Películas premiadas sobre poder, identidad y violencia – y una gala bajo la sombra de controversias. El Oso de Oro para Gelbe Briefe parece, en este contexto, un alegato a favor de lo político en la narración.
En esta entrega de premios se respiraba tensión: cuando en el Berlinale-Palast se otorgaron los Osos de Plata y el Oso de Oro, culminaron diez días de festival – y un debate más persistente que algunas películas en competición: ¿Qué tan políticos deben ser en realidad los Festivales Internacionales de Cine de Berlín? La respuesta de esa noche resultó múltiple.Oso de Oro para el drama político Gelbe Briefe
El Oso de Oro fue para Gelbe Briefe de İlker Çatak – un drama político que no ostenta su pretensión. Narra la historia de un matrimonio de artistas turcos que se ve cada vez más presionado por el Estado. Rodada en Berlín y Hamburgo, ambientada en Turquía, la película combina un estudio preciso de relaciones con una parábola política. Se trata del miedo, del valor – y de la pregunta de cuánto puede resistir una persona cuando el espacio para la disidencia se reduce cada vez más. El presidente del jurado, Wim Wenders, habló de una “previsión” – una mirada hacia un futuro que posiblemente también podría ocurrir ‘en nuestros países’. Es una formulación muy adecuada. Porque a Çatak le interesa menos la coyuntura política diaria que las estructuras del poder.Desde 2004, con Fatih Akin y Gegen die Wand, ningún director alemán hubiera ganado el premio principal muestra lo especial de esta decisión. Y, sin embargo, Gelbe Briefe no estuvo libre de controversia – We Are All Strangers, el retrato social de Anthony Chen ambientado en Singapur, era considerado por muchos como favorito. Tal vez la película de Çatak no sea la más audaz formalmente en la competición. Pero es una que permanece, porque entiende la amenaza política como una experiencia existencial.
Un año políticamente despierto
También los demás galardonados encajan en la imagen de un año políticamente consciente. Sandra Hüller recibió el Oso de Plata por su papel principal en la coproducción austro-alemana Rose de Markus Schleinzer. Veinte años después de su irrupción en la Berlinale con Requiem, se cierra un círculo para ella. En Rose interpreta a una mujer del siglo XVII que se hace pasar por hombre para poder llevar una vida autónoma. ¿Película histórica? Sí. Pero una que plantea preguntas sobre identidad y roles de género de manera tan actual que casi duele. Hüller lo sostiene con una intensidad que eleva la película mucho más allá de su ambientación.
Oso de Plata a la Mejor Interpretación Protagónica 2026: Sandra Hüller en Rose de Markus Schlenzer. | Foto: © Richard Hübner / Berlinale 2026
El Premio del Jurado distinguió a Queen at Sea de Lance Hammer, un silencioso drama sobre la demencia. Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall interpretan a un matrimonio anciano con una conmovedora naturalidad – y fueron reconocidos por ello como mejores actores secundarios. También aquí se muestra: lo político suele residir en lo privado, en la disposición de nuestra sociedad a permitir un envejecimiento digno.
El festival como cámara de resonancia de un mundo polarizado
Como era de esperar, esta gala volvió a ser escenario de conflictos reales. La directora libanesa Marie-Rose Osta (Mejor Cortometraje Someday a Child) recordó a las víctimas en su región. El director sirio-palestino Abdallah Alkhatib (Mejor Ópera Prima por Chronicles From the Siege) utilizó su discurso de agradecimiento para lanzar duras acusaciones contra el gobierno federal en relación a Gaza. Los aplausos se mezclaron con silbidos, y el ministro de Medio Ambiente, Carsten Schneider, abandonó la sala.Ya en los días previos, cineastas habían sido reiteradamente confrontados en ruedas de prensa con su postura sobre Gaza. Una carta abierta, firmada entre otros por Tilda Swinton, acusaba al festival de “silencio institucional”. La directora Tricia Tuttle defendió la Berlinale como un espacio abierto de debate: “Un festival es un lugar donde los artistas pueden hablar, y a veces lo hacen de manera incómoda o controvertida, pero es importante que ofrezcamos ese espacio”, dijo en la gala. Y Wim Wenders abogó por no enfrentar los lenguajes del activismo y del cine.
¿Debe un festival tomar posición?
Aquí radica el núcleo de la controversia: ¿deben un festival y los cineastas posicionarse – o basta con dejar que hablen las películas? Ninguna de las obras premiadas abordó explícitamente el tema de Gaza. Y, sin embargo, muchas giraron en torno a poder, violencia, identidad y memoria.Ciertamente, no fue una competición uniformemente fuerte. Algunos de los 22 títulos serán pronto olvidados. En Rosebush Pruning, el reparto estelar –con Pamela Anderson y Elle Fanning– parecía casi más importante que la película misma. El festival necesita glamour, sin duda. Pero sobre todo necesita relevancia.
¿De qué manera es político un festival?
Quizá la cualidad política de esta Berlinale consista precisamente en soportar la complejidad. En una época en la que las posturas suelen condensarse en pocas palabras, muchas de las películas premiadas apostaron por los matices.La 76ª Berlinale ha hecho visible un proceso: el esfuerzo por la apertura, por una postura, sin reducir el arte a mera declaración. No fue un camino sin fricciones. Pero al final, las películas estuvieron en el centro, mostrando lo que el cine puede lograr: generar empatía, hacer visibles las relaciones de poder, traer materiales históricos al presente. Un festival necesita una postura. Lo decisivo es cómo la muestra.
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febrero 2026