La otra lengua

Contador Borges

Wittgenstein: La lógica de la pasión

La literatura, y dentro de sus géneros el de la dramaturgia, consiste en un campo privilegiado de permutaciones de símbolos y valores de todos los tipos, mediante los cuales se comunican sus protagonistas, escritores, lectores y espectadores del mundo entero y de todas las épocas.

En esa medida, la experiencia entre lenguas y culturas diversas, algunas veces distantes, es siempre enriquecedora. La mirada cambia el foco, amplía y multiplica sus ángulos de visión, volviendo la inspección más aguda y abarcadora, cobrando sentidos nuevos que de un modo u otro siempre contribuyen a que cada cultura pueda, en última instancia, reflexionar sobre sí misma.

En la mejor de las hipótesis, se busca en el complejo tejido de las diferencias el elemento común que pueda traducir algo de esencial para nuestra razón y nuestra sensibilidad. El arte nos permite encontrar lo singular para volverlo un valor universal a ser amplificado por el instrumento de que disponemos o que escogemos, ya sea éste la literatura, el teatro o cualquier otra forma de arte. Al final, como aseguran algunas filosofías, lo que entendemos por “ser” es en el fondo siempre lo mismo, lo que varían son las formas de decirlo, las dobleces en las cuales se refugia, conforme a la célebre sentencia de Heráclito: «La Naturaleza ama esconderse». Provistos de este instrumento, el lenguaje, los hombres profundizan y perfeccionan el conocimiento de sí mismos.

Semejante empresa, como no podía dejar de serlo, se encuentra en la base de mi monólogo teatral Wittgenstein!, puesto en escena en la ciudad de São Paulo (en dos temporadas) y publicado como libro en 2007.

La aproximación a la filosofía, a la literatura y al arte alemanes y austríacos, se debe, por así decirlo, naturalmente, gracias a mi experiencia como poeta y estudioso de literatura y filosofía. El austríaco Wittgenstein, con seguridad uno de los mayores pensadores del siglo XX, se convirtió en esa pieza en que el personaje histórico, sus pasiones y sus recuerdos, divide el espacio con el filósofo y sus ideas, un buen pretexto para que las cuestiones concernientes al lenguaje y a la vida pudiesen ser articuladas en contrapunto a la lógica y al pensamiento racional.

Lo que piensa y dice un filósofo (y aquí también lo que no dice) concierne a todos los hombres.

Pero a final de cuentas ¿de qué trata este monólogo? Partiendo de algunas líneas maestras del pensamiento del filósofo austríaco, y remarcando algunos aspecto de su vida, la pieza se propone explorar las relaciones entre la lógica y lo que la trasciende, esto es, lo que para Wittgenstein pertenece a los campos de la ética, la mística y la estética.
La vida no se reduce a la lógica, ni siquiera el pensamiento vive exclusivamente de principios racionales. A todos los efectos, la vida excede al pensamiento y al lenguaje. Y es en base a ese conflicto que surge en escena el filósofo Wittgenstein como un personaje de sí mismo.

Durante una conferencia sobre lógica, en Cambridge, comienza a evocar sus recuerdos personales, entre fantasmas y demonios, dejando que la línea expositiva del discurso racional se contamine por el lenguaje explosivo de las pasiones. El personaje-filósofo, por así decirlo, se deja infiltrar por otras dimensiones del ser humano que es él, ganando cierta dignidad, un perfil más complejo y diversificado, justamente porque de este modo se va volviendo demasiado humano. En medio de las abstracciones lógicas van surgiendo ciertos pasajes de su vida, como la infancia en la aristocrática casa paterna rodeado de artistas, el suicidio de tres de sus hermanos, su experiencia en el frente de batalla de la Primera Guerra Mundial, su trabajo como técnico de laboratorio en un hospital londinense, su cabaña en Noruega, y así sucesivamente.

En la medida en que el monólogo se va desarrollando, el ritmo de las acciones se acelera, y el personaje gana en intensidad, sobre todo cuando evoca sus diálogos en el pasado con el también filósofo y mentor suyo Bertrand Russell. El personaje habla entonces “con furia”, sobre todo cuando el asunto es la lógica, como él dice, pues en esos momentos se encuentra “poseído por el lenguaje”.

¿Qué cosa puede ser aparentemente más paradójica que pensar en la lógica con pasión? Hay, por lo tanto, un furor vital que nos impulsa a la vida, atropellando a la razón, enfureciendo al idioma, pero que nos coloca directamente en el corazón de la existencia, delante de lo que nos resulta primordial para seguir viviendo. No todo puede ser dicho, dice Wittgenstein, mucho permanece en las zonas oscuras del pensamiento, en las entrelíneas del lenguaje, esto es, pertenece al reino innombrable del silencio.

Es un poco eso que nos enseña el célebre aforismo de Wittgenstein: “Lo que no se puede decir, se debe callar”.

La tensión creada por el pensamiento entre la lógica y la pasión (y en el límite: la locura), entre el lenguaje y el silencio, entre lo visible y lo invisible, es llevada a su extremo, creando todo un campo de fuerza para la acción dramática.

La literatura, y más específicamente el teatro, selecciona elementos de la realidad que se intensifican al materializarse en palabras y actos. En el espacio literario, cierta ficción se puede volver avasalladoramente “real”. Tan real que a buena cuenta se exime de sus posibilidades concretas, ya que muchas veces estas mismas se revelan peligrosas, nocivas y hasta insoportables. Por lo tanto, es necesario que la literatura y las artes nos continúen revelando el mundo llevado a las últimas consecuencias, ya que todo cambio, de preferencia a un mundo mejor, depende –por decir lo mínimo– del conocimiento de las posibilidades últimas del hombre integral.

«La lógica», dice el personaje, «es un proceso de purificación del lenguaje», esto es, una máquina higienizante de los excesos de sentido, de los arrobamientos de la existencia, esos conocidos y temerarios “desvíos de la pasión”, como diría Hume. De ahí la crítica de Wittgenstein a los filósofos del Círculo de Viena: no es posible racionalizar la vida, la ciencia no lo explica todo, ni la existencia humana se reduce meramente a las proposiciones de la lógica. Queda siempre algo en suspenso, inexpresable, un elemento desviante, irreductible, que se resiste a ser descifrado, que no puede ser capturado por el signo. Algo a lo que sólo responden la poesía y el silencio.

Cuando el actor brasileño Jairo Arco e Flexa me pidió que escribiera este monólogo basado en la vida y la obra de Wittgenstein, me entusiasmé con la posibilidad de discutir algunas de las cuestiones esbozadas más arriba. Me interesé por colocar sobre la escena, esto es, transformar en personaje a un filosófo, pero principalmente, transfigurar en arte algunos problemas del lenguaje, algunas paradojas que pueden encontrarse en las entrelíneas del pensamiento de Wittgenstein.

Al final, a pensar con el propio filósofo, ¿cuál es el mejor medio de intentar elucidar sus ideas si no es a través de su propio arte?¿Qué lenguaje sino el artístico podría atender mejor al clamor del propio filósofo cuando afirma que en su obra era más importante aquello que no dijo que aquello que de hecho dijo? Por eso el personaje concluye el monólogo con estas palabras: «Inventé una lógica para el mundo... creé tablas de verdad... juegos de lenguaje... pero yo sigo prefiriendo la poesía, lo inexplicable. ¡Quiero la fórmula de la ceguera!... El silencio... 'Lo que no se puede decir, se debe callar'».

Luiz Augusto Contador Borges (São Paulo, 1954),
es poeta, ensayista y traductor. Enseña Filosofía en la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Publicó los libros de poesía Angelolatria (1997), O Reino da Pele (2003) y A Morte dos Olhos (2007), así como las traducciones de Aurélia, de Nerval, O nu perdido e outros poemas, de René Char, y A Filosofia na Alcova, del Marqués de Sade, entre otras. Wittgenstein! es su primera pieza de teatro.
Editora Iluminuras: www.iluminuras.com.br

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