Metropolis (1927) imagina una ciudad futurista marcada por la desigualdad social y el dominio de las máquinas. Sus imágenes visionarias transformaron para siempre la ciencia ficción. Sigue siendo una de las películas más influyentes de la historia del cine.
Hay mucho para escoger al hablar de una obra del tamaño de Metrópolis (1927). Y, sin embargo, la Metrópolis de hoy no es exactamente la película que Fritz Lang creó. Durante más de 80 años la conocimos incompleta: la censura y los recortes alteraron su forma desde muy temprano, dejando una versión fragmentada que parecía destinada a permanecer así. Todo cambió en 2008 cuando apareció una copia de 16 mm que permitió recuperar buena parte del montaje original.Pero Metrópolis es mucho más que una película reconstruida a partir de sus fragmentos. Pese a estas reducciones de metraje, el poder que poseían (y poseen) las imágenes del filme, permanecieron. Decía el historiador de cine David Kalat –en un comentario de audio en la versión DVD de Metrópolis para Masters of Cinema– cómo sus imágenes fueron capaces de sobrevivir a los cortes y transformaciones que sufrió la película, conservando su fuerza incluso cuando la historia se rompía cada vez más.
Pero la monumentalidad de Metrópolis no depende únicamente de aquello que se perdió, sino de la escala con la que Fritz Lang imaginó su mundo: edificios que parecen extenderse hasta el infinito, multitudes que se pierden entre estructuras y máquinas hechas para empequeñecer a la humanidad. La ciudad misma se originó ante esta idea: la magnitud de las máquinas ante la pérdida de humanidad de los personajes. La ciudad crece hasta volverse monstruosa y dentro de ella el individuo desaparece. Los obreros son reducidos a ser un engranaje más en la maquinaria, mientras los ricos permanecen ensimismados en la superficialidad de sus propios deseos, alimentados no por las máquinas, sino por los obreros.
Lang decía que toda gran película está contenida en su primera escena. De lo anterior, se vislumbra –después del título de la cinta– el primer plano de Metrópolis compuesto por engranajes funcionando coordinadamente al ritmo de un reloj de manecillas, hasta la aparición de los obreros subordinados al trabajo. Las máquinas y los trabajadores aparecen ligados dentro de una misma composición, hasta el punto de que resulta difícil distinguir dónde termina el hombre y dónde comienza la máquina. El obrero no parece utilizarla, sino formar parte de ella. Las máquinas son el espacio donde ocurren los conflictos, donde los personajes actúan y donde sus emociones terminan enfrentándose a una estructura que parece no detenerse nunca. Se encuentran insertadas en una ciudad alterna, subterránea y escondida, donde los seres humanos son prescindibles aunque formen parte de ese engranaje. Una imagen que, más tarde, se convertiría también en un símbolo utilizado por Charles Chaplin en su película de 1936, Tiempos modernos.
Respecto a este porvenir establecido por Metrópolis, la ciudad se transforma. Sus edificios se elevan hasta perderse de vista y las máquinas hacen posible su funcionamiento. Pero la división entre quienes trabajan para mantenerla en marcha y quienes disfrutan de sus privilegios permanece intacta, no avanza. Al contrario, mientras más avanza la tecnología, las desigualdades se agravan. Thea Von Harbou, escritora del guión, imaginó una ciudad construida sobre esta división. Una representación que terminaría dialogando con las preocupaciones de la humanidad contemporánea que, indudablemente, siguen sintiéndose cercanas tantos años después. Estas preocupaciones estuvieron también presentes en movimientos como el constructivismo ruso y anticiparon el interés que, décadas más tarde, mostrarían corrientes como el Free Cinema británico por retratar la realidad de la clase trabajadora.
Sin embargo, la película culmina con la conciliación entre las dos clases sociales, como si el conflicto pudiera resolverse simplemente acercando a quienes se encuentran en posiciones opuestas. Es precisamente esta resolución la que hace que el final resulte contradictorio con lo que la película había construido hasta entonces. A través de los años, se ha debatido el discurso de Metrópolis, sobre todo su desenlace. Fritz Lang comentó años después su inconformidad con el final. Consideraba que resolvía el conflicto social de una manera simplista e inverosímil. La película reconoce el conflicto entre ambas clases, pero al mismo tiempo parece depositar sobre los trabajadores parte de la responsabilidad por haber llegado a ese punto de resolución. Ahí encuentro una de las mayores contradicciones de su discurso.
Pese a esto, y más de cien años después, Metrópolis sigue siendo una película difícil de separar del cine que vino después. Su ciudad, sus máquinas, sus multitudes y la relación entre el cuerpo humano y la industria construyeron imágenes que terminaron formando parte del imaginario de la ciencia ficción y del entendimiento de nuestra sociedad. Su importancia no se encuentra únicamente en haber imaginado cómo podría verse el futuro, sino en haber utilizado ese futuro para hablar de conflictos que pertenecían a su presente y que, de distintas formas, todavía reconocemos. Incluso sus contradicciones forman parte de su legado.
Por eso sus imágenes han sobrevivido. Porque, aunque algunas de sus ideas puedan resultar ingenuas o contradictorias, la ciudad que Fritz Lang y Thea von Harbou construyeron continúa siendo vigente y aún puede representar el futuro y nuestra forma de interactuar con el presente. Más de cien años después, Metrópolis sigue pareciendo una película del futuro, pero también una película sobre problemas que nunca terminamos de dejar atrás.
Metrópolis –ambientada en el año 2026– es la película inaugural del 25 Festival de Cine Alemán en la Ciudad de México que corre del 24 de septiembre al 3 de octubre bajo el tema “Futuros desobedientes”. ¿Existía mejor elección?
- Metrópolis
- (Alemania, 1927)
- Dirección: Fritz Lang
- Intérpretes: Brigitte Helm, Alfred Abel, Gustav Fröhlich, Rudolf Klein-Roge
- Guion: Thea von Harbou, Fritz Lang
- Fotografía: Karl Freund, Günther Rittau, Walter Ruttman
- Duración: 150 minutos.
Texto originalmente publicado en Fósforo UNAM a propósito del 25 Festival de Cine Alemán en México.