Mediación artística

Sobre Humboldt

Humboldt promueve y ayuda a forjar el intercambio cultural entre Alemania y Latinoamérica, así como España y Portugal. En ella hacen uso de la palabra autores de las lenguas española, portuguesa y alemana, junto a otras voces del ámbito internacional. Humboldt aborda debates actuales sobre temas muy diversos de la vida cultural e intelectual a ambos lados del Atlántico.

El artista, el científico y el mago

Tanto una declaración del tipo “la obra habla por sí misma” como el error de pensar que basta con una descripción literal y banal de una obra artística dan prueba de un malentendido acerca de lo que significa “explicar” el arte.

Una esquematización favorable al mercado

Cuando discutimos problemas artísticos, las palabras arte, comunicación y público son muy cómodas porque abarcan muchos conceptos y situaciones dentro de simples palabras mínimas. Estamos tan acostumbrados a estas palabras que no percibimos todas las cosas que esa comodidad nos oculta.

El concepto “arte” tiende a estar confinado en los “objetos de arte”, aquellos productos que quedan como resultado y huella de largos procesos de investigación.

El concepto “comunicación” se limita a la aceptación de la obra de arte. El objeto “es”, y entonces el artista retira su responsabilidad de comunicador y el receptor está allí para apreciar la obra y allí termina el asunto. De ahí la proliferación de cursos de historia del arte y de apreciación de arte.

El concepto “público” presume la existencia de una masa homogénea de apreciadores del arte, todos los cuales tienen acceso a las obras que se les presenta y el deber de apreciarlas. No hay diferenciación de clase, de educación o de intereses.

Simplificando exageradamente las cosas, diría que esta esquematización es muy buena para el comercio del arte pero para nada más. Reducir al arte a una mera serie de objetos crea la mercancía. La formación de apreciadores del arte genera compradores. La homogenización del público permite el control del mercado por medio de la creación de modas y necesidades artificiales.

En la realidad olvidada, el campo del arte no está para producir objetos. El arte es un campo del conocimiento en donde se plantean y resuelven problemas, es el lugar en donde se puede especular sobre temas y relaciones que no son posibles en otras áreas del conocimiento. La comunicación es un acto responsable en el cual el comunicador comparte estos temas con otra gente. Y el público no es uno sólo, sino que hay una multiplicidad de públicos. Por lo tanto, el artista tiene que ser consciente de cuál es el público al que se dirige para así poder calibrar correctamente su comunicación.

La diferencia entre arte y ciencia

Generalmente hablamos de la actividad artística como si fuera algo totalmente distinto de la actividad científica. Del científico exigimos que sea responsable y que sirva al bien común, que sea riguroso en sus procesos de especulación, investigación y experimentación, y que sea capaz de rendir cuentas sobre lo que hace si así se le pide.

Al artista, por su parte, se le tolera la omnipotencia. Una vez declarada arte, la obra se hace prácticamente indestructible. El bien común no es un factor importante, no importa si la obra es un síntoma de egomanía, de sociopatía o de ayuda al prójimo. Y el concepto de rendición de cuentas aquí no existe, o cuando existe se enturbia con los temas de censura y libertad de expresión individual.

Pero dejando a un lado las deformaciones culturales, y si nos referimos a conceptos cognitivos, la única diferencia entre arte y ciencia está en que en el arte podemos trabajar sin tener que utilizar como referencia a la lógica y podemos suspender la relación causa-efecto. Eso no significa que quitar esas dos condiciones nos exime de las exigencias propuestas al científico. El artista también tiene el deber de ser responsable, tiene que servir al bien común, ser riguroso, y ser capaz de rendir cuentas.

Para comprender mejor esta relación que existe entre el artista y el científico con respecto a la responsabilidad social, conviene introducir a un tercer personaje: el mago. Es el mago, no el artista, quien está en el extremo opuesto al científico. Esto es porque la esencia del acto mágico está en la habilidad de esconder el proceso y de mantenerlo secreto. Su relación con las tareas cognitivas no es la de expandir el conocimiento como lo hace el buen científico o el buen artista, sino la de desafiar lo conocido con el fin de crear un espectáculo. Su responsabilidad social es la de crear un buen espectáculo y asegurarse de que éste no haga daño. La mujer que presenta el mago solamente aparenta ser cortada en dos, pero no lo es realmente. El científico analiza qué pasaría si la mujer efectivamente fuera cortada en dos, un análisis que permite decidir que normalmente es mejor no cortarla. El artista utiliza la imagen de la mujer cortada en dos como una metáfora para generar evocaciones, por lo cual su obra queda relativamente a salvo de un juicio ético.

Los tres personajes también se diferencian en su relación con la credulidad con la que operamos frente a la realidad circundante. El científico aquí trata de explicar lo increíble. El mago trata de simular lo increíble. El artista trata de presentar lo increíble para expandir el mundo de lo creíble. Es aquí donde entra la función de la explicación para cada uno de estos personajes.

El papel de la explicación

Para el científico, la explicación es su misión primaria. Quiere explicar lo que hasta entonces no fue explicado y confirmar que la explicación que encuentra es la correcta. Se puede decir que todo lo que hace el científico es una explicación, aun si no utiliza palabras.

Para el mago, la explicación es anatema. Toda explicación destruiría la ilusión que trata de crear y por lo tanto sabotearía su espectáculo. De ahí el juramento de la cofradía de magos de nunca revelar los trucos.

En términos de credulidad, el artista está en algún lugar entre el científico y el mago. En cierto modo, la obra de arte es un acto de magia explicado, o por lo menos explicado con cierta facilidad. Pero para el artista, el uso de la palabra explicación crea una situación algo más compleja porque en el arte la palabra explicación tiene más niveles que en los otros casos y hay que determinar en qué nivel se explica.

La explicación descriptiva

En primer lugar está la interpretación banal de la palabra, que aplicada al arte equivale a explicar un chiste. Este tipo de explicación arruina el chiste y pretende agotar a la obra. Es la interpretación que lleva a la conclusión de que si la obra es explicable no merece existir como obra de arte. Es cierto que la posibilidad de una explicación total en este nivel invalida a la obra de arte. Pero esto no es así por ser explicada, sino porque el agotamiento señala un uso equivocado del medio. Si la obra puede ser resuelta simplemente con palabras, y si luego en su medio original no queda un residuo inexplicable, hay algo que no está bien. Significa que la obra se podía haber realizado como una pieza literaria y que por lo tanto no hacía falta traducirla al lenguaje visual.

Pero hay otros dos niveles en los cuales se utiliza la palabra explicación. Uno es el de la problematización y el otro es el de la rendición de cuentas. Lo importante de estos dos niveles es que no son explicaciones meramente requeridas por el público. Son explicaciones que el artista necesita para sí mismo si es que quiere mantener un control de calidad y asegurarse de que su intención de comunicación tiene alguna posibilidad de realizarse.

La explicación contextual

De una u otra manera, un objeto artístico es una solución a un problema planteado por el artista. No importa si el problema fue formulado antes de hacer la obra o si fue atribuido luego de hecha. Importa que una vez identificados ambos se establece una relación indisoluble que le permite al artista decidir que la obra “está bien”, que merece sobrevivir. “Está bien” es muy distinto a “parece bien”. “Está bien” requiere una certidumbre que va más allá de una impresión. Una obra que “parece bien” puede limitarse a reflejar el gusto del artista. En cambio, una obra que “está bien” expresa su conexión correcta con el problema con el que estableció una relación simbiótica.

Mientras que “parece bien” es un juicio que puede darse el lujo de ser intuitivo, “está bien” necesita más fundamentación, necesita una explicación. Esa explicación contiene primariamente la formulación del problema (o los problemas) al que se aplica la obra. Puede contener también la importancia del problema, cómo el problema forma parte de una investigación más amplia, y cómo todo eso funciona dentro de una ideología que rige las motivaciones del artista.

Para el artista, esta explicación es fundamental. Permite asegurar el interés del problema, identificar la necesidad o no de más investigación (propia o con ayuda), decidir si la obra es una primera aproximación o la versión definitiva, verificar que la obra no constituye una contradicción con otras obras y que corresponde dentro del discurso que se propone. Es una explicación que no pretende ni puede agotar la obra porque en relación a la obra es una explicación contextual y no meramente descriptiva de un objeto.

La explicación de una obra entendida como corredor de información

Tenemos luego el tercer nivel de explicación, el requerido por la rendición de cuentas. Es este nivel el que, al mezclarse con el primer nivel de la explicación banal, crea tanta confusión y polémica. El que pide la explicación de la obra espera la explicación literaria y banal. Lo hace pensando que está pidiendo una rendición de cuentas. El que tiene que ofrecerla se niega a dar una explicación que considera irrelevante pero, también confundido, se niega a rendir cuentas. Esto genera declaraciones idiotas como “la obra habla por sí misma” o acusaciones elitistas y gratuitas sobre un presunto filisteísmo del público.

Tenemos en primer lugar que las obras no hablan por sí mismas, que solamente son un vehículo de comunicación entre el artista y el público. Funcionan como un corredor por el cual circula la información y la información se sostiene y amplifica con sobreentendidos compartidos por ambos, artista y público. No importa si el “corredor” es agradable o desagradable. Importa que sea el mejor corredor posible para que la información circule sin sufrir erosión. Si la comunicación no funciona bien, eso se debe a que el “corredor” está mal diseñado o mal hecho, o que está siendo recibido por un público que no entiende los sobreentendidos y que no es el destinatario. Falso destinatario y filisteo no son sinónimos. Por lo tanto, el artista tiene que reconsiderar la obra o reconsiderar el público.

Yo, por ejemplo, confieso que cuando leo la teoría de la relatividad no la entiendo. Puede muy bien ser porque soy un idiota. Pero es más probable que no la entienda porque no pertenezco al público para el cual Einstein estaba escribiendo. Por lo tanto, ni él puede acusarme de filisteo ni yo puedo hacer que me rinda cuentas o exigirle explicaciones. Pero si yo formara parte de su público destinatario, la cosa cambiaría. En el caso de Einstein, su Teoría es la explicación, son la misma cosa. El corredor es el libro en el que la Teoría está publicada. En el caso del arte, exceptuando las obras conceptualistas que trabajan con la tautología, la explicación no es parte integral de la obra. La obra posiblemente tiene claves y referencias a sobreentendidos que me permiten adjudicarle una explicación a través de la cual llego al problema planteado por el artista para luego decidir si me ofrece o no la mejor solución posible. Si las claves son claras, no necesito más explicaciones. Si no, que el artista me dé su formulación del problema que está resolviendo es algo muy útil. En realidad, todo lo que ayuda a una buena comunicación inteligente es útil. Los elitismos y los paternalismos son los que resultan inútiles.
Luis Camnitzer (1937, Lübeck, Alemania; creció en Uruguay)
estudió Arte y Arquitectura. Desde 1964 radica en los EE.UU., donde es profesor emérito de la State University of New York y asesor pedagógico de la Fundación Cisneros. Como artista, representó a Uruguay en la Bienal de Venecia (1988), exhibió en la Whitney Biennial 2000, en la Documenta 11 (2002) y en muestras alrededor del mundo, incluyendo la Tate Modern y el Centre Pompidou. En 2011 recibió el premio Frank Jewett Mather de la College Art Association, por sus escritos.

Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Diciembre 2011

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