrás de la Estación del Este. Una vez dentro, comienza la segunda fase de sobrecogimiento. Ese local gigantesco e irrepetible cuida hasta el último detalle. Ninguna luz es casual, todos los sofás de cemento están diseñados con mucho esmero imitando muebles antiguos. Las paredes de las diferentes épocas históricas del edifico están restauradas con dedicación e incluso el apoyapiés de la barra está montado con antiguos engarces de porcelana. Los beats retumban en varios pisos, mientras una escalera en bruto nos va acercando al Santo Grial de la música tecno: la pista de baile de la sala principal, que evoca un espacio sagrado.

Perdón por deshacerme en elogios. Los altavoces, de una altura superior a la de una persona, determinan el sonido y la potencia; los cuerpos robustos, tatuados y medio desnudos de un tipo concreto de comunidad gay dejan suficiente espacio libre y libertad de acción. Y efectivamente, por muy extraño que pueda sentirse uno allí, en otros clubs alemanes de menor relieve se echa de menos el estilo de una comunidad tan compenetrada.

Estilo, arte, arquitectura. Llegamos al Bar Panorama. Los famosos originales de Wolfgang Tillmans difícilmente podrían tener en lugar alguno un efecto más impresionante que allí. Un desnudo femenino, muy oportuno en el ambiente sexual un poco menos monocromo del pequeño bar, fue durante mucho tiempo la atracción de todas las miradas. Y, al igual que en Berghain, pinchan disyoqueis de renombre internacional, algunos de ellos de la propia discográfica del bar, que contribuyeron al éxito arrollador de la música de club por todo el mundo. Hay mucho ruido, poco espacio, un ambiente denso y corporal, pero se busca la comunicación, que tiene lugar a varios niveles. Y, uy, todo es bello, distinguido, estiloso. El éxtasis que se va apoderando sigiloso de los cuerpos danzantes se ve absorbido por la dureza cristalina de los beats.

Se diluye el paso del tiempo

Berghain no sólo es un lugar verdaderamente especial, sino que además tiene su propio cómputo temporal. Allí no hay horas del día, el transcurrir del tiempo unas veces se diluye, otras se dilata. No, no hay horarios, sólo la casi interminable noche. Sus colores alternan con la música. Se lucha contra el final de la noche, se celebra, aunque en sentido literal no haya nada que celebrar salvo la propia fiesta. “Berghain es un lugar en el que se aprende a encarar el propio deseo”, escribe Tobias Rapp en su libro sobre Berlín y la música tecno, publicado por la editorial Suhrkamp. Ya esa misma reputación transforma las horas y días pasados en el club como eternos errantes en una profecía que se cumple a sí misma. Querida comunidad de celebrantes, vuelvan entonces sobre sí mismos.

Berghain tiene una excelente puesta en escena, que comienza en la impresionante cola y encuentra su primer punto álgido en la cara tatuada del portero. Su rostro es el rostro del club, tras el que se pueden ocultar tranquilos los organizadores. De esta manera evitan al público, no hay fotos del club y no conceden entrevistas. La dramaturgia de la noche, la alternancia entre lo diabólico, el sexo (¿eros?) y el calor (por ejemplo en la tranquila cervecería en la que la multitud sale a respirar) parece ser siempre espontánea y, al mismo tiempo, da la impresión de que alguien, con una gran intuición para el momento adecuado y a la vez un gran sentido de la anarquía, estuviera dirigiéndolo todo.

Por eso me quedé verdaderamente sorprendido cuando, ante mi intento –como director artístico del Deutsches Theater (Teatro Alemán)– de representar una obra de teatro en Berghain, no di con camarillas cerradas, sino con una gran apertura acompañada de un conocimiento minucioso del mundo del teatro berlinés. Que precisamente el Deutsches Theater, que tiene fama de burgués, se introdujera en el mundo de los clubs (y durante la producción de la obra transformara noche por noche los desacreditados cuartos oscuros en guardarropías para los actores) no fue un despiste, sino el resultado de unas ganas especiales de fricción por ambas partes. Sí, el teatro que tan asociado estuvo al nombre de Jürgen Gosch, el teatro de los medios más sosegados y más sencillos podía actuar nada más y nada menos que en el club más duro de todos. Únicamente dejábamos de ensayar los lunes, ya que la limpieza de las salas después de la fiesta bien llevaba tres cuartas partes del día. Tal vez la suciedad también forme parte de ese todo.

Que el legendario y lúgubre Berghain se encuentre actualmente en el candelero del estruendoso debate público es, de alguna manera, muy poco apropiado. Pero ¿de quién podría esperarse que vuelvan a reinventarse si no de los dueños de este club? Y, efectivamente, la nueva gran sala, que tras su costosa reforma ofrecerá posibilidades novedosas y variadas, es el próximo desa­fío al que quieren enfrentarse los inquietos propietarios.

Nosotros volveremos a estar allí.


Artículo publicado en el Frankfurter Rundschau del 24 de febrero de 2010
Oliver Reese
(1964, Paderborn)
es director artístico y escénico del teatro Schauspiel Frankfurt, con una larga carrera previa como dramaturgo jefe, autor y director escénico en el Maxim Gorki Theater y el Deutsches Theater de Berlín; en este último fue director escénico la temporada 2008/2009.

Traducción del alemán: Carmen García del Carrizo
Copyright: Frankfurter Rundschau, www.fr-online.de/
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