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bitácoras de pandemiaFoto: Colourbox.de

Proyecto virtual
Bitácoras de pandemia, entre Alemania y Argentina

¿Qué implica vivir la actual pandemia de coronavirus en otro país y en el contexto de una cultura diferente a la propia? La argentina Maricel Drazer, presentadora de Deutsche Welle residente en Bonn, y la alemana Victoria Eglau, corresponsal en Buenos Aires que cubre América Latina para Deutschlandradio y otros medios alemanes, brindan su testimonio en Bitácoras de pandemia, en un cruce entre Alemania y Argentina. 

Este proyecto del Goethe-Institut Buenos Aires convoca a estas dos periodistas -una argentina residente en Alemania, una alemana residente en Argentina- a compartir su punto de vista sobre marcas e impresiones que puede dejar esta experiencia singular en el marco de la pandemia global. 
 
¿Qué les llamó la atención sobre la reacción al Covid-19 en sus países de residencia? ¿Qué podría ser diferente si hubieran atravesado estos días en su nación de origen? ¿Y qué huellas puede imprimir esta vivencia en sus respectivos vínculos con Alemania y Argentina?
 
Drazer y Eglau intercambian reflexiones y respuestas en una serie de preguntas publicadas aquí y a través de las redes sociales del Goethe-Institut Buenos Aires. El 12 de junio a las 15 h participarán de un encuentro online en directo a través del canal de YouTube del Goethe-Institut Argentina.


Preguntas

1 - ¿Cómo siente la experiencia de vivir una pandemia en un país que no es el propio? ¿Imagina en qué medida podría diferir si la atravesara en su nación de origen?

 

Debo admitirlo: quedé conmocionada cuando el presidente Alberto Fernández apareció ante las cámaras la noche del 19 de marzo para anunciar una cuarentena obligatoria de 11 días. ¡Se iniciaba ya al día siguiente! Es cierto que la atmósfera aquí en Buenos Aires ya venía sufriendo fuertes cambios. En vez de conversar animadamente, mucha gente comenzaba a esquivar a los demás. Y se percibía angustia en las miradas: ¿si quizás contagiaba aquella o aquel otro? Aún así, seguía teniendo citas en mi agenda: encuentros interpersonales. En las calles todavía había vida y ruido. Pero, desde hace seis semanas, esta ciudad generalmente tan bulliciosa está inmersa en un silencio fantasmal.
 
Las restricciones de circulación ya fueron prolongadas dos veces en Argentina y, al menos hasta el 10 de mayo, continuaremos llevando esta extraña vida de reclusión. Miro a través de mi ventana: el calor de un verano tardío, que acompañó el inicio de la cuarentena, dejó paso a una lluvia otoñal. La gente de mi entorno cercano no está contenta, pero defiende el estricto Quedate en casa. Lo saben: su sistema de salud no es robusto. No quieren tragedias como las de Bérgamo, Madrid, Nueva York o Guayaquil. Desde Alemania recibo fotos de paseos por la naturaleza y me dan un poco de envidia. Pero luego pienso en lo leve que viene siendo la pandemia en Argentina y me siento feliz de vivir en un país en el que el Gobierno reaccionó pronto.

 

Siempre que mis amigos argentinos me preguntan qué tal llevo la pandemia acá en Alemania, comienzo por decirles, casi con pudor: “bueno, acá se puede salir…” Y automáticamente mi interlocutor comprende todo lo que eso significa. Aquí no hay encierro ni confinamiento general. Puedo salir a caminar por los parques y por el bosque, lo que de hecho hago casi todos los días. La situación se parece más bien a una pausa recetada. Menos obligaciones, menos estrés, menos horarios a cumplir, más tiempo, tranquilidad y vida sencilla. Y, por si fuera poco, en primavera, lo que aquí no es un dato trivial.
 
Pero, además, sé que cuento con un sistema de salud sólido y, sobre todo, público. Y eso me tranquiliza. Claro, a más tardar en este punto me doy cuenta, lamentablemente, de que no estoy en mi país, Argentina. Pero quién sabe -ojalá- esta crisis también nos traiga un orden planetario más justo, y entonces alguna vez las diferencias a ambos lados del Atlántico no serán tan relevantes.
 
Y hay algo más. Hay expertos aquí en Alemania que sostienen que algunos de los que más sufren la situación actual son lo que siempre estuvieron bien y nunca tuvieron problemas. Pues bien, ahí sí que tenemos experiencia los argentinos, en atravesar crisis, en superarlas, en seguir adelante a pesar de todo, en implementar soluciones creativas y adaptarnos a situaciones nuevas. Y les aseguro que esto no es poco.

2 - ¿Qué curiosidades le llaman especialmente la atención en estos días respecto de cómo se vive la pandemia en la nación donde actualmente reside?

Hace algunos días salí de casa con la bolsa de compras obligatoria al hombro. Cuando ya no aguanto más entre mis cuatro paredes, ese pedazo de tela me permite airearme, porque la cuarentena obligatoria argentina autoriza a comprar por el barrio. Afuera me crucé con un único niño. Pálido e inseguro, caminaba de la mano de su papá. Me conmovió: Fue el primer niño que vi en la calle en muchas semanas. En los márgenes de un parque cerrado, una mujer mayor tomaba sol, sentada en un banco.

Recientemente la Ciudad de Buenos Aires intentó que los mayores de setenta años necesitaran autorización telefónica para cada salida. La protección y la prevención están muy bien, pero muchos consideraron que se trataba de una medida paternalista, una restricción de su libertad personal, y estuve muy de acuerdo con ellos. El Gobierno porteño retrocedió. Apenas unos días antes, las redes sociales debatieron intensamente uno de los briefings diarios oficiales, que brindó detalladas recomendaciones a los argentinos para su vida íntima en tiempos de pandemia, que incluyeron consejos sobre masturbación y juguetes sexuales. Y también tuvo fuerte eco en redes la última flexibilización de la cuarentena: el presidente propuso un paseo diario, en un radio de 500 metros del domicilio. ¡Con niños! Muchos de mis amigos lo consideraron demasiado riesgoso. Y varias autoridades locales, entre ellas las de la Ciudad de Buenos Aires, optaron por no aceptar esos paseos.

Ahora todos especulan cómo continuará esto después del fin de semana, cuando debería comenzar una “nueva etapa” de la cuarentena. Si bien Argentina aún no alcanzó el pico de la pandemia, estas fuertes restricciones de circulación asfixian la economía ya de por sí en crisis.
Los alemanes acatan las normas, cumplen las reglas. Incluso las respetan independientemente de reflexionar sobre ellas. Es decir, no queda sujeto a si están de acuerdo, si les parecen bien, si estas reglas coinciden con las decisiones que ellos mismos hubieran tomado. Las normas se respetan porque son tales. Punto.

Es más, en principio y en términos generales, tampoco se desconfía de los intereses perseguidos por los gobernantes o las autoridades a la hora de estipularlas. Y esto, claro, a los fines de atravesar una pandemia como sociedad, es una clara ventaja.

Pero hay otro aspecto que en estos tiempos resulta favorable. Un amigo argentino me decía días atrás, no sin cierto sarcasmo: “Bueno, es que Alemania viene practicando desde hace décadas el distanciamiento social”.Y creo que hay bastante de cierto en la afirmación. No es tan difícil adaptarse a estar lejos del otro, a no tocarse, abrazarse ni besarse, cuando nada de esto es demasiado nuevo.

Y, respecto de curiosidades, la mayor en estos tiempos: hay un artículo que se agotó con velocidad asombrosa en negocios y supermercados. ¡El papel higiénico! Y la histeria colectiva al respecto llegó a tal punto que a un amigo le rompieron la ventanilla del auto para robarle seis rollos del preciado objeto. Tiempos que corren…

Eso sí, en la lista de cosas asombrosas también podría incluir lo que antes era “normal”. Y es que, si bien con todas las nuevas medidas de higiene del caso, esta semana reviví la experiencia de volver a la peluquería. Pequeñas delicias de esta nueva era: pandemia, fase 2.

3 - ¿Cuál es su apreciación sobre la reacción de la sociedad del país en el que vive ante el coronavirus?

“A los argentinos les gusta transgredir las reglas, son egoístas o como mínimo muy individualistas”, escuché con muchísima frecuencia desde que vivo en este país. Y de boca de los propios argentinos y argentinas. Sorprendentemente la pandemia me mostró otra faceta de esta sociedad. Una gran mayoría de los ciudadanos se comportó desde el principio de forma muy responsable. Muchos de mis conocidos ya se quedaban en casa desde antes que el Gobierno lo decretara. Y la mayoría de las personas en la ciudad de Buenos Aires ya usaban barbijo cuando aún no era obligatorio.
 
Naturalmente acá tampoco faltaron quienes burlaron la cuarentena, como un surfer que se largó de la ciudad a la costa y generó gran revuelo en los medios. O unos cientos que partieron a sus casas de veraneo un fin de semana largo y en su mayoría fueron interceptados por la policía. Pero no hubo “corona-partys” ni vehementes manifestaciones contra las restricciones de la vida pública como en Alemania. Incluso cuando en Argentina existe una fuerte tradición de protestas.
 
A veces la obediencia colectiva y el control social me resultan un tanto excesivos. “¿Qué hacés afuera?”, me preguntó una amiga luego de que compartiera una foto con barbijo “chic” en un grupo de WhatsApp. “¡Voy a la panadería!”, me apuré a responder. “El miedo no es tonto”, reza un dicho en español. Un amigo me explicó con esta frase el disciplinado comportamiento de los argentinos en tiempos de Covid-19. Y creo que tiene razón. Las terribles imágenes de otros países en los que la pandemia está fuera de control calaron hondo en estas tierras.
A los alemanes les gusta planificar. Con mucha antelación. Están acostumbrados a hacerlo y diría que hasta lo necesitan. En tiempos normales uno puede coordinar un encuentro profesional, o incluso privado, con semanas o meses de anticipación. Y ese día llegará y las partes acudirán sin reconfirmaciones previas. Pero esto ahora no es posible. Y entonces el desafío es enorme. Las reglas y costumbres anteriores no rigen, los compromisos se cancelan, lo que estaba permitido está prohibido, y todo con una velocidad asombrosa.

La nueva “normalidad”, esta de la “post-cuarentena”, tampoco es como antes. Los chicos vuelven al colegio, pero pocas horas, pocos días, en grupos reducidos y con tapabocas.Y así todo. No hay parámetros conocidos a los que atenerse.  Pero las normas se regeneran. Y aparecen nuevos flujos de circulación en los negocios, por dónde entrar, por dónde salir, y en qué dirección caminar.

Con todo, el desconcierto es grande. Han aparecido incluso movimientos de protesta aquí en Alemania. En los que, con una heterogeneidad algo inquietante, ciudadanos preocupados marchan codo a codo con militantes de extrema derecha, defensores de teorías conspirativas con críticos de la vacunación y desesperanzados con esotéricos varios.

Pero también hay luces. La creatividad y la espontaneidad han recobrado su valor. Y entonces uno se encuentra con un espectáculo teatral recién estrenado adaptado a los normas de la pandemia, donde la acción tiene lugar al aire libre de manera simultánea en diferentes puntos de la ciudad, con sólo un puñado de espectadores por locación, y en el que los actores no hablan en vivo sino a través de un audio previamente descargado en el teléfono móvil.

Nada es igual. Y no todo es peor ahora.

4 - ¿Siente que los vínculos con el país en el que vive o incluso con su nación de origen se modifican o podrían modificarse a partir de esta pandemia?

Cuando a futuro recuerde la pandemia que se va inscribiendo en nuestra memoria colectiva, inevitablemente me acordaré de Argentina. Solamente sabré a partir de relatos como se “sintió” este estado de excepción en Alemania. Desde hace meses Argentina está aislada del exterior y resulta absolutamente incierto cuándo podré volar a mi país de origen. Mi recuerdo del coronavirus consistirá en cómo se modificó la vida de los argentinos y, por consiguiente, la mía.

Mucho de lo que aquí me resultaba querido y familiar ya no existe: saludos con besos y estrechos abrazos, encuentros con amigos y mates compartidos, de mano en mano y boca en boca. Ni tampoco las personas que despreocupadamente se apiñaban en cafés y eventos culturales. Nadie sabe cuándo esto podrá volver. Naturalmente también extraño los abrazos de amigos y familiares en Alemania.

Pero la nostalgia del “antes” la vivo concretamente aquí, en Buenos Aires. Tras casi dos meses de solitario homeoffice, comencé a hacer nuevamente entrevistas personales.  "Qué triste“, dijimos casi al mismo tiempo con uno de mis entrevistados al despedirnos a dos brazos de distancia.

Y no solo deprime esa lejanía, sino el tema de nuestra conversación: las dramáticas consecuencias de la crisis del coronavirus para negocios y empresas argentinas. Percibo melancolía y conciencia de la propia vulnerabilidad, tanto sanitaria como económica. Y el deseo de resurgir y superar también esta crisis. Muchos argentinos tienen razones para mirar extremadamente pesimistas al futuro, con menor acceso a ayudas estatales que en Alemania. Pero la mayoría permanece amistosa, sociable. El coronavirus no pudo quebrar lo que amo de este país. Pese a la distancia física obligatoria, me siento incluso más cerca de los argentinos que antes de la pandemia.
A decir verdad, intuyo que nada será igual tras esta pandemia. Entre varios aspectos y, muy especialmente, pienso en la manera de vincularnos. Mucho me temo que el miedo al otro, el otro visto como un peligro del que protegerse, nos quede incorporado como un cuasi-reflejo. Que sigamos manteniendo distancia, evitando el contacto, el encuentro, la cercanía, mucho más allá del fin de esta pandemia.

Días atrás vi a un papá que le hablaba a su bebé portando el correspondiente tapabocas. Me pregunté apenada qué marcas le quedarán a ese y tantos otros niños de esta "comunicación obstaculizada“.

Nada es "normal " en esta nueva normalidad. La bidimensionalidad y la relación a través de las pantallas han reemplazado los contactos directos. La vida se ha vuelto más ensimismada; la meta es aislarse. Las fronteras de todo tipo se han multiplicado. Todo lo que no puede alcanzarse a pie o en bicicleta parece quedar "en el extranjero" y para alcanzarlo hay que atravesar riesgos o es directamente imposible.

Mi país de origen, Argentina, queda ahora a años luz de distancia de Alemania. Siento por mis venas el escalofrío del relato familiar de ese bisabuelo italiano que emigró a Argentina y para el que su patria quedó, para siempre, a un insalvable mar de distancia.

5 - ¿Desde su punto de vista, de qué manera puede cambiar el rol del periodismo, la manera de ejercerlo o pensarlo a partir de esta pandemia global?

Mientras empiezo a responder con un dejo de melancolía la última pregunta de esta bitácora de pandemia, miro mi calendario, donde voy anotando los días de cuarentena obligatoria: día 70. Debido a las tempranas restricciones de circulación, en Argentina hasta ahora hubo muchas menos muertes por Covid-19 que en numerosos otros países.
 
Y esta larga cuarentena cambió todo, incluido el mundo laboral y por consiguiente el trabajo de los periodistas. Por supuesto no solo en Argentina, sino en todo el mundo. Muchos que antes iban diariamente a las redacciones debieron trasladar repentinamente su lugar de trabajo a casa. Tanto las entrevistas personales como el intercambio directo con colegas resultan prácticamente imposibles. En cambio, hay conferencias de redacción vía Zoom y entrevistas por WhatsApp.
 
Difíciles condiciones de trabajo para un tiempo de exigencias particularmente elevadas hacia los medios. Porque se requiere de un periodismo de calidad para reportar sobre el complejo tema de la pandemia y sus consecuencias de forma responsable, comprensible, equilibrada y crítica. Creo que la mayoría de las y los colegas da todo de sí para estar a la altura de este desafío. 
 
Al mismo tiempo los periodistas enfrentamos grandes preocupaciones: varios medios impresos ya anunciaron recortes a causa de la pandemia por el desplome de los ingresos publicitarios y porque aún más lectores prescinden de los diarios en papel. La crisis que ya existía antes del coronavirus, en particular la de los diarios, se agudiza. Se teme que más redacciones se reduzcan o fusionen, que se ahorre aún más en coberturas en el exterior, etcétera. Todo esto conduce a la pérdida de la diversidad de opinión e información, lo que acarrea inevitablemente una pérdida de atracción de los medios. Solamente queda esperar que estos encuentren soluciones valientes y creativas para detener esta tendencia preocupante.
El mundo entero no será el mismo y ya no lo es. Tampoco el periodismo. Aquí en Alemania todo se ha reducido a la mínima expresión. Los encuentros, solo los estrictamente inevitables. Todos los demás tienen lugar a través de la pantalla. La vida, y también las entrevistas y la labor periodística, transcurren en gran medida en el espacio virtual. Intuyo que el teletrabajo ha venido para quedarse. Y con él también la descentralización de las tareas.

Los medios de comunicación se han convertido además en una referencia, en una "necesidad " más clara para gran parte de la población. Incluso para los más jóvenes. Los medios son consultados con mayor asiduidad, hay deseo y voluntad de estar informado.

Al mismo tiempo, y si se quiere con una dosis de paradoja, se acrecienta el número de aquellos que cuestionan la credibilidad de los periodistas, que desconfían de ellos y que los eligen como sus enemigos. La extrema derecha ha retomado el lema nazi que acusa a los periodistas de "prensa mentirosa". Definitivamente, las teorías conspirativas no resisten repreguntas. Tampoco los líderes autoritarios.

Esta pandemia dejará su huella, quién lo duda. Se modificará nuestra manera de relacionarnos, de trabajar y de ejercer el periodismo. Pero no todo cambiará, y me permito citar aquí al genial Eduardo Galeano, que afirmaba: "Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias".

Estoy convencida de que los periodistas, como ayer y como hoy, las seguiremos contando.

Biografías

Victoria Eglau
 
Victoria Eglau Foto: Juan Buchet “Doblemente porteña”: así le gusta definirse a la periodista Victoria Eglau. Nació en la ciudad portuaria alemana Hamburgo en 1970 y vive desde 2007 en la capital argentina Buenos Aires. En esta ciudad portuaria ha pasado muchos años más que en Hamburgo. Victoria Eglau trabaja como corresponsal para Deutschlandradio y otras radios públicas alemanas, para el semanario judío alemán Jüdische Allgemeine y para los medios de información de Adveniat, la obra social católica alemana para América Latina. Estudió Ciencias Políticas, Historia Contemporánea y Filología Iberorrománica en la Universidad de Bonn, intercalando un semestre en Madrid, y se formó como periodista en Deutschlandradio con sus sedes en Colonia y Berlín. Con becas de la Fundación Heinz Kühn (Heinz Kühn Stiftung) y de Internationale Journalisten-Programme (IJP) investigó durante unos meses en Chile y México e hizo pasantías en el diario Reforma y en Radio Cooperativa. El principal área de cobertura de Victoria Eglau es su país adoptivo Argentina, donde cubre temas políticos, sociales, culturales, religiosos, económicos e históricos, pero también informa sobre acontecimientos en otros países de América Latina. A lo largo de los años ha viajado por gran parte de este subcontinente que la fascina, atrapa y enamora hasta hoy.

Maricel Drazer
 
Maricel Drazer Foto: Belén Turletti Nació en Buenos Aires. Es periodista y socióloga. Vive en Alemania, donde se desempeña como presentadora de la cadena internacional Deutsche Welle. Trabaja desde hace casi dos décadas para Deutsche Welle; inicialmente desde Buenos Aires y a partir del año 2006, en Alemania, en las sedes de Berlín y Bonn de la señal. En la actualidad, conduce el programa periodístico Enfoque Europa. Antes, el talk show Cuadriga y las noticias de economía de la emisora, entre otros espacios. También es autora de artículos periodísticos del servicio en español del multimedio. Tiene una vasta trayectoria en los medios de su país. Asimismo, realizó tareas periodísticas para diferentes medios del mundo, entre ellos, el Canal Caracol, de Colombia, Telemundo, de Estados Unidos, N24, de Alemania, el periódico Reforma, de México, y Folha de São Paulo, de Brasil. Realizó estancias en la Televisión Española (TVE) en Madrid y en la televisión pública alemana ZDF, en los estudios de Berlín y de Düsseldorf. Obtuvo becas de la Fundación Heinz Kühn (Heinz Kühn Stiftung) y de la IJP (Internationale Journalisten-Programme).
 

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