Se trata de una película que duele, pero también sostiene. Que incomoda, pero abraza. Y que, sobre todo, deja huella. "Chicas Tristes" deja entrever que el acompañamiento y la amistad crean comunidad. Esa comunidad que genera vínculos, que nos permite ver a la otra persona y mirar a través de sus ojos. Arizbeth Becerril nos cuenta los detalles de la película ganadora del Oso de Cristal.
El cine es más que arte, lenguaje y entretenimiento; su importancia también radica en su capacidad de convertirse en una poderosa herramienta que refleja realidades, promueve el diálogo y detona la reflexión. La edición 76 del Festival Internacional de Cine de Berlín es un gran ejemplo de ello: más de 200 películas exhibidas en sus distintas secciones, donde convergen propuestas arriesgadas de realizadoras y realizadores de todo el mundo, con salas repletas durante diez días en los que se vive una suerte de utopía.
Personas desconocidas de distintos orígenes, pensamientos, creencias y nacionalidades comparten un mismo espacio para llorar, reír y sentir durante un par de horas donde se intercambian miradas, se comparten interpretaciones y reflexiones, un mundo utópico que parece resistir en tiempos en los que los encuentros físicos, la conversación pausada y el intercambio genuino parecen ir quedando en segundo plano. Allí, en ese espacio compartido, se tejen nuevas redes y surgen comunidades inesperadas, unidas por una experiencia común.
La Berlinale es un festival de cine que cuestiona, que nos invita a salir de nuestro propio mundo para entrar en el de alguien más y asomarnos a otras realidades. En ese gesto compartido se construyen empatía y reflexión; y en la oscuridad de una sala, el cine nos recuerda que, pese a todo, seguimos siendo capaces de escucharnos. Esto recuerda la importancia, el poder del cine y de espacios como los del festival: lugares donde resuenan las voces que se atreven a formular preguntas, a abrir ventanas al mundo y a dar visibilidad a aquello que a veces no la tiene. Y aunque no estén exentos de polémicas y tensiones (que no son nuevas en su historia), estos momentos también son un recordatorio de que el cine importa, incomoda y provoca. Quizá esa sea, también, parte esencial de su función.
Presencia mexicana
En ese diálogo colectivo que propone el Festival Internacional de Cine de Berlín, la presencia mexicana, particularmente nutrida en esta edición, evidenció la diversidad de voces provenientes de nuestro territorio. Desde propuestas que exploran las complejidades de las relaciones humanas, así como temas de identidad, amistad, violencia y migración, hasta miradas íntimas que parten de lo local para dialogar con lo universal, la participación mexicana reafirma que nuestras historias encuentran eco más allá de sus fronteras. En un espacio donde convergen realidades distintas, el cine mexicano no solo se exhibe: se posiciona, dialoga y construye puentes.
En total, fueron nueve producciones y coproducciones las que representaron a México en las distintas secciones del festival este año, confirmando una presencia sólida y significativa:
- En Competencia oficial se presentó Moscas, la quinta película del director Fernando Eimbcke y además la única película de esa sección hablada en español. Fue recibida con muy buenas críticas del público y de las y los expertos lo que le valió el premio el Premio del Jurado Ecuménico de este año.
- En la sección Panorama participaron el largometraje de ficción El jardín que soñamos de Joaquín del Paso y el documental Jaripeo de Efraín Mojica y Rebecca Zweig.
- Como parte de la retrospectiva por el cuarenta aniversario de la sección dedicada a filmes con temática queer, Teddy 40, se presentó Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabará de ser amor de Julián Hernández, quien obtuvo el Teddy Bear en 2003 por esta película.
- En la sección de cortometrajes, Berlinale Shorts se proyectó Miriam de Karla Condado y en Berlinale Specials tuvo su premier mundial el documental Un hijo propio de Maite Alberdi. En Forum, participó Lo demás es ruido de Nicolás Pereda.
- Y por último en Generation 14plus, la sección dedicada a las audiencias jóvenes, se presentó el cortometraje Cuando llegue a casa de Edgar Adrián y el largometraje Chicas Tristes de Fernanda Tovar.
Chicas Tristes: la fuerza del acompañamiento
Me gustaría detenerme sobre la opera prima de Fernanda Tovar, no solo por haber obtenido el Oso de Cristal a Mejor Película y el Gran Prix del Jurado Internacional de la sección Generation, sino también por otras grandes virtudes que vale la pena resaltar.Chicas Tristes es una obra poderosa, honesta, entrañable y profundamente conmovedora. Inteligente y emocional, está construida con múltiples capas y complejidades, sostenida por un sólido trabajo de guion, dirección y fotografía. No es menor que estos tres ejes fundamentales estén encabezados por mujeres, así como sus protagonistas. Esa presencia femenina en los espacios creativos centrales se percibe en la sensibilidad con la que se filman los cuerpos, los silencios y los afectos, y en la forma en que la historia construye la solidaridad y el cuidado entre ellas. Las actuaciones, asimismo, son impecables y terminan de consolidar esa fuerza colectiva que atraviesa la película.
Cinema is never solitary. Even the most intimate moment on screen is lifted by many hands.
El cine nunca es solitario. Incluso el momento más íntimo en pantalla es elevado por muchas manos.
La dirección de fotografía de Rosa Hadit aporta también una dimensión poética particularmente poderosa. Sus imágenes submarinas construyen un universo subacuático que funciona casi como un territorio simbólico: un espacio suspendido donde el sonido se atenúa, donde el tiempo parece ralentizarse y donde es posible detenerse a pensar y a sanar. Ese mundo bajo el agua dialoga con el proceso interior de los personajes, sugiriendo que debajo de todo, del ruido, del dolor, de la confusión, existe también un lugar de silencio y de introspección.
Más allá de sus aciertos formales y artísticos, que son muchos, la película funciona también como una denuncia social sobre la realidad en la que están creciendo nuestras juventudes. Centrada en personajes femeninos, apuesta por la introspección y por una mirada sutil pero contundente: no muestra la violencia de manera explícita, pero sí expone con claridad sus consecuencias. Observamos el impacto en la víctima, en su entorno, en las decisiones que deben tomarse para sanar y continuar, y en aquello que inevitablemente se fragmenta.
Uno de sus mayores logros es retratar la solidaridad entre amigas, el apoyo, el cuidado mutuo y la amistad como refugio. La red que nos sostiene cuando todo se tambalea. Es, en muchos sentidos, una reivindicación del acompañamiento femenino como espacio de resistencia y reconstrucción. Aquí, la comunidad no es un concepto abstracto, sino una práctica concreta: escuchar, creer, sostener, permanecer.
La película también plantea una crítica estructural al sistema, poniendo en evidencia las zonas grises en torno al consentimiento. En ciertos casos, ni la víctima está completamente segura de lo que ocurrió, ni el propio agresor parece dimensionarlo. Esa ambigüedad, tratada con enorme sensibilidad, abre preguntas incómodas pero necesarias y obliga a mirar más allá de lo evidente para interrogar las dinámicas culturales que normalizan comportamientos violentos.
Ese diálogo intergeneracional confirma el poder de la obra: no solo interpela, también acompaña. Y, sobre todo, recuerda que el cine, cuando se vive en comunidad, puede convertirse en un territorio seguro para reconocernos en la experiencia ajena y entender que nuestras inquietudes y búsquedas forman parte de algo más amplio y compartido.
Es una película que duele, pero también sostiene. Que incomoda, pero abraza y que, sobre todo, deja huella. Chicas Tristes deja entrever que el acompañamiento y la amistad crean comunidad. Esa comunidad que genera vínculos, que nos permite ver al otro y mirar a través de sus ojos. La colectividad vuelve a aparecer como principio y como práctica: el cine se construye en conjunto pues como recordó Michelle Yeoh en su discurso, ahí radica su mayor potencia: en la certeza de que ninguna imagen existe sola, y de que incluso el momento más íntimo en pantalla está sostenido por muchas manos que, cuando se comparte en comunidad, también por muchas miradas.