La educación – entre el corazón y la razón

¿Cuánto saber necesitamos?

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Sobre el desmoronamiento de un ca-non cultural burgués: Un alegato a favor de una comunidad virtual culta.

Hace treinta años, en “Sobre la ignorancia”, un ensayo que conserva su actualidad, Hans Magnus Enzensberger escribió una sátira del mundo de la información moderno. Entonces (1982) Internet era –como dijo Bill Gates– todavía un “gigante dormido”, que no despertaría hasta los últimos años del siglo XX, y desde entonces crece, crece y no para de crecer…

Enzensberger escogió ejemplos tan extremos como el del joven teólogo ­Philipp Schwarzerd, que en el siglo XVI adoptó la forma griega de su apellido (Melanchthon), y el de una peluquera de nuestros días llamada Zizi. Ambos caminan por esa montaña de información a la que todos intentamos subir y cuya cima, cuanto más caminamos, más se aleja. Independientemente del valor que se le dé a la profesión de la peluquera y del erudito de la temprana Edad Moderna, para Enzensberger el amigo de Martín Lutero y la peluquera sin trabajo fijo (y sus amigos) encarnan los dos extremos en el uso del saber funcional, esto es, del saber necesario para la comunicación con los otros y para el ejercicio de la profesión. En el ensayo queda claro que el sabio reformador, “un espíritu amplio en un mundo objetivamente estrecho”, no tenía una capacidad de memoria mayor que la peluquera. El saber funcional de Melanchthon, mezcla de lecturas de la Biblia, del conocimiento de los filósofos antiguos y medievales, de los Padres de la Iglesia y de la literatura teológica especializada de la época, se puede comparar perfectamente con la capacidad de memoria de Zizi, incluso con la funcionalidad de las informaciones almacenadas en su memoria. Zizi es capaz de: “recordar miles y miles de marcas de artículos, y conoce incluso los distintos eslóganes publicitarios tan bien que, en la sala de cine, antes de que empiece la película y como si participara en un concurso, adivina los nombres de las marcas antes de que aparezcan en la pantalla. […] También está en condiciones de manejar conceptos complejos. No sabe lo que es la transubstanciación pero conoce perfectamente la no menos abstracta rúbrica reintegro del impuesto sobre el valor añadido. Solamente las revistas de cine y televisión que lee le proporcionan una información del orden de varios megabits, que ella memoriza minuciosamente –el volumen de lo almacenado es seguramente parecido al que requiere un conocimiento profundo de los Padres de la Iglesia–”.

Cuantitativamente, pues, las reservas de saber del conocido humanista y de la peluquera de nuestro tiempo son perfectamente comparables. El saber que respectivamente han acumulado les alcanza a ambos para el ejercicio de la profesión y el trato con los amigos, no importa si lo han extraído de la discusión contemporánea sobre la fe o de las revistas que Zizi lee en las pausas en el trabajo de la peluquería (y –hoy– de los mensajes de sus innumerables amigos en Facebook). Y sin embargo, piensa Enzensberger, hay diferencias de peso entre los dos saberes que él compara satíricamente: “Esto no tiene que ver con la extensión sino con la organización de sus conocimientos. Mientras que, para ampliar su saber, Melanchthon podía fiarse de un canon estable, mientras que él desde el primer momento tenía claro lo que  había que saber y lo que no, de tal manera que pudo llegar a obtener una visión del mundo estable y ordenada a lo largo de un proceso de aprendizaje de sesenta y tres años, Zizi [y sus amigos], Helga y Bruno sólo disponen de un abigarrado quodlibet, por no decir de un montón de basura, al que además se le añaden continuamente nuevas capas”.

Simultáneamente, aumenta el tempo con el que envejecen los conocimientos y las capacidades aprendidas. Helga, Zizi y Bruno saben “que su formación profesional puede quedar desfasada prácticamente de la noche a la mañana”. Así pues, lo que necesitan es su bien abastecida memoria a corto plazo, y por eso Zizi tiene “sólo una vaga idea del pasado”. Pero con ello no se responde a la pregunta de para qué le sirven a Zizi y Bruno, o, lo que es lo mismo, para qué nos sirven “a todos nosotros” nuestros “casi ilimitados conocimientos”. Enzensberger supone con razón que los conocimientos de Zizi “son absolutamente funcionales. […] No es su culpa si su interés se tiene que centrar más bien en los derechos del inquilino que en la total remisión de las penas temporales o eternas de los pecados, y que le resulte más familiar la comparación entre los consorcios Karstadt y ­Tengelmann que entre Goethe y Schiller”.

Saber orientativo y saber disponible 

Esta sátira de lectura amena hay que tomarla más enserio de lo que parece. Narra el fin de la era burguesa y al mismo tiempo hace patentes las pérdidas dentro del saber orientativo común (como lo ha denominado el filósofo ­Jürgen ­Mittelstraß para diferenciarlo del saber disponible). Es cierto que nunca antes se había impreso y leído tanto a nivel mundial como ahora, pero no está claro qué es lo que deberíamos tomar en cuenta de todo ello. Finalmente, la mera cantidad del saber no implica una capacidad de juicio crítica. Y sin embargo ella es lo único que importa, porque permite la selección dentro de la montaña de informaciones y, de la información ponderada y ordenada, es decir, del (verdadero) saber, extrae lo que llamamos cultura. Ahora bien, la cultura es siempre cultura personal, es el documento de identidad de una persona con capacidad de juicio, que encuentra caminos transitables a través de la selva de las montañas de datos y sabe que el olvido de los lastres inútiles de la información es el complemento necesario para una ampliación constante del saber. Sin embargo, el marco del saber dentro del cual muchos grupos y personas (socialmente determinantes) experimentaban la tranquilizadora certeza de compartir un saber, un “canon cultural”, ha sido destruido.

Canon cultural burgués 

Pero también el canon cultural de los siglos pasados, sobre todo del XIX y del XX, era una ficción, en el mejor de los casos un ideal. El intento llevado a cabo en Alemania hace pocos años de comprimirlo de nuevo entre tapas de libro y establecerlo como “canon” literario fracasó, al menos en lo que respecta a la joven generación de los “ciberciudadanos”. No obstante, las diferencias estructurales entre “entonces” y hoy no son tan grandes como parecen. En el siglo XIX, la burguesía estaba tan fascinada y al mismo tiempo tan atemorizada por el vapor y la máquina como nosotros hoy por la informatización del mundo. Al igual que ahora, lo que Reinhart ­Koselleck llama la aceleración del cambio de la experiencia vital transformó en ese siglo la vida cotidiana de la gente a una velocidad difícil de soportar. Los ciudadanos se volvieron móviles gracias a las postas, los ferrocarriles, las cómodas carreteras y la abolición de las fronteras aduaneras. Pero los mismos nombres que ponían a los nuevos medios de transporte son una prueba de lo torpemente que intentaban vincularlos al mundo conocido: “caballo de hierro”, llamaban a la locomotora a vapor, y empezaban a soñar con “barcos aéreos”. Para los nuevos medios de transporte no había modelos en la historia. De repente era posible alcanzar metas en la tierra que los caminantes de tiempos pasados sólo conocían por las sagas y los mitos, la electricidad iluminó la oscuridad y parecía proporcionar una energía inagotable, las familias trabajadoras fueron sustituidas por comunidades industriales.

Melancolía romántica 

Joseph von Eichendorff, en los años treinta del siglo XIX un eficiente funcionario del Ministerio de Cultura prusiano escrupuloso en su trabajo, escribía ocasionalmente en el reverso de los documentos oficiales los borradores de aquellos poemas que sirvieron de base a composiciones musicales mundialmente conocidas (de ­Felix ­Mendelssohn-Bartholdy, Robert ­Schumann, Johannes Brahms, Hugo Wolf, etcétera) y pusieron de manifiesto la escisión de aquel tiempo con imágenes que se graban en la memoria. Esos poemas cantan el “hermoso tiempo pasado”; la época preindustrial; la tranquilidad de los bosques, que las gigantescas deforestaciones exigidas por la industria, ávida de energía, habían destruido hacía tiempo; la comunidad de los caminantes, que los viajes en ferrocarril y el veloz cambio de los pasajeros que subían y bajaban había relegado a un rincón de la memoria; los castillos subastados tiempo atrás, y una comunidad de valores que había sufrido un cambio radical debido a la libertad de industria, las revoluciones y los movimientos de masas. Asediada por las nuevas clases, como el proletariado que empezaba a organizarse, por la industria y la técnica, por las inestables cotizaciones de las acciones de Bolsa, la burguesía europea se construyó en la literatura, el arte y el teatro una fortaleza apartada del mundo cotidiano donde retirarse, en la que podían preservarse los valores supuestamente invariables de un tiempo pasado “seguro” y familiar. Así surgió, a partir del último tercio del siglo XVIII, en un tiempo en el que, según Jürgen Habermas, la lectura privada meditativa se convirtió en la vía ideal para la individuación burguesa, un canon de textos literarios, de pinturas y composiciones famosas que tuvieron vigencia hasta bien entrado el siglo XX. Citas y locuciones tomadas de esas lecturas canónicas fueron adaptadas a un “dialecto culto” que ya no estaba trufado de locuciones anónimas sino de citas reconocibles. “Uno” conocía su proveniencia, podía volver a ellas y leerlas. Finalmente, desde 1864, fueron además recogidas periódicamente en el Zitatenschatz des Deutschen Volkes (tesoro de citas del pueblo alemán), es decir, en las Geflügelten Worten (palabras aladas) de Georg Büchmann. El canon, como también las citas tomadas de él, era variable y ampliable en los márgenes, pero estable en el centro: la Biblia, Shakespeare, Lessing, Schiller y Goethe formaban el núcleo duro.

Cada vez más lecturas para cada vez menos lectores 

El canon de la burguesía culta –por ejemplo un Schiller no censurado, cuyo Guillermo Tell se leía en los tiempos del poder nacionalsocialista como un drama que propugnaba la resistencia contra la tiranía; Goethe, del que los perseguidos pensaban que había partido con ellos al exilio; pero también las novelas de ­Thomas y Heinrich Mann, Robert Musil, Hermann Broch, los clásicos socialistas, etcétera– fue salvado por el exilio de lengua alemana durante los años del poder de Hitler en Europa. Por eso el canon burgués vivió un periodo de apogeo a partir de los años cincuenta del pasado siglo. La lectura de la novela de ­Thomas Mann La montaña mágica (1924) se convirtió entonces, incluso para la burguesía estadounidense, en piedra de toque de la lectura culta; muchos autores latinoamericanos (Borges, Cortázar, García Márquez, Neruda, Skármeta) fueron integrados en el canon, pero la cifra de los lectores para los que el viejo y simultáneamente nuevo canon tenía vigencia empezó a disminuir. Los pilares sobre los que actualmente descansa el comercio de libros –dicen– se vuelven sin cesar más altos, pero su base no se ensancha. Cada vez menos personas leen cada vez más.

El cambio de los medios determina el cambio social 

¿Cuál es pues el futuro del canon cultural, regresará algún día, cómo será, en el caso de que regrese? Quien, en vez de batallas y guerras o el destino de Estados y pueblos, tome el uso de los medios de comunicación como criterio para establecer periodos en la historia de los cambios civilizatorios se encontrará con que las grandes transformaciones del mundo siempre están asociadas a un cambio de los medios de comunicación. La invención de la escritura (y con ella la aparición de “literatura”) tuvo como consecuencia un cambio social trascendental. Que todavía ­Christa Wolf estableciera una relación entre el paso del matriarcado a una sociedad patriarcal y la aparición de la escritura es una prueba evidente de su trascendencia. Quién fue aquí la “gallina” y quién el “huevo” no es fácil de dilucidar, pero presumiblemente el cambio mediático determinó el cambio social y no a la inversa. La sustitución hace alrededor de quinientos años de la era de la trasmisión del saber escrito a mano por la imprenta tuvo enormes consecuencias sociales. La Reforma, por ejemplo, no es concebible sin la imprenta y el libro. Entonces nació una nueva ciencia que puso la duda en el lugar de las autoridades bíblicas o antiguas y descubrió las lenguas populares como lenguas de la religiosidad. Cuando el formato de los libros se hizo más pequeño, cuando se inventó el texto continuo y se abarató la fabricación de papel, se pasó de la lectura pública en voz alta a la lectura privada y meditativa. Se creó esa cultura lectora burguesa que, junto con los mundos literarios, hizo posible que surgiera un refugio para la “felicidad privada”, en el que el “sujeto autónomo”, según la definición de Kant, podía encontrarse a sí mismo.

El futuro del canon cultural en la época digital 

Por el contario, lo que está surgiendo técnica y socialmente hoy, en la era de la digitalización, como consecuencia de una tecnología de la información que se desarrolla vertiginosamente, es algo totalmente nuevo. El “gigante dormido” ha despertado. Aún estamos tan ocupados con los nuevos aparatos y sus funciones que no nos podemos ocupar de los contenidos de los universos de información, aún tiene prioridad el dominio de las técnicas digitales, pero ya se empiezan a entrever las consecuencias sociales. Y son de gran trascendencia. La revolución de la información, a la que se han sometido los mercados financieros, la producción industrial, toda la vida económica, ha traído también la desaparición de lo privado, que está perdiendo consideración y respeto porque cada vez más jóvenes exponen en la Web 2.0 sus sentimientos, sus estados de ánimo y sus circunstancias vitales. Las normas de los derechos de autor, que pusieron fin a la fase anárquica de la era del libro y crearon el concepto de “propiedad intelectual”, son infringidas a diario y de forma tan extendida que se vuelven inefectivas y sirven de apoyo a una ideología que parece convertir todo en propiedad de todos. Se discute con vehemencia si la confianza debe ser remplazada por la transparencia; en el aluvión de las opiniones es imposible saber si, aparte de la opinión de muchos, puede haber otras autoridades, como por ejemplo la autoridad del argumento, de la duda fundada, el verdadero saber de los expertos. “Nunca antes”, escribe Jürgen Mittelstraß, fue tan imprescindible una cultura que vaya más allá de las necesidades diarias y del núcleo de la vida profesional como en una sociedad que no sólo se define como moderna sino también como acelerada y cuyo credo incluye la innovación permanente, la movilidad sin fronteras y la flexibilidad camaleónica. En esta situación, aparecen tímidamente en las escuelas, universidades, teatros, museos, etcétera reflexiones sobre un nuevo canon de la cultura, que en el futuro será también un canon de la formación de la personalidad. Tal canon contendrá elementos distintos de los del canon cultural burgués, quizá un saber fáctico más metódico que concreto. Abarcará sobre todo conocimientos básicos de las ciencias naturales y el dominio de técnicas culturales que sean empleadas por los nuevos medios. Exigirá una competencia lectora que vaya más allá de los textos impresos y abra las puertas a los mundos de imágenes que nos rodean. Exigirá ante todo el ejercicio de la capacidad de discernimiento, para que podamos aprender a distinguir lo valioso de lo inútil y seamos capaces de encontrar las piedras preciosas enterradas (supuestamente) en la basura de datos. Pues en el futuro se tratará –según la sentencia de Aby ­Warburg– de “reconquistar Atenas de Alejandría”. Esto significa: extraer de la gigantesca montaña de informaciones y datos saturada de opiniones un pequeño pero vital tesoro de sabiduría. O, dicho de otro modo: nuestro futuro como sociedad culta depende de si se consigue hacer de los “usuarios”, de los “ciberciudadanos”, lectores. Una comunidad virtual culta es una visión por la que merece la pena trabajar.
Wolfgang Frühwald
(1935), catedrático emérito de Historia de la Literatura Alemana Moderna y Contemporánea de la Universidad de Múnich. Fue presidente de la Comunidad Alemana de Investigación (DFG) en 1992-1997 y de la Fundación Alexander von Humboldt en 1999-2007; desde 2008, es presidente honorífico de la Fundación. Cuenta con numerosas publicaciones en sus campos de estudio: prosa religiosa medieval, literatura alemana de la época de Goethe, literatura alemana moderna, historia de la ciencia y organización de la investigación.

Traducción del alemán: Luis Muñiz
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Diciembre 2012
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