Esbozos sobre el joven cine alemán del siglo XXI El síndrome de la melancolía

Oh Boy! | © Surtsey Films
Oh Boy! | © Surtsey Films | Photo: © Surtsey Films

Si algo ha caracterizado al cine alemán a lo largo de su historia es su necesidad constante de reinventarse y reformular sus códigos éticos y estéticos pero sin perder de vista su pasado.

Lo que parece evidente, una vez más, es que a día de hoy algo se mueve en Alemania, visible sobre todo en la gran cantidad de debutantes y nuevas voces que surgen cada año. Desde el inicio del tercer milenio, un grupo de jóvenes cineastas alemanes han venido a sacudir con nuevas propuestas estilísticas el suelo, un tanto adormecido hasta entonces, del cine de su país.
 
La última edición de la Muestra de Cine Europeo de Segovia (MUCES), celebrada en noviembre de 2014, puso el foco en el cine alemán, al que dedicó una amplia cuota de su programación y un merecido tributo a la legendaria cineasta Margarethe von Trotta. Ambos gestos en la programación no son aislados, sino que forman parte de un necesario diálogo generacional que se está produciendo en el cine germano entre los cineastas del siglo XXI –muchos de ellos integrantes de la llamada “Escuela de Berlín”– y la herencia fílmica del cine de los años setenta, es decir, el llamado Nuevo Cine Alemán (Wenders, Kluge, Schlöndorff, Fassbinder, etc.), del que Von Trotta viene a ser la más importante de las mujeres directoras en representarlo.
 
Poner el foco en su cine más joven y fresco pasa necesariamente por detenernos en las historias y las imágenes que imaginan los cineastas del país que lidera la economía continental, de manera que implícitamente sus películas se ofrecen como radiografías sociales realizadas desde dentro, y con una mirada manifiestamente escéptica que contrasta con la realidad idílica del discurso oficial: una tasa de desempleo juvenil de apenas el 7,7%, un índice de emancipación del 75%, con un salario mínimo de 1.445€ (a partir de 2015), y con el convencimiento por parte del 71% de los jóvenes de que “pueden alcanzar sus metas profesionales”[1].
 
Tomemos como muestra la película Oh Boy!, de Jan Ole Gerster.  Se trata de una poderosa ópera prima que sirve como centro de confluencias de cierto recorrido por el cine joven alemán[2]. Relata la crónica de 24 horas del joven Nico (Tom Schilling), un náufrago por Berlín que abandonó la Facultad de Derecho hace dos años, pero cuya familia (que le dispensa sustento económico) aún no lo sabe. Indolente y escéptico, entre la catatonia y la necesidad de mostrar su humanismo, su periplo es la metáfora de una juventud sin rumbo ni horizontes, pero con la determinación de ser fiel a sí misma. Como muchas otras películas de este principio de siglo que han retratado a la juventud alemana –Bungalow (2002), de Ulrich Köhler; The Edukators (2004), de Hans Wingartner; Falscher Bekenner (2005), de Christoph Hochhäusler; Entre nosotros (2009), de Maren Ade; Halbschatten (2012), de Nicolas Wackerbath; Love Steaks (2013), de Jakob Lass; Schuld sind immer die Anderen (2013), de Lars-Gunnar Lotz, etc.– Oh Boy! es un “retrato en transitoriedad”, que recorre el devenir de personajes en aparente movimiento o proceso de cambio.
 
Pero el movimiento es solo aparente. Contemplando estas películas, llama la atención la cantidad de veces que los protagonistas se permiten un tiempo muerto, momentos de parálisis o de movimiento sin rumbo (el vagabundeo), pasajes a lo incierto, gestos que terminan en la nada. Es como si a los jóvenes de estos films se les negara un espacio para actuar, un mínimo de radio de acción, una libertad para decidir. Todas las fugas aparentes resultan ser callejones sin salida. Hay una evidente falta de energía en los personajes que entra en oposición con el vigor de las películas de los autores de los años setenta. La respuesta a esta parálisis (falso movimiento) que ofrecen los jóvenes retratados es la melancolía. Es como si las películas sufrieran el síndrome de la melancolía.
 
Desde su lectura política, problemente esa melancolía responde al creciente economicismo en la vida y en el trabajo, y por tanto también en el cine del país alemán. En la política cinematográfica ha perdurado hasta hoy el conservadurismo del largo gobierno de Helmut Kohl (1982-1998): un cine que tenía que ser grandioso y entretenido, con estrellas y altos presupuestos, de manera que el cine de autor entendió que su causa estaba perdida. Bajo ese espíritu han crecido y se han educado los jóvenes que hoy hacen cine en Alemania y los que protagonizan sus historias. ¿Y qué hacer con esa melancolía? Filmes como The Edukators y Love Steaks expresan su rabia, bien desde la rebeldía estéril y vandálica o desde la incapacidad de adquirir compromisos personales; otros como Bungalow o Entre nosotros navegan entre la perplejidad y la indecisión.
 
Frente a estudios[3] que aseguran que el 59% de los alemanes entre 15 y 25 años ven su futuro con optimismo, los jóvenes cineastas alemanes se afanan en mostrarnos el reverso: retratos de una juventud que conjuga sus emociones con el extrañamiento, la alienación, la frustración, el desencanto, el extravío, el hedonismo, la desesperanza, el letargo, la inseguridad, la culpa o la claudiación. Una juventud que busca una identidad en fuga mediante películas de ambiciones artísicas y mirada honesta, capaces a su vez de renovar los presupuestos estéticos del cine alemán.

[1] Sondeo de la Encuesta de Juventud del DJI
[2] Esta realidad socio-cinematográfica ocupó el centro de la charla Retratos de juventud del cine alemán del siglo XXI, impartida por el autor del artículo dentro del marco de MUCES en el Campus Universitario María Zambrano de Segovia.
[3] Estudio realizado por Ernst & Young en 2014: EY Studentenstudie 2014. Deutsche Studenten: Werte, Ziele, Perspektiven (Juni 2014)