Reconciliación después de la guerra El esfuerzo por la paz

La pintura antibelicista “Guernica” de Pablo Picasso muestra los horrores de la guerra – aquí en un muro en Gernika, País Vasco, España
La pintura antibelicista “Guernica” de Pablo Picasso muestra los horrores de la guerra – aquí en un muro en Gernika, País Vasco, España | Foto (recorte): © YT/iStock

En el año 1937 la aviación alemana destruyó la ciudad española de Gernika. Le seguirían Róterdam, Varsovia y Coventry. Si hoy estas ciudades tienen fuertes lazos con Alemania, también se lo deben a la sociedad civil.

Bajo los efectos del shock, la violencia y la destrucción, Pablo Picasso realizó en 1937 el cuadro antibelicista posiblemente más famoso del siglo XX: Guernica. La viuda del que fuera vicepresidente de EE.UU., Nelson A. Rockefeller, donó a las Naciones Unidas una reproducción de esta obra en forma de tapiz. Hasta el año 2009 estuvo colgado en la antesala de la sala de reuniones del Consejo de Seguridad.

Cuando en febrero de 2003 el entonces Secretario de Estado de EE.UU., Colin Powell, explicó ante la prensa internacional por qué los Estados Unidos debían declarar la guerra a Sadam Husein, para la rueda de prensa se cubrió, por precaución, esta copia del célebre cuadro. Porque el entusiasmo belicista podría haberse enfriado rápidamente si las cámaras hubieran mostrado no sólo las cabezas de los Señores de la Guerra, sino también las consecuencias de la guerra: cuerpos descuartizados, mujeres que lloran, calamidades y destrucción.

En su pintura, Picasso recreaba el aniquilamiento de la ciudad vasca de Gernika en abril de 1937 por un fuerte ataque aéreo de la Luftwaffe alemana. Después, la Luftwaffe bombardearía Varsovia, Coventry y Belgrado; también sufrieron ataques Róterdam y Londres. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de los nazis, inventó para ello el verbo “coventrizar”, que para él significaba no sólo destruir ciudades enteras, sino también exterminar a la población civil.

Destrucción completa

En Gernika hubo varios cientos de muertos y, tres años y medio después, en la ciudad inglesa de Coventry murieron 568 personas en un ataque que llevaba el nombre en clave de la sonata “Claro de Luna”. También quedaron destruidos casi por completo el centro histórico con la catedral medieval de San Miguel. Su ruina se conserva como recordatorio y advertencia ante otra guerra.

Ya en 1947 se fundó en Kiel, ciudad ampliamente destruida por la Royal Air Force británica, una “Sociedad de Amigos de Coventry”. Andreas Gayk, a la sazón alcalde de Kiel, envió un mensaje en el que abogaba por la reconciliación: “Cuando en el futuro hablemos de ‘coventrizar’, significará cultivar las relaciones de amistad entre los países, significará la superación de las pasiones nacionales por el bien de las tareas conjuntas de todos los pueblos de Europa.”

Lo cual no fue fácil, como se pudo constatar en 1958 en Inglaterra, durante una visita de Estado del antiguo presidente de la RFA, Theodor Heuss. También él viajó a Coventry y donó 60.000 marcos alemanes para la reconstrucción de la catedral. El historiador A. J. P. Taylor escribía entonces en el Sunday Express: “No podremos ser amables con los alemanes hasta que la generación que sirvió a Hitler haya muerto.” William Connor, que escribía en el Daily Mirror bajo el seudónimo de “Cassandra”, en una entrevista con la revista Der Spiegel expresó el deseo de que Alemania permaneciera encerrada “en una nevera durante cincuenta años.”

La sociedad civil comprometida

El que las cosas fueran de otra manera probablemente se debió más al compromiso de algunas personas individuales que a los gestos oficiales. Paralelamente a la integración en Occidente de la RFA surgieron hermanamientos de ciudades, se acordó un programa de intercambio para jóvenes, y las asociaciones y grupos profesionales se visitaron mutuamente. Casi en solitario, el entonces portavoz del Senado de Hamburgo, Erich Lüth, se esforzó en lograr una reconciliación con los judíos huidos y salvados en el recién fundado Estado de Israel. En 1951 publicó el artículo Pedimos la paz a Israel.

La historiadora Christine Gundermann, en su disertación Los ciudadanos reconciliados: la Segunda Guerra Mundial en encuentros germano-neerlandeses 1945-2000 (2014), basándose en el ejemplo del hermanamiento de ciudades entre Róterdam y Duisburg, expone que el entendimiento entre los pueblos no siempre necesita del afán pedagógico de la Autoridad ni de la necesidad de reconciliación de un alcalde, como en Kiel: ambas ciudades portuarias tenían una estructura económica similar y, además, en Duisburg ya existía desde hacía tiempo una comunidad neerlandesa bastante importante.

Interés por la paz

Durante una reunión de la Fundación para Asuntos Portuarios (“Stichting Havenbelangen”), el alcalde de Róterdam, Gerard van Walsum, ya en 1949 saludó expresamente a los “amigos alemanes de Duisburg”. Pero por otra parte, todavía en 1966, cuando la princesa heredera Beatriz de Holanda se unió en matrimonio al diplomático alemán Claus von Amsberg, hubo sonadas protestas contra este tipo de reconciliación oficial con los alemanes. Pero los intereses económicos de ambos hacía ya tiempo que estaban ayudando, al menos, a relegar el pasado a un segundo plano.

Durante la celebración de la “Jornada del Puerto”, apenas medio año después del encuentro en Róterdam en 1949, había sido posible acordar que, por ejemplo, los asuntos económicos debían tener más importancia que los políticos. Aunque era bien conocido “hasta qué punto los Países Bajos habían sufrido lo ocurrido durante la guerra”, según declaró el entonces alcalde de Duisburg, August Seeling, aun así apelaba a las “personas razonables y comprensivas” que se esforzaban por “limpiar el camino de piedras, una a una, preparando así el terreno para una nueva colaboración pacífica por el bien de ambos países”.

Seeling incluso reclamaba extender “un velo sobre el pasado”. Su homólogo Van Walsum, que visitó Duisburg en 1954, agradeció la donación realizada por el Ayuntamiento de Duisburg para la reconstrucción de la iglesia de St. Laurens de Róterdam y aceptó la oferta de reconciliación. De modo que no fue la política, sino en primera línea la población civil – cuyo sufrimiento en la guerra representó Picasso en su obra de manera tan impresionante – la que contribuyó a la paz tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial.