Taller El derecho a la diferencia

Una visita guiada al Sitio Museo de Memoria ESMA, ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio, genera varios interrogantes sobre el papel de la memoria entre los alumnos del Deutsche Schule de Moreno y el Cangallo Schule del barrio de Congreso.  

  • Visita 01 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 02 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 03 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 04 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 05 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 06 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 07 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 08 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 09 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 10 © Museo Sitio de Memoria ESMA
  • Visita 11 © Museo Sitio de Memoria ESMA
“Terror es no saber de dónde viene el miedo”. La frase de Rodolfo Walsh resuena en el cuerpo de los 160 alumnos del Deutsche Schule de Moreno –ubicado en el Conurbano bonaerense, a unos 42 kilómetros del centro de la ciudad– y el Cangallo Schule del barrio de Congreso, adolescentes de 14 y 15 años. La visita guiada al Sitio Museo de Memoria ESMA, ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio –en el marco del proyecto El futuro de la memoria, impulsado por el Goethe-Institut–, comienza con la proyección de un documental con datos “duros”: la dictadura cívico-militar, que empezó el 24 de marzo de 1976, permaneció durante 2818 días; la deuda externa se multiplicó por seis y se crearon 500 centros clandestinos de detención, donde se secuestró, torturó y desapareció a 30.000 personas.

Con los tres guías –Julián Policastro, Alejandra Ramírez y Florencia Vives– los estudiantes recorren el espacio, divididos en grupos. No es fácil transitar por el lugar. Lo que genera mucha impresión no tiene que ver con terror o el miedo en sí, sino con la sensación de que este centro clandestino no era excepcional: los campos de concentración fueron la norma para alcanzar el disciplinamiento social. Los chicos intuyen que el campo de concentración y la sociedad argentina están estrechamente unidos; mirar uno es mirar la otra. No se los puede disociar, no se puede esquivar ese espejo que refleja lo que fuimos y lo que somos.

Julián, el guía, cuenta la misma historia con la convicción de que no puede dar nada por sabido. Los detenidos-desaparecidos ingresaban a la ESMA por la playa de estacionamiento, con capuchas y grilletes en pies y manos. Inmediatamente los trasladaban al sótano, donde los torturaban para poder obtener más información y secuestrar a más personas. Subir al tercer piso es como ascender hacia el derrotero de la humanidad, el “pequeño Auschwitz” que se reproduce en el barrio de Núñez. En “Capucha”, ese altillo de techo a dos aguas, se depositaban a los secuestrados después de la tortura. “De-po-si-tar”, repito mentalmente, pero no sé si el guía utilizó esa palabra o es de mi repertorio íntimo. ¿Acaso no eran depositados, colocados, arrojados, como si fueran desechos humanos, la piel quemada por la tortura, el cuerpo desgarrado por el dolor? Allí permanecían, en un espacio exiguo separado por tabiques de madera, donde entraba apenas una colchoneta, con las capuchas puestas las veinticuatro horas del día y las manos atadas.

Los chicos caminan en silencio. Casi no hablan. Como si cualquier palabra que pudieran decir estuviera demás. Como si las palabras fueran hojas afiladas que lastiman. Que hacen más daño.

–¿Cómo estás? –le pregunta un adolescente a una joven. Ella está observando con los ojos como carbones encendidos la sala donde las secuestradas que estaban embarazadas dieron a luz a sus hijos, que después fueron apropiados por los militares. Más de 40 bebés nacieron en la ESMA. No contesta. No lo escuchó. O quizá sí. Pero sigue mirando como si buscara descifrar un enigma, tal vez la pregunta que como un cuchillo afilado corta el escaso aire que circula: “¿Cómo era posible que en este lugar nacieran chicos?”. Una chica vomitó. Un chico se desmayó. El día no ayuda: hace un poco de calor y está demasiado húmedo. ¿Por qué siempre falta el aire? ¿Por qué en “Capucha” cuesta respirar? ¿De dónde viene esa sensación de frío en el alma?

Ponerse en los zapatos de los desaparecidos

“Identidad no es una palabra que se resuelve con una muestra de sangre”, advierte el nieto restituido Guillermo Amarilla Molfino en la Casa por la Identidad de las Abuelas de Plaza de Mayo. “La identidad se construye con el tiempo, gracias al encuentro con la verdad –agrega el nieto recuperado número 98–. Hay un grupo de mujeres que nos están buscando hace cuarenta años. Hay hermanos y hermanas que están buscando a sus hermanos”. Los chicos aplauden; se recupera la vibración de la vida, una especie de alegría de cabotaje que continuará en los talleres coordinados por Violeta Rosemberg y Cecilia Flachsland, especializadas en Educación y Memoria. En una de las aulas y separados en grupos de seis o siete integrantes, Cecilia pide que reflexionen sobre el recorrida por la ESMA.

–Emily: Lo que más me impactó fue el sótano, yo sentía frío…
–Rocío: Ahí los torturaban.
–Avril: Siempre era de noche para ellos, si estaban encapuchados.
–Sol: Cada vez que los torturaban ponían la música más fuerte para que no se escucharan los gritos.

Agustina, Melanie y Rocío reconocen la conmoción que les causó la sala de partos. Agustina escribe el texto y lo lee en voz alta, lo comparte con el resto: “Es imposible ponerse en los zapatos de los desaparecidos. No podés imaginar el dolor y la soledad que pasaron esas personas”. Victoria, de otro de los grupos, también lee: “En el tercer piso, en Capucha, las personas secuestradas vivían en condiciones inhumanas. No los dejaban sentarse, los trataban como perros y no los dejaban sacarse las capuchas”.

Cecilia, la tallerista, recuerda el libro Poder y/o desaparición, de la politóloga argentina Pilar Calveiro, sobreviviente de la ESMA que se exilió en México, en donde plantea que “la dictadura funcionó como un secreto a voces: las personas sabían algo y no podían ponerle un nombre a lo que estaba pasando”. En ese libro Calveiro se pregunta si las personas sabían lo que pasaba en la ESMA.

–Agustina: Sabían, pero tenían miedo de hablar.

Un chico lee el texto que escribieron y subraya una cuestión sobre los detenidos-desaparecidos: “los torturaban por el simple hecho de pensar diferente”. La tallerista aprovecha para comentar que la mayor parte de los desaparecidos eran obreros y estudiantes. Que la mayoría tenía menos de 30 años. Que muchos militaban en sindicatos, partidos políticos y en organizaciones armadas que creían en la violencia.

La segunda actividad que propone es que escriban un manifiesto que responda a dos preguntas: ¿Por qué hay que recordar? ¿A qué le decimos “Nunca más”?

–Nunca más al silencio, a la mentira, al terror —enumera Agustina.
–Recordar es una forma de hacer justicia —continúa Agustina.
–Nunca más a las historias sin rostro —escribe Avril.
–El dolor puede pasar, pero la cicatriz queda —compara Melanie.

Los 160 alumnos se reúnen con el filósofo Darío Sztajnszrajber para compartir los manifiestos que escribieron. Tadeo usa el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito como vincha.

–Nunca más significa no olvidar.
–La memoria es nuestra mejor defensa.
–Hablemos, gritemos; callar la verdad es esconder los hechos.
–Si no recordamos, ¿a qué le decimos “Nunca más”? El conocimiento es poder y eso nos ayuda a mejorar como sociedad.
–Que el silencio no nos torture y la ignorancia no nos destruya.
 


Rascarse donde no pica

“Yo soy profesor de filosofía, me dedico a hacer filosofía, que es un ejercicio de cuestionamiento, de problematizar las cosas que a veces tenemos como muy seguras –cuenta Sztajnszrajber–. Un filósofo que me gusta mucho, Richard Rorty, dice que hacer filosofía es rascarse donde no pica, porque uno está acostumbrado a rascarse en el lugar donde se supone que tiene sentido rascarse; entonces cuando uno se rasca donde no pica parece que está haciendo algo sin sentido. Cuando leí esa frase, me pregunté: ¿qué quiso decir con rascarse donde no pica? ¿Qué sentido puede tener eso? Hasta que me di cuenta de que todo pica. Hoy ustedes vinieron acá y picó. Pica la vida, pica la existencia, ¿Cómo no va a picar esto, si nacemos para morir? ¿Cómo no va a picar esto, si la mitad del mundo se muere de hambre? ¿Cómo no va a picar esto, si vemos lo que sucedió acá? ¿Será que tenemos la mitad del cuerpo anestesiado y cuando nos rascamos donde no pica, cuando nos hacemos preguntas que parecerían no tener sentido, entonces ahí gritamos?”.

El filósofo –autor de ¿Para qué sirve la filosofía? Pequeño tratado sobre la demolición y conductor del programa televisivo Mentira la verdad– recuerda que cuando tenía la edad de los chicos que lo escuchan pasaba todos los días por la puerta del predio, camino a un club que estaba del otro lado de la avenida General Paz. “¿Cuántas veces pasé comiendo un helado por la puerta de la ESMA, donde adentro pasaban las cosas que pasaban y yo disfrutaba el helado? Trato de problematizar esta tensión”, reconoce Sztajnszrajber y va al grano de varios asuntos al sembrar un puñado de interrogantes.

“A mí nunca me quedó claro en qué se diferencian los buenos de los malos. Escuché todos los discursos de (Jorge Rafael) Videla. Nunca Videla dijo: soy malo. Nunca Videla dijo: estoy haciendo lo que hago en nombre del mal. Todo lo contrario. Videla siempre dijo que estaba haciendo el bien al país. ¿Ustedes conocen algún ser malo que se enorgullezca de ser malo y diga que le encanta ser malo? En realidad, el mal siempre habla en nombre del bien. La filósofa Hannah Arendt para tratar de ayudarnos a pensar esto acuñó el concepto ‘banalidad del mal’, cuando visitó los campos de exterminio de la Segunda Guerra y sobre todo cuando vio el juicio a un jerarca nazi, Adolf Eichmann. Ella se da cuenta de que hay mucha gente que comete actos perversos no por intenciones crueles. Hay muchas entrevistas a cabos o sargentos que en la dictadura torturaban a mucha gente y cuando les preguntaban por qué torturaban con tanta saña, ellos contestaban: ‘si torturábamos más de diez personas por día, cobrábamos un diez por ciento de sobresueldo’. ¿Se justifica lo que estaban haciendo simplemente por un diez por ciento más de sobresueldo?”, pregunta Sztajnszrajber.

Los chicos escuchan las tensiones que nos constituyen como sociedad con la atención y el asombro que suscita aquello que no encaja. Lo que desacomoda certezas. “La historia no tiene que ver con el pasado; tiene que ver con lo pendiente, con lo no resuelto, con lo que todavía nos está diciendo algo sobre nuestro presente. La percepción subjetiva es la clave de la historia. La historia es eso: interpretaciones que están siempre en colisión. Corrámonos, aunque nos duela, de que es posible conocer la historia tal como fue. El acceso al pasado de manera frontal, directa, objetiva es imposible. ¿Saben qué pasó el 25 de mayo de 1810? Saben. Pero quiero que sepan que a tres cuadras de la Plaza de Mayo, un esclavo negro afrodescendiente llamado Juan Quiñones murió porque le dieron 42 latigazos por haber robado comida para sus siete hijos. ¿A quién le importa la historia de una parte que no cuaja? Lo que la dictadura buscó es destruir todo lo que no cuajaba en su proyecto. Las dictaduras en general buscan destruir al otro, destruir la diferencia –subraya el filósofo–. Hoy para mí es una tarea ética sostener el derecho a la diferencia. Toda la revuelta feminista es revolucionaria desde ese lugar en que pone en evidencia que hay otro, en este caso una otra sojuzgada, que históricamente fue naturalizada su exclusión”.

Una adolescente desliza su mano derecha por su muslo izquierdo y acaricia el pañuelo verde, que lo usa como si fuera una liga. En ese preciso instante, Sztajnszrajber ejecuta la más perfecta demolición filosófica sobre la fraternidad como concepto político patriarcal. “Los tres lemas de la Revolución Francesa eran libertad, igualdad y fraternidad. Yo nunca entendía por qué fraternidad, hasta que entendí que la fraternidad era que los argentinos tengamos un vínculo como si fuéramos hermanos. El lenguaje de la patria está atravesado por esas metáforas orgánicas. Patria significa padre; nación significa nacimiento… ¿Ahora quién dijo que los hermanos se tratan bien? Todo el mundo debe conocer el relato bíblico más famoso de los hermanos Caín y Abel, los dos hijos de Adán y de Eva que se querían tanto que uno terminó masacrando al otro. El primer ejemplo de fraternidad termina en un fratricidio. Siempre que dicen que los argentinos nos queramos como hermanos yo me pregunto, ¿cómo Caín y Abel? Esto de que todos nos llevemos bien implica que la sangre es más importante que nuestras diferencias. Como dice un filósofo francés que se llama (Jacques) Derrida: ‘que todos nos queramos como hermanos, ¿y las hermanas?’ Las hermanas están afuera del modelo de la fraternidad. Para hermana hay una palabra en latín que es sor. De ahí viene sororidad, que es el vínculo que las mujeres establecen entre sí contra la fraternidad que se las lleva puestas. Lo más importante de lo que pasó acá es cómo el pasado nos puede ayudar a seguir peleando por un mundo donde esas diferencias puedan plasmarse sin problemas, sin el miedo y el terror de que el poder las sojuzgue permanentemente”.