Marcelo RezendeArno Schmidt
¿Es posible explicar la génesis de un libro por medio de una pulsión, como resultado de una acción emocional, más que por algo debido a la razón, ordenado por ella? Mi primer contacto con Arno Schmidt no fue con su ficción, su tiempo o sus ideas, sino con su imagen: la foto de un joven sentado en un campo, en una postura tanto de arrogancia como de timidez, publicada en una revista francesa dedicada, sobre todo, a las tendencias de la música pop internacional. En un principio, ese instante confuso que es el comienzo de una relación, lo que más me había impresionado era su nombre: nostálgico, vigoroso, rodeado de “emanaciones” en torno a una lengua y una nación. Eso fue en São Paulo, en un período en el cual la ansiedad de la adolescencia se contenta más con el misterio que con cualquier descubrimiento real y efectivo. Después, un reencuentro una década más tarde, en París, durante un paseo dominical en un día de otoño. Una vez más una mediación: en el puesto de un vendedor de libros, en la pila de ejemplares leídos, usados y sucios, estaba expuesta la novela Leviathan. En la portada el mismo hombre, la misma pose, la misma mirada de la foto vista diez años antes.
El crítico francés Serge Daney decía que el pensamiento sobre el cine desprecia un componente esencial para el público de la segunda mitad del siglo XX: el hecho de que aquellos que aman el cine sean afectados por filmes que nunca vieron, por estar expuestos a la publicidad, a la crítica, a los actores, a los comentarios de las personas cercanas. Esa audiencia se aproxima, se relaciona con algo que nunca vió, y posiblemente jamás verá. Son como náufragos que se orientan por la idea de un isla, y no por su existencia real, física, palpable. Saber que ella existe es suficiente, no es necesario encontrarla. En la literatura, muchas veces la aproximación de un autor hace un camino semejante a ese, puede ser una experiencia como la descrita por Daney. Hay una imagen de Byron antes de sus poemas, como hay una idea sobre Kafka (y la maldita trampa creada por los datos biográficos) que sigue sus historias como una sombra. Se trata entonces, está claro, de representación, de imaginación, pero ante todo: se trata bastante de Alemania.
Al final de la década pasada Arno Schmidt comenzaba a ser intensamente traducido al francés gracias al primoroso trabajo de Claude Riehl. En mi “período parisino” de cinco años, había entre los franceses interés, curiosidad y sorpresa en torno a un autor de novelas extrañas, sin respeto por el “modo cómo se debe contar una historia”. En los enredos narrados por Arno existe un lado siempre trágico, pero también humor, una risotada constante. Y sobre todo hay un gran desafío impuesto a la crítica, incapaz de encasillarlo en una vanguardia histórica o bajo el rótulo de “experimental”, la herramienta generalmente usada para anular las cuestiones políticas de una obra, a fin de “purificarla” en nombre del formalismo y de la “poética” del autor. Tratábase de alguien inclasificable, ese Arno, y su postura ante la historia, la literatura, la violencia y la gracia, se ofrecía como un objeto grandioso, una pieza rara en el juego de la crisis de la novela para autores insatisfechos con el retorno al orden en el campo de la ficción, obligada a sobrevivir entre operaciones de puro mercadeo que exigen del autor que este agrade al lector, lo consuele o lo divierta, y poco más.
Con Arno Schmidt aparecía para mí una especie de licencia, mostrando ser lo novelesco más libre, intenso e imprevisible de lo que indicaban serlo la mayoría de las publicaciones dedicadas a la literatura, las librerías y hasta los libros. Pero (acaso el elemento más explosivo) con él se abría la posibilidad de una relación distinta con Alemania, su pasado y su lengua. Arno era una Alemania mirando con cinismo los clichés construidos para ella y por ella. Una Alemania –esta, claro, es la visión de un extranjero guiándose por la propia ignorancia delante de una cultura– extremadamente imprevisible.
A partir de Arno Schmidt surge Arno Schmidt, la novela. En ella, ¿es el escritor alemán un personaje? ¿Una obra hace referencia a la otra? ¿Es necesario haber leído a Arno Schmidt para poder comprender Arno Schmidt? Estas son algunas de las preguntas surgidas después de la publicación del libro en Brasil, en el 2005. La ficción, dividida en tres partes, muestra un grupo de personajes en una nación y en un tiempo histórico indefinidos, envuelto en cuestiones que incluyen la violencia y una subjetividad completamente fuera de juego en virtud de unas transformaciones de orden social y económico. Son fantasmas de un mundo en disolución, actores en una distopía.
Hay mucho de Arno Schmidt en Arno Schmidt. Pero ese “mucho” no está en la relación más evidente, tan evidente a los ojos (el nombre, como una marca), sino sobre todo en una atmósfera. En Arno Schmidt hay una presencia, una niebla en torno de los personajes y sus historias, ofreciendo posibilidades incontables para la novela, si ella estuviera dispuesta a correr el riesgo de su libertad. Arno Schmidt es negarse a seguir una orden. Muchas veces, eso es todo lo que necesita la literatura.
es autor de la novela Arno Schmidt (Planeta, 2005) y del ensayo Ciência do sonho – A imaginação sem fim do diretor Michel Gondry (Alameda, 2005). Co-curador de la exposición Comunismo da Forma (Galeria Vermelho, São Paulo, 2007) y de la muestra À la Chinoise (Microwave International New Media Arts Festival, Hong Kong, 2007).








