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Silvina Giaganti
Debes cambiar tu vida

© Anna Azevedo
© Anna Azevedo

La escritora argentina Silvina Giaganti escribe en esta columna sobre el imperativo –en algunos casos impulsado por la pandemia del coronavirus– de saltar al vacío: vivir como queremos hacerlo.

De Silvina Giaganti

En la película Another Woman, Gena Rowlands le da vida a Marion, una solvente profesora de filosofía a la que, sin embargo, la vida se le viene encima para notificarle que sus logros no valen demasiado si no presta atención a sus sentimientos. En una escena, Marion lee el extraordinario poema de Rilke “Torso arcaico de Apolo”, y cuando llega a la frase final, al imperativo vital debes cambiar tu vida, asimila que el trabajo hecho para no perder el control de sus asuntos la fue alejando de todo lo que amaba y se encuentra desnuda, deseando encontrarse.

Debes cambiar tu vida, dice Rilke, y esa última línea del poema actúa como gesto estético pero también tiene el efecto de una convulsión física que sube como una serpiente hasta la coronilla de la cabeza y nos exige pensar si, para protegernos, nos hemos desviado de lo que es vital para nuestra existencia. Una advertencia temible porque señala nuestro carácter incompleto, pero que al mismo tiempo sugiere nuestra fuerza transformadora. El poema de Rilke se inspira en el Torso de Mileto, una obra de la estatuaria griega exhibida en el Louvre. Una estatua sin cabeza ni brazos y con las piernas incompletas; ni siquiera la más larga llega a la rodilla. Una figura maltrecha y deteriorada pero que irradia, desde su torso, una fuerza magnética y la idea vertical de que el ser humano puede ser superior a sí mismo. Debes cambiar tu vida susurra Rilke, aunque estés rota, te falten partes y hayas sido buena alumna de las peores enseñanzas.


Pensé que me iba a morir sin poder dejar de comerme las uñas. Tengo 45 años y mi primer recuerdo de un consultorio médico es estar a los cinco años sentada sobre una camilla frente al doctor Rodríguez, mi pediatra que, agarrándome la mano izquierda y estirándome los dedos me dijo: “Silvina, no te tenés que comer las uñas, queda feo ¿por qué lo haces?” Mis padres a un costado, en un ángulo del consultorio mirando la escena, sin decir palabra. Cuando llegamos a casa tampoco dijeron nada, y en general nunca dijeron nada sobre casi nada. Una familia envuelta en la sensación de que hablar podría llevarnos a una situación irreversible. Así de fuerte la ley del silencio, y desde los ocho años yo me fui a leer libros para siempre, a buscar palabras en otro lugar.

Durante cuarenta años nunca pude dejar de comerme las uñas y tampoco lo intenté demasiado, salvo cuando me iba de vacaciones; alejarme y descansar frenaban mi compulsión de destrozarme las manos. Nunca usé la terapia para abordar con seriedad el tema y siempre lo consideré un destino, un vaso roto en la mesa de la moderación.

Hace tres meses dejé de comerme las uñas porque sí, y tengo uñas por primera vez en mi vida. Ahora puedo abrir un paquete, rascarme un brazo si me pica, estirar los dedos como me los estiró el doctor Rodriguez y mirarlos sin rechazo. Viví cuarenta años con las manos hechas un puño y ahora quiero hacerme un anillo con la inicial de mi nombre, como los que usan los raperos famosos que tienen problemas con la ley.

En un momento de sistemas inmunológicos asediados, creo que dejé de atacarme un poco a mi misma.


La pandemia aceleró los tiempos de ejecución de nuestros sueños y anhelos. Buscamos concretar cualquier deseo con posibilidad de realización. Se achicaron las dudas sobre si pasarla bien o pasarla mal tanto como se achicó proyectar a largo plazo. El futuro son las próximas tres horas; el horizonte es una tela que salió volando y terminó en nuestra cara, pegada a nuestros ojos. En este último año y medio nos pudimos morir en cualquier momento, entonces me abro un vino cuando se me da la gana, me quedo mirando películas hasta las cuatro de la madrugada y declino hacer cosas por obligación.

Hace dos meses renuncié al trabajo que tuve por cinco años. Salté al vacío y por ahora no pienso buscar otro. Quiero escribir, enseñar y hablar solo de lo que me gusta. Los deseos son problemas, qué le vamos a hacer. De nuevo me espera la lucha, pero también la satisfacción de una vida más propia.

Tengo ahorros para vivir diez meses si lo gestiono bien. Me costó muchísimo tomar la decisión, vengo de una familia trabajadora para la cual es inadmisible dejar un trabajo medianamente bien pago. La única pregunta que me hacen mis padres desde hace veinticinco años –además de cómo estoy– es si tengo trabajo. Renunciar fue también renunciar a decirles que sí, a dejarlos tranquilos. A la semana de hacerlo fui a ver a mi papá, que tuvo un segundo ACV el año pasado, está viejo y débil y los médicos nos dijeron que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Me preguntó cómo estaba, le dije que bien, me dijo si estaba trabajando, le dije papi, renuncié, no era feliz ahí, me dijo está bien, hiciste algo que yo nunca me animé a hacer. Lo abracé y se puso a llorar, y en ese momento sentí que si él no pudo cambiar su vida, al menos me dejó algún tipo de campo abierto para que yo pueda cambiar un poco la mía.
 

Silvina Giaganti © Silvina Giaganti Silvina Giaganti nació en Avellaneda, Argentina, en 1976. Estudió Filosofía en la UBA. Escribe en cualquier lado: en su notebook, en libretas, en Página 12, Rolling Stone, Vice, La Agenda, New York Times, entre otros medios. Tarda en apagarse (2019), una autobiografía en verso, es su primer libro. Sus poemas han sido traducidos al francés y al portugués.

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